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Relatos Ardientes

Mi ex vecino me esperó hasta su primera vez

Hace tres meses me mudé del fraccionamiento donde había vivido casi dos años. No me fui lejos, solo a otra zona de Mazatlán, pero el cambio de barrio fue suficiente para perder la rutina con los vecinos. Por eso me sorprendió que mi antigua casera me llamara una noche para avisarme que había llegado un paquete a mi nombre y que llevaba días intentando ubicarme.

Era un pedido que yo había dado por perdido. Había llamado a la mensajería tres veces, había escrito reclamos en su página, había exigido el reembolso. Ahora resultaba que la caja llevaba más de una semana en la caseta de un fraccionamiento al que ya no entraba. Quedé en pasar por ella al día siguiente, antes de la oficina.

Esa mañana me bañé con calma. Tenía visita en casa —mis padres habían venido por una semana desde el norte— y aprovechaba para sacarme la depilación pendiente. Una nunca sabe. Llevaba semanas sin coger, primero por un resfriado, después por la llegada de mis viejos, y ya me empezaba a doler la abstinencia. Soy de las que necesitan al menos un encuentro a la semana para sentirme tranquila, y esa mañana no esperaba nada, pero el ritual lo hice igual.

Me puse un bikini verde, normal. Mi papá detesta los que me clavo en la cola, y como íbamos a pasar la tarde en la playa con él y mi madre, opté por algo discreto. Encima me eché un vestido playero color arena, holgado, de los que se quitan jalando una sola tira. Hice una media coleta, me unté crema en piernas y brazos, y salí hacia el coche con la chamarra de hilo bajo el brazo.

El fraccionamiento estaba a veinte minutos. Cuando llegué, el de la pluma me explicó que el paquete había sido demasiado grande para dejarlo en la caseta y que había terminado en la casa de mi antigua casera. Bajé del coche, abrí la cajuela, y caminé hasta la puerta. Mi antigua casera ya tenía la caja afuera. Le di las gracias, intercambiamos cinco frases de cortesía y me devolví al coche con la caja entre los brazos.

Estaba terminando de acomodarla en la cajuela cuando una sombra cruzó el reflejo del cristal.

—Hola, Cami.

Me giré despacio. Ahí estaba, parado a dos metros, con un short deportivo gris y una playera blanca. Mateo. El vecinito flaco al que vi crecer mientras viví ahí. El chico al que un par de veces dejé pasar a mi casa cuando se le caía la pelota al patio, el que me ayudaba a meter las bolsas del súper, el que me miraba sin querer mirarme cuando yo cruzaba el jardín en bikini camino a la alberca.

Ya no era flaco. Estaba más ancho de hombros, con el pecho marcado debajo de la playera, con la mandíbula más definida. Seguía teniendo, eso sí, esa carita de niño bueno que en otra época me daba ternura.

—Hola, chicuelo —le dije, y noté cómo el apodo le hizo torcer la boca.

—Ya no me digas chicuelo —contestó, y se rio—. Te fuiste sin avisar.

—Avisé. Lo que pasa es que nadie estaba pendiente del camión de mudanzas a las ocho de la mañana de un miércoles.

—Yo sí estaba.

Lo miré. Lo dijo con una naturalidad que casi pasaba por broma, pero los ojos se le pusieron serios un segundo. Cerré la cajuela y me apoyé contra el coche.

—¿Qué cuentas? —pregunté para llenar el aire.

—Pues lo mismo de siempre. Basquetbol, el cole, ayudar a mi mamá. Y aburrirme.

—¿Aburrirte de qué?

—De que ya no hay vecinas como tú.

Solté una carcajada. Él se quedó serio.

—Hablo en serio, Cami. No hay. A tu casa entraron dos chavos que se la pasan jugando videojuegos hasta la madrugada, y al departamento del fondo llegó una familia con tres hijos. Ya nadie cruza el jardín como cruzabas tú.

—Pobrecito. No tienes a quién espiar.

—No te espiaba.

—Mateo —le dije, ladeando la cabeza—. Yo dejaba las ventanas abiertas a propósito. Sabía que pasabas por enfrente todos los días a las cinco, después del entrenamiento.

