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Relatos Ardientes

La noche que Damián la llamó Mara por primera vez

Esa noche la pasó en el departamento de Damián, en el último piso de un edificio viejo del centro, donde el ascensor crujía y las paredes guardaban los secretos de todos los que habían pasado por ahí. Cuando llegó la hora de dormir, Damián abrió un cajón y sacó un camisón de seda que, dijo, había pertenecido a alguien que ya no estaba.

—Ponte esto —ordenó, y lo dejó sobre la cama sin más explicación.

La prenda era de un gris perla casi líquido, con un escote profundo y un dobladillo que no prometía cubrir gran cosa. Mateo la levantó con dos dedos, dudando. La tela se deslizó por su piel como agua tibia cuando finalmente se la puso, y una oleada de vulnerabilidad lo recorrió de la nuca a los talones. Frente al espejo del armario no se reconoció. O quizás se reconoció demasiado.

Damián lo observaba desde el borde del colchón, con esa mirada quieta que no necesitaba parpadear.

—Esta noche dormirás esposada —dijo, y la última palabra cayó en el cuarto como una llave girando en una cerradura.

Esposada. En femenino.

El metal frío se cerró sobre sus muñecas con un chasquido seco, dejándolas unidas por delante. Sintió cómo el pulso se le aceleraba bajo la presión de las argollas, no de miedo, sino de algo más difícil de nombrar. Una rendición silenciosa. Su cuerpo entero hormigueaba ante la idea de estar, por una vez, completamente a merced de otra persona.

Se recostó de lado, con las manos atadas contra el pecho, y los recuerdos de las semanas anteriores se proyectaron en la oscuridad: las conversaciones largas, las miradas que se sostenían demasiado, la forma en que Damián pronunciaba las cosas como si ya estuvieran decididas. Un escalofrío suave la atravesó, mezcla de excitación y una calma extraña, mientras se dormía envuelta en la seda que la marcaba como suya.

***

La despertó la luz. El amanecer se colaba por las rendijas de la persiana y bañaba la habitación de un dorado lento. Damián se había movido en algún momento de la noche y ahora su brazo le rodeaba la cintura, pesado y cálido, atrayéndola contra su pecho. Por un instante simplemente se quedó así, sin querer romper nada, sintiendo la respiración del otro contra su nuca y el latido firme de un cuerpo más grande que el suyo.

—Buenos días —murmuró Damián, con la voz ronca por el sueño.

Sus dedos trazaron una línea perezosa por la columna, y ella se estremeció. El contacto era posesivo y cuidadoso a la vez, un recordatorio de quién mandaba y, al mismo tiempo, una promesa de que no la dejaría caer.

—¿Dormiste bien?

—Yo… sí —respondió en voz baja, con la garganta seca—. Gracias por dejarme quedar.

Damián esbozó una sonrisa apenas perceptible y le tomó la barbilla con dos dedos.

—No tienes que agradecer nada —dijo, rozándole el labio inferior con el pulgar—. Perteneces aquí.

Algo en esas dos palabras le cortó la respiración. No era solo deseo lo que había en su voz; era una certeza, una manera de reclamar que no admitía discusión. Y lo más perturbador era cuánto le gustaba escucharlo.

—Quiero enseñarte algo esta mañana —continuó él.

Se incorporó y la sábana resbaló por su torso, dejando al descubierto la línea firme del pecho y el rastro de vello que descendía hasta su sexo, ya medio despierto. Ella no pudo apartar la mirada, y las mejillas se le encendieron al darse cuenta de que la habían sorprendido mirando.

Damián tomó la llave de la mesita y liberó las esposas. El metal hizo clic y las muñecas quedaron sueltas, con dos marcas tenues y rosadas grabadas en la piel. Ella se las frotó despacio mientras lo veía ponerse de pie. La habitación parecía encogerse a su alrededor; su sola presencia ocupaba todo el aire disponible.

—Levántate.

