Me pidió que fuera delicado: era su primera vez
Todo empezó unas semanas después del incidente con Rebeca y Tomás. Él era amigo del dueño, le contó lo que había pasado entre nosotros tres y el viejo los echó a los dos sin pensarlo. A Rebeca nunca más la volví a ver, y tampoco la busqué.
Por suerte llegó una llamada de mi trabajo anterior ofreciéndome el mismo puesto. Acepté sin dudar. Quería estabilidad, no más dramas de oficina.
Regresé y todo seguía más o menos igual, salvo por Sandra. Tenía 32 años, casada, buena presencia y un carácter que guardaba para casi todos excepto para mí. Desde el primer día me trató bien, me buscaba para hablar, me traía café. Me convenía tenerla cerca.
Unos meses después me presentó a la razón real de este relato: Daniela, su hermana menor de 19 años. No había logrado entrar a la universidad ese ciclo y, como castigo, Sandra la metió a trabajar. Usando su posición con el dueño, consiguió un lugar para ella bajo mi supervisión, revisando material en el área de impresión.
Daniela era bajita, de piel clara, con ojos que miraban directo y unas piernas que distraían a medio piso. Sus tetas eran pequeñas pero bien formadas, con pezones que se marcaban a través de cualquier blusa fina, y tenía esa actitud de quien sabe exactamente el efecto que causa. Era la sensación del bloque, y a mí me gustaba la chica desde que la vi llegar.
Me fui acercando poco a poco. Noté enseguida que Daniela jugaba con el fuego sin calibrar bien lo que hacía: un día me besó el cuello mientras revisábamos un lote de impresión, otro me rozó los labios con los suyos al alcanzarme un papel. Yo no reaccioné. Con 26 años y suficiente experiencia encima, había aprendido que apresurarse con ese tipo de chicas solo complica las cosas.
Un fin de semana de mayo, Sandra y su familia tenían que salir de la ciudad y no podían llevarse a Daniela. Me llamó pidiéndome el favor de cuidarla desde las doce del mediodía hasta las nueve de la noche. Intenté negarme, pero mi novia se había ido a Guadalajara con su familia ese mismo fin de semana, así que no tenía argumento. Al final acepté.
***
La fui a buscar a las doce a la salida del metro. Cuando la vi llegar entendí por qué me había costado tanto decir que no. Llevaba una falda de mezclilla corta, sandalias de cuña y una blusa de tirantes blanca que dejaba al descubierto su espalda bronceada. Me saludó con un beso en la mejilla y una sonrisa que ya conocía bien: la sonrisa de quien sabe que está causando efecto y lo disfruta.
— Pensé que no llegabas — dijo.
— Aquí estoy. Oye, estás muy bien.
— ¿Así? — preguntó, girando levemente sobre sus talones. — Me vestí pensando en ti.
Yo sabía que estaba tanteando el terreno, esperando que cayera. Le besé la mejilla sin decir nada más y la llevé a almorzar.
Pasamos bien la tarde: almorzamos en un lugar tranquilo cerca del centro, fuimos al cine y, en un centro comercial, entró a una tienda de lencería donde terminé comprándole un conjunto que eligió con más criterio del que correspondía a su edad. Me lo estaba pasando bien con ella, mucho más de lo que esperaba.
— Ya me aburrí — anunció hacia las cinco de la tarde. — Quiero tomar algo.
— ¿Bebes? — le pregunté.
— Desde los quince. No me mires así.
— Todavía no hay bares abiertos, Daniela.
— Una cerveza, no es para tanto.
Pensé un momento. La única opción sensata era comprar algo en la tienda y beberlo en otro lado, porque en casa de Sandra no podíamos aparecer con cervezas a esa hora. Y entonces, sin pensarlo demasiado, lo dije:
— ¿Qué tal un hotel?
Daniela me miró un segundo, seria. Luego asintió.
— Solo vamos a tomar.
— Claro — respondí yo.
***
Compramos un six en la tienda de la esquina y entramos a un hotel de paso sin mucho protocolo. La habitación era pequeña pero limpia. Nos sentamos en la cama. Daniela encendió el televisor y, sin preguntarme nada, buscó un canal de adultos y lo dejó de fondo como si fuera lo más natural del mundo. Destapé dos cervezas y le di una.
En la pantalla, una rubia con las tetas al aire se dejaba follar de perrito por un tipo con una verga enorme. Los gemidos exagerados llenaban la habitación. Daniela miraba de reojo, sin comentar nada, pero cambió de posición y cruzó las piernas apretándolas una contra la otra.
— ¿Qué pasa? — me preguntó al notar que la miraba.
— Nada. Que estás muy bien.
— Eso ya me lo han dicho — respondió con esa indiferencia calculada que la caracterizaba.
— Y encima modesta.
— ¿Para qué fingir? — dijo, y se acercó un poco.
Su mano empezó a recorrer mi pierna muy despacio, sin prisa, mirándome de reojo. Subió hasta el muslo y se detuvo a un palmo de la bragueta, donde ya se me marcaba el bulto de la polla dura. Terminé la cerveza y la dejé acercarse sin interrumpirla.
— ¿Has estado con alguien más joven que tú? — preguntó.
— Nunca. Solo de mi edad o mayores.
— Entonces no sabes lo que te perdiste.
— Convénceme.
Sin más preámbulos empecé a besarla. Ella respondió de inmediato, con más decisión de la que esperaba. Su lengua se metió en mi boca sin ceremonias, hambrienta, torpe pero decidida. Puse una mano en su rodilla y la fui subiendo despacio por el muslo, rozando la tela de la falda. Temblaba un poco, pero no se apartó. Al contrario: separó levemente las piernas, invitándome a subir más.
La recosté y continué explorándola: el cuello, los hombros, el borde de la falda. Le desanudé los tirantes de la blusa y le liberé las tetas, sin sostén debajo. Los pezones estaban duros, pequeños y rosados. Le chupé uno mientras con la otra mano le pellizcaba el otro, y ella soltó el primer gemido de la tarde, un sonido bajo que le nació del pecho. Cuando llevé la mano a su ropa interior y sentí la tela empapada, se incorporó de golpe.
— No. Mejor no.
— ¿Te hice algo mal?
— No es eso. Es que... no, mejor no.
— Tranquila — le dije. — No le cuento nada a nadie, si es eso lo que te preocupa.
Silencio. Luego, bajando la vista:
— Es que todavía soy virgen.
Eso no me lo esperaba. En todos mis años nunca había estado con nadie así. Ella me lo dijo sin drama, casi como disculpándose, y yo sentí algo que no era exactamente ternura. Sentí las ganas multiplicarse. La polla me latía dentro del pantalón de solo pensar en ser el primero en metérsela.
— No pasa nada — le dije, bajando la voz. — Voy despacio. Ya verás que lo disfrutas.
Daniela me miró un momento, evaluando. Asintió.
— Pero hazlo con cuidado.
***
Se quitó la blusa del todo y se quedó tumbada, mirando el techo con los brazos a los lados del cuerpo, las tetitas subiendo y bajando con la respiración. Yo empecé desde arriba: la boca, el cuello, los hombros. Bajé hasta sus pechos, le chupé los pezones uno por uno, dando vueltas alrededor con la lengua hasta que los sentí endurecerse contra mi paladar. Los mordí con cuidado y ella arqueó la espalda.
Recorrí su vientre con los labios, le besé las costillas una por una, le metí la lengua en el ombligo. Le saqué la falda con lentitud, dejándola solo con las bragas blancas de algodón, empapadas en el centro por una mancha oscura que delataba lo caliente que estaba. Le besé los pies, los tobillos, el interior de las rodillas, subí por la cara interna de los muslos mordisqueando la piel. Ella respiraba más rápido. Sus manos buscaban la sábana como si necesitaran algo a qué aferrarse.
Le bajé las bragas con los dientes. Su coño quedó a la vista, cerrado, tímido, con el vello púbico abundante y oscuro cubriéndolo casi por completo. Me abrí paso con los dedos, separándole los labios con cuidado. Estaba brillante de humedad, con el clítoris hinchado asomando entre los pliegues.
— ¿Qué estás haciendo? — preguntó, arqueándose involuntariamente al sentir mi aliento.
— Quedarte callada te va a gustar más — respondí, y hundí la cara entre sus piernas.
La lamí de abajo hacia arriba, de una sola pasada larga, saboreándola entera. El sabor era fuerte, ácido, virginal. Ella soltó un grito ahogado y me apretó la cabeza con los muslos. Volví a hacerlo, esta vez más despacio, deteniéndome en el clítoris para chupárselo con los labios. Se sacudía con cada pasada, mordía la almohada, apretaba mis hombros con las rodillas. Le metí la punta de la lengua en el agujero apretado del coño y ella soltó un jadeo largo.
— Ay, dios mío... ¿qué me estás haciendo?
Le clavé un dedo con cuidado, uno solo, y sentí lo estrecha que estaba. Se cerró alrededor como un puño. Lo moví despacio mientras le seguía chupando el clítoris, y ella empezó a mover las caderas contra mi cara sin control, montándose sobre mi boca. Subí hasta sus pechos, mordí los pezones con suavidad, volví a su boca para que se probara a sí misma. Ella me buscaba con las manos, impaciente, tirando del elástico de mi calzoncillo.
— ¿Me la chupas? — le pregunté, sacándome la polla y dejándola caer pesada sobre su vientre.
— Nunca lo he hecho — respondió, mirándomela con los ojos muy abiertos.
— Entonces aprendemos juntos.
Se acomodó entre mis piernas. La agarró con ambas manos, midiendo el grosor, y acercó la boca con cautela. Le pasó la lengua por el glande primero, tanteando, y después la metió entera en la boca todo lo que pudo. Sus labios apenas me envolvían la mitad; el calor era intenso, húmedo, apretado. Hacía lo que podía con lo que sabía, que no era mucho, pero eso no importaba. Verla así, desnuda, arrodillada entre mis piernas con mi verga en la boca, concentrada, intentando hacerlo bien, era suficiente para que no pudiera pensar en nada más.
La guiaba con una mano en su cabeza, despacio, sin forzar. Le enseñé a usar la lengua en la parte de abajo del glande, a subir y bajar con los labios apretados, a masturbarme la base con la mano mientras chupaba la punta. Fue soltando la tensión poco a poco y empezó a moverse con más confianza. Un hilo de saliva le caía por la comisura hasta escurrirse por mis huevos.
— ¿Cómo sabe? — le pregunté en un momento.
— Raro — dijo ella, sin dejar de hacerlo, con la boca llena. — Pero no está mal.
Se la metió todo lo que pudo hasta que se atragantó y tuvo que sacarla tosiendo, con los ojos llorosos. Se rió, se limpió la boca con el dorso de la mano, y volvió a metérsela.
***
La acosté boca arriba cuando sentí que ya no podía esperar más. Le abrí las piernas de par en par, me puse entre ellas y me pasé el glande por los labios del coño, empapándolo en sus jugos. Ella miraba hacia abajo, viendo cómo la punta de mi polla se hundía apenas en la entrada. Empujé un poco. Ella cerró los ojos y apretó los labios.
— Espera, espera... es muy grande.
— Tranquila. Respira.
Fui avanzando muy despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño virgen se abría alrededor de mí con dificultad. La estrechez era brutal; me apretaba como si quisiera expulsarme. Hasta que noté la resistencia. Empujé un poco más firme y la superé de un envión. Soltó un grito corto, agudo, y se aferró a mis hombros con las dos manos, clavándome las uñas.
— Ah... ¿ya?
— Ya. ¿Cómo estás?
— Raro. Pero sigue.
Me quedé quieto un momento, dejando que se acostumbrara al grosor. La besé, le acaricié el pelo, le susurré que se relajara. Después empecé a moverme muy despacio, saliendo casi entero y volviendo a entrar hasta el fondo. Le besaba el cuello, le acariciaba las tetas, le mordía el lóbulo de la oreja. Ella empezó a relajarse. Los gemidos que lanzaba fueron cambiando de tono, dejando atrás el dolor y encontrando otra cosa. En una de las embestidas noté que el coño se le empapó de golpe, tragándome más fácil.
— Qué apretada — dije sin querer.
— Cállate y sigue — respondió ella, subiendo las piernas y cruzándolas por detrás de mi espalda para que la penetrara más hondo.
La embestí más fuerte, con el pubis chocándole contra el clítoris en cada bajada. Ella empezó a gemir de verdad, con la boca abierta, cerca de mi oreja. Le agarré una teta y le pellizqué el pezón. Se sacudió entera.
La giré de lado, levanté su pierna y entré desde ese ángulo. La polla entraba de otra manera desde ahí, tocando algo distinto adentro. Con los dedos le trabajé el clítoris al mismo tiempo, haciéndole círculos rápidos. Se sacudió de un modo que me hizo mantener la posición. Sentí cómo se mojaba en mi mano, cómo el coño se le contraía a intervalos alrededor de mi polla. Su respiración era corta, entrecortada, cada vez más acelerada.
— Me vas a dejar embarazada — dijo de pronto.
— No. Ya verás.
Le pedí que se pusiera encima. Salí de ella, me tumbé de espaldas y ella se subió a horcajadas. Lo hizo con torpeza, con esa mezcla de vergüenza y curiosidad que tenía en todo lo que hacía. Se agarró la polla con la mano, la posicionó en la entrada y bajó despacio, con la cara tensa por el esfuerzo, hasta empalarse entera. Se quedó quieta un segundo, sintiéndome adentro hasta el fondo.
Se movía despacio al principio, sin saber bien cómo encontrar el ángulo, subiendo y bajando en línea recta. Yo le agarré las caderas para ayudarla a encontrar el ritmo, meciéndola hacia adelante y hacia atrás. Poco a poco lo encontró, y cuando lo encontró no lo soltó. Empezó a cabalgarme con las manos apoyadas en mi pecho, las tetitas rebotándole al ritmo, el pelo cayéndole sobre la cara.
— No pares — le dije.
— Ah... ¿qué es esto?
— Ya lo vas a saber.
Le subí las manos hasta las tetas y se las apreté. Ella aceleró, moviéndose ahora en círculos, restregándose el clítoris contra mi pubis en cada bajada. Empezó a gemir cada vez más alto, con esa incredulidad de quien descubre algo nuevo. Su primer orgasmo llegó sin avisar. Ella misma pareció sorprendida: se quedó rígida un segundo, con el coño cerrándose alrededor de mí en espasmos, y luego se sacudió de manera incontrolable, soltando un sonido largo y grave que venía desde adentro. Las piernas le temblaban. Se desplomó sobre mí, sin aliento, con la frente apoyada en mi hombro, mientras el coño le seguía latiendo alrededor de mi polla.
Yo no me había venido todavía. La levanté con cuidado y la puse en cuatro sobre la cama, con las manos apoyadas en el cabecero y el culo bien arriba.
Al verla así, inclinada hacia adelante con la espalda arqueada, el coño abierto y brillante de jugos entre las piernas, me detuve un momento nada más para grabármela. Le pasé el glande por los labios mojados, arriba y abajo, y se lo hundí de una sola embestida. Ella soltó un gemido largo y bajó la cabeza contra las sábanas. La tomé de la cadera con las dos manos y empecé a moverme con más fuerza de la que me había permitido antes, embistiéndola hondo, escuchando el sonido húmedo de mis huevos chocándole contra el coño. Ella ya aguantaba todo; ya no pedía que fuera despacio.
— Más fuerte — pidió con la voz ahogada contra la almohada. — Más fuerte, dios mío...
Le di más fuerte. Le agarré del pelo con una mano y tiré hacia atrás, arqueándole el cuello. Le clavé una nalgada en el culo y la piel le quedó marcada. Ella gemía sin control, empujando el culo hacia atrás contra cada embestida. Llegué al límite y la avisé. Logré salir a tiempo, me masturbé dos veces con la mano y me vine en su espalda, en chorros largos y espesos que le recorrieron la columna hasta la base de las nalgas, con las otra mano todavía aferrada a su cadera mientras el aire se me escapaba de los pulmones.
— Dios, está caliente — dijo ella, sintiendo el semen escurrírsele por la piel.
— Sí.
***
Me tumbé a su lado. Abrí la última cerveza. Daniela se acurrucó contra mí un momento, todavía con la corrida secándosele en la espalda, algo que no encajaba para nada con su actitud habitual, pero no duró mucho. Al rato volvió a ser ella misma: indiferente, un poco sarcástica, como si lo que había pasado fuera una anécdota menor. Me gustó eso. Era más honesto que cualquier otra reacción.
Nos vestimos, recogimos las botellas vacías y salimos del hotel como si nada. La llevé a su casa. Cuando llegamos, Sandra estaba en la puerta esperando con esa cara de quien sabe sin que nadie le haya contado.
Daniela entró sin decir mucho. Sandra me miró.
— A mí no me engañas — dijo en voz baja. — Sé perfectamente de dónde vienen. Espero que haya valido la pena.
No le respondí. La saludé, me subí al coche y arranqué. En el retrovisor, la casa de Sandra se fue achicando hasta desaparecer. En mi cabeza, la imagen de Daniela esa tarde no desaparecía tan fácilmente.