Dani se vistió para él y ya no quiso esconderse
El cuarto olía a vainilla y a la colonia dulce que Dani se había puesto en el cuello y en las muñecas, una hora antes, cuando todavía le temblaban las manos. El ventilador del techo giraba lento sobre la cama, removiendo un aire tibio que ya no refrescaba nada. Afuera, la ciudad seguía sonando; adentro, solo se oía la respiración de los dos.
Habían tardado meses en llegar a esa noche. Se conocieron en una fiesta de un amigo en común, hablaron hasta el amanecer en un balcón, y desde entonces Tomás le mandaba mensajes que la hacían sonreír mirando el techo. Pero esto, lo de la ropa, lo de mostrarse así, era distinto. Era el secreto que Dani había guardado bajo llave durante años.
Tenía la ropa escondida en el fondo del armario, dentro de una caja que solo abría cuando estaba completamente solo. La falda, las medias, la lencería de encaje: las había comprado de a poco, una prenda cada tanto, siempre con el corazón en la boca. Vestirse así había sido durante mucho tiempo un ritual privado, algo que terminaba siempre en culpa. Hasta que apareció Tomás y, una madrugada, entre risas y confesiones a medias, Dani se animó a contarle.
Tomás no se rió. No puso esa cara de incomodidad que Dani tantas veces había imaginado. Solo lo miró un rato largo y le dijo que quería verlo. Que le encantaría. Y ahora, después de semanas de mensajes y rodeos, por fin estaba ahí.
—¿Vas a salir de ahí o pensás esconderte toda la noche? —dijo Tomás desde la cama, con una calma que ponía la piel de gallina.
Dani respiró hondo frente al espejo del baño. Las medias negras le apretaban un poco los muslos. La falda plisada rosa apenas tapaba nada. La blusa corta dejaba ver el ombligo y la línea suave de las costillas, y debajo del encaje blanco ya había una mancha tibia que delataba lo que sentía. Se mordió el labio, abrió la puerta y salió.
No hay vuelta atrás.
Tomás no dijo nada al principio. Solo lo recorrió con la mirada, despacio, de las puntas de los pies descalzos hasta el cuello, y esa mirada pesó más que cualquier caricia. Dani sintió cómo le ardían las mejillas.
—Date la vuelta —pidió Tomás, en voz baja—. Quiero verte bien antes de tocarte.
Dani giró sobre las puntas de los pies, lento, como había ensayado tantas veces a solas. La falda se levantó apenas con el movimiento y dejó ver el borde del encaje y la curva de las caderas. Cuando volvió a quedar de frente, Tomás se había levantado de la cama.
—Mírate —murmuró él, acercándose por detrás—. No tenés idea de lo que provocás. Llevás meses escondiendo esto, ¿no? Todo este tiempo.
—Sí —admitió Dani, en un hilo de voz.
—¿Y ya estás mojado, así, solo de que te mire?
Dani bajó la cabeza y asintió, las mejillas en llamas. No le salían las palabras.
—Decilo —exigió Tomás, pegando el pecho a su espalda, dejando que sintiera lo duro que ya estaba a través del pantalón—. Con esa voz tuya. Quiero oírtelo decir.
—Estoy… mojado —susurró Dani, temblando—. Por vos.
Tomás le mordió el lóbulo de la oreja, firme, justo en el límite entre el placer y el dolor. Dani soltó un gemido agudo que no pudo contener.
—Así me gusta —dijo Tomás contra su cuello—. Decime qué querés que te haga.
Dani tragó saliva. El corazón le latía en la garganta, pero algo en él se había soltado, como si toda la vergüenza acumulada durante años se estuviera deshaciendo de golpe.
—Quiero que me prepares —dijo, más firme de lo que esperaba—. Con la boca. Con la lengua. Quiero que me dejes listo para vos.
Tomás gruñó de aprobación. Lo giró de un movimiento y lo empujó contra la pared, con cuidado pero sin dudar. Le levantó la barbilla con dos dedos y lo besó hondo, lengua adentro, hasta que Dani gimió dentro de su boca y se le aflojaron las rodillas. Los besos se volvían cada vez más sucios, más húmedos, más desesperados.
***
Las manos de Tomás bajaron por la blusa y le pellizcaron los pezones a través del satén. Dani arqueó la espalda y soltó un gemido largo, agudo, que rebotó contra las paredes del cuarto.
—Mirá cómo se te paran —dijo Tomás contra sus labios—. ¿Te gusta que te los apriete así?
Otro pellizco, más fuerte. Dani asintió frenético, mordiéndose el labio.
—Sí… me gusta… aunque duela.
—Te va a doler rico toda la noche —prometió Tomás.
Lo llevó a la cama casi a rastras. Lo sentó en el borde del colchón y se arrodilló entre sus piernas abiertas. Le subió la falda despacio, dejando que el encaje quedara a la vista, empapado.
—Mirá esto —dijo, pasando un dedo por la tela mojada—. Estás chorreando. ¿Cuánto tiempo fantaseaste con esto?
—Meses —jadeó Dani—. Todas las noches. Solo, pensando en vos.
Tomás bajó la cara y lamió por encima del encaje, la lengua plana, presionando justo donde Dani más lo necesitaba. Dani dio un respingo y soltó un grito ahogado.
—¡Tomás…!
