La amiga de mis amigos me siguió hasta la ducha
Hacía cuatro meses que no salía. Cuatro meses encerrada con un trabajo nuevo, una mudanza y una ruptura silenciosa que todavía me dolía sin saber bien por qué. Cuando Damián me escribió que iban a juntarse en El Vagón, un bar abierto los miércoles por la noche, me convencí de que era hora de aflojar.
Llegué tarde, como siempre. El lugar estaba a media luz, con esa música baja que invita a hablar fuerte. Pedí en la barra un tropical con jengibre, mi trago favorito, ese que mezcla cítricos con algo dulce y pica al final. Lo dejé sudar en mi mano un segundo antes de buscar la mesa.
Damián me hizo señas desde el fondo. Eran seis o siete, algunos conocidos, otros no. Me presentaron rápido y me ubiqué en la punta del banco, todavía un poco rígida. Hablaban de un viaje a la costa, de una película que yo no había visto, de un trabajo que alguien acababa de dejar. Tomé un trago largo y me obligué a respirar.
Y entonces la miré.
Estaba enfrente, dos asientos a la izquierda. Pelo oscuro recogido en una cola desprolija, una camisa blanca abierta hasta el segundo botón, un anillo en el pulgar que jugaba a girar mientras escuchaba. La había visto cien veces en las fotos del Instagram de Damián. Renata. Siempre pensé que en persona iba a ser más cálida; en cambio sostenía la mirada como quien evalúa, sin sonreír ni siquiera por cortesía.
—¿Vos sos la del estudio nuevo? —me preguntó, sin levantar el vaso.
—Esa misma —dije, y traté de sonreír.
No me devolvió la sonrisa. Asintió apenas, como anotando algo, y siguió hablando con el chico que tenía al lado. Sentí esa pequeña humillación que se siente cuando una persona decide que no le importás antes de conocerte. Pedí otro trago.
El bar se fue llenando. A las once apagaron las luces principales, encendieron unas tiras rojas en el techo y empezaron a empujar las mesas contra la pared. Aparecieron cuerpos donde antes había sillas. La música subió. Yo ya iba por el cuarto vaso y me sentía liviana, contenta, descarada de un modo que no me reconocía.
Bailé con Damián. Bailé con una chica de rulos que me pasaba la cabeza. Bailé sola un rato, con los ojos cerrados, dejándome llevar por el bajo. Cuando los abrí, Renata me estaba mirando desde la barra. Otra vez la mirada de jurado.
Que se joda.
Le sostuve los ojos. Levanté el vaso a modo de saludo y le di un trago largo, sin apuro. Ella no parpadeó. Bajó del banco, dejó su copa y caminó hacia mí entre los cuerpos. Antes de que pudiera pensar nada, me tenía la mano agarrada y me llevaba hacia el pasillo del fondo.
El baño era angosto, con baldosa blanca y un olor a pino dulce que no tapaba el del humo. Cerró la puerta detrás de nosotras y se apoyó contra ella.
—Ya está —dijo—. No tomes más.
—¿Perdón? —dije.
—No me hago la madre tuya. Te lo digo porque te vi entrar y porque te estoy mirando hace una hora. Llevás cinco tragos y vas a terminar mal.
Me enojé. O algo parecido al enojo, mezclado con vergüenza por haberme dejado leer tan fácil. La miré: esa boca apretada, ese cuello largo, el botón de la camisa que ya no aguantaba más. Y antes de que pudiera decirme otra cosa, le agarré la nuca y la besé.
Fue un beso torpe, demasiado rápido, demasiado fuerte. Sentí el sabor a ron y a lima de su boca, sentí que entreabrió los labios un segundo y volvió a cerrarlos. Después me empujó.
—¿Qué hacés?
—Eso quería —dije, con una sonrisa que no me pertenecía.
Renata se pasó el dorso de la mano por la boca. No estaba asustada. Estaba furiosa.
—Sos una imbécil —dijo, y se fue.
La puerta del baño quedó vibrando un rato. Yo me quedé apoyada contra el lavabo, mirándome en el espejo: el rímel corrido, el labio inferior hinchado, los ojos brillantes. Acabás de besar a una mujer. El pensamiento llegó retrasado, como si le hubiera dado tiempo a la borrachera para tropezarse antes. Me lavé la cara. Salí.
