Mi primera cita siendo por fin yo misma
Hola, me llamo Renata. Tengo treinta y un años y esta es la primera vez que me animo a escribir aquí, aunque llevo mucho tiempo leyéndolos a todos en silencio. Hoy por fin reuní el valor para contarles cómo fue mi primera vez con un hombre, mi primer novio, y la noche en que dejé de esconderme para entregarme como la mujer que siempre supe que era.
Desde muy chica sentí que había algo distinto en mí. No me parecía a los otros niños de mi edad. Lo que de verdad me llamaba la atención era la ropa de mujer, esa suavidad, esos colores, la forma en que caía sobre el cuerpo. Tengo una hermana menor, apenas un año y medio más chica que yo, y fue con sus cosas que empecé a descubrir todo esto. Me probaba sus vestidos cuando no había nadie en casa, me miraba en el espejo y por primera vez me reconocía.
Así fui creciendo, entre el miedo y las ganas. Tuve uno que otro encuentro con amigos del barrio, pero nunca pasaba de una caricia o de una mamada rápida y nerviosa, siempre con la culpa pisándome los talones. Cumplí los dieciocho y empecé a trabajar manejando camiones de carga por las rutas del sur. Por fin tenía mi propio dinero y, sobre todo, mi propia libertad.
Nunca voy a olvidar la primera vez que entré sola a una tienda a comprar ropa de mujer para mí. Me temblaban las manos. Sentía que todos los que pasaban a mi lado adivinaban lo que estaba haciendo, que me leían la cara. Salí con una bolsa llena: un par de conjuntos de lencería, un vestido y una peluca castaña que me llegaba un poco abajo de los hombros. Caminé hasta la casa de mis padres apretando la bolsa contra el pecho como si llevara un tesoro robado.
Corrí a mi habitación y me encerré a probarme todo. Me puse la peluca, el vestido, me miré, y algo dentro de mí encajó por fin. Por el trabajo casi nunca estaba en casa; volvía los fines de semana, a veces ni eso. Pero de a poco empecé a usar ropa interior de mujer todos los días, debajo de mi ropa de hombre, en la cabina del camión, en las paradas de ruta. Se fue volviendo lo más natural del mundo. Nadie me había visto transformada todavía, y un par de veces casi me descubren en casa, pero por suerte siempre logré esconderlo a tiempo.
Hasta que un día llegó el mensaje que lo cambió todo.
***
Fue raro desde el principio, porque me escribió a mi cuenta de hombre, no a la otra, la que usaba como mujer. Era un chico. El mensaje empezaba con un simple «hola», nada más. Antes de responder revisé su perfil con cuidado. La verdad es que era guapo: hombros anchos, una sonrisa segura, esa clase de mirada que te desarma. Así que junté coraje y le contesté.
Después de unas pocas frases fue directo, sin vueltas. Me dijo que me había visto pasar varias veces por el pueblo y que le gustaba. Me quedé sin palabras. Tardé un par de días en saber qué responder, y cuando lo hice le confesé que a mí también me gustaban los hombres. Su respuesta fue inmediata: quería conocerme en persona.
Le dije que sí, pero que tardaría en llegar porque andaba de viaje con el camión. Y antes de seguir, le aclaré lo más importante: que yo me transformaba en mujer, que esa era mi verdad, y que además todavía era virgen. Se lo solté de golpe, con el corazón en la boca, segura de que ahí terminaría todo.
Tardó en responder. Tanto que pensé que lo había espantado, que no volvería a saber de él. Pero después de un rato larguísimo apareció su mensaje. Me dijo que nunca había estado con alguien como yo, que solo había estado con hombres, y que aun así seguía con las mismas ganas de conocerme. Leí esas líneas tres veces. No lo podía creer.
Pasaron varios días antes de poder vernos. En ese tiempo nos escribíamos a toda hora, nos llamábamos por teléfono hasta quedarnos dormidos con el celular en la oreja. Con decirles que acepté ser su novia por una llamada, así, sin habernos visto nunca en persona. Una locura, lo sé, pero ya nos contábamos todo. Se llamaba Damián, y su voz se había metido en cada rincón de mis días en la ruta.
Por fin me dieron la noticia de que me tocaba descansar unos días en cuanto volviera del último viaje. Apenas colgué con el jefe, le marqué a mi amor.
—Hola, mi vida, ¿a que no sabés? Tengo una noticia buenísima —le dije, sin poder contener la sonrisa.
—A ver, contame —respondió él.
—Por fin me dan unos días libres. Y me muero de ganas de verte en persona.
—Qué bueno, preciosa. Al fin voy a poder tenerte enfrente —dijo, y sentí que se me aflojaban las piernas con solo escucharlo.
***
Acordamos vernos al día siguiente de mi llegada, para que me diera tiempo de arreglarme con calma y preparar todo lo que iba a llevar. Sabía que ese día no habría nadie en casa de mis padres: salían a una fiesta y volverían tarde. Llegué directo a darme un baño largo, me depilé con cuidado el poco vello que tenía, me puse cremas perfumadas por todo el cuerpo y me senté frente al espejo a decidir qué usar para mi primera cita de verdad.
Elegí un conjunto de tanga, sostén y liguero negro, con unas medias finas que se ajustaban a la pierna. Me presté sin permiso unos tacones de mi hermana, peiné la peluca, preparé el maquillaje y, por último, un vestido negro tan corto que apenas cubría el borde de las medias. Esa noche casi no dormí de los nervios. Daba vueltas en la cama imaginando cómo sería tenerlo cerca.
