Mi primera vez no fue como yo la había imaginado
Llevábamos cuatro meses saliendo y Mateo era todo lo que mi madre habría querido para mí: callado, educado, atento, de esos que abren la puerta del coche y avisan cuando llegan a casa. Yo lo adoraba por eso y, al mismo tiempo, lo odiaba un poco. Cada tarde de estudio en su piso terminaba igual. Besos largos en el sofá, sus manos sobre la tela de mi blusa, su respiración cerca de mi oreja y, justo cuando me parecía que iba a perder la cabeza, él se separaba y me apretaba contra su pecho.
—Mejor paramos —decía siempre, con la voz un poco rota.
Y paraba. Y yo me quedaba ahí, mirándole el techo del salón, intentando ordenar la respiración mientras él me acariciaba el pelo como si no acabara de prenderme fuego entero.
Aquel sábado fue distinto. Llegué a su casa pasadas las cuatro, con la carpeta de microbiología bajo el brazo y, debajo, una falda corta que había elegido a propósito. Él me esperaba con el café puesto y los apuntes ya sobre la mesa baja del salón. Estudiamos un rato en serio, o lo que se entiende por estudiar cuando llevas semanas con el cuerpo encendido y no puedes ni leer una frase sin pensar en otra cosa.
—Voy un momento a la cocina —dijo, dejando el bolígrafo sobre los apuntes—. Te preparo algo. Tú quédate aquí, ¿vale?
Asentí sin mirarlo. La verdad es que se lo agradecí. Necesitaba dos minutos sin él, sin ese perfume suyo que se me pegaba en el cuello, sin sus ojos castaños recorriéndome de reojo cada vez que yo cruzaba las piernas.
En cuanto desapareció por el pasillo, dejé caer la cabeza contra el respaldo del sofá y cerré los ojos. Y entonces, sin que yo lo decidiera, volvieron las imágenes. Imágenes que ya me venían persiguiendo desde hacía días. Sus dedos por debajo de mi falda. Su boca en mi clavícula. El peso de su cuerpo sobre el mío en algún lugar que no fuera el sofá impecable del salón.
Me sentí húmeda casi al instante. Me odié un poco por eso y un segundo después me dio igual.
Escuché el ruido del armario de la cocina. Un cajón. El microondas. Sabía exactamente dónde estaba. Sabía que tardaría al menos cinco minutos. Cinco minutos en los que él no podía verme.
Subí la falda sin pensarlo demasiado, hasta dejarla amontonada en la cintura. Mis bragas eran blancas, sencillas. Pasé los dedos por encima del algodón y noté la humedad calada. Apreté un poco, sin entrar todavía, solo presionando despacio, imaginando que era su mano la que me tocaba. Un escalofrío me subió por el estómago.
Cerré los ojos. Me lo imaginé arrodillado entre mis piernas, con esa cara seria que pone cuando intenta contenerse. Subí la otra mano por dentro de la blusa, por encima del sujetador, hasta encontrar el pezón ya duro. Lo pellizqué entre el índice y el pulgar, suave, como sé que él lo haría.
Mi respiración empezó a fallar. Me llegaba el olor a tostada desde la cocina y oía el cuchillo contra la tabla. Cuanto más cerca lo sentía, más rápido movía los dedos por encima de las bragas. Era una contradicción que no entendía: lo deseaba ahí y, al mismo tiempo, me excitaba imaginarlo entrando justo en ese momento, encontrándome así, con la falda subida y la blusa abierta.
Solté un suspiro un poco más alto de lo necesario. Después otro. Quería oírme. Quería, en el fondo, que él también me oyera.
Metí la mano por debajo del algodón. Cuando rocé directamente, sin tela de por medio, me mordí el labio para no quejarme demasiado. Empecé a hacer círculos pequeños, lentos, con la yema del dedo corazón, justo donde más sensible estaba. Levanté la cadera sin darme cuenta.
—Mateo… —se me escapó.
Lo dije en voz baja, casi para mí, pero lo dije. Y entonces los pasos en el pasillo se detuvieron.
—¿Camila?