***
A las tres de la mañana cerraron el bar y alguien propuso seguir en lo de Damián. Vivía a tres cuadras, en un departamento de techos altos con cocina americana y un sillón eterno. Fuimos los siete caminando, con la voz un poco más ronca y los pasos un poco más torpes. Renata venía atrás, conversando con la chica de rulos, sin mirarme.
Damián puso música suave, abrió una botella, tiró almohadones al piso. Yo seguía con el pelo pegado a la frente del calor del bar y le pedí permiso para ducharme. Me dijo que sí sin pensarlo, me marcó el baño con el pulgar y me alcanzó una toalla limpia.
El baño de Damián era amplio, con una mampara de vidrio templado y una ducha lo bastante grande para dos. Cerré la puerta con pasador, me desnudé despacio y dejé la ropa doblada sobre el inodoro. El agua salió helada al principio y fui graduándola hasta que el vapor empañó el espejo. Apoyé la frente en los azulejos y dejé que el chorro me golpeara la nuca.
Pensé en ella. En cómo me había agarrado la mano. En la cara que puso cuando la besé. La cagaste. Y al mismo tiempo, una parte de mí, mucho más vieja que la borrachera, sabía que no había arruinado nada. Bajé una mano entre mis piernas casi sin darme cuenta, apenas rozando el clítoris con la yema de dos dedos, y sentí un latido húmedo que no era del agua. Estaba mojada de ella. Del recuerdo de su boca entreabierta un segundo contra la mía, de la imagen inventada de esa boca abriéndose entera, sin rabia, mordiéndome el labio, chupándome la lengua. Me apreté un poco más fuerte y me obligué a sacar la mano. No quería acabar sola. No después de haberla probado.
Escuché el pasador.
Levanté la cabeza tan rápido que me dolió. La puerta se abrió media hoja y se cerró con el mismo cuidado. A través del vidrio templado vi una silueta blanca: la camisa de Renata, el pelo todavía recogido. Caminó hasta el inodoro, miró mi ropa doblada y después miró hacia la mampara.
—¿Cómo entraste? —pregunté.
—Damián me dio la otra llave.
—Mentirosa.
—Bueno, no me la dio. Pero estaba puesta del otro lado.
Me reí, una risa corta, nerviosa. Me cubrí los pechos con los brazos sin pensar, como si me hubiera olvidado de que ella era la que había decidido entrar.
—Andate —le dije.
—No.
—Renata.
—Ya no estás borracha —dijo—. Estás recién duchada, despierta, y me estás mirando como me mirabas en el bar.
Era verdad. Era una verdad tan precisa que me ofendió. Solté los brazos. El agua siguió cayendo sobre mi espalda.
Renata se desabrochó la camisa sin apuro, dos botones, tres, y la dejó caer al piso de baldosa. Debajo no llevaba corpiño. Tenía los pechos pequeños, los pezones oscuros y duros por el aire frío. Se sacó el pantalón con una habilidad tranquila que me hizo entender que ya había estado ahí, que ya había hecho esto, que la torpe era yo. Se bajó la bombacha negra por los muslos, se la sacó por los pies y la dejó hecha un bollo sobre la camisa. Vi por primera vez su coño: depilado casi entero, con una línea corta de vello oscuro justo arriba, y unos labios recogidos que ya brillaban un poco entre las piernas. Ella también estaba mojada.
Abrió la mampara y entró.
El espacio era justo. El vapor nos envolvió enseguida. Me apoyó la espalda contra los azulejos, esos que un minuto antes me habían enfriado la frente, y me sostuvo la mandíbula con la mano derecha.
—Si querés que pare, decímelo ahora —murmuró.
No dije nada. Sacudí la cabeza apenas. Ella sonrió, una sonrisa que no había sido capaz de regalarme en toda la noche, y me besó. Esta vez fue lento, controlado, suyo. Sentí su lengua acariciar la mía con una paciencia que me derritió las piernas. Me chupó el labio inferior, me lo mordió, me metió la lengua hasta el fondo de la boca y yo se la mamé como si fuera una polla chiquita, con hambre, hasta escucharla gemir bajito contra mis dientes.
Me agarró una teta con la mano libre. Me apretó el pezón entre el índice y el pulgar, primero suave, después con una torsión que me hizo abrir los ojos.
