Mi ex vecino me esperó hasta su primera vez
Hace tres meses me mudé del fraccionamiento donde había vivido casi dos años. No me fui lejos, solo a otra zona de Mazatlán, pero el cambio de barrio fue suficiente para perder la rutina con los vecinos. Por eso me sorprendió que mi antigua casera me llamara una noche para avisarme que había llegado un paquete a mi nombre y que llevaba días intentando ubicarme.
Era un pedido que yo había dado por perdido. Había llamado a la mensajería tres veces, había escrito reclamos en su página, había exigido el reembolso. Ahora resultaba que la caja llevaba más de una semana en la caseta de un fraccionamiento al que ya no entraba. Quedé en pasar por ella al día siguiente, antes de la oficina.
Esa mañana me bañé con calma. Tenía visita en casa —mis padres habían venido por una semana desde el norte— y aprovechaba para sacarme la depilación pendiente. Una nunca sabe. Llevaba semanas sin coger, primero por un resfriado, después por la llegada de mis viejos, y ya me empezaba a doler la abstinencia. Soy de las que necesitan al menos una buena follada a la semana para sentirse tranquilas, y esa mañana no esperaba nada, pero el ritual lo hice igual: cera en las ingles, coño liso, culo pelado hasta la última pelusa, crema perfumada entre los muslos.
Me puse un bikini verde, normal. Mi papá detesta los que me clavo en la cola, y como íbamos a pasar la tarde en la playa con él y mi madre, opté por algo discreto. Encima me eché un vestido playero color arena, holgado, de los que se quitan jalando una sola tira. Hice una media coleta, me unté crema en piernas y brazos, y salí hacia el coche con la chamarra de hilo bajo el brazo.
El fraccionamiento estaba a veinte minutos. Cuando llegué, el de la pluma me explicó que el paquete había sido demasiado grande para dejarlo en la caseta y que había terminado en la casa de mi antigua casera. Bajé del coche, abrí la cajuela, y caminé hasta la puerta. Mi antigua casera ya tenía la caja afuera. Le di las gracias, intercambiamos cinco frases de cortesía y me devolví al coche con la caja entre los brazos.
Estaba terminando de acomodarla en la cajuela cuando una sombra cruzó el reflejo del cristal.
—Hola, Cami.
Me giré despacio. Ahí estaba, parado a dos metros, con un short deportivo gris y una playera blanca. Mateo. El vecinito flaco al que vi crecer mientras viví ahí. El chico al que un par de veces dejé pasar a mi casa cuando se le caía la pelota al patio, el que me ayudaba a meter las bolsas del súper, el que me miraba sin querer mirarme cuando yo cruzaba el jardín en bikini camino a la alberca.
Ya no era flaco. Estaba más ancho de hombros, con el pecho marcado debajo de la playera, con la mandíbula más definida. Seguía teniendo, eso sí, esa carita de niño bueno que en otra época me daba ternura. Y algo se le marcaba en el short, un bulto en reposo que ya avisaba tamaño.
—Hola, chicuelo —le dije, y noté cómo el apodo le hizo torcer la boca.
—Ya no me digas chicuelo —contestó, y se rio—. Te fuiste sin avisar.
—Avisé. Lo que pasa es que nadie estaba pendiente del camión de mudanzas a las ocho de la mañana de un miércoles.
—Yo sí estaba.
Lo miré. Lo dijo con una naturalidad que casi pasaba por broma, pero los ojos se le pusieron serios un segundo. Cerré la cajuela y me apoyé contra el coche.
—¿Qué cuentas? —pregunté para llenar el aire.
—Pues lo mismo de siempre. Basquetbol, el cole, ayudar a mi mamá. Y aburrirme.
—¿Aburrirte de qué?
—De que ya no hay vecinas como tú.
Solté una carcajada. Él se quedó serio.