Abrí los ojos de golpe. Estaba en la puerta del salón, con dos platos en la mano y la cara roja hasta las orejas. No sé cuánto tiempo llevaba ahí. Tal vez segundos, tal vez más.
Saqué las manos de donde las tenía como si quemaran. Me bajé la falda a tirones. Sentí que me prendía toda, no de placer ya, sino de una vergüenza que no había sentido nunca.
—No es lo que… —empecé.
Él dejó los platos sobre la mesa, despacio. No dijo nada. Vino hacia el sofá con los ojos clavados en los míos y se arrodilló entre mis rodillas, con una calma que no le había visto antes.
—Te he oído decir mi nombre —murmuró.
Yo no podía hablar. Asentí.
—Sigue —dijo, todavía en voz baja—. No pares por mí.
—Mateo, yo…
—Por favor.
Esa palabra suya, dicha así, con la voz más baja y más grave de lo normal, me deshizo. Lo miré un segundo más, intentando encontrar en su cara la versión de siempre, la del chico prudente que paraba a tiempo, y no la encontré. En su lugar estaba alguien que llevaba meses esperando.
Volví a subirme la falda yo misma, esta vez sin esconderme. Él me observaba en silencio, con las manos apoyadas en mis muslos sin moverse aún. Cuando volví a meter los dedos bajo las bragas, vi cómo se le entreabrían los labios.
—Así —dijo—. Quiero ver cómo lo haces tú.
Le obedecí. Empecé a tocarme otra vez, ahora sin prisa, dejándole mirar. Sentí sus manos subir poco a poco por la cara interna de mis muslos, pero no me tocó ahí. Se quedó cerca, sin invadir, como si quisiera aprender mi ritmo.
—Mira lo que has provocado —dijo de pronto, con media sonrisa.
Bajó la vista hacia el bulto que se le marcaba en los vaqueros. Yo no había sido capaz hasta entonces de mirarlo abiertamente, pero esa tarde sí. Lo miré sin esconderme. Tragué saliva.
Me cogió la muñeca y, despacio, sacó mi mano de entre mis piernas. Se llevó mis dedos a la boca y los lamió, mirándome a los ojos. Nunca había hecho algo así. Nunca le había visto esa cara.
—Quítate la blusa.
No me lo pidió. No lo discutí. Me incorporé un poco para tirar de la prenda hacia arriba y dejarla caer detrás del sofá. El sujetador siguió el mismo camino al cabo de unos segundos. Él se quedó quieto, mirándome.
—Llevo cuatro meses imaginándote así —dijo.
—¿Y por qué nunca…?
—No quería que fuera de cualquier manera.
***
Me besó. Esta vez no fue uno de esos besos de despedida en la puerta del portal. Fue otro tipo de beso, más hondo, con la mano detrás de mi nuca y la otra abierta sobre mi pecho. Me recostó contra los cojines y se acomodó encima sin dejar de besarme. Yo le tiré de la camiseta hasta sacársela y entonces fui yo quien se quedó mirando.
Tenía la piel caliente. Le pasé las dos manos por el pecho, por las costillas, por el comienzo del vientre, donde se le marcaba una línea de vello que bajaba hacia el cinturón. Le desabroché el botón del pantalón yo misma, con dedos torpes. Él me ayudó. Cuando se incorporó para terminar de bajarse los vaqueros, vi por primera vez con claridad lo que había detrás de aquel bulto que me había rozado tantas tardes a través de la ropa.
Me asusté un poco. No mucho. Lo suficiente para que él se diera cuenta.
—Vamos despacio —dijo, leyéndome la cara—. Tú me marcas el ritmo.
Asentí.
Volvió a colocarse entre mis piernas. Me besó el cuello, la clavícula, el comienzo de los pechos. Se quedó un buen rato en uno, lamiendo el pezón con la punta de la lengua y mordiendo apenas, mientras su mano libre bajaba otra vez por la falda hasta entrar en mis bragas. Esta vez su tacto sí era distinto del mío. Más seguro, más firme, sabiendo exactamente dónde apretar y cuándo aflojar.
—Estás muy mojada —murmuró contra mi piel.
