Lo que pasó después del pedicure y la copa de vino
Llevaba dos meses dejando que la misma mujer me arreglara las uñas, y dos meses fantaseando con ella en silencio. Se llamaba Lucía, tenía treinta y un años, era delgada, con unas nalgas redondas y firmes que se notaban incluso bajo el vestido deportivo con el que siempre llegaba a mi apartamento. Pelo castaño claro, rizado a la altura de los hombros. Ojos color miel. Piel trigueña. Un piercing diminuto en la fosa derecha de la nariz y una sonrisa que me desarmaba cada sábado a las cuatro y media.
Aquel jueves, cuando la llamé para confirmar la cita del fin de semana, llevaba ya varios días pensando que esa vez iba a ser distinta.
Nunca había estado con una mujer. Nunca. Pero la idea me visitaba sola, sin que la invitara, y me llevaba a tocarme en la ducha pensando en sus manos pequeñas y en su boca. Una vez, entre conversación y conversación, ella me había dicho que tampoco había tenido nunca una experiencia con otra mujer, aunque cuando veía porno prefería el lésbico o las escenas de trío con dos mujeres y un hombre. Me lo dijo casi de pasada, mientras me limaba el pulgar, y yo me quedé escuchando esa frase durante semanas.
El sábado por la mañana me preparé como si fuera a una cita real. Me exfolié la piel, me unté de crema humectante hasta los codos, me depilé las piernas y todo el pubis. Me quedé media hora bajo la ducha solo para respirar el vapor y calmarme los nervios. Después escogí un vestido corto rojo, estilo palabra de honor, sin sostén y sin tanga. Me miré en el espejo y casi no me reconocí: tenía las mejillas calientes y los ojos brillantes, como si ya me hubiera bebido la primera copa.
Tenía todo listo en la cocina. Una botella de Malbec, un plato de quesos curados, almendras, aceitunas verdes. La idea era simple: si en algún momento del pedicure surgía la posibilidad de servir una copa, yo iba a estar preparada. La semana anterior ella misma me había comentado, casi suspirando, que llevaba meses sin probar un buen vino. Yo había anotado mentalmente esa confesión como quien guarda una llave.
Lucía llegó puntual, como siempre. Nos saludamos con un abrazo y un beso en la mejilla. Su perfume era el de siempre, algo cítrico mezclado con jabón, y al separarse me miró un segundo más de la cuenta. Yo lo noté. Ella también lo notó.
—Estás linda hoy —me dijo, dejando el maletín en el suelo del salón.
—¿Tú crees? —respondí, fingiendo restarle importancia.
Se sentó en el suelo, frente al sillón donde yo me acomodé. Me tomó la mano derecha, le quitó el esmalte viejo y empezó a limar con la concentración de siempre. Conversamos de la semana, del trabajo, de lo cansadas que estábamos. Yo dejé caer la frase como si nada.
—Me regalaron una botella de Malbec que no me atrevo a abrir sola. ¿Te apetece una copa mientras me terminas?
Levantó la vista de mi mano y sonrió.
—Llevaba tres meses pidiéndole al universo una copa de vino. Sí, por favor.
Fui a la cocina con el corazón golpeándome el pecho. Cuando volví con la botella y dos copas, ella se ofreció a servir porque yo tenía el esmalte fresco. Le indiqué dónde estaban los pasabocas y me los puso al alcance con la facilidad de quien ya conoce mi casa. Puse boleros viejos en el parlante: Olga Guillot, Lucho Gatica, Tito Rodríguez. A las dos nos gustaba esa música. Brindamos y dimos el primer sorbo. Lucía cerró los ojos.
—Está delicioso. Gracias por esto —dijo—. De verdad, gracias.
Punto a mi favor.
Cuando terminó con las manos, pasó al pie derecho. Me pidió que apoyara el talón en su muslo y, al hacerlo, el vestido se me deslizó unos centímetros hacia arriba. No me lo bajé. Ella miró. Yo la dejé mirar. No dijo nada, pero sus dedos, que antes me masajeaban el empeine con eficiencia, ahora se quedaban un instante de más en cada pasada. Sus uñas rozaban el arco del pie con una suavidad que ya no era profesional.
Servimos la segunda copa, después la tercera. Cantábamos a media voz los boleros que nos sabíamos de memoria. Ella me contó que llevaba más de un año sin estar con nadie, que su última relación había terminado mal, que a veces sentía que el cuerpo se le olvidaba de existir. Yo le confesé que no recordaba la última vez que alguien me había hecho temblar.
—Igual no es tan difícil hacerte temblar —dijo, y me miró desde el suelo con una sonrisa torcida.
—¿Eso crees?
—Eso veo.
La cuarta copa la sirvió ella. Cuando volvía con la botella, su cadera rozó mi rodilla y yo sentí un escalofrío subir por la espalda. Al sentarse otra vez, su copa quedó en el borde del posavasos. Hice un gesto torpe con la mano, ella otro, y la copa cayó al suelo sin quebrarse. Estaba casi vacía. Ambas nos agachamos al mismo tiempo y, al alzar la cabeza, nos encontramos a un palmo de distancia.
Su aliento olía a uva tinta. Sus ojos eran más oscuros de cerca. Yo le puse la mano derecha detrás de la oreja, sentí el pulso suave en su cuello y la besé despacio, sin preguntar, sin pedir permiso. Si me apartaba, iba a inventar una broma. No se apartó.
El beso fue lento. Sus labios eran más blandos de lo que había imaginado, y al separarnos un segundo se volvió a inclinar para besarme ella, con más decisión esta vez. Bajó la mano por mi hombro hasta el escote y me bajó el palabra de honor sin pedir permiso. Se alejó un paso, me miró el pecho desnudo y soltó el aire muy despacio.
