Mi vecina ciega me enseñó a sentir sin mirar
Hace unos años tuve una vecina que se dedicaba a la prostitución. Y, además, era ciega de nacimiento. Sí, una combinación poco habitual. Pero, curiosamente, para ella y para sus clientes esa rareza funcionaba bastante bien.
Nos hicimos amigas rápido. Mariela me contó casi todo sobre su vida y sobre su trabajo, sin filtros y sin culpa. También me explicó por qué su falta de visión, lejos de ser un obstáculo, la convertía en una mejor acompañante.
—Cuando te falta un sentido, los demás se afinan —me dijo aquella tarde, con una sonrisa tranquila—. Yo aprendí a leer a la gente con las manos, con la nariz, con el oído. A los hombres les gusta sentirse vistos, aunque sea por una mujer que no los mira.
Su departamento estaba pegado al mío, en el mismo piso, y los dos balcones daban al pulmón de manzana. Prácticamente podíamos conversar de una baranda a la otra. Desde el día que me mudé empecé a escuchar sus gemidos exagerados, las puertas que se abrían y cerraban a cualquier hora, las voces graves que se despedían en el palier. No me aguanté la curiosidad y empecé a espiarla desde mi cocina. Muy mal lo mío, ya lo sé.
Así descubrí su oficio y su condición. Y, como tengo una curiosidad enfermiza, quise experimentar por mi cuenta. Empecé a vendarme los ojos cuando me masturbaba, o cuando estaba con mi novio de turno. No sé si sería sugestión, pero el tacto se me intensificaba de un modo casi incómodo, como si cada pliegue de las sábanas pesara distinto.
Esa tarde, sentada en su living, terminé contándoselo. Le hablé de la venda, de las yemas calientes, de cómo el olor del cuerpo del otro se volvía protagonista. A Mariela le brillaron los ojos sin foco, como si hubiera encontrado un tema favorito.
—Te puedo dar un entrenamiento rápido para que afines todavía más —dijo—. ¿Querés probar?
Obviamente no tuvo que insistir mucho.
Me prestó una pañoleta de seda, vieja y suave, y me vendó los ojos ella misma. Sus dedos me rozaron la nuca con una calma profesional, como si estuviera acostumbrada a atar nudos sin mirar. La oscuridad cayó de golpe y me hizo respirar más hondo.
—Primero vas a aprender a ver con el tacto y con el oído —anunció.
La primera consigna fue tocarle la cara y decirle si estaba contenta o triste. Palpé sus pómulos, sus labios, la sonrisa apenas marcada en la comisura. Acerté. Después me hizo apoyar la oreja contra su mejilla para descubrir si respiraba por la boca o por la nariz. Acerté de nuevo. Era un juego suave, casi infantil, y me daba cuenta de que mi corazón empezaba a latir más rápido de lo que me parecía razonable.
—Ahora las pruebas difíciles —avisó.
Tenía que dejar la mano floja. Ella iba a guiarme hacia distintos objetos y partes de su cuerpo, y yo tenía que adivinar qué era con el primer contacto. No valía manosear, no valía buscar pistas. Solo la primera impresión.
Toqué su pelo, recogido a un costado. Toqué el lóbulo de su oreja, tibio y blando. Toqué la punta de su lengua, que ella sacó apenas para mí, y sentí un pinchazo en algún lugar del estómago que no quise nombrar. Toqué su ombligo, la curva de una muñeca, un anillo. Iba acertando todo.
Hasta que mi mano aterrizó sobre algo blando, ligeramente rugoso, que no supe identificar.
—Ahora vas a volver a tocar lo mismo —dijo, con un tono más bajo—, pero esta vez lo vas a notar distinto. A ver si te das cuenta de qué es.
Cuando regresé al mismo punto, lo blando se había endurecido. Ya no había manera de equivocarse.
—¿Te toqué un pezón? —pregunté, sorprendida, y noté que mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
—¡Exacto! —contestó, encantada.
Me quedé quieta. Algo se había movido en el aire del living. No sabía si Mariela lo había hecho de jodida, si para ella era un gesto natural entre amigas, o si estaba probándome para ver hasta dónde la seguía. Me puse en alerta sin decir nada. La verdad es que la estaba pasando bien, demasiado bien, y la curiosidad por lo que venía después era más fuerte que cualquier prudencia.