Al despertar ya tenía un mensaje suyo. Me contaba lo ansioso que estaba, que él tampoco había podido dormir. Yo no entendía bien qué me pasaba por dentro, pero creo que me estaba enamorando, y eso que ni siquiera lo había visto en persona. Después me escribió otra vez: sus padres se habían llevado el auto y me pedía, si no era problema, que pasara yo a buscarlo.
Le dije que sí, encantada, aunque eso me cambiaba los planes. Yo pensaba esperarlo ya convertida en Renata. Así que me puse toda la lencería y el vestido debajo de mi ropa de hombre, para no perder tiempo al llegar al hotel y terminar de arreglarme rápido. Vivíamos en el mismo pueblo, así que el viaje era corto.
Cuando llegué a donde me esperaba, me pasé al asiento del acompañante para que él manejara y me llevara a donde quisiera. En el camino, de puro nervios, casi no cruzamos palabra. Paró a comprar unas cervezas y seguimos. Yo iba con el estómago hecho un nudo, mirándolo de reojo, pensando que en un rato iba a estar desnuda frente a un hombre por primera vez en mi vida.
Llegamos al hotel y me fui directo al baño a terminar de arreglarme. Me solté la peluca, retoqué el maquillaje, me acomodé el vestido y respiré hondo. Cuando salí, él me recorrió de arriba abajo con la mirada. Fui yo quien rompió el silencio.
—¿Cómo me veo, amor? ¿Te gusto? —pregunté, jugando con el borde del vestido.
—Estás hermosa —dijo, y no apartaba los ojos de mí—. Si no te hubiera visto hace un rato de hombre, no te reconocería.
—¿Lo decís en serio o para que no me sienta mal? —insistí, todavía insegura.
—Es la pura verdad. Sos preciosa. Y tu cuerpo, ni te cuento.
***
Me senté en el borde de la cama y él se acercó con una cerveza en la mano. La acepté y, de los nervios, me la tomé demasiado rápido. Nos reímos. Nos tomamos un par más mientras hablábamos, y poco a poco el cuarto se fue llenando de esa tensión que se siente en la piel antes de que pase algo.
De repente lo vi inclinarse hacia mí. Me besó. Fue un beso lento, profundo, tan rico que no pude resistirme y se lo devolví pegando mi cuerpo al suyo. Nuestras lenguas se buscaban mientras sus manos empezaban a recorrerme por encima del vestido, bajando despacio hasta mis piernas. Yo no me quedé quieta: le saqué la playera y pasé las palmas por su pecho marcado.
Él ya tenía una mano bajo el vestido, apretándome las nalgas. La intensidad subía a cada segundo. Cuando quise darme cuenta, ya me había quitado el vestido y yo le había abierto el pantalón, sintiendo su erección dura por encima del bóxer. Se recostó boca arriba sin dejar de besarme un solo instante.
Dejé de besarlo para empezar a bajar por su cuerpo. Le besé el cuello, el pecho, el vientre, hasta llegar al bóxer. Se lo fui sacando muy despacio y me metí su sexo en la boca lo mejor que pude, descubriendo a qué sabía el deseo de un hombre por mí. Se la chupé con ganas, mirándolo desde abajo, hasta que me detuvo.
—Pará, preciosa, así me vas a hacer terminar —dijo con la respiración entrecortada—. Y todavía no. Quiero disfrutarte entera.
Me alcanzó un preservativo y se lo puse yo misma. Después me hizo girar boca abajo y me bajó la tanga con una lentitud que me volvía loca. Sentí su lengua entre mis nalgas, en mi entrada todavía virgen, y se me escapó un gemido que no pude contener. La excitación era tanta que no aguanté más.
—Por favor, ya metémela —le pedí, temblando.
Se acomodó sobre mí y empezó a entrar de a poco. Dolía, dolía muchísimo, porque él no era para nada pequeño. Me mordí el labio y respiré, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a ese intruso que se iba apoderando de mí. Tras un rato logró metérmela toda y se quedó quieto, dándome tiempo. Después arrancó con un vaivén suave, paciente, hasta que sentí que se venía. Se bajó de mí y se tumbó boca arriba, agitado.
Yo, todavía dolorida, me acurruqué sobre su pecho. Pasó apenas un momento antes de que volviera a besarlo, diciéndole al oído lo mucho que me había gustado, lo bien que me sentía con él. Mientras lo besaba, bajé la mano y empecé a acariciarlo. Lo sentí endurecerse otra vez bajo mis dedos.
—¿Tenés otro preservativo? —le pregunté.
—No, era el único —dijo.
Pudo más la calentura que la prudencia. Me subí encima de él y me lo fui metiendo yo sola, despacio, hasta que entró por completo. Empecé a moverme a mi ritmo, dueña de mi propio placer por primera vez, sintiéndolo respirar más fuerte debajo de mí. Lo cabalgué hasta que noté cómo volvía a venirse, y esta vez me llenó por dentro. Me lo saqué despacio y lo limpié con la boca, mirándolo a los ojos.
***
Nos quedamos un rato más abrazados, besándonos sin prisa, hasta que la realidad nos recordó que teníamos que irnos. Nos vestimos en silencio, robándonos miradas, y salimos. Lo dejé en el mismo lugar donde lo había recogido. Ya estaba oscureciendo, y sin importarnos quién pudiera vernos, nos despedimos con un beso largo que todavía recuerdo.
Espero no haberlos aburrido con esta pequeña historia. Para mí fue la noche en que dejé de esconderme y por fin fui yo, completa, sin máscaras. Muy pronto les contaré la siguiente vez que vi a mi amor, y también otra historia aún más intensa: la de aquel camionero casado del que fui su mujer en secreto durante un buen tiempo. Pero eso, queridos, será en otra ocasión.