Estrené mis implantes en la fiesta del jefe
Me llamo Laura y tengo veintiséis años. Trabajo en una inmobiliaria en el centro y este año viví la noche más extraña, más salvaje y más inesperada de mi vida. Una noche que empezó con un vestido rojo y terminó de formas que todavía no termino de creer.
Para entender lo que pasó en aquella cena de fin de año tengo que retroceder bastante. Crecí con tres hermanos mayores. Mi padre se fue cuando yo tenía cinco años y mi madre hizo lo que pudo con cuatro hijos, aunque reconozco que yo era la más difícil de los cuatro. Era la pequeña, la única chica, y desde el principio me negué a comportarme como tal. Los pantalones de mis hermanos, sus camisetas, sus juegos. Nunca me interesó nada de lo que se suponía que debía interesarme.
El mayor se llamaba Marcos y me llevaba nueve años. Era tranquilo, el único que a veces frenaba mis ocurrencias. Los otros dos se dejaban arrastrar y acababan pagando las consecuencias, porque mi madre nunca sospechaba que detrás de cada travesura estaba yo.
Compartíamos casa sin pudor. Desde pequeños nos bañábamos juntos, nos veíamos desnudos sin darle importancia. Yo dormía en un cuarto pequeño; ellos, en otro más grande con literas. Pero las puertas nunca estaban cerradas. La desnudez era parte del paisaje, sin misterio ni carga.
Lo que sí empezó a tener otro peso fue el cuerpo de Marcos cuando cumplió catorce años. Un día estábamos todos en su cuarto y salió el tema de los cambios físicos, de ese proceso que en el colegio enseñaban en términos tan asépticos que nadie relacionaba con la vida real. Marcos se bajó el pantalón para mostrar lo que había crecido ahí abajo y encontramos algo más que vello: tenía una erección. Los otros dos hermanos intentaron comparar, pero eran demasiado pequeños todavía. Yo, que era «imparcial», fui designada árbitro de la situación.
Nunca olvidé ese momento. El brillo del glande de Marcos. La diferencia entre lo que veía ahí y lo que tenía yo entre las piernas. Todo quedó guardado en algún rincón de la memoria sin que supiera muy bien para qué.
La escena terminó mal cuando mi madre abrió la puerta. Los gritos llenaron la casa. A la semana siguiente me fui a vivir con mi tía Raquel, que llevaba años queriendo ser madre sin conseguirlo. Mi madre lo presentó como una oportunidad. Yo lo viví como un destierro.
***
Con mi tía Raquel crecí bien. No me faltó nada, aunque seguí siendo la misma: pantalones anchos, camisetas sin forma, pelo recogido desde las seis de la mañana. Ella intentó todo lo posible para que me pusiera una falda y fracasó sistemáticamente.
Lo que sí cambió fue el cuerpo de las demás. En el instituto, mientras mis compañeras de clase llenaban los sujetadores con una urgencia que parecía programada, yo seguía igual. Plana. No como una modelo deportiva, sino como una tabla de planchar, como me recordaban sin crueldad excesiva pero con una precisión que dolía igual. Mi tía me consolaba siempre con la misma frase: «Ya te crecerán, ya verás.» No crecieron.
Un día entré en su habitación cuando se estaba cambiando el sujetador y me quedé mirándola. Ella tenía bastante pecho, más que mi madre incluso. Al salir fui al baño, cogí un lápiz labial marrón, me quité la camiseta y me planté frente al espejo. Me dibujé un canalillo sobre la piel lisa. Con pezones grandes, como los suyos. Me vi y me puse contenta por unos minutos.
Mi tía lo descubrió cuando vio el lápiz gastado. Me hizo quitarme la camiseta y encontró el dibujo. Se le encendió la cara, pero al momento sonrió, me abrazó y me llenó de besos. «Ya te saldrán, nena, ya te saldrán», repitió mientras me apretaba contra ella.
***
Llegué a la inmobiliaria a los veintitrés años con buenas notas, mucha energía y ningún escote que ofrecer. La oficina estaba llena de gente joven, bulliciosa, que se emparejaba y desemparejaba con una facilidad que yo miraba desde lejos. Las chicas que tenían buenas curvas sabían exactamente cómo usarlas. Se apoyaban en los escritorios, dejaban caer los escotes, provocaban con una naturalidad que a mí me parecía casi un talento innato.
Yo no podía competir. Si me agachaba sobre una mesa no había nada que ver.
El único que parecía tan invisible como yo era Simón. Llevaba dos años en la empresa cuando llegué. Era callado hasta el extremo, hablaba lo justo, nunca participaba en los planes del grupo. Nadie le prestaba atención y él tampoco parecía pedirla. Me identifiqué con él desde el primer día, aunque tampoco llegamos a hablar mucho más allá de las obligaciones del trabajo.
La obsesión con mis tetas llegó despacio y después se instaló sin pedir permiso. Empecé a investigar, a preguntar, a comparar precios y clínicas. Una compañera se había operado el año anterior y en el baño me enseñó el resultado: firmes, altas, con una forma que habría sido imposible sin ayuda. Me quedé mirando demasiado tiempo. Ella no se lo tomó mal.
Mi tía Raquel lo descubrió cuando me encontró probándome uno de sus sujetadores frente al espejo del dormitorio. La prenda colgaba sobre mi pecho sin nada que sujetar. La imagen lo decía todo. No dijo nada de inmediato. Luego puso el dinero que me faltaba.
La operación fue en octubre. La recuperación, más fácil de lo que esperaba. A los tres meses tenía un pecho que nunca había tenido: redondo, consistente, con un canalillo real, no dibujado con lápiz labial sobre piel plana como de niña. La forma que había pedido al médico, juntas y naturales. Él me había aconsejado una talla más grande. Accedí y le di la razón.
El cambio en la oficina fue inmediato. Llegué un lunes con una blusa diferente, nada escandaloso, y sentí las miradas antes de llegar a mi escritorio. Los chicos que antes pasaban sin detenerse ahora encontraban pretextos para acercarse. Las chicas me preguntaban con esa mezcla de admiración y análisis clínico que conocen bien las mujeres.
Anduve semanas con cuellos altos, avergonzada de enseñar lo que acababa de conseguir. Pero por dentro me sentía diferente. Por primera vez en mi vida, me sentía mujer de verdad.
***
La cena de fin de año era una tradición en la empresa. Don Roberto, el dueño, organizaba cada diciembre una comida para todo el personal, siempre en el mismo restaurante, con el mismo menú. Pero ese año fue diferente. El negocio había cerrado su mejor ejercicio en una década. Don Roberto y su mujer, Valeria, habían comprado una casa nueva en las afueras, y la celebración sería allí.
Fui con el vestido más atrevido que había comprado en mi vida: largo, rojo, con un escote que dos meses antes no habría tenido ningún sentido llevar. No era ceñido porque mis caderas seguían siendo estrechas, pero llegaba al suelo y me quedaba elegante. Me lo había probado quince veces antes de salir.
La mansión superó todas las expectativas. Jardines con luces cálidas, una mesa que podía sentar a veinte personas, copas de cristal que reflejaban las velas. Valeria recibió a todos con la naturalidad de quien está acostumbrada a demostrar que puede permitirse cualquier cosa. Collar de diamantes, pulsera de oro, una copa en la mano que rara vez se vaciaba.
Fui el centro de atención desde que llegué. Todo el mundo encontraba una excusa para acercarse, preguntar algo, quedarse un momento más de lo necesario. Hasta Simón, desde el otro extremo de la sala, se estiraba discretamente para verme de perfil.
Durante la cena las insinuaciones fueron creciendo. Primero las compañeras, que querían saber los detalles de la operación, la clínica, si había dolido mucho. Luego los hombres, con comentarios más velados pero igualmente claros. El vino ayudaba. El ambiente, también. Don Roberto abrió su bodega privada y sirvió botellas que no estaban en ninguna carta.
Cuando terminamos de cenar y pasamos al salón contiguo, donde Valeria había dispuesto una mesa larga de postres y dulces, la conversación perdió los últimos restos de formalidad. Fue una voz femenina, desde atrás del grupo, quien lo dijo primero.
—¡Que las enseñe! ¡Que las enseñe!
Se unieron otras voces. Luego más. Los chicos no tardaron en sumarse y el coro se hizo unánime. Yo estaba en el centro de todos ellos, con la copa en la mano, mirando aquella escena sin terminar de procesarla.
Llevaba veintitrés años sin que nadie me mirara así.
No me hice de rogar demasiado. Fui bajando los tirantes del vestido despacio, dejando que la anticipación hiciera su trabajo. Primero uno, luego el otro. Primero asomé un lado, solo la areola, el pezón que el médico había dejado perfecto. El grito de admiración fue colectivo. Las chicas pedían más, los chicos también, y yo terminé de bajar el otro lado.
Me quedé con el vestido hasta la cintura.
Valeria fue la primera en acercarse. Puso las dos manos abiertas y los palpó con expresión de jueza experta. Levantó el pulgar hacia el grupo y el alboroto se multiplicó. Hicieron cola. Primero las mujeres, que buscaban cicatrices con una minuciosidad de cirujanas y no encontraron nada. Luego los hombres, que no buscaban cicatrices.
Noté la diferencia entre unas manos y otras. Los hombres se entretenían en los pezones, los tiraban suave, jugaban con ellos sin prisa. Yo intentaba mantener una expresión de normalidad que no tenía ningún sentido en aquella situación.
Entonces una voz femenina gritó desde el fondo:
—¡Laura, ahora lo que te falta es una buena polla!
Silencio. Todos se volvieron. Y la voz que respondió fue la de don Roberto.
—Pues aquí tienes la mía, a tu disposición.
Se había abierto la bragueta. La tenía blanda y caída. Valeria lo miró con una expresión que mezclaba el horror y la resignación en proporciones iguales. Un segundo después, desde el otro lado de la sala, un compañero ofreció la suya. Esta sí, erguida y en la mano. Y luego otro. Y otro más. Los hombres de la oficina con las braguetas abiertas, exhibiendo sus erecciones con una competitividad que nadie habría predicho dos horas antes. Las mujeres calificaban, señalaban, hacían comentarios en voz baja que de tanto en tanto estallaban en carcajadas.
Yo no me di cuenta de que había soltado el vestido hasta que lo oí caer al suelo. El ¡oh! del grupo fue unánime. No llevaba ropa interior. No la necesitaba con ese vestido, y en mi cabeza nunca había contemplado que el vestido fuera a caer.
Me llevaron hacia la mesa de los postres. Apartaron las bandejas, las copas, el mantel de lino que Valeria había escogido con tanto cuidado. Me tumbaron encima.
***
Fue entonces cuando alguien reclamó a Simón.
—¡Simón, solo faltas tú! ¡No nos hagas quedar mal!
Él negó con la cabeza. Alguien más insistió. Don Roberto, con su polla blanda todavía al aire, añadió autoridad a la invitación.
—Ven, que te lo dice tu jefe.
Vi a Simón abrirse paso entre el grupo con la cabeza gacha. Cuando llegó a mi lado el círculo se abrió para él y todas las miradas convergieron. Metió la mano en la bragueta con cuidado, como si lo que había dentro necesitara ser manejado con precaución. Y tenía razón.
Valeria, que estaba a su lado, fue la primera en verlo. Lo cogió con las dos manos y lo enseñó al grupo como si acabara de desembalar un trofeo. Era grueso, largo, completamente erecto, con un glande oscuro en forma de seta que brillaba sin prepucio. Los demás hombres se miraron entre sí sin decir nada.
La mujer del jefe se lo metió en la boca antes de que nadie dijera nada más. Lo hizo despacio, demostrando el esfuerzo que suponía, sacándoselo después para enseñárselo al grupo con una sonrisa de quien acaba de confirmar algo que ya sospechaba. Luego empujó a Simón hacia mí.
Yo no había estado con ningún hombre antes. Mis exploraciones habían sido solitarias, con objetos que parecían atrevidos en el momento. Nada que se pareciera remotamente a aquello.
Sentí el calor antes de sentir la presión. El glande entró con resistencia. Un ardor intenso y breve que se transformó enseguida en algo completamente distinto. Lo sentí avanzar hasta donde nunca había llegado nada. Palpitante. Caliente. Vivo.
Simón duró poco. Era la primera vez que yo veía de cerca cómo un hombre perdía el control de verdad, los ojos en blanco, los músculos tensos, el cuerpo desbordado. Sacó la polla justo a tiempo. Las que estaban más cerca recibieron el arreón. Valeria lo recogió en la boca, satisfecha.
—Ahora me toca a mí —dijo Valeria, y se inclinó hacia delante apoyando las manos en sus rodillas.
Simón la penetró de un movimiento, sin ayuda. Ella gimió de una forma que no tenía nada de anfitriona formal. Fue quitándose el vestido suntuoso sin dejar de moverse, quedándose solo con el collar de diamantes y los pendientes que oscilaban al ritmo de sus tetas colgantes.
***
Detrás de mí se formó una fila.
Los casados, los solteros, los que habían estado callados toda la noche. Las mujeres de la oficina que al principio miraban con cierta distancia fueron acercándose. Arrimaron sillas a la pared. Se sentaron sobre los hombres con las faldas recogidas, cambiando de uno a otro con una fluidez que hacía irreconocible el mismo espacio donde todos fingíamos ser profesionales de lunes a viernes.
Una compañera avisó demasiado tarde que nadie debía correrse dentro de mí. Dos ya lo habían hecho. «Yo no lo sabía», dijo uno. «Pensé que se protegía», añadió otro. Ella los llamó inútiles y ofreció su propio coño como alternativa voluntaria. No fue la única.
El más guapo de la oficina, en quien yo había pensado más de una vez, fue también el más decepcionante. Cuando le llegó el turno no pudo. El nerviosismo o el exceso de expectativa le dejaron blando y sin solución, por mucho que la chica que tenía al lado lo intentara. El que venía detrás lo resolvió con eficiencia y sin teatro.
Uno tras otro me fueron llenando. Unos más, otros menos. Algunos aprovechaban para agarrarme los pechos cuando me clavaban la polla a fondo, como si quisieran confirmar que eran reales. Otros preferían mirar sin tocar nada más que lo necesario.
Don Roberto nunca consiguió que la suya tomara un mínimo de dureza. Se quedó en un rincón, con la bragueta abierta y la polla caída, sin encontrar el momento de sumarse a nada. Una compañera más veterana se apiadó y se arrodilló ante él, trabajándosela en la boca con paciencia. La recién casada le añadió un dedo por detrás. Fue milagroso: no le dio tiempo a acercarse a nadie, pero salió de él algo que Valeria vio desde lejos y celebró con una sonrisa pequeña. Al menos había participado del festín.
***
A mí me quedaba una última cosa esa noche.
Simón, que ya había pasado por Valeria y por dos compañeras más, llegó a mi lado con intenciones diferentes. Lo llevaba todavía erecto y brillante, y sus ojos apuntaban hacia donde yo nunca había dejado entrar nada.
Valeria lo sabía. Llegó con un frasco de gel que olía a algo lujoso y desconocido, y me preparó ella misma con una habilidad que me cerró los ojos. Me guiñó un ojo cuando terminó. Puso el dedo en los labios.
Lo que sentí cuando Simón entró por ahí fue distinto a todo lo anterior. Primero imposible, luego inevitable, luego una lentitud larga y caliente que no terminaba nunca. Cuando llegó al fondo me apretó contra el mantel y se corrió dentro. El calor me deshizo por dentro. Me corrí también, mojándole hasta los muslos, y fue la primera vez en mi vida que eso le pasó a mi cuerpo con otra persona.
Valeria me guiñó el ojo por segunda vez.
***
Cuando bajé de la mesa no podía tenerme en pie. Dos compañeras me ayudaron a sentarme en una silla. Entre las piernas me salía lo que varios habían dejado dentro a pesar de los avisos tardíos. Sobre las tetas nuevas habían caído las felicitaciones de los que habían preferido salir antes, comentarios de aprobación que sonaban ridículos y completamente sinceros al mismo tiempo.
Pensé en Marcos, mi hermano mayor. En aquel día en el cuarto de las literas, en el brillo del glande que no había podido olvidar en todos esos años. Me habría gustado que hubiera estado esa noche entre los que hicieron cola.
Aunque probablemente era mejor que no.