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Relatos Ardientes

Mi ex aceptó por primera vez antes de mi boda

Esto pasó hace algunos años, pocas semanas antes de mi boda.

Tuve una novia en la facultad. Se llamaba Renata y era, sin exagerar, la chica más deseada del campus: cara dulce, labios llenos, una cintura imposible y un trasero que se le marcaba debajo del jean de una forma que paraba conversaciones enteras. Pechos medianos pero firmes, parados, con esa proporción que te hace pensar que la genética a veces decide ser injusta. Salimos durante el último semestre. La terminé yo, porque ella nunca quiso pasar de los besos y porque, además, había decidido volver con mi novia de toda la vida, la mujer con la que terminaría comprometiéndome.

Durante los meses que estuvimos juntos en la facultad, Renata y yo no llegamos a tener relaciones. Pasábamos tardes enteras en mi departamento, besándonos, tocándonos por encima de la ropa. En cuanto mi mano se metía por debajo de la blusa o intentaba colarse por el cierre del pantalón, ella me detenía con la misma frase, dicha con voz suave pero firme: «quiero que esto sea serio, no quiero arruinarlo apurándonos». Yo siempre sospeché que parte de eso era genuino, pero parte también era saber que era la chica que todos miraban y querer hacerse desear. Nunca dejé de respetarla, pero terminamos.

Pasaron casi tres años. Cuando faltaban tres semanas para que me casara, me dio un impulso difícil de explicar. Le mandé un mensaje con un pretexto cualquiera —que pasaba por la ciudad por trabajo, que quería saber cómo estaba— y la cité a un bar. No me hice demasiadas ilusiones. Renata era una moneda al aire. Podía ser un encuentro frío de medianoche o podía ser cualquier otra cosa.

Llegó puntual al lugar donde la pasé a buscar. Cuando bajó de la puerta de su edificio, se me cortó la respiración un segundo. Estaba más linda que en mis recuerdos. Pelo más largo, vestido negro corto, tacones bajos. Le abrí la puerta del coche y manejamos hasta el bar haciendo conversación de cosas tontas: amigos en común, qué fue de tal profesor, en qué andaba ella ahora. Renata no tomaba. Eso me preocupó al principio, porque pensé que sin alcohol el muro iba a seguir intacto. Decidí jugar al caballero. Ni una insinuación. Solo charla.

Pedí una cerveza, ella un agua mineral. Después un café. Después otro. Hablamos casi una hora. En algún momento, ya con la conversación más floja y las miradas más largas, ella dejó la taza y se inclinó un poco sobre la mesa.

—¿Te acuerdas de cuando éramos novios? —preguntó.

Lo dijo con esa voz a medio camino entre la nostalgia y la prueba. Supe perfectamente lo que estaba haciendo.

—Claro que me acuerdo —contesté—. De hecho extraño tus labios como no tienes idea.

Me incliné y la besé. No fue un beso de prueba. Fue largo, hondo, con la lengua adentro desde el primer segundo. Ella respondió igual. Llevábamos años acumulando ese beso.

—Estamos dando un espectáculo —le dije cuando me separé—. Vámonos.

Asintió sin discutir. Pagué y salimos. A pocas cuadras del bar había un mirador desde el que se veía la ciudad, un lugar conocido entre los estudiantes para estacionar y desaparecer un rato. Apagué el motor y antes de bajar la mano del freno ya estábamos besándonos otra vez.

***

Empecé con cautela. Conocía la versión de Renata que ponía freno, y no quería romper el hechizo. Le pasé la mano por la cintura, por la espalda, por la cadera. Cuando llegué al jean y agarré, con firmeza pero sin urgencia, una de sus nalgas por afuera de la tela, ella movió la cadera contra mi mano y empujó el cuerpo hacia mí. Ese pequeño gesto fue todo lo que necesitaba saber. La Renata de la facultad nunca habría hecho eso.

Metí la mano por dentro del jean. Ella respondió con un gemido bajo y me metió la lengua todavía más adentro de la boca. Me animé a subir la otra mano por debajo de la blusa. Apenas le rocé el costado, se separó.

—Espera —dijo, y en mi cabeza, por un segundo, todo se vino abajo otra vez—. Vamos mejor a mi casa. No están mis papás y mis hermanos llegan tarde.

No pude responder. Arranqué.

***

Vivía a quince minutos del mirador, en un barrio de casas bajas que conocía bien. Estacioné media cuadra antes, por costumbre. Entramos. La casa estaba en silencio. Encendió solo la lámpara de la sala. Nos sentamos en un sillón verde oscuro, de tela gruesa, frente a una mesita de vidrio.

Volvimos a besarnos. Esta vez sin cautela. Yo le pasé las dos manos por dentro del jean, agarrándole las nalgas con todas mis ganas, y ella se retorcía contra mí, montada a medias, una pierna a cada lado de la mía. Iba a probar de meterle la mano por debajo de la blusa otra vez cuando ella se separó. Pensé, otra vez, que todo se acababa.

—Estoy demasiado caliente, Diego —murmuró.

Se acomodó sentada a horcajadas sobre mí, de frente. Se llevó las manos al pecho. Se desabrochó el sostén por delante con un gesto rápido —era de los que se abren con un clic en el medio— y se levantó la blusa hasta el cuello. Ahí estaban. Los pechos que había imaginado durante un año entero y que ella nunca me había dejado ver: firmes, parados, con los pezones más bonitos que recuerdo en mi vida. Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó y me puso uno en la boca.

Lo recibí como si llevara mil años con sed. Le pasé la lengua por el pezón, lo succioné con suavidad, lo dejé entre los dientes apenas el tiempo suficiente para que a ella se le escapara un sonidito agudo. Cambié al otro. Y otra vez. Renata movía la cadera contra la mía, sentada arriba, frotándose ya casi sin disimulo. La sentía respirar entrecortado encima de mi cabello.

Yo tenía la verga dura como una piedra. En todo el tiempo que habíamos estado juntos en la facultad, ella nunca me la había tocado, ni siquiera por encima del pantalón. Esa noche, sin que se lo pidiera, bajó la mano y me la apretó por afuera del jean. Empezó a masajearla con torpeza, como quien por primera vez intenta calcular una forma desconocida.

Se me ocurrió que sería más fácil si me la sacaba.

Tengo que aclarar algo: en cualquier momento podían llegar sus hermanos. Tres tipos altos, todos del equipo de rugby de la facultad, que cuando éramos novios me habían dejado en claro, sin sutilezas, que no les gustaba. Esa parte de la situación, de algún modo, lo hacía todo más eléctrico.

Me desabroché el botón. Me bajé el cierre. Cuando metí la mano para sacármela, ella me la frenó.

—¿Qué haces? —preguntó, todavía con la blusa subida y los pechos al aire.

—Espera —le dije—. Te va a gustar.

Me la saqué. Renata abrió un poco la boca. No por escándalo. Por algo más parecido a sorpresa y, enseguida, deseo. Tengo, no es por presumir, una verga grande, y la cara que puso me confirmó dos cosas: que se había imaginado algo más modesto, y que lo que estaba viendo le calentó la cabeza más de lo que se permitió decir en voz alta.

—Diego —dijo, mirando hacia abajo y después hacia mí—, me vas a hacer hacer algo que nunca hice.

No era una pregunta. Era una constatación. Ya lo había decidido.

Me la agarró con la mano. Me volvió a besar, fuerte, y antes de separarse del todo se deslizó al suelo, de rodillas, entre mis piernas. La alfombra era de un color rojo apagado, me acuerdo perfectamente. Renata se acomodó el pelo detrás de la oreja con un gesto que después he visto en otras chicas y nunca con el mismo efecto, y se inclinó sobre mí.

***

Por la forma en que lo hizo, estoy casi seguro de que era la primera vez que tenía una verga en la boca. No me lo dijo con esas palabras esa noche, pero todo en su técnica lo confirmaba. Empezó con cuidado, chupadas chicas y rápidas, sin comprometerse del todo, midiendo de a poco la sensación. Como quien prueba algo nuevo en la cocina y al principio prefiere el bocado mínimo.

Después de unos segundos, paró. Se quedó con la verga en la mano, me miró desde abajo y dijo, casi para sí misma:

—Sabes rico.

Y entonces sí. Se la metió hasta donde pudo.

No tenía técnica, eso es cierto. No jugaba con la lengua en la punta como una chica más experimentada habría hecho, no recorría el tronco, no inventaba ritmos. Lo que tenía, y eso era lo que estaba poniendo todo de cabeza, era devoción. Una devoción concentrada, casi infantil, como si por dentro estuviera descubriendo que mamarla no era lo que le habían contado, que le gustaba más de lo que esperaba. Cada chupada terminaba con un «mmmh» bajo que le salía de la garganta. A veces me dejaba la verga adentro de la boca varios segundos, sin moverse, como saboreando la sensación de tenerla ahí.

Yo me dediqué a reclinarme en el sillón y a mirarla. Era todo lo que necesitaba. La chica más deseada de la facultad, la que un año entero me había dicho que no, arrodillada en su sala, los pechos afuera, los ojos cerrados, mi verga entrando y saliendo de su boca con su propio tiempo. Le pasé la mano por la nuca, sin presionar, solo para sentirla.

A los pocos minutos empecé a notar el cosquilleo. Intenté postergarlo. Pensé en cualquier otra cosa: en las cuentas que tenía sin pagar, en mi jefe, en cualquier cosa que no fuera esa boca. No sirvió. Era demasiado lo que estaba pasando.

Tuve un debate de tres segundos. Mi primer impulso fue no decirle nada y terminarle adentro de la boca, dejarle un buen chorro. Pero algo en su forma de hacerlo, en esa cautela inicial, me hizo entender que iba a ser demasiado para una primera vez. No quería arruinarle el recuerdo.

Cuando sentí que ya no aguantaba, le saqué la verga de la boca con la mano. Apenas a tiempo. Me vine en mi propia mano, en mi propio pantalón abierto, y un poco también sobre la alfombra roja. Renata se quedó mirando con la boca todavía abierta —literal— mientras yo terminaba de venirme, sin dejar de masajearme con su mano. Y entonces, antes de que terminara del todo, se la volvió a meter en la boca para las últimas chupadas, lentas, como cerrando algo que ella había empezado.

Quedé sin palabras varios segundos. Yo no podía creer lo que acababa de presenciar.

***

Se levantó. Se acomodó la blusa, se abrochó el sostén y dijo, con la respiración todavía cortada:

—Listo. Hasta aquí. Vete, ya van a llegar mis hermanos.

—No —contesté—. No me voy. Te quiero coger. Quiero metértela mil veces, venirme dentro de ti y hacer que te vengas tú también.

Sonrió de un modo que no había visto antes. No era una sonrisa romántica. Era la sonrisa de una chica que está descubriendo cosas.

—Yo también quiero —dijo—. Pero otro día. En serio están por llegar. Guárdate eso.

Me subí el pantalón. Ella se sentó a mi lado en el sillón. Nos besamos otra vez, ahora con una calma rara, y yo le pasé la mano por debajo de la blusa, libre por fin de hacerlo. Ella movió su mano para apretarme la verga, que volvía a despertar. En ese momento se escuchó la reja.

Nos congelamos. Después nos compusimos en ocho segundos exactos. Ella se acomodó el pelo, yo me terminé de cerrar el cinturón, y salí caminando hacia la puerta justo cuando entraban dos de sus hermanos. Saludé sin mirarlos demasiado, sonriendo lo mínimo, y me fui.

***

Renata sabía que yo me casaba en pocas semanas. Sabía que después de eso no iba a vivir más en esa ciudad. Y, sin embargo, antes de despedirnos en la puerta, me anotó su número nuevo en un papelito. «Por si quieres saludarme».

Al día siguiente le escribí. Pregunté lo que tenía que preguntar, lo que cualquiera habría preguntado.

—¿Cómo la pasaste ayer? Te gustó, ¿no?

Tardó tres minutos en contestar. Lo justo para que yo dudara.

—Me fascinó —respondió.

Pasó casi un año hasta que pude volver a verla. Para entonces ya estaba casado. Para entonces ella seguía con el mismo novio. Y para entonces, esa primera mamada que se había animado a darme una noche, semanas antes de mi boda, en la sala de su casa con los hermanos por llegar, ya se había convertido en otra cosa entre nosotros. Pero esa es otra historia.

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Comentarios (5)

Marcos_99

Tremendo relato, me engancho desde el primer parrafo!!! Muy bien narrado.

mauro_bsas

Excelente, quede con ganas de saber como termino todo despues de la boda...

Cris_lectora

Se me hizo cortisimo. Por favor una segunda parte, no podes dejarnos asi!

GustoDeLeer

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Los ex siempre aparecen en el peor momento posible. Muy buen relato, se siente real.

FelipeNqn

La tension del principio esta muy bien lograda. Se nota que sabes escribir.

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