Obedeció sin pensarlo, deslizándose fuera de la cama hasta quedar frente a él. El camisón se le pegaba al cuerpo, el dobladillo trepándole por los muslos, y bajo la mirada de Damián se sintió diminuta y enorme al mismo tiempo. Los ojos del otro la recorrieron lentos, sin pudor, deteniéndose en cada curva como si la estuviera memorizando.

—Perfecta —dijo, acercándose. Sus manos se posaron en las caderas, firmes—. Eres hermosa. Cada centímetro.

Nadie le había dicho eso antes. No así. No mirándola como Damián la miraba. El corazón se le golpeó contra las costillas, y cuando las manos del otro bajaron y la atrajeron por la cintura, sintió el calor de su erección contra el vientre y dejó escapar un suspiro tembloroso. Su propia piel respondía sin permiso, encendida bajo la seda.

—Lo que voy a enseñarte no lo has hecho nunca —dijo Damián, y su voz bajó un tono—. Arrodíllate.

La guió con suavidad por los hombros hasta que ella quedó de rodillas sobre la alfombra, con la cara a la altura de su cintura. El sexo de él estaba ahí, frente a ella, grueso y tenso, la punta húmeda de una gota brillante. El corazón se le aceleró. Era la primera vez que tendría a un hombre así, tan cerca, tan suyo.

—Solo la punta, por ahora —indicó él, con un tono tranquilo que no dejaba lugar a la negativa—. Lámela.

Su lengua salió, vacilante, y rozó la piel sensible. El sabor la sorprendió, salado y profundo, una sensación tan extraña como eléctrica. Gimió bajito, casi sin querer, y sintió la mano de Damián posarse en su nuca, los dedos enredándose en su pelo. El peso de esa palma contra la cabeza era abrumador y, a la vez, extrañamente reconfortante, como un ancla que la sujetaba al presente.

—Así —murmuró él, con la voz grave como un trueno lejano—. No tengas miedo.

El agarre se cerró un poco más, lo justo para no lastimarla pero sí para recordarle quién llevaba el control. Ella volvió a pasar la lengua, esta vez trazando una línea lenta por la cara inferior, y el gemido ahogado que escuchó arriba la estremeció entera. Resultaba embriagador descubrir que podía provocar esa reacción en alguien tan dueño de sí mismo.

—Abre más la boca —dijo Damián—. Tómame. Despacio.

Separó los labios y dejó que la punta entrara. El calor la inundó, y el ligero quejido que ella misma soltó vibró contra él, arrancándole a Damián un gruñido de aprobación. Su lengua exploró con curiosidad la textura desconocida mientras se acostumbraba a la sensación de tenerlo dentro.

—Buena chica —la elogió, acariciándole el pelo como si fuera algo valioso—. Más adentro. Despacio.

Las palabras la atravesaron. Cerró los ojos, relajó la garganta y dejó que él se deslizara un poco más. Podía sentir el pulso latiendo contra su lengua, y ese ritmo encendía algo en su propio cuerpo, una corriente que bajaba directa hasta su sexo. Apoyó las manos en los muslos de Damián, notando la tensión de sus músculos mientras él se contenía, dejándola marcar el paso por ahora.

—Mírame —ordenó.

Abrió los ojos con esfuerzo y se encontró con la mirada oscura clavada en ella. La conexión fue casi física, un intercambio mudo de poder y de confianza. Sintió las mejillas arder por lo expuesta que estaba en esa posición, y al mismo tiempo una punzada de orgullo al saber que lo estaba complaciendo. Apretó los labios alrededor de él y succionó con movimientos lentos, deliberados.

La respiración de Damián se volvió pesada, y el tirón en su pelo le envió una chispa de dolor placentero por el cuero cabelludo.

—Lo estás haciendo muy bien —susurró—. Sigue.

Ella gimió alrededor de él, su propia excitación creciendo a cada segundo. El peso en su boca, el sabor, la manera en que la miraba con tanta hambre… era demasiado, y aun así no se imaginaba deteniéndose. Estaba por completo a su merced, y por primera vez en mucho tiempo comprendió que no quería estar en ningún otro lugar.