—Hablo en serio, Cami. No hay. A tu casa entraron dos chavos que se la pasan jugando videojuegos hasta la madrugada, y al departamento del fondo llegó una familia con tres hijos. Ya nadie cruza el jardín como cruzabas tú.
—Pobrecito. No tienes a quién espiar.
—No te espiaba.
—Mateo —le dije, ladeando la cabeza—. Yo dejaba las ventanas abiertas a propósito. Sabía que pasabas por enfrente todos los días a las cinco, después del entrenamiento.
Se le subió el color a la cara. Bajó la mirada un segundo, luego me la sostuvo.
—¿Las dejabas abiertas a propósito?
—A veces.
—¿Por qué?
—Porque me daba morbo saber que alguien estaba mirando. Porque a veces yo estaba en el sillón con la mano metida en el calzón y pensaba en ti mirándome desde la banqueta. Cerraba los ojos y me venía imaginando que se te ponía dura del otro lado de la reja.
Se quedó sin aire. Le vi la garganta moverse.
Hubo un silencio. Un coche pasó por la avenida. Un perro ladró tres veces y se calló.
—¿Tu mamá está en casa? —le pregunté.
—No. Salió temprano. Vuelve hasta la tarde.
—¿Tu papá?
—Está de viaje.
Lo pensé tres segundos. Tres segundos exactos. No más. Miré el reloj del tablero a través del cristal: ocho y media. Tenía hora y media antes de mi primera junta. Tenía un vestido playero que se quitaba con una tira. Tenía la depilación recién hecha. Tenía un coño palpitando desde hacía dos semanas. Tenía un chavo de dieciocho años que me había visto pasar dos años casi en pelotas y al que evidentemente le faltaba mucho.
—Sube la caja al coche —le dije.
La cargó como si no pesara y la acomodó al fondo de la cajuela. Cerré la puerta del lado del conductor con el control. Caminé hasta la banqueta. Él me siguió.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—A tu casa. Veinte minutos. Quiero que me cuentes algo.
***
La sala estaba a media luz. Las cortinas corridas, un ventilador girando despacio en el techo, olía a café y a un perfume floral que debía ser de su madre. Me senté en el sillón, crucé las piernas, dejé el bolso al lado.
—Siéntate enfrente.
Lo hizo. Tenía las manos apoyadas en las rodillas. Me miraba como quien mira un examen final para el que no estudió.
—Cuéntame. ¿Qué has hecho?
—¿En qué sentido?
—En este sentido.
—Ah. —Bajó la mirada—. No mucho.
—Dime qué.
—Besos.
—¿Cuántas chavas?
—Dos.
—¿Con lengua?
—Con una sí. La otra fue un piquito en una fiesta.
—¿Algo más?
Negó con la cabeza.
—¿Tocar?
—Por encima de la ropa. Una vez. Y se asustó. O me asusté yo, no sé.
—¿Te han chupado la verga? ¿Has chupado un coño?
—No.
—¿Has cogido?
—No.
—¿Te la jalas?
Se puso rojo hasta las orejas.
—Todos los días.
—¿Pensando en qué?
—En ti. Casi siempre en ti.
Me quedé callada. Lo miré bien. Tenía las orejas rojas. Le brillaba un poco la frente. Le pasé la mano por la rodilla, despacio, sin presión, y le vi la verga saltar dentro del short.
—¿Y por qué me estás contando todo esto, Mateo?
—Porque me preguntaste.
—No. Me lo estás contando porque querías contármelo. Llevo veinte minutos viéndote la cara y sé exactamente lo que estás pensando.
—¿Qué estoy pensando?
—Estás pensando que tienes dieciocho años, que tus amigos cuentan mentiras los lunes en la cancha, que tú nunca tienes nada que contar, y que si no me pides algo ahora, no me lo vas a pedir nunca.
Asintió. No habló.
—Levántate —le dije.
Lo hizo. Me puse de pie también. Quedamos a quince centímetros. Le tomé las dos manos.