—Llevo así toda la tarde.
—Toda la tarde —repitió, casi divertido—. Y yo aquí, leyendo apuntes.
Soltó una risa baja y bajó la cabeza por mi vientre. Me agarré al borde del sofá con una mano y, con la otra, le sujeté el pelo. Cuando sentí su boca por primera vez ahí abajo, di un respingo entero y se me escapó un sonido que no intenté disimular. Era más intenso de lo que me había imaginado. Era otra cosa distinta. Tenía un ritmo, una intención.
Mateo no tenía prisa. Iba probando. A veces se detenía y subía la mirada para ver mi cara, comprobando, ajustando lo que hacía. Cuando notó que estaba a punto, paró.
—Espera —dijo, con la voz ronca—. Quiero que sea conmigo dentro.
Buscó el preservativo en el cajón de la mesa baja, ese cajón al que yo había mirado tantas veces de reojo sin atreverme a preguntar. Se lo puso despacio, mirándome todo el rato. Volvió a colocarse encima.
—Si te duele, me lo dices y paro. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Entró despacio. Yo me agarré a sus hombros y cerré los ojos. Hubo un primer momento incómodo, una resistencia, una punzada que me hizo apretar los dientes. Él se quedó quieto, sin moverse, esperando. Me besó la sien, la mejilla, el cuello, sin avanzar más.
—¿Estás bien?
—Sí —susurré—. Solo… quédate así un segundo.
Esperó. Cuando empecé yo misma a moverme un poco debajo, él entendió y se acopló al ritmo que le marcaba. Al principio fue raro, casi torpe, pero fuimos encontrándonos. Sus caderas, las mías. Su respiración, la mía. Mi nombre dicho contra mi oreja, y el suyo otra vez en mi boca.
—Dilo otra vez —pidió.
—Mateo.
—Otra.
—Mateo… —y se me escapó una risa nerviosa, porque era absurdo y maravilloso a la vez.
Las embestidas se hicieron un poco más profundas. Me subió una pierna sobre su cadera y cambió el ángulo. Algo se encendió por dentro, una cuerda que yo no sabía que existía. Empecé a apretar sin querer alrededor de él, y él se quejó contra mi cuello, bajito, sin teatro.
—No voy a poder mucho más —dijo.
—Yo tampoco.
Me corrí primero. Fue una sensación que no se parecía a nada de lo que había probado yo sola en mi habitación. Era más grande, más larga, con el cuerpo de otra persona dentro del mío. Me agarré a su espalda y dejé de pensar en cómo sonaba o en qué cara estaba poniendo. Solo me dejé llevar.
Él aguantó un poco más, lo suficiente para verme acabar. Después se salió, se quitó el preservativo y terminó sobre mi vientre, con la frente apoyada contra mi clavícula. Tenía la piel caliente y el pelo húmedo.
***
Después nos quedamos así un rato largo, en silencio, con la respiración todavía un poco descontrolada cada uno. Las tostadas se habían enfriado en la cocina. Los apuntes de microbiología seguían abiertos por la página ochenta y siete.
—¿Te he hecho daño? —preguntó al fin.
—Un poco al principio —admití—. Después no.
Me besó la frente.
—¿Y tú? —pregunté, girándome para mirarlo—. ¿Por qué hoy sí?
Tardó un momento.
—Porque te he oído. —Sonrió, un poco avergonzado—. Y porque ya no podía más, Camila. Yo creo que tú tampoco.
Le di un manotazo flojo en el pecho. Él me retuvo la mano y me la besó.
Esa noche cené en su casa. Cenamos las tostadas frías, sentados los dos en el sofá envueltos en una manta, viendo una serie que no nos hizo caso ninguno. Volvimos a hacerlo más tarde, esta vez en su cama, sin la urgencia de la primera. Y al despertarme al día siguiente, con su brazo cruzado por encima de mi cintura, entendí lo que tantas amigas me habían intentado contar y nunca había llegado a creerme del todo.
Que la primera vez no se olvida no es ningún tópico. Pero más que la primera vez, no se olvida quién estaba contigo. Y a mí me había tocado con suerte.