Se le subió el color a la cara. Bajó la mirada un segundo, luego me la sostuvo.

—¿Las dejabas abiertas a propósito?

—A veces.

—¿Por qué?

—Porque me daba morbo saber que alguien estaba mirando.

Hubo un silencio. Un coche pasó por la avenida. Un perro ladró tres veces y se calló.

—¿Tu mamá está en casa? —le pregunté.

—No. Salió temprano. Vuelve hasta la tarde.

—¿Tu papá?

—Está de viaje.

Lo pensé tres segundos. Tres segundos exactos. No más. Miré el reloj del tablero a través del cristal: ocho y media. Tenía hora y media antes de mi primera junta. Tenía un vestido playero que se quitaba con una tira. Tenía la depilación recién hecha. Tenía un chavo que me había visto pasar dos años casi en pelotas y al que evidentemente le faltaba algo.

—Sube la caja al coche —le dije.

La cargó como si no pesara y la acomodó al fondo de la cajuela. Cerré la puerta del lado del conductor con el control. Caminé hasta la banqueta. Él me siguió.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—A tu casa. Veinte minutos. Quiero que me cuentes algo.

***

La sala estaba a media luz. Las cortinas corridas, un ventilador girando despacio en el techo, olía a café y a un perfume floral que debía ser de su madre. Me senté en el sillón, crucé las piernas, dejé el bolso al lado.

—Siéntate enfrente.

Lo hizo. Tenía las manos apoyadas en las rodillas. Me miraba como quien mira un examen final para el que no estudió.

—Cuéntame. ¿Qué has hecho?

—¿En qué sentido?

—En este sentido.

—Ah. —Bajó la mirada—. No mucho.

—Dime qué.

—Besos.

—¿Cuántas chavas?

—Dos.

—¿Con lengua?

—Con una sí. La otra fue un piquito en una fiesta.

—¿Algo más?

Negó con la cabeza.

—¿Tocar?

—Por encima de la ropa. Una vez. Y se asustó. O me asusté yo, no sé.

—¿Sexo oral? ¿Te han hecho? ¿Has hecho?

—No.

—¿Sexo?

—No.

Me quedé callada. Lo miré bien. Tenía las orejas rojas. Le brillaba un poco la frente. Le pasé la mano por la rodilla, despacio, sin presión.

—¿Y por qué me estás contando todo esto, Mateo?

—Porque me preguntaste.

—No. Me lo estás contando porque querías contármelo. Llevo veinte minutos viéndote la cara y sé exactamente lo que estás pensando.

—¿Qué estoy pensando?

—Estás pensando que tienes dieciocho años, que tus amigos cuentan mentiras los lunes en la cancha, que tú nunca tienes nada que contar, y que si no me pides algo ahora, no me lo vas a pedir nunca.

Asintió. No habló.

—Levántate —le dije.

Lo hizo. Me puse de pie también. Quedamos a quince centímetros. Le tomé las dos manos.

—Te voy a enseñar todo. ¿Sí? Pero vamos a ir paso por paso. Si te digo que pares, paras. Si te digo que sigas, sigues. ¿Trato?

—Trato.

—Pon tus manos aquí. —Se las llevé a la cintura, sobre la tela del vestido—. Apriétame un poquito. Así. Ahora baja una. La otra, no, déjala donde está. Más abajo. Más. En la nalga. Quieto. Aprieta. Otra vez. Ahora círculos suaves. Eso. Así.

Lo veía concentrado, casi serio. Trabajaba como quien arma un mueble de instructivo: revisando dos veces cada paso, sin prisa. Me hizo gracia. Me hizo también otras cosas.

—Ahora súbeme la otra a la espalda. Pégame a ti.

Lo hizo. Pegó nuestros cuerpos. Sentí, contra mi cadera, que el chavo se traía algo. No era pequeño. Levanté una ceja.

—Vaya. Tenías esto escondido.

Soltó una risa nerviosa.

—Mírame —le dije—. Voy a besarte. Tú no empujes con la lengua. Solo deja que pase la mía. ¿Sí?

—Sí.

