La vendedora me esperaba en el probador
Salí de casa con la idea de comprarme dos prendas y volver antes del mediodía. No estábamos en rebajas, no era fin de semana, y la calle peatonal del centro tenía esa quietud rara de los días laborables por la mañana. Mejor para mí. Hacía un calor de junio bastante agresivo, el suficiente para que casi nadie llevara más ropa que una camiseta fina, y yo había salido sin sujetador porque incluso la blusa de algodón ya pesaba al salir del portal.
En las dos primeras tiendas no encontré nada que me llamara. En la tercera, los modelos eran abiertamente escandalosos: tops de seda con la espalda al aire, micro shorts, vestidos que parecían pensados para no llevar nada debajo. Hacía años que no me vestía así. Hacía años que no me apetecía. Y sin embargo, aquella mañana, sí.
Fui descolgando las piezas más atrevidas que veía. Una blusa de gasa transparente. Un mono de licra negro que parecía cosido a la piel del maniquí. Una falda tableada cortísima. Cuando ya tenía el brazo lleno y me dirigía a los probadores, una voz a mi espalda me detuvo.
—¿Te ayudo en algo?
Me giré. Era una de las dependientas, una chica más o menos de mi edad, con un mono ajustadísimo del mismo material que yo había elegido, sandalias planas y un cinturón ancho marcando la curva de la cadera. Tenía los ojos verdes y el pelo recogido en una coleta alta. Sonreía con la naturalidad de alguien que sabe que su sonrisa funciona.
—Estoy mirando, gracias —respondí.
—Me he fijado en lo que llevas en el brazo —dijo, y la mirada se le fue por mi cuerpo entero antes de volver a mis ojos—. A la vuelta del expositor de blusas hay otras piezas en la misma línea. ¿Te las enseño?
Asentí sin pensarlo mucho. La seguí los cuatro pasos hasta el otro lado del local. Caminaba como quien sabe que la están mirando. La lycra le marcaba absolutamente todo, y al ir detrás de ella me di cuenta de que tampoco llevaba ropa interior. Los pezones se le adivinaban duros bajo la tela, y la línea del culo se redondeaba a cada paso sin un solo corte de prenda interior.
—Me llamo Mireya —dijo, descolgando un vestido—. Si quieres una opinión sincera mientras te las pruebas, me avisas. No siempre se ve una bien sola en el espejo.
—Bonito nombre.
—Un capricho de mi abuela. Antes lo odiaba, ahora me gusta.
Le sonreí. Cogí tres prendas más de las que ella me sugería y me dirigí a los probadores con el brazo lleno. Mireya vino detrás, sin preguntar si me molestaba. Cuando llegué al cubículo del fondo, ella se quedó fuera, apoyada en el marco de la puerta, en una posición desde la que controlaba el pasillo entero y, casualmente, también tenía vista directa de mi cubículo.
—No corras la cortina si estamos solas —dijo—. Así te voy diciendo cómo te queda.
No respondí. Tampoco la corrí.
Me quité la camiseta de un tirón. Los pezones se me marcaron de inmediato en el aire fresco del aire acondicionado, y vi por el rabillo del ojo cómo a ella se le iba la mirada al pecho. No la disimuló. Cogí el primer top, uno de seda crudo con la espalda completamente abierta, y me lo coloqué sin sujetador, porque tampoco habría podido llevarlo.
—¿Qué tal? —pregunté, girándome ante el espejo.
—Espectacular. Se te ven los pechos preciosos con eso, y la espalda desnuda termina de rematarlo. Ahora el short.
Me desabroché la falda y la dejé caer. Quedé en tanga ante ella, sin pudor, en medio del pasillo del probador. Sabía que me estaba mirando y, por algún motivo, eso me ponía. Hacía años que no sentía esa mezcla de vergüenza, calor y curiosidad. Me puse el micro short, lo subí contoneándome un poco más de lo necesario, y me giré.
El short me dejaba la mitad inferior de las nalgas al aire y la cintura me llegaba justo donde habría empezado el vello púbico si no estuviera depilada por completo. El top no alcanzaba el ombligo. La forma de mis pechos se transparentaba bajo la seda, y los pezones rosados se marcaban como dos puntos perfectamente definidos.
—Putón —murmuré, casi para mí.