—Te voy a enseñar todo. ¿Sí? Pero vamos a ir paso por paso. Si te digo que pares, paras. Si te digo que sigas, sigues. ¿Trato?
—Trato.
—Pon tus manos aquí. —Se las llevé a la cintura, sobre la tela del vestido—. Apriétame un poquito. Así. Ahora baja una. La otra, no, déjala donde está. Más abajo. Más. En la nalga. Quieto. Aprieta. Otra vez. Ahora círculos suaves. Eso. Así.
Lo veía concentrado, casi serio. Trabajaba como quien arma un mueble de instructivo: revisando dos veces cada paso, sin prisa. Me hizo gracia. Me hizo también otras cosas: la calzón del bikini se me pegó al coño de lo mojada que ya estaba.
—Ahora súbeme la otra a la espalda. Pégame a ti.
Lo hizo. Pegó nuestros cuerpos. Sentí, contra mi cadera, que el chavo se traía algo. No era pequeño. Era un pedazo de verga que le empujaba la tela del short y me apretaba justo arriba del hueso. Levanté una ceja.
—Vaya. Tenías esto escondido.
Soltó una risa nerviosa. Le bajé la mano por encima del short, le apreté la verga entera sobre la tela, la sentí latir bajo mi palma.
—Mírame —le dije—. Voy a besarte. Tú no empujes con la lengua. Solo deja que pase la mía. ¿Sí?
—Sí.
Le di el beso despacio. Le pasé la punta de la lengua por el labio de abajo primero. Luego entré. Él se quedó quieto un segundo, como si me estuviera escuchando con la boca, y después empezó a responder. Con torpeza, con ansiedad, pero sin pelearme el ritmo. Le tomé la cara con una mano. Lo acerqué más. Le mordí el labio, le chupé la lengua, le metí la mía hasta el fondo hasta oírlo gemir contra mi boca.
Cuando me separé, tenía la respiración corta.
—Vas bien —le dije—. Quítate la playera.
Se la quitó. Tenía el pecho marcado de aguantar muchas tardes de cancha. Le pasé la mano por el esternón, le rasqué con la uña un pezón hasta ponerlo duro, le seguí la línea del abdomen. Lo besé otra vez, esta vez sin instrucciones. Le bajé la mano por el vientre, por encima del elástico del short, y metí los dedos por debajo. Le agarré la verga a piel. Estaba caliente, gruesa, con la punta ya mojada. Le apreté la base, le pasé el pulgar por el glande, le repartí su propio líquido por toda la punta. Él soltó un gemido ronco que le salió del pecho.
—Siéntate en el sillón.
Lo hizo. Me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el short y el bóxer en un solo movimiento. Saltó. La verga le rebotó contra el vientre, dura, curvada hacia arriba, con las venas marcadas y la punta brillante de tanto pre-semen. Era más grande de lo que había calculado por encima de la tela: gruesa, larga, con los huevos apretados debajo, rojos de aguante. Se me hizo agua la boca.
—Mateo.
—¿Qué?
—Esta es la única vez que te voy a pedir permiso. ¿Me dejas chupártela?
—Por favor —dijo. Lo dijo así, pidiendo por favor. Casi sonreí.
Le rodeé la base con la mano. Se la apreté con los cinco dedos, se la sostuve firme, la sentí latir contra la palma. Le pasé la lengua por debajo, despacio, desde donde lo agarraba hasta la punta, recorriéndole la vena gruesa que le corría por el centro. Lo escuché contener el aire. Me metí un huevo entero en la boca, se lo chupé despacio, después el otro, mientras con la mano le hacía una jalada lenta desde la base. Le pasé la lengua por el puente que separa los huevos de la verga, un lametón largo hasta el glande, y ahí me detuve. Hice una pausa para mirarlo. Tenía los ojos cerrados, la boca abierta, la mandíbula floja.
—Mírame cuando me la meto en la boca —le dije—. Quiero que veas cómo se te pierde adentro.
