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Relatos Ardientes

Su primera vez con un hombre mayor en aquel hotel

Hola otra vez. Después de los mensajes que me animaban a seguir contando las aventuras de esa esposa modosita en apariencia y muy puta en privado, vuelvo con otra historia.

Como adelanté en el relato anterior, mi mujer tuvo que viajar a Madrid para una convención de su empresa. Acudía gente de todas las delegaciones del país. En principio no había nada planeado entre nosotros, pero los días previos al viaje fantaseábamos con que se liara con alguien: un compañero, un cliente, cualquiera que le entrara por el ojo lo suficiente como para olvidarse por una noche del anillo.

Con esa pólvora encendida entre los dos, mi mujercita tomó el avión y se metió en aquel fin de semana de ponencias, almuerzos largos y cócteles. La novedad del año en la convención era el coaching, y así fue como conoció a Damián. Bueno, el nombre lo invento ahora; en realidad ella no recuerda cómo se llamaba, y a mí ya me da lo mismo.

A mi mujer le gustan los hombres fuertes, simpáticos, con cara bonita, pero por encima de todo le atrae la inteligencia. Si un tío le habla bien, si la hace pensar, si la mira con la cabeza tanto como con el cuerpo, ella se derrite. Por eso hizo migas tan rápido con aquel coach. Almuerzos compartidos, pausas para el café cada vez más largas, sobremesas que se alargaban hasta que alguien tenía que mirarse el reloj.

Empezó a tener pensamientos calientes. Me los iba contando por mensajes sueltos, sin entrar en detalles, lo justo para que yo me la imaginara en aquella sala enorme, con su falda gris, y ese tipo mirándola más de la cuenta. Sé lo seductora que puede ser cuando se lo propone, sé también lo calientapollas que es. Me habría encantado verla actuar lejos de mí, en territorio neutral, sin saber yo cómo iba a terminar la noche.

La segunda noche, un grupo de la convención bajó al bar del hotel a tomar la última. Vinos, gin tonics, algún chupito traidor. Risas demasiado fuertes, manos que se rozaban al pasar la servilleta, miradas que se sostenían medio segundo más de la cuenta. Mi mujer y Damián estaban claramente en una conversación paralela al resto.

Me la imagino y me caliento todavía. Me la imagino siendo la comidilla muda de la mesa: la guapa de los tacones altos, hablándole al oído al coach mientras al fondo dos compañeros se cruzan miradas tipo «¿están en lo que estamos pensando?». Saber que la gente se queda con el morbo, saber que alguno volverá al cuarto preguntándose si ella va a acabar follándoselo, a mí me pone a mil. Sentirme cornudo, saberme cornudo y que el resto lo intuya: qué fantasía tan jodidamente buena. Y qué suerte la mía de tener una mujer capaz de cumplirla sin perder un gramo de elegancia.

***

A eso de las dos, el grupo se disolvió. Cada uno a su llave, cada uno a su pasillo. Pero mi mujer no subió sola. Subió con una compañera de delegación, a la que llamaré Inés, y con Damián. Los tres se metieron en la habitación de mi mujer, abrieron el minibar y siguieron con la fiesta privada.

Y aquí la cosa, según ella me lo cuenta, se puso interesante. El alcohol soltó a Inés más de lo que ella misma esperaba. Empezó a poner la mano en el muslo de mi mujer al reírse, a mantenerla ahí más tiempo del normal, a apoyar la cabeza en su hombro. Si Damián no hubiera estado, te juro que ahora estaría contando otra historia muy distinta, una con dos mujeres y nada de coach. Pero Damián estaba.

Después de un rato largo, Inés decidió retirarse. Antes de cruzar la puerta, soltó una frase con sonrisa torcida.

—Aquí hace mucho calor, ¿eh? —dijo, y cerró la puerta con suavidad.

Mi mujer me confesó que captó el mensaje a la primera. Se quedó sola con él, con dos copas a medio vaciar entre los dos y el zumbido del aire acondicionado al fondo.

Damián tenía cincuenta y tres años. Mi mujer treinta y ocho. Nunca había estado con un hombre con tanta diferencia. Ella me decía después que, pese a la edad, se le notaba que entrenaba: brazos macizos, espalda ancha, esa firmeza que no se compra en el gimnasio en seis meses. De cara, un siete justo. Le bajaba puntos una calva mal llevada, de esas que no se atreven a raparse del todo y se quedan a medio camino. Pero le sobraba con la cabeza. Hablaba bien, escuchaba mejor, soltaba el comentario afilado en el momento exacto. La química, al final, apareció.

***

Lo que vino después me lo contó ella, tumbada conmigo en la cama, dos noches más tarde, mientras yo me la follaba a cámara lenta y le pedía que no se saltara ningún detalle.