—No te oigo —contestó ella, con una risita.
—Que me veo demasiado.
—Demasiado para tu vida diaria, no para hoy.
Me reí. Empezaba a tener calor de verdad, y no por el aire acondicionado. Decidí seguir. Me saqué el short y, esta vez, también el tanga. Lo hice de cara a ella, en medio del pasillo, sin cubrirme. Mireya no apartó los ojos. Le brillaban.
—Con este mono no se puede llevar nada debajo —me había dicho un minuto antes, alargándomelo—. Así que aprovecha.
Fui metiendo las piernas en la lycra. Era tan fina y tan ajustada que parecía una segunda piel pintada sobre el cuerpo. Cuando la subí por encima de la cadera, Mireya soltó un silbido bajo.
—Te queda como si te lo hubieran cosido encima.
Metí los brazos por los tirantes. El escote me llegaba prácticamente al ombligo. Los pechos se me sostenían sin sujeción, las areolas rosadas se transparentaban a través de la tela, y el pubis depilado se marcaba con la misma claridad que si estuviera desnuda.
—Me estoy excitando —dije, sin pensar mucho—. Como me lo manche, tendrás que dejármelo.
—Tranquila. Si te lo manchas, te lo quedas.
***
Volví a sacarme el mono y cogí la falda tableada y la blusa de gasa. La falda era tan corta que, al inclinarme un poco, se me veía el culo entero. La blusa, transparente, no la abotoné: la até con un nudo justo bajo los pechos. Sin nada debajo, en cualquier otra parte de la ciudad habría sido motivo de detención. Mireya entró por fin en el cubículo.
—¿Puedo?
No esperó a que contestara. Me puso las manos en la cintura desnuda, despacio, dándome tiempo a apartarme. No me aparté. Dio un paso más, hasta que sus pechos enormes, todavía enfundados en lycra, se aplastaron contra los míos.
—Llevo media hora pensando si me iba a atrever —susurró.
—Yo llevo media hora pensando si te ibas a atrever tú.
El beso fue el más profundo que me han dado nunca. Su lengua entró sin permiso y la mía salió a buscarla. Cruzaba la saliva entre las dos bocas con una urgencia que yo no me sabía. Una de sus manos me bajó por la espalda, levantó la falda tableada y se apoderó de una nalga, apretándola con firmeza, como si estuviera comprobando algo. Yo le metí las manos por el escote del mono y le saqué los pechos por encima de la tela. Eran enormes, algo caídos, las areolas anchas y oscuras, los pezones rígidos. Le pellizqué uno entre el pulgar y el índice, y ella mordió mi labio inferior.
Nunca había besado a una mujer. Ni en bromas de borrachera ni en juegos de instituto. Pero la boca de Mireya sabía a lo que yo siempre había intuido que sabría, sin atreverme a comprobarlo nunca. Y sus manos, más pequeñas que las de cualquier hombre con el que había estado, encontraban cada vez exactamente el sitio.
Un dedo suyo se coló por detrás. Bajó por la separación de las nalgas, encontró el ano, lo tanteó, y siguió bajando hasta los labios de mi vulva. Me los recorrió de arriba abajo, los abrió un poco, y volvió a subir. Yo solté un gemido contra su boca.
—Cierra la puerta —le pedí, con la voz rota—. Cierra y pon el cartel, por favor.
***
Mireya se recolocó los pechos dentro del mono a duras penas, salió, cerró la puerta del probador con el pestillo y enganchó por fuera el cartel de probador en uso. Cuando volvió, ya se estaba bajando el mono por la cadera. Los pechos volvieron a saltarle fuera antes de que terminara de quitárselo, y la cadera ancha le costó un instante más. Yo, mientras tanto, dejé caer la falda tableada al suelo enmoquetado y me desaté el nudo de la blusa.
Quedamos las dos desnudas, cara a cara, sobre un metro cuadrado de moqueta gris.
—Ven —dijo, y me tiró suavemente del brazo.