Abrió los ojos. Los clavó en mí. Le sostuve la mirada mientras abría la boca, sacaba la lengua, le apoyaba la punta de la verga en la lengua, y me la metía entera hasta que la punta me tocó el fondo del paladar. La escuché entrar. La sentí llenarme la boca. Él soltó un gemido largo que le salió desde adentro.
—Puta madre —dijo—. Puta madre, Cami.
Empecé a moverme. Despacio al principio, ganando ritmo. Subía y bajaba con una mano siguiéndome la boca, marcándole el límite. Le pasaba la lengua por la punta cada vez que llegaba arriba, le hacía un círculo por el glande, le apretaba el frenillo con los labios. Después bajaba otra vez hasta el fondo, hasta hacerme arcadas suaves, hasta que la nariz me tocaba el vello de la base. Con la otra mano le acariciaba los huevos, se los apretaba justo cuando lo sacaba de la boca, se los soltaba cuando volvía a meterlo. Lo escuchaba respirar como si estuviera corriendo. Le vi los muslos temblando, las manos aferradas a los cojines del sillón, los dedos blancos de apretar.
Me saqué la verga de la boca un segundo, la sostuve pegada a mi cara, se la pasé por la mejilla, por el cuello, se la lamí desde los huevos hasta la punta con la lengua plana. Le escupí en la punta y usé la saliva para jalársela con la mano, apretada, mientras le chupaba solo el glande, moviéndole el prepucio con los labios.
—Cami —dijo, con la voz quebrada—. Cami, espera, me voy a venir, me voy a venir.
—No esperes —le contesté, y volví a metérmela entera.
Le aceleré. Le hice una jalada larga y firme con la mano mientras con la boca le chupaba la punta, mientras con la lengua le apretaba el frenillo, mientras con la otra mano le apretaba los huevos. Él intentó avisarme apretándome el hombro un segundo antes. No me retiré. Le clavé la mirada en la suya y me la metí hasta el fondo justo cuando explotó. Sentí el primer chorro pegarme la garganta, tibio, espeso, y después otro, y otro. La verga le pulsaba dentro de mi boca, cada latido un chorro nuevo. Lo recibí entero, sin tragarme nada todavía, dejando que se me llenara la boca. Cuando dejó de venirse, me lo saqué despacio, con los labios apretados para no derramar. Le mostré la boca abierta, con toda su leche adentro, y después la cerré, tragué de una vez, saqué la lengua para que viera que no quedaba nada. Le pasé la lengua otra vez por la punta para limpiarle la última gota. Le di un beso en el glande, otro en la base.
Cuando levanté la cabeza, tenía la cara de alguien al que acaban de informar que ganó la lotería.
—Eso fue —dijo—. Eso fue.
—Eso fue uno —le contesté—. Te falta otra cosa.
Se rio. Tenía el pelo pegado a la frente. Me senté a su lado, me dejé caer hacia atrás, me solté un tirante del bikini. Mi pecho derecho quedó al aire. Él me miró como si fuera la primera vez que veía uno en su vida. Se le abrió la boca. Le tomé la mano y me la puse en la teta. Se la cerré yo alrededor.
—Aprieta. Sin miedo. No se rompen.
Apretó. Me pasó el pulgar por el pezón. Se le paró en el acto. Se le acercó la cara sin pensarlo y me lo chupó. Torpe, ansioso, con toda la boca abierta. Le puse la mano en la nuca, le acerqué más, se lo dejé morder. Sentí un tirón entre las piernas.
—¿Tienes condones?
Se quedó quieto. Luego se levantó de un brinco, se subió el bóxer, se fue corriendo a su mochila escolar. Volvió con uno en la mano. De los que reparten en clase de salud.
—Suficiente —dije—. Dame dos minutos para empezar de nuevo.