Sin destaparme los ojos le pregunté si se había quitado la remera. Me respondió que iba a tener que averiguarlo. Era una invitación clarísima.
Estiré los brazos pero ella se corrió hacia atrás.
—Con las manos no —dijo—. Quiero que aprendas a descubrirme como yo descubro a la gente.
—¿Cómo es eso? —pregunté.
—Con la cara. Con la boca, la lengua, las mejillas, la nariz, las orejas. Todo lo que no sean las manos.
Empezamos un juego nuevo. Ella iba acercando distintas partes de su cuerpo a mi cara, y yo debía detectar qué era cada una sin el privilegio de la vista. Una clavícula, el hueco entre los pechos, el borde de una costilla. Cada vez que rozaba algo nuevo, me explicaba en voz baja cómo trabajaba con sus clientes: los aromas, los sabores, las texturas, los sonidos. Todo eso, decía, se mezclaba en su cabeza hasta formar una imagen mucho más completa que cualquier foto.
El juego terminó cuando lo que se acercó a mi cara fue su boca, y se encontró con la mía sin avisar. El hecho de no poder verla me ayudó a olvidar que estaba besando a una mujer. Me dediqué a sentir ese beso, a registrar las diferencias con cualquier otro beso que hubiera dado antes. La piel de su labio era más fina. El gusto era más limpio. La paciencia con la que esperó mi respuesta no la había sentido nunca en un hombre.
Me aparté un segundo, respiré hondo y la desafié a que ahora ella me descubriera a mí. Me quité la pañoleta, me levanté la remera, me saqué el corpiño y el pantalón. Quedé desnuda parada en medio de su living, con la persiana baja y la luz amarilla del velador tiñéndolo todo.
***
Mariela se arrodilló frente a mí. No vaciló ni un instante. Sus manos subieron por mis tobillos, mis pantorrillas, la cara interna de mis muslos, leyéndome como si yo fuera un texto en braille. Cuando llegó al pubis no se detuvo a preguntar. Su lengua estimuló mis labios con una precisión que no creía posible. Me había sacado la venda justamente para verla, para grabarme la imagen de su boca buscándome.
La tomé de la cabeza para que su lengua se metiera más adentro. Ella se dejó. Yo escuchaba mi propia respiración y entendí, por primera vez, lo que ella escuchaba en sus clientes: ese paisaje sonoro que decía más que cualquier mirada.
De pronto se apartó.
—Vamos a la cama —dijo, con la voz un poco quebrada.
La seguí. Nos acostamos, nos abrazamos. Sus manos recorrían mi cuerpo como si me dibujara con los dedos. Nunca había sentido caricias así, sin un solo gesto desperdiciado, sin la torpeza típica de quien tiene los ojos para guiarse y se vuelve perezoso con el resto.
Entre suspiros le confesé que lamentaba no haber traído mi vibrador. Sonrió y me indicó una caja de madera oscura debajo de la cama. La saqué y la abrí: era prácticamente un sex shop en miniatura. Consoladores de todos los tamaños, de látex, de silicona, alguno con relieves extraños. Elegí uno por su curvatura inusual, asimétrico, que ella llamaba «el deforme».
—Acostate y relajate —me dijo, palmeando la sábana.
Me agarró del muslo para que abriera las piernas y yo le obedecí sin pensar. Tanteó hasta encontrar mi entrepierna y fue deslizando el juguete con una suavidad casi insoportable. Dejé escapar un gemido ahogado que no supe contener.
La forma rara de ese consolador iba tocando lugares de mi interior a los que nada antes había llegado. Mariela lo movía en círculos lentos mientras me besaba la boca y me acariciaba los pechos con la mano libre. La abracé fuerte, empecé a temblar, y mi pelvis empezó a moverse sola para acompañar el ritmo del juguete. Mis gemidos se convirtieron en gritos cortos.
Y entonces se quedó quieta.
Mantuvo el consolador adentro, sin moverlo, presionando apenas. Sabía que yo estaba al borde y quería que mi propio cuerpo terminara de fabricar el clímax, sin ayuda, para que durara más. Me gustó la idea. Cerré los ojos, no moví un músculo, respiré por la boca, agitada, y dirigí toda mi atención a los rincones que el juguete estaba ocupando. Desde ahí se levantó un temblor que se esparció por la piel, hasta los hombros, hasta la nuca.
Me sentí presa de un orgasmo que se quedó suspendido en el aire un instante eterno. Mi boca se abrió y formé un gemido que arrancó como un susurro ronco y fue creciendo hasta volverse alarido. Cuando abrí los ojos vi la cara concentrada de Mariela, con el oído inclinado hacia mí, atenta a cada reacción como un musico afinando un instrumento.
Hubiera querido quedarme tendida ahí toda la tarde, pero todavía me sobraba electricidad en los dedos. Me incorporé y le anuncié que ahora le tocaba a ella acostarse y relajarse. Sonrió como una nena a la que le hubieran prometido un regalo.
Tanteó la caja y eligió su preferido: el más grande de todos.
Antes de tocarla, busqué la pañoleta y me vendé los ojos otra vez. Quería volver a ser ciega para entenderla mejor. Al tanteo encontré su entrepierna, fui calzando aquel consolador enorme entre sus labios con la mayor delicadeza posible. Recordé sus consignas y puse toda mi atención en sus suspiros, en los pequeños cambios de respiración, en la forma en que apretaba mi muñeca para indicarme cuándo apurar y cuándo frenar.
Me moví con muchísima lentitud. Sus gemidos eran los mismos que yo le había escuchado a través de la pared, los que reservaba para sus clientes favoritos. Significaba que esto, de verdad, lo estaba disfrutando. Y eso me excitó otra vez. Casi sin proponérmelo, con la mano libre empecé a acariciarme los pechos, sin dejar de moverle el juguete adentro.
Estuve tentada de sacarme la venda y mirarla. No lo hice. Me tiré encima de ella, sin soltar el consolador, y le besé la boca con una urgencia que no conocía en mí. Soltó un grito de placer intenso que se me metió en el cuerpo entero. Nuestras lenguas se buscaron sin orden, como si estuviéramos peleando por algo que ninguna de las dos podía nombrar.
Su cuerpo arrancó un movimiento ondulante y los gritos se hicieron más largos. La recorrí entera con la lengua, sin mirarla. Abrí sus piernas para acomodarme entre ellas y lamerle la cara interna de los muslos mientras seguía empujando el juguete hasta el fondo.
De pronto sentí que cambiaba de posición. Me agarró las piernas y las acomodó a ambos lados de su cabeza. Quedamos en un sesenta y nueve perfecto, y ya no hubo más estrategia. Solo lenguas, dedos, gemidos apagados contra la piel mojada. Acabamos las dos al mismo tiempo, con un grito largo que se confundió en una sola voz.
Me desplomé sobre ella, con la cabeza apoyada en su pubis y el suyo apoyado contra mi cara. Tardé un rato largo en recuperar la respiración. Dos orgasmos seguidos así no me habían pasado nunca.
Cuando junté fuerzas para incorporarme, me senté en la cama y me saqué la venda definitivamente. Mariela se acomodó a mi lado, en silencio. Sin saber por qué, me dieron ganas de llorar. Ella se dio cuenta enseguida, me abrazó y me besó el hombro.
—Vení, ayudame a poner el agua para el mate —dijo, sin dramatismo, como si lo que acababa de pasar fuera la cosa más natural del mundo.
Nos vestimos, cebamos mate y charlamos hasta que afuera empezó a oscurecer. Me hubiera quedado con ella hasta la mañana siguiente, pero necesitaba estar sola para pensar. Me despedí pasándole la mano por la mejilla y dándole un beso suave en los labios, como si quisiera dejar una marca pequeña antes de irme.
Esa noche volví a mi departamento sin saber bien quién era. Estuve un rato largo frente al espejo del baño, mirándome la boca, preguntándome cuántas otras cosas todavía me quedaban por descubrir.
Quizá ahora se pregunten si me convertí en lesbiana, si soy bisexual, si soy otra cosa. Yo también me lo pregunté durante semanas. La mejor respuesta que encontré fue no ponerme ninguna etiqueta, ni para definir mi sexualidad ni para nada más. Porque etiquetarse es achicarse. Lo único que me quedó claro fue que con Mariela había aprendido algo que ningún hombre me había enseñado: que el placer no entra por los ojos. Y a veces, cuando me vendo en mi cama y me toco sola en el silencio, todavía la escucho respirar muy cerca, como si volviera a estar arrodillada frente a mí.