Nos arrodillamos las dos y luego ella se dejó caer de espaldas. Quedé encima, con un muslo entre los suyos, sintiendo el calor de su sexo contra mi pierna. Empecé por el cuello. La besé bajo la oreja, donde un mechón escapado de la coleta olía a perfume cítrico. Bajé por la clavícula, mordí suavemente el hombro y llegué a los pechos. Eran tan grandes que no me cabían en la mano. Los recorrí con la lengua, primero uno y luego el otro, cerrando la boca alrededor del pezón y tirando hacia arriba hasta que ella arqueó la espalda.
Seguí bajando. Pasé la lengua por la curva del vientre, metí la punta en el ombligo solo para hacerla reír, y llegué por fin al pubis depilado. Le abrí los muslos con las dos manos. Ella ya tenía la vulva brillante.
No usé los dedos. Solo la lengua. Le recorrí los labios externos, los abrí despacio con la punta y entré un poco. Subí hasta encontrar el clítoris y lo rocé apenas, lo justo para hacerla soltar un gemido que se le escapó más fuerte de lo que ella habría querido en una tienda con clientes.
—Más bajo, por favor —susurré contra su muslo—. Que te van a oír desde la calle.
—No puedo —contestó ella, riéndose con la voz cortada—. Sigue.
La cogí de los muslos, le levanté las caderas hasta dejarla apoyada prácticamente solo sobre el cuello y los hombros, y le abrí las nalgas con los pulgares. Le pasé la lengua por el perineo, recorrí el camino entero hasta el ano y me detuve allí un momento, sintiéndola estremecerse. Luego volví al clítoris. La alterné: ano, clítoris, ano, clítoris, sin descanso, sin meter un solo dedo.
Mireya empezó a temblar de una forma que no había visto temblar a nadie. Tenía la cabeza echada hacia atrás, los pechos rebotándole con cada espasmo, una mano agarrada a la moqueta y la otra agarrada a mi pelo.
—No pares, no pares, no pares —repetía—. Me derrito, me derrito, me derrito.
No paré. Cuando se corrió fue como si algo le saltara por dentro: dio un golpe seco con las caderas, soltó un grito ahogado contra su propia muñeca y se quedó un instante con todo el cuerpo en tensión antes de volver a desplomarse sobre la moqueta.
—Ahora tú —dijo, todavía jadeando—. No, espera. Mejor ven aquí, encima de mi cara.
***
La dejé acomodarse de espaldas. Pasé una pierna por encima de su cabeza y bajé las caderas despacio, hasta que sentí su aliento en mi sexo. En cuanto la lengua de Mireya me tocó, supe que iba a durar dos minutos. Tenía los dedos de las dos manos abriéndome los labios y la lengua le entraba más profundo de lo que yo creía que se podía entrar con una lengua. Le agarré la coleta con una mano para no perder el equilibrio y con la otra me apreté un pezón.
—Así, así —murmuré, como hablándole a otra persona—. Sigue así.
Sus manos subieron por mis nalgas, las separó del todo y la lengua salió del coño para ir a parar al ano. Lo recorrió primero por fuera, en círculos, y luego empujó hacia dentro hasta que la sentí entrar. No me lo había hecho nadie. Ni siquiera me había planteado nunca pedirlo. Y allí, sobre la cara de una desconocida que llevaba media hora siendo Mireya, descubrí que era exactamente lo que llevaba años sin saber que necesitaba.
—Sigue —jadeé—. Cómeme entera, no pares.
Nunca había hablado así follando con nadie. Pero con ella era distinto. Con ella podía decir cualquier cosa y no sentirme ridícula al día siguiente. Le dije cosas que nunca había dicho en voz alta. Le pedí que no parara, le anuncié con palabras lo que mi cuerpo le estaba haciendo a su cara, le solté barbaridades que ni en mi cabeza me había permitido formular antes. Y me corrí encima de ella con un orgasmo largo, sucio y honesto, mientras la lengua le seguía entrando en el ano como si no fuera a salir nunca.
Cuando bajé las caderas, ella tenía la boca brillante y una sonrisa cansada. Me dejé caer a su lado en la moqueta. Quedamos las dos desnudas, escuchando el aire acondicionado y los pasos lejanos de alguien que acababa de entrar en la tienda.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora te pones algo de tu ropa, sales con cara de haberte probado mucho, pagas el mono y la falda en caja y vuelves la semana que viene.
—¿La semana que viene?
—Tengo el turno de mañana los martes.
He vuelto muchas veces a esa tienda.