Lo dejé respirar. Yo también respiré. Tenía el coño empapado, chorreándome por el muslo, con la tela del bikini pegada a los labios. Estiré los brazos por encima de la cabeza, arqueé la espalda contra el respaldo del sillón, le di una sonrisa que no era inocente. Metí la mano por debajo del bikini, me pasé un dedo por la raja para él, se lo mostré brillante.
—¿Ves cómo estoy? Todo eso es por ti. Ven a probar.
Se me tiró encima. Me arrodillé en el sillón, me apoyé en el respaldo, empujé la cadera hacia atrás. Le corrí la tela del bikini de un lado. Le tomé la nuca y se la llevé al coño.
—Con la lengua plana, arriba y abajo. Suave. Como si lamieras un helado, no como si lo mordieras. Encuentra el clítoris. Es un botoncito arriba, entre los labios. Cuando lo encuentres, quédate ahí. Círculos. Sin apretar.
Empezó torpe. La primera lamida fue tímida, la segunda demasiado dura. Le apreté la nuca cuando la tercera cayó bien. Le enseñé a respirar por la nariz, le mostré cómo separarme los labios con los dedos para llegar mejor. Cuando encontró el clítoris se quedó ahí, obediente, círculos lentos como le había pedido. Después le indiqué que sacara la lengua más, que me la metiera. Sentí la punta blanda de la lengua abrirse paso, entrar, moverse dentro de mí. Le agarré el pelo. Le froté la cara contra mi coño. Le pasé el clítoris por la punta de la nariz, por los labios, por los dientes. Lo escuché tragar mi flujo, respirar hondo, volver a meterse.
—Un dedo —le dije—. Uno solo. Adentro. Y con la boca me sigues chupando arriba.
Metió un dedo. Después otro cuando le apreté la mano. Le enseñé a doblarlos hacia arriba, a buscar el punto blando por dentro. Cuando dio con él, empecé a temblar. Le monté la cara. Le apreté el pelo. Me vine encima de su boca con un espasmo largo que me sacudió toda, con las piernas temblándome, con el jugo bajándome por el muslo hasta la mano de él. Él se quedó ahí, chupando despacio, hasta que le tuve que levantar la cara porque ya no aguantaba más.
Tenía la cara empapada. Se pasó el dorso de la mano por la boca sin dejar de mirarme, como quien acaba de descubrir algo importante.
—Levántate —le dije.
Me puse de pie con él. Dejé caer el vestido. Jalé los listones del bikini. Quedé desnuda en su sala, con la luz filtrándose entre las cortinas, con un chavo de dieciocho años mirándome como si yo fuera el manual entero.
—Ahora siéntate.
Volvió al sillón. Tomé el condón. Lo abrí. Le bajé el bóxer otra vez, se la encontré ya dura otra vez, latiéndole contra el vientre. Le puse la punta y se lo desenrollé con la mano y con la boca en un solo movimiento, chupándosela por encima del látex hasta el fondo. Otra cara de incredulidad.
Me subí encima. Le sujeté la base con la mano. Le pasé la punta de la verga por mi raja, despacio, empapándosela con mi flujo, jugando con el clítoris, dejando que se apoyara en la entrada sin entrar. Le apoyé la punta justo en el agujero. Lo escuché gemir bajito, apretar los dientes.
—Métemela —le pedí—. No, espera. Yo. Yo me la meto.
Me dejé caer despacio. Centímetro por centímetro. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo la verga gruesa me empujaba las paredes. Fui bajando con la boca abierta, con la respiración cortada, hasta que me lo tragué entero y quedé sentada sobre él. Me quedé quieta un segundo. Le besé la frente. Le sentí la verga latir dentro de mí.
—Mírame.