—Mirame —me pidió—. Quiero verte la cara cuando te empiezo.
Bajó la boca por mi cuello. Me mordió debajo de la oreja, justo donde nadie nunca se acuerda de besar. Pasó la lengua por la clavícula, por el hueco entre los pechos, por el costado de uno y después por el otro. Se entretuvo un rato largo en mis pezones, alternando, succionando con una insistencia que me hizo arquearme contra los azulejos. Me los mamaba enteros, con la boca abierta, tirándomelos apenas para dejarlos rebotar y volver a atraparlos. Los mordió a la vez que su mano libre bajaba, se colaba entre mis muslos y encontraba mi coño sin buscar. Un dedo entró en seco, resbaló solo del agua y del jugo mío, y ella soltó un ruido de satisfacción contra mi teta al comprobar cuánto había mojado.
—Mirá cómo estás —dijo, y me mostró el dedo brillando bajo la luz de la ducha antes de metérselo en la boca y chuparlo entero—. Estabas así en el baño del bar. Por eso me fui.
—Por favor —dije.
—Por favor qué.
—No sé.
—Sí sabés. Decilo.
—Chupámelo —susurré, y me sonrojé al oírme.
—Más fuerte.
—Chupame el coño, Renata. Por favor.
Se rió bajito, contra mi piel. Siguió bajando. Pasó la lengua por el ombligo, por la línea de la pelvis, por la cara interna de los muslos. Y se arrodilló.
El agua le caía sobre la espalda y sobre mi vientre. Me agarró las caderas con las dos manos y me empujó suave hacia ella, como pidiendo permiso por última vez. Yo le hundí los dedos en el pelo. Ese fue todo el permiso que necesitó.
Me abrió los labios del coño con dos dedos y se quedó mirándolo un segundo, como quien mira algo suyo, antes de sacar la lengua entera y lamerme de abajo hacia arriba, de un tirón largo y firme. Sentí que se me iba el aire. Era distinto. Era distinto de todo lo que había probado antes con un hombre. No había prisa, no había ego, no había ese movimiento mecánico que tantas veces tuve que guiar con la mano. Ella sabía. Sabía exactamente dónde detenerse, cuánto presionar, cuándo retroceder un milímetro para volver a empezar.
Me lamió despacio primero, lengua plana contra todo el largo del coño, recogiendo lo que me chorreaba por la cara interna del muslo. Después clavó la punta de la lengua en la entrada y me la metió, me la sacó, me la volvió a meter, como una polla en miniatura que me follaba en cámara lenta. Yo temblaba. Le clavé las uñas en el cuero cabelludo. Ella subió a mi clítoris y lo envolvió con los labios, entero, y empezó a succionarlo con una insistencia constante que me arrancó un gemido ronco que rebotó en los azulejos.
—Así —dije—. Así, no te muevas de ahí.
Succionó mi clítoris como si me hubiera estudiado, como si hubiera escuchado mi cuerpo desde antes de tocarme. Cerré los ojos. Le tiré del pelo y la empujé más fuerte contra mí, sin vergüenza, y ella respondió con un sonido amortiguado que me retumbó por dentro. Sentí su lengua vibrar contra la carne hinchada, sentí cómo abría la boca más grande para chuparme todo el sexo a la vez, cómo volvía a la punta con un ritmo que no dejaba tregua.
Por dios.
Sentí dos de sus dedos entrar, despacio primero, después con un ritmo que coincidía con la lengua. Curvaba la punta hacia arriba en un lugar exacto, como si tuviera un mapa, como si ese mapa lo hubiera dibujado yo y se lo hubiera enviado por correo. Los sacaba enteros hasta la primera falange y me los volvía a hundir hasta los nudillos, con un ruido húmedo que se mezclaba con el del agua. Sumó un tercer dedo. Me abrió un poco más y me llenó, y yo lo agradecí con un gemido largo que me salió del estómago. Apoyé la nuca contra los azulejos. Me empezó a temblar la pierna izquierda.
—No pares —pedí.
—No voy a parar. Corréte en mi boca. Quiero probarte.