Le di el beso despacio. Le pasé la punta de la lengua por el labio de abajo primero. Luego entré. Él se quedó quieto un segundo, como si me estuviera escuchando con la boca, y después empezó a responder. Con torpeza, con ansiedad, pero sin pelearme el ritmo. Le tomé la cara con una mano. Lo acerqué más.

Cuando me separé, tenía la respiración corta.

—Vas bien —le dije—. Quítate la playera.

Se la quitó. Tenía el pecho marcado de aguantar muchas tardes de cancha. Le pasé la mano por el esternón. Lo besé otra vez, esta vez sin instrucciones. Le bajé la mano por el abdomen, por encima del elástico del short.

—Siéntate en el sillón.

Lo hizo. Me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el short y el bóxer en un solo movimiento. Saltó. Estaba tan duro que tenía la punta brillante.

—Mateo.

—¿Qué?

—Esta es la única vez que te voy a pedir permiso. ¿Me dejas?

—Por favor —dijo. Lo dijo así, pidiendo por favor. Casi sonreí.

Le rodeé la base con la mano. Le pasé la lengua por debajo, despacio, desde donde lo agarraba hasta la punta. Lo escuché contener el aire. Hice una pausa para mirarlo. Tenía los ojos cerrados.

—Mírame cuando lo haga —le dije.

Abrió los ojos. Lo metí en la boca. Despacio al principio, ganando ritmo. Subía y bajaba con una mano siguiéndome la boca, marcándole el límite. Le pasaba la lengua por la punta cada vez que llegaba arriba. Lo escuchaba respirar como si estuviera corriendo.

—Cami —dijo, con la voz quebrada—. Cami, espera.

—No esperes —le contesté, y volví.

Lo terminé yo, y él intentó avisarme apretándome el hombro un segundo antes. No me retiré. Lo recibí entero, tragué, le pasé la lengua otra vez para asegurarme de que no quedara nada. Cuando levanté la cabeza, tenía la cara de alguien al que acaban de informar que ganó la lotería.

—Eso fue —dijo—. Eso fue.

—Eso fue uno —le contesté—. Te falta otra cosa.

Se rio. Tenía el pelo pegado a la frente. Me senté a su lado, me dejé caer hacia atrás, me solté un tirante del bikini. Mi pecho derecho quedó al aire. Él me miró como si fuera la primera vez que veía uno.

—¿Tienes condones?

Se quedó quieto. Luego se levantó de un brinco, se subió el bóxer, se fue corriendo a su mochila escolar. Volvió con uno en la mano. De los que reparten en clase de salud.

—Suficiente —dije—. Dame dos minutos para empezar de nuevo.

Lo dejé respirar. Yo también respiré. Tenía el sexo empapado, pegándome la tela del bikini. Estiré los brazos por encima de la cabeza, arqueé la espalda contra el respaldo del sillón, le di una sonrisa que no era inocente.

—Ven —le dije, cuando lo vi listo otra vez—. Bésame.

Me besó. Esta vez sin instrucciones, sin pedir permiso. Me bajó el otro tirante del bikini. Le tomé la mano y se la guie al pecho. Le mostré cómo masajearlo, cómo apretar despacio, cómo soltar. Le acerqué la boca a la otra teta y él entendió solo. La besó. La mordió, suave. Le rasqué la espalda. Me iba a venir solo con eso.

—Levántate —le dije.

Me puse de pie con él. Dejé caer el vestido. Jalé los listones del bikini. Quedé desnuda en su sala, con la luz filtrándose entre las cortinas, con un chavo de dieciocho años mirándome como si yo fuera el manual entero.

—Ahora siéntate.

Volvió al sillón. Tomé el condón. Lo abrí. Le bajé el bóxer otra vez, le puse la punta y se lo coloqué con la mano y con la boca en un solo movimiento. Otra cara de incredulidad.

Me subí encima. Le sujeté la base con la mano. Le pasé la punta por mí, despacio, dejando que sintiera lo mojada que estaba. Lo escuché gemir bajito. Me dejé caer despacio. Centímetro por centímetro. Sentí cómo me llenaba. Cuando estuvo entero adentro, me quedé quieta un segundo. Le besé la frente.

—Mírame.