Me miró. Tenía los ojos vidriosos. Empecé a moverme. Despacio al principio, meciendo la cadera adelante y atrás, sin sacarla, apretándole la verga con las paredes mientras le rozaba el clítoris contra su hueso. Después empecé a subir y bajar. Un centímetro. Cinco. La mitad. Entera. Volví a bajar hasta el fondo, con un golpe seco que le sacó un jadeo. Lo dejé sentir el ritmo, lo dejé entender cómo apretaba mi cuerpo alrededor del suyo. Le tomé las manos, se las llevé otra vez a las tetas. Se las puse encima. Después a la cintura. Le enseñé a sostenerme del culo, a marcarme el ritmo con las manos, a jalarme hacia abajo cuando yo subía. Cuando me dejé caer más rápido, fue él quien empezó a empujar de regreso, torpe primero, cada vez más certero, hasta que sus embestidas encontraron las mías.
—Así —le dije—. Así, papi. Métemela. Cógeme. Fóllame con esa verga tan rica que tienes.
Le gustó que le hablara sucio. Se le puso más dura, si eso era posible. Empezó a empujarme desde abajo con fuerza, golpeándome el culo contra sus muslos con un sonido húmedo que llenó la sala. Le pasé la lengua por el cuello, se lo mordí, le clavé las uñas en los hombros. Se lo dejé marcado. Lo monté a un ritmo que se fue acelerando solo. Él me miraba subir y bajar como si estuviera viendo un milagro. Me apretó los muslos, me apretó el culo, me clavó los dedos. Me metió un dedo del culo, más de casualidad que a propósito, y yo apreté fuerte y le grité que lo dejara ahí. Me dejó marcas por todo el cuerpo que iba a sentir esa misma tarde en la playa.
—Bájate —le dije—. Ponte tú arriba. Quiero que me cojas.
Me bajé. Me tumbé en el sillón boca arriba, abrí las piernas, le puse los pies sobre los hombros. Él se acomodó entre mis muslos, se agarró la verga con la mano y buscó la entrada. Se metió de un empujón que me arrancó un gemido largo. Ahí se le fue toda la timidez. Empezó a cogerme con toda la energía que traía guardada de dieciocho años de aguante. Salía casi entero y me la metía hasta el fondo con un golpe seco. La verga me entraba tan honda que le sentía la punta pegar contra el cuello del útero. Le clavé las uñas en la espalda. Le mordí el hombro.
—Así, así, más fuerte, no pares, no pares.
No paró. Me la metió una y otra vez, con la cadera trabajándole sola, con la mandíbula apretada, con los ojos clavados en el punto donde su verga entraba y salía de mí. Se agachó y me chupó una teta mientras me cogía. Me la mordió justo cuando la verga tocaba el fondo. Se me arqueó la espalda.
—Ponme en cuatro —le dije, y él aprendió esa palabra en el acto.
Se salió. Me di la vuelta, me apoyé en el respaldo del sillón, le empujé el culo hacia atrás. Él se acomodó de rodillas detrás de mí, me agarró la cintura con las dos manos y me la enterró de una sola embestida. Grité contra el cojín. Empezó a cogerme por atrás con un ritmo brutal que hacía que las tetas me rebotaran hasta pegarme en la barbilla. Me tomó del pelo. Me lo apretó bien. Me jaló la cabeza para atrás sin pedir permiso, con un gesto que no le había enseñado yo, que le había salido solo, y por dentro me lo agradecí. Me apretó una nalga y después me dio una nalgada que me dejó la marca de su mano. La segunda me la pidió el cuerpo antes de que él dudara.
—Otra vez —dije—. Más fuerte.
Otra nalgada. La piel me ardía. El coño me ardía. La verga entrándome desde atrás, entera cada vez, me estaba llevando otra vez al borde. Le sentí meter el pulgar donde antes había metido el dedo. Yo estaba cerca. Lo notaba en la forma en que me empezaba a temblar el estómago, en cómo se me apretaba el coño solo alrededor de él.
—Vente adentro —le dije—. Vente conmigo. Espera un segundo. Espera. Espera. Ahora.