No paró. Subió el ritmo apenas, lo justo, movía los dedos como si me estuviera llamando por dentro, con la lengua encajada en el clítoris sin soltarlo un segundo, y yo dejé de ser dueña de nada. El orgasmo me llegó largo, sostenido, con sacudidas que me hicieron resbalar un palmo contra la pared. Sentí que me chorreaba en su boca, en su barbilla, en el agua, sentí cómo cerraba los labios contra mí para no perder nada y cómo tragaba, dos veces, mientras yo todavía me sacudía con los dedos suyos adentro. Renata se quedó ahí abajo todo lo que duré, sin soltar, con el agua cayéndole en la nuca, y solo se separó cuando entendió que yo ya no podía seguir.
Se puso de pie. Estaba empapada y tenía una sonrisa que ahora sí, finalmente, parecía pertenecerle. Me besó otra vez. Me dejó sentir mi propio sabor en su boca, espeso, salado, mezclado con el ron viejo de sus dientes.
—Ahora vos —murmuró, y me agarró la mano.
Me la guio entre sus piernas sin dejar de mirarme. Su coño estaba caliente incluso bajo el agua, hinchado, y el clítoris se le paraba entre mis dedos apenas lo rocé. Me quedé quieta un segundo, aprendiendo, sintiéndola bajo la yema. Ella me apretó la muñeca para que no dudara.
—Metémelos —dijo—. Dos. Fuerte.
Le metí dos dedos y ella dejó caer la cabeza sobre mi hombro con un gemido que me erizó la nuca. Estaba apretada, resbaladiza, viva contra mi mano. Empecé despacio, buscando el ángulo que le había hecho a mí, curvando la punta hacia arriba. Enseguida encontré el lugar: la sentí abrirse un poco más, la escuché soltar un “ahí, ahí, así” contra mi cuello. Aumenté el ritmo. Con el pulgar le busqué el clítoris y se lo froté en círculos, sin dejar de bombearle los dedos adentro. Ella me mordió el hombro, me clavó los dientes en la carne, y empezó a mover las caderas contra mi mano como si me estuviera cogiendo ella a mí.
—Más rápido —jadeó—. Más rápido, no aflojes.
Le clavé los dedos más profundo, le sumé un tercero como había hecho ella conmigo. La sentí ceder, agrandarse, contraerse. Le mordí un pezón, le tiré del pelo hacia atrás para que me diera el cuello y se lo chupé de arriba a abajo mientras seguía metiéndoselos. Renata se corrió pegada a mí, con un grito corto y ronco que le tapó el ruido del agua, y yo sentí cómo se le apretaba el coño alrededor de mis dedos, cómo latía por dentro varias veces antes de soltar. Me quedé adentro hasta el último temblor. Después los saqué despacio y me los llevé a la boca. Tenía razón: valía la pena probarse.
Se quedó apoyada contra mí un rato, respirándome en la clavícula, hasta que el agua empezó a enfriarse. Me sostuvo unos segundos más mientras yo trataba de recordar cómo respirar.
—Eras vos —dijo, en un susurro, contra mi sien—. Toda la noche supe que eras vos.
Después abrió la mampara, agarró su ropa del piso y salió sin secarse. La oí abrir y cerrar la puerta del baño, los pasos por el pasillo, la voz de Damián preguntándole algo, la puerta del departamento.
***
Cuando salí del baño, envuelta en la toalla, los chicos seguían en el living como si nada. Damián me ofreció una cerveza fría. La chica de rulos me pidió que le pasara música. Pregunté con la voz lo más neutra posible.
—¿Y Renata?
—Se fue —dijo Damián, encogiéndose de hombros—. Dijo que mañana arrancaba temprano.
Asentí. Me senté en el sillón con la toalla todavía húmeda y el pelo goteando. Acepté la cerveza. Sonreí cuando alguien hizo un chiste que no escuché.
Por dentro, sin embargo, no estaba ahí. Estaba todavía bajo el agua, con la espalda contra los azulejos, sintiendo dos manos firmes sosteniéndome las caderas, una lengua trabajándome el clítoris sin parar, tres dedos abriéndome por dentro. Estaba descubriendo, con una claridad que ningún trago me había dado en treinta años, que mi cuerpo había estado esperando algo así desde mucho antes de saberlo.
No tenía el teléfono de Renata. No sabía si iba a volver a verla. Y, sin embargo, esa noche entendí algo simple: que la primera vez no es la primera vez que algo pasa. Es la primera vez que una se anima a mirarlo de frente.