Se sentaron en la cama, hombro con hombro, vaso en mano. Él dijo algo que la hizo reír, y cuando ella giró la cabeza ya tenía la cara de Damián a tres centímetros. Mi mujer me decía que vio venir el beso con tiempo de sobra para apartarse, y precisamente por eso no se apartó. Que la lengua de aquel hombre acabara en su garganta fue una decisión, no un descuido. A partir de ahí, sí, estaba siendo una puta. Mi puta. La puta que yo quería que fuera.

Él empezó por el cuello. Le mordía despacio justo debajo de la oreja, esa zona que la pone a temblar, y ella me contó que cerró los ojos y pensó en mí. No por culpa, por morbo. Pensó en cómo me lo contaría, en qué cara pondría yo, en cuánto tardaría en correrme cuando me lo describiera. Pensar en eso, dice, fue lo que la decidió del todo.

Le bajó el escote con dos dedos y le sacó un pecho. Mi mujer tiene unas tetas grandes, pesadas, de esas que un hombre experimentado sabe que no hay que apretar, hay que sopesar. Damián lo entendió a la primera. Mientras se las sobaba, ella le buscó la entrepierna por encima del pantalón. Estaba dura, evidentemente. Tampoco hizo falta hacer demasiado para confirmarlo.

Cuando él le metió la mano bajo la falda, ella hizo ese pequeño gesto de «no, espera, sí», una resistencia teatral que ya hemos hablado mil veces y que le sale sola cuando se calienta. Duró lo que tardó él en encontrarle el clítoris con el pulgar. Después, dos dedos dentro, profundos, mientras la besaba en la boca para tragarse los gemidos. Mi mujer es multiorgásmica; lo sabe quien la conoce y lo aprende enseguida quien no. Esa noche, según ella, se corrió varias veces solo con la mano.

Estuvieron así un buen rato, vestidos a medias, frotándose el uno contra el otro como dos adolescentes con la diferencia de que ninguno de los dos era adolescente y ambos sabían perfectamente qué venía después. Pero no vino. Y aquí está la parte interesante.

***

Ella me jura que no llegó a haber penetración. Que en algún momento, no sabe exactamente cuándo, le dio el bajón. No físico, seguía mojada como una fuente, seguía caliente. Le dio el bajón mental. Una vocecita que decía «y si esto pasa de verdad, ¿cómo se lo cuento a él?». Y precisamente porque pensó en mí, paró. Paró ella, no Damián. Él habría seguido, por supuesto.

Le pidió tiempo. Le pidió que se vistiera y se fuera. Lo más curioso es que él no insistió. Recogió la chaqueta, le dio un beso en la frente, le dijo algo así como «no pasa nada, ha sido bonito hasta aquí», y salió por la puerta con la dignidad intacta. A mi mujer, después, eso le dio más rabia que si hubiera insistido. Es lo que tiene la inteligencia: también sabe cuándo retirarse.

Ella se quedó sentada en el borde de la cama, con el pecho fuera, las medias bajadas hasta la rodilla y un orgasmo a medio camino. Me contó que terminó sola, con la mano, pensando en lo que estaba a punto de hacer y no hizo. Y luego me llamó. Eran las cuatro de la mañana. Yo no le cogí el teléfono porque dormía como un tronco, idiota de mí. Si hubiera contestado, le habría dicho que volviera a llamarlo. Sin duda. Y entonces sí estaría contando aquí cómo se la folló el coach aquel fin de semana.

Esa es la única vez que me he arrepentido de no oír el móvil en mitad de la noche.

Quedó en una experiencia distinta, una primera vez con un hombre que en otras circunstancias ni habría mirado, una caricia con sabor a podría-haber-sido. A veces son esas las que más se recuerdan, las que no se cierran del todo. La que se cierra te deja vacío al día siguiente; la que se queda a medias te visita durante meses en los momentos menos esperados.

Ella todavía habla de aquella noche con una mezcla rara de orgullo y rabia. Orgullo por haber tenido el control hasta el final, rabia por no haberlo soltado en el último tramo. Yo, que la conozco, sé que si volviera a pasar mañana, terminaría diferente. Esa primera vez con un mayor le abrió una puerta que ahora ya sabe que existe.

***

En el próximo relato les contaré aquel otro viaje de cinco días del que hablé hace tiempo. Un sitio espectacular y una historia que sí terminó como tenía que terminar, con todo lo que esa palabra implica. Pero eso será otro día.

Gracias por los comentarios. Un abrazo, y hasta la próxima.

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Comentarios (5)

Carmela_77

excelente!!!

FernandoMR

Muy bien escrito, se nota que hay sentimiento detras. Me gusto mucho.

SoledadK_lec

Me recordo a una situacion parecida que viví hace unos años... hay algo en la experiencia del otro que se siente diferente. Gracias por compartirlo!

PilarGBA

Por favor una segunda parte!!! Quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos.

noctambulo33

buenisimo, mas de esto

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