Me vine con una sacudida que me dobló por la mitad, con la frente pegada al cojín, con la mandíbula apretada para no gritar en mitad de la mañana de un día laboral en una sala ajena. Me contraje sobre él, le apreté la verga con las paredes como si quisiera ordeñársela, y él aguantó dos segundos más, hasta que dejó de aguantar. Le sentí los espasmos, la verga hincharse por última vez, el chorro caliente llenar el condón dentro de mí. Se dejó caer sobre mi espalda con la cara enterrada en mi cuello, con el aire entrecortado contra mi clavícula, con la verga aún metida hasta el fondo, latiendo despacio.
Me quedé así un rato, doblada sobre el respaldo, con él encima. No me podía mover. No quería. Sentí cómo la verga se le iba ablandando dentro de mí, cómo poco a poco perdía tamaño hasta que se le salió sola con un ruido húmedo. Le acaricié la mano que todavía me apretaba la cintura. Me di la vuelta, me acomodé de espaldas, lo jalé contra mi pecho. Le acaricié la nuca despacio. Le di un beso en la sien. Él me abrazó como si yo fuera un salvavidas.
Cuando por fin me levanté, me bajé con cuidado. Le quité el condón, lleno hasta la mitad, tibio. Lo enrollé en papel higiénico, lo até, lo metí hasta el fondo del bote de basura del baño y le tiré encima un par de bolas de papel para taparlo. Volví. Él seguía en el sillón, desnudo, con la mirada en el techo, con una sonrisa que parecía no caberle y con la verga descansando sobre el muslo, todavía a medio hincharse.
—Tengo que irme —le dije.
—¿Cuándo regresas?
—No sé. Pero regreso.
Me metí a la ducha de su baño. Me enjabonó él. Le dejé. Aproveché para enseñarle a tocar a una mujer con la mano enjabonada: le puse la mano entre mis piernas, le enseñé a frotar el clítoris con el jabón sin lastimar, a meter dos dedos y curvarlos, a sentir el ritmo con la palma. Le puse yo también la mano en la verga, se la jalé despacio bajo el chorro, le enseñé cómo apretar la base y girar la muñeca al llegar arriba. Tuvo otra erección entre los dedos, la puse contra mi vientre y se la mecí, pero a esa la dejamos vivir y morir en paz. Tenía que volver a ser una mujer presentable en menos de quince minutos. Le di un último beso con la verga dura pegada a mi pelvis y me salí de la ducha.
Me prestó desodorante de su madre. Me prestó crema. Le pedí un poco de perfume, también de su madre, y le hice prometer que no diría que al frasco le faltaba algo. Me vestí. Él me ayudó. Me ató el listón del bikini con las manos torpes de alguien que apenas se las acababa de aprender, y me hizo reír.
En la puerta lo abracé. Le di un beso largo, último, lento. Le apreté la verga por encima del short una vez más, para que se acordara.
—Mateo.
—¿Qué?
—Puedes contarlo, si te hace falta. Pero no con quién. Y si descubro que sacaste foto o video, te corto algo importante. ¿Estamos?
—Estamos.
—Y otra cosa.
—¿Qué?
—La próxima vez la pones tú.
Me reí, le di un pellizco suave en el hombro y salí. Cerré la puerta detrás de mí. Caminé hasta el coche con el sol pegándome en la nuca, con el coño todavía palpitando dentro del bikini, con las nalgadas marcándome cada paso. Manejé hasta la oficina con el aire encendido al máximo. Llegué cinco minutos antes de la junta, sin oler a nada que no fuera el perfume floral de la madre de Mateo, con el cuerpo todavía vibrándome y con la cabeza más despejada de lo que la había sentido en semanas.
Esa misma tarde fui a la playa con mis padres. Hablé del clima, jugué con la arena, comí ceviche, bebí una michelada. Cada vez que me sentaba en la toalla, las marcas de sus manos en mis nalgas me recordaban la mañana. Mi mamá me dijo, en algún momento del atardecer, que me notaba contenta. Le dije que era el aire del mar. Ella se rio.
No le mentí del todo.