Me miró. Tenía los ojos vidriosos. Empecé a moverme. Despacio al principio. Lo dejé sentir el ritmo, lo dejé entender cómo apretaba mi cuerpo alrededor del suyo. Le tomé las manos, se las llevé otra vez al pecho. Después a la cintura. Le enseñé a sostenerme. Cuando me dejé caer más rápido, fue él quien empezó a empujar de regreso.

Le di mordidas suaves en el cuello. Le clavé las uñas en los hombros. Lo monté a un ritmo que se fue acelerando solo. Él me miraba subir y bajar como si estuviera viendo un milagro. Me apretó los muslos. Me apretó el culo. Me clavó los dedos. Me dejó marcas que iba a sentir esa misma tarde en la playa.

Yo ya estaba cerca. Lo notaba en la forma en que me empezaba a temblar el estómago. Me incliné hacia adelante, me apoyé en sus hombros, me pegué a él para que las tetas le rozaran el pecho a cada bajada. Él me apretó el brazo y dijo mi nombre. Lo dijo entero. Lo dijo como una pregunta.

—Aguanta —le dije—. Aguanta. Conmigo.

Aguantó. Yo me vine primero. Me vine con una sacudida que me dobló por la mitad, con la frente pegada a su frente, con la mandíbula apretada para no gritar en mitad de la mañana de un día laboral en una sala ajena. Él me sintió contraerme y se vino dos segundos después. Le sentí los espasmos, la cara enterrada en mi cuello, el aire entrecortado contra mi clavícula.

Me quedé encima un rato. No me podía mover. No quería. Le acaricié la nuca despacio. Le di un beso en la sien. Él me abrazó como si yo fuera un salvavidas.

Cuando por fin me levanté, me bajé con cuidado. Le quité el condón. Lo enrollé en papel higiénico, lo até, lo metí hasta el fondo del bote de basura del baño y le tiré encima un par de bolas de papel para taparlo. Volví. Él seguía en el sillón, con la mirada en el techo, con una sonrisa que parecía no caberle.

—Tengo que irme —le dije.

—¿Cuándo regresas?

—No sé. Pero regreso.

Me metí a la ducha de su baño. Me enjabonó él. Le dejé. Aproveché para enseñarle a tocar a una mujer con la mano enjabonada, lo que es una bonita lección colateral. Tuvo otra erección entre los dedos, pero a esa la dejamos vivir y morir en paz. Tenía que volver a ser una mujer presentable en menos de quince minutos.

Me prestó desodorante de su madre. Me prestó crema. Le pedí un poco de perfume, también de su madre, y le hice prometer que no diría que al frasco le faltaba algo. Me vestí. Él me ayudó. Me ató el listón del bikini con las manos torpes de alguien que apenas se las acababa de aprender, y me hizo reír.

En la puerta lo abracé. Le di un beso largo, último, lento.

—Mateo.

—¿Qué?

—Puedes contarlo, si te hace falta. Pero no con quién. Y si descubro que sacaste foto o video, te corto algo importante. ¿Estamos?

—Estamos.

—Y otra cosa.

—¿Qué?

—La próxima vez la pones tú.

Me reí, le di un pellizco suave en el hombro y salí. Cerré la puerta detrás de mí. Caminé hasta el coche con el sol pegándome en la nuca. Manejé hasta la oficina con el aire encendido al máximo. Llegué cinco minutos antes de la junta, sin oler a nada que no fuera el perfume floral de la madre de Mateo, con el cuerpo todavía vibrándome y con la cabeza más despejada de lo que la había sentido en semanas.

Esa misma tarde fui a la playa con mis padres. Hablé del clima, jugué con la arena, comí ceviche, bebí una michelada. Mi mamá me dijo, en algún momento del atardecer, que me notaba contenta. Le dije que era el aire del mar. Ella se rio.

No le mentí del todo.

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Comentarios (4)

Tuli_Lectora

Que relato!!! me encanto, se me fue volando

Marisol_Lc

Se me hizo cortisimo, por favor seguí contando. Quede con ganas de saber mas!!

MatiCdba

Que bueno cuando alguien sabe escribir sin hacerlo ordinario. Se siente real y eso vale mucho.

CarlosG_BA

Me recordo una situacion parecida que viví de joven... jajaja esas cosas no se olvidan. Buen relato!

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