Los movimientos de Damián se hicieron más rápidos, más urgentes, hasta que de pronto se retiró. Su cuerpo tembló y el calor la salpicó, espeso y tibio, sobre las mejillas y los labios entreabiertos. Ella jadeó, estremecida por la sensación de quedar marcada de esa forma tan cruda.

—No te pierdas ni una gota —dijo él, con la voz ronca de deseo.

Sacó la lengua para atrapar lo que resbalaba, y el sabor permaneció en su paladar, raro y extrañamente adictivo. Lo tragó despacio, con el cuerpo entero vibrando bajo la mirada atenta del otro. Damián le tomó la barbilla y le alzó el rostro con una ternura que contrastaba con la intensidad del momento.

—Buena chica —murmuró, y con el pulgar recogió un resto que ella no había notado, llevándolo de vuelta a sus labios. Ella lo recibió con una timidez decidida, envolviendo el dedo con la lengua—. Nunca estuviste más hermosa que ahora.

Se inclinó y la besó en la frente antes de atraerla hacia su pecho. Ella se acurrucó contra él, sintiéndose, contra toda lógica, segura y querida. En ese instante le pertenecía por completo, y la idea, lejos de asustarla, la llenaba de una calma que no sabía que necesitaba.

***

El agua tibia de la ducha arrastró los restos pegajosos, pero no la sensación de sumisión que seguía adherida a su piel como una segunda capa. Mientras se enjabonaba el rostro y el pecho, repasó la mañana: la voz que la había guiado, los ojos que la habían reclamado. El recuerdo le aceleró el corazón, mezcla de vulnerabilidad y de un deseo que aún no terminaba de apagarse.

Una vez seco, Mateo volvió a vestirse con su ropa de siempre, la misma que había llegado la noche anterior. Fue como en los cuentos, cuando el hechizo se rompe a cierta hora y la calabaza vuelve a ser calabaza. Se sintió distinto, casi triste, al recuperar la forma de todos los días. Esa otra versión de sí, la que Damián había llamado Mara, se desvanecía frente al espejo empañado, y la extrañaba ya.

Cuando salió del baño, recogió sus cosas procurando no mirarlo de frente, aunque sentía la presencia del otro como una fuerza que tiraba de él incluso mientras se preparaba para irse.

—¿Nos vamos a volver a ver? —preguntó, en un susurro apenas audible.

Los labios de Damián se curvaron en una sonrisa lenta y cómplice.

—Por supuesto —respondió, con un tono que no dejaba lugar a la duda—. Ahora eres mía. No lo olvides. Y la próxima vez, quédate con el camisón. Es tuyo.

Asintió, con el pecho lleno de un alivio que no sabía explicar. Bajó los seis pisos por la escalera, sin esperar el ascensor crujiente, con pasos ligeros y la cabeza en otra parte. Por primera vez en lo que parecía una eternidad se sentía completo, o quizás todo lo contrario: por fin partido en dos de la manera correcta.

Y mientras Mateo cerraba la puerta del edificio tras de sí, ya estaba contando, en silencio, los días que faltaban para volver a ser Mara.

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Comentarios (6)

SerenaK

increible... me quede sin palabras al terminar de leerlo

Carlos_BA

Por favor que haya segunda parte!! el titulo ya te engancha y la historia no defrauda para nada

Luzma_UY

Que hermoso. Se siente con tanta emocion, tan real. Sigue escribiendo así!!

ToniNoche

Buenisimo!!!

MartinTucuman

No suelo leer mucho en esta categoría pero algo me dijo que le diera una oportunidad a este y no me equivoqué. Muy bien escrito, con mucho respeto hacia lo que cuenta. Se nota el cuidado en cada detalle.

NocheBonaerense

Me recordó a una historia que me contó una amiga hace años. Se me hizo un nudo en la garganta leyendolo, en serio.

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