—Siempre pensé que tenías unos senos preciosos —dijo, casi en un susurro—. ¿Sabes cuántas veces lo pensé mientras te hacía las manos?
Yo no supe contestar. Ella se inclinó y me los recorrió con la boca, primero con besos suaves, después con la lengua, después con los dientes apenas marcando. Mis pezones se endurecieron en su boca y yo me agarré del respaldo del sillón porque las piernas habían dejado de sostenerme.
***
Cuando se arrodilló del todo y me subió el vestido hasta la cintura, descubrió lo que ya había sospechado: no tenía nada debajo. Levantó las cejas y soltó una risita corta.
—Vaya, vaya. ¿Todo esto era por mí?
—Todo esto era por ti.
Me abrió los muslos con las dos manos. Empezó con la boca cerrada, besándome la cara interna de las piernas, el pliegue de la ingle. Me hizo esperar, y cada minuto que me hizo esperar me ponía más mojada. Cuando por fin me separó con la lengua, dejé escapar un sonido bajo, no por dramatizar, sino porque no pude evitarlo.
Su lengua era pequeña, ágil, paciente. Aprendió rápido lo que yo necesitaba. Cuando vio que respondía, metió un dedo, despacio, y después otro. Me sostenía firme con la mano libre, apretándome la nalga, mientras la otra mano se movía dentro de mí con un ritmo que iba creciendo. No me miraba el sexo: me miraba los ojos. Y yo no era capaz de devolverle la mirada más de tres segundos sin echar la cabeza hacia atrás.
—Me voy a venir —le advertí, casi tartamudeando.
—Vente en mi boca —contestó, sin dejar de moverse—. Quiero saber a qué sabes.
Terminé con los dedos enredados en su pelo y la espalda arqueada contra el sillón. Fue largo, denso, una ola que tardó en bajar. Ella se quedó ahí, lamiéndome despacio mientras yo todavía temblaba, hasta que el cuerpo me pidió tregua y le tuve que sostener la cabeza para apartarla.
Se levantó del suelo, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acercó para besarme. Me besó con mi propio sabor encima, y a mí me pareció lo más erótico que me había pasado en años.
—Vamos a la habitación —le dije, agarrándole la mano—. Tengo aceite tibio. Quiero darte un masaje.
***
Se quitó el vestido en el pasillo. Tenía la piel suave, los senos pequeños y firmes, las caderas estrechas, las nalgas redondas que tantas veces yo había mirado sin atreverme a confesar que las miraba. La acosté boca arriba sobre la toalla que había preparado en la cama y empecé por los brazos. Bajé al pecho, le rocé los pezones con la palma abierta, sentí cómo se le erizaba la piel del estómago. Le masajeé las piernas, los empeines, los dedos de los pies, uno por uno.
Cuando subí hasta su sexo, ya estaba húmeda. Me tomó la mano y la apoyó sobre su clítoris.
—Aquí, despacio. Pequeños círculos. Sí, así.
Mientras yo aprendía con sus instrucciones, ella se llevó dos dedos a la boca, los chupó y se acarició los pezones con la saliva. Verla hacer eso me volvió a encender. Le di la vuelta y le besé la columna, vértebra por vértebra, hasta llegar a las nalgas. Le mordí una con cuidado. Ella se rió contra la almohada y se puso a cuatro patas sin que yo se lo pidiera.
Le metí dos dedos. Estaba caliente por dentro, mucho más estrecha de lo que había imaginado. Buscó mi muñeca y me pidió que metiera otro. Tres dedos. La oí jadear contra la sábana y la sentí cerrarse alrededor de mi mano.
—Chúpamela —me pidió, dándose la vuelta otra vez y abriéndome las piernas con una sonrisa de borracha tranquila.
Nunca lo había hecho. No me importó. Bajé la cabeza y la probé por primera vez. Tenía un sabor más suave de lo que había imaginado, casi dulce. Empecé despacio, copiando lo que ella me había hecho a mí. Ella me agarraba el pelo y me guiaba sin presionar, con esa paciencia que tenía para todo.
—Vení —dijo de pronto—. Te voy a enseñar algo.
Me hizo girar y nos acomodamos en tijera, mis piernas enredadas con las suyas, su sexo contra el mío. Empezó a moverse con un ritmo lento, frotándose contra mí, y yo aprendí a seguirla en pocos segundos. La fricción era distinta a todo lo que conocía, más caliente, más mojada, más íntima de alguna forma extraña.
—¿Estás segura de que es tu primera vez? —le pregunté, jadeando.
—Te lo juro.
—Mentirosa.
—Llevo años imaginándolo —contestó—. Eso cuenta.
Nos miramos a los ojos hasta el final. Empezamos a respirar más rápido casi al mismo tiempo. Ella aceleró, yo aceleré, y nos vinimos con un par de segundos de diferencia, agarradas de las muñecas como si fuera el único modo de no caernos.
***
Después nos quedamos un rato en silencio, ella boca arriba, yo de costado, mirándole la curva del hombro. El aceite tibio se había enfriado en el frasco. La botella de vino estaba a medio terminar en la sala.
—Me debes el pedicure —dijo al fin, sin abrir los ojos.
—¿En serio? —Me reí.
—Solo me dio tiempo a las manos.
—Pide cita para la semana que viene. Y trae lencería.
Ella se giró hacia mí y me besó otra vez, lento, sin prisa, como si tuviéramos toda la tarde por delante. Y la teníamos.