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Relatos Ardientes

La travesti que me convirtió en su muñeca

Pulsé el timbre con los dedos temblorosos. Tu edificio estaba en una calle tranquila del centro, uno de esos bloques de ladrillo oscuro con portero automático y buzones oxidados en el portal. Llevaba semanas esperando ese momento: desde que intercambiamos los primeros mensajes y tú, con pocas palabras y ninguna concesión, me dejaste claro lo que ibas a hacerme cuando cruzara tu puerta.

Me habías dicho que viniera vestido como hombre. Traje oscuro, corbata, zapatos de cordones. Seguí las instrucciones al pie de la letra, pero por dentro llevaba lo mío: unas bragas de encaje negro que había comprado en secreto meses atrás y que nunca había tenido el valor de ponerme fuera de casa. Nadie lo sabía. Nadie excepto tú, porque se lo había confesado en uno de esos correos de madrugada que escribía y borraba y volvía a escribir hasta que, una noche, los envié con el corazón en la boca y no dormí hasta recibir respuesta.

La puerta se abrió antes de que pudiera arrepentirme.

Eras exactamente como en las fotos. Alta, de hombros anchos, con una mandíbula fuerte que el maquillaje suavizaba sin llegar a ocultar. Llevabas un vestido negro de tubo que te llegaba por encima de las rodillas, medias de nailon oscuras con costura en la parte trasera y unos stilettos de aguja que te daban quince centímetros más de estatura. Tu postura era la de alguien que no tiene dudas sobre nada. Me miraste de arriba abajo con una expresión entre el análisis y el desprecio, sin decir nada durante varios segundos.

—Pasa —dijiste al fin, y no fue una invitación.

Me tomaste del brazo y me metiste dentro con un empujón firme. La puerta se cerró a mi espalda. El piso olía a perfume caro y a algo más difícil de nombrar: algo cálido y cerrado que me apretó el estómago desde el primer segundo.

Me llevaste a la sala de estar. Había un sofá de cuero oscuro, una lámpara de pie encendida en el rincón y, sobre la mesa baja, un cenicero vacío y un vaso de agua que no era para mí. Me pusiste frente al sofá con un gesto que no admitía otra interpretación: detente aquí, no te muevas, espera.

—Quítatelo todo —dijiste.

No hubo titubeos de tu parte. Yo tardé un segundo más de la cuenta y tú levantaste una ceja. Me desabroché la corbata, después la chaqueta, después la camisa. Las manos me temblaban un poco y no podía evitarlo. Cuando llegué al cinturón y los pantalones cayeron al suelo, ahí estaban las bragas de encaje negro sobre mi piel de hombre, con mi polla ya medio dura marcándose contra la tela transparente. Tu expresión cambió: fue solo un instante, un destello breve de algo que podría llamarse satisfacción.

Te reíste.

Fue una risa corta, casi clínica. Te acercaste, pasaste dos dedos por la cinturilla de la tela y tiraste levemente hacia arriba antes de soltarla. El encaje se me clavó entre las nalgas y solté un jadeo que no pude tragar.

—Así que sí viniste preparado —dijiste—. Bien. Arrodíllate.

Me arrodillé en la alfombra. Tenías los pies a centímetros de mis manos, los stilettos negros brillando bajo la lámpara. Subiste la tela del vestido despacio, sin apartar los ojos de mí. Lo que llevabas debajo no dejaba lugar a la ambigüedad: una verga gruesa, ya hinchada, apuntando hacia mi cara desde debajo del bajo del vestido negro. Eras una mujer solo a medias, igual que yo lo era solo a medias, y esa coincidencia imperfecta era exactamente lo que me había llevado hasta allí.

—Sacála —dijiste—. Con la boca.

Me acerqué de rodillas y usé los labios y los dientes para levantar el borde del vestido hasta dejarla libre por completo. Cayó pesada, tibia contra mi mejilla. Me marcó una línea de humedad en la piel y me quedé un segundo así, con la cara pegada a esa carne caliente, respirando el olor a almizcle y a jabón que subía de tu ingle.

—Sácala afuera —repetiste, más bajo—. Y chúpala como me prometiste que ibas a chuparla.

La tomé con las dos manos. Cerré los ojos un momento para concentrarme en el calor y en el olor, en la realidad concreta de lo que tenía entre los dedos, y empecé. Saqué la lengua y le lamí toda la base primero, de abajo hacia arriba, siguiendo la vena gruesa que te palpitaba por debajo de la piel. La sentí latir contra mi lengua. Después la punta: le di vueltas alrededor del glande, hurgué con la lengua en el pequeño hueco del frente, saboreé la primera gota salada que ya asomaba ahí.

—Toda —dijiste, y me pusiste una mano en la nuca sin apretar—. Metétela toda.

Abrí la boca y me la tragué hasta donde pude. Al principio no fue mucho: la mitad, tres cuartos, y ya sentía la punta empujándome la garganta. Retrocedí, respiré por la nariz, volví a bajar. Otra vez. Otra. La saliva me chorreaba por la comisura de los labios y me caía sobre el pecho, dejando manchas oscuras en las bragas de encaje. Cada vez que la tragaba hasta el fondo me atragantaba un poco, y ese sonido húmedo, ese pequeño gemido ahogado que se me escapaba, te hacía apretar los dedos en mi pelo.

—Así, muñeca —dijiste en voz baja—. Así se chupa una polla.

Me llamaste muñeca por primera vez y algo se me abrió por dentro. Redoblé el esfuerzo. Ahora usaba la mano en la base para lo que la boca no alcanzaba, girando despacio mientras subía y bajaba, y con la otra mano te acariciaba los huevos por debajo del vestido, apretándotelos con cuidado, sopesándolos, sintiendo cómo se te iban tensando contra el cuerpo.

El tiempo se disolvió. Tu respiración cambió de ritmo, se te volvió más corta, más ronca. Empezaste a mover las caderas, a follarme la boca despacio, marcando tú el ritmo. Yo dejé de trabajar y me quedé quieta, con la boca abierta y la lengua afuera, dejando que fueras vos quien entrara y saliera, sirviéndote de mí como si fuera un agujero más. La saliva me caía en hilos hasta los muslos. Los ojos se me llenaron de lágrimas por las arcadas y no me importó.

—Mírame —dijiste, y me tiraste del pelo hacia atrás para forzarme a levantar la cara sin sacártela de la boca.

Te miré así, con la verga hasta el fondo de la garganta y los ojos húmedos, y vi cómo se te contraía la mandíbula.

—Vas a tragarte todo lo que te dé —dijiste—. Cada gota. ¿Entendido?

Asentí como pude, con la boca ocupada.

Cuando noté el primer cambio en la textura, el sabor salado que anunció lo que venía, aumenté el ritmo. Tu mano en mi pelo se apretó hasta hacerme doler. Un sonido bajo te salió de la garganta, casi involuntario, y después un gruñido más profundo, y sentí cómo la polla se te ponía todavía más dura y te palpitaba entre mis labios. Llegó en oleadas: cálido, espeso, con un sabor que no supe si me gustaba o no pero que no pensé en desperdiciar. El primer chorro me pegó contra el paladar. El segundo me llenó la boca. El tercero, el cuarto, ya empezaba a chorrearme por la comisura y tú me sujetaste la mandíbula con la otra mano para que no perdiera nada.

—Tragá —dijiste—. Todo.

Tragué. Sentí bajar el semen espeso por la garganta y me quedé quieta, con vos todavía adentro, hasta que me hiciste señal de sacártela. Cuando salió, pasé la lengua por toda la longitud, limpiándote los últimos restos, chupándote la punta hasta dejarla brillante.

Me pusiste de pie agarrándome del brazo.

—Ven —dijiste.

***

Me llevaste por el pasillo hasta una habitación que esa noche funcionaba distinto a lo habitual. El armario estaba abierto de par en par y había ropa distribuida por todos los sitios: sobre la cama, colgada en la silla, apilada en el suelo. Vestidos, faldas, medias, lencería en distintos colores, complementos de todo tipo. En una estantería, tres pelucas sobre sus soportes. Una caja grande de maquillaje