—Quedate quieto —dijo él—. Dejame probarte.
Le bajó el encaje despacio, dejando que la tela se despegara de la piel húmeda con un sonido pegajoso. Lo tomó entre dos dedos, lo acarició con suavidad, y bajó la boca sobre él. Calor envolvente, lengua girando, succión lenta y constante. Dani echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin control, los dedos enredados en las sábanas.
—No pares —rogó—. Por favor, no pares.
Tomás lo trabajó con la boca un rato más, hasta que sintió que Dani empezaba a temblar de un modo distinto, más cerca del borde. Entonces se apartó de golpe.
—Todavía no —dijo, con la voz ronca—. Primero quiero comerte hasta que me lo supliques.
***
Lo puso boca abajo de un movimiento suave, las rodillas separadas, las caderas elevadas. La falda quedó arrugada en la cintura y las medias negras contrastaban con la piel pálida. Tomás le separó las nalgas con las dos manos y se quedó un segundo así, mirando.
—Qué bien te ves —murmuró—. Tan apretado. Voy a abrirte con la lengua primero. Quiero que estés bien suelto y mojado para cuando entre.
Empezó despacio. Una lamida larga, plana, lenta. Dani gimió largo, un sonido que le salió del fondo del pecho.
—Mmm… sí…
Tomás rodeó el borde en círculos, con chupadas húmedas y ruidosas, y después empujó la punta de la lengua hacia adentro, entrando y saliendo con paciencia. Dani se retorcía sobre el colchón, apretando las sábanas con los puños.
—Más adentro —pidió, con la voz quebrada—. Por favor.
Tomás obedeció, hundiendo la lengua mientras le masajeaba las nalgas con los pulgares. Dani gemía como si no le importara nada del mundo, como si esa fuera la primera vez en años que se permitía sentir sin miedo.
—Mirá cómo te abrís para mí —dijo Tomás entre lamidas—. Vas a estar tan suelto que voy a entrar de una.
Metió un dedo junto a la lengua. Después dos. Los curvó hacia adentro, buscando, hasta que tocó el punto exacto. Dani gritó y se arqueó entero.
—¡Ahí! Ahí, no pares, me vas a hacer terminar…
Tomás movió los dedos rápido, con precisión, mientras seguía lamiendo alrededor. Dani apretaba contra sus dedos sin querer, las caderas moviéndose solas.
—¿Lo querés ya? —preguntó Tomás, con una sonrisa en la voz—. ¿Querés que entre?
—Sí —jadeó Dani—. Por favor. Quiero sentirte hasta el fondo.
***
Tomás se levantó, se sacó la ropa de un tirón y buscó el preservativo y el lubricante en el cajón de la mesita. Se puso el condón, repartió lubricante en abundancia y volvió a colocarse detrás, la punta presionando contra el lugar ya abierto y resbaladizo.
—Respirá hondo —dijo, con una ternura que no encajaba con todo lo anterior y que justamente por eso le aflojó algo en el pecho a Dani—. Voy despacio. Después te voy a coger como te merecés.
Empujó. La punta entró con una resistencia suave que cedió de golpe. Dani soltó un gemido largo, tembloroso.
—Es… mucho…
—Ya está —murmuró Tomás, quieto, dejándolo acostumbrarse—. Lo estás haciendo perfecto.
Avanzó de a poco, centímetro a centímetro, gruñendo por lo bajo. Cuando estuvo todo adentro, los dos se quedaron inmóviles un segundo, jadeando, conectados de un modo que iba más allá de la piel.
Después empezó a moverse. Salidas lentas, entradas profundas, un ritmo que subía despacio. La cabecera de la cama empezó a golpear la pared con suavidad.
—¿Te gusta? —preguntó Tomás, inclinándose sobre su espalda, los labios contra su nuca—. Decime cuánto te gusta.
—Me encanta —gimió Dani—. Más fuerte. No te aguantes.
Tomás aceleró. Las embestidas se volvieron firmes, profundas, constantes. Los gemidos de Dani se hicieron más altos, más desesperados, mezclados con el sonido húmedo de los cuerpos y la respiración entrecortada de los dos.
—Estás temblando entero —dijo Tomás, sin dejar de moverse—. Te voy a hacer terminar así, sin tocarte.
—Sí… falta poco… no pares…
Dani terminó primero, sin que nadie lo tocara, con un grito ahogado contra la almohada y el cuerpo entero sacudido por una ola que le borró todo lo demás. Tomás lo siguió segundos después, empujando hondo, gruñendo su nombre, abrazándolo por la espalda mientras se vaciaba.
Se quedaron pegados, jadeando, temblando, con el ventilador girando lento sobre ellos. Tomás salió despacio y lo abrazó por detrás, besándole la nuca empapada de sudor.
—Sos increíble así —le dijo al oído—. No quiero que vuelvas a esconderte nunca más.
Dani sonrió, exhausto, en una calma que no había sentido en mucho tiempo. Por primera vez no había vergüenza, ni miedo, ni la sensación de estar fingiendo. Solo él, tal como era, y alguien que lo miraba sin querer cambiarle nada.
—Gracias —murmuró— por hacerme sentir así. Deseado.
Tomás le besó el hombro y lo apretó un poco más fuerte contra su pecho.
—Siempre —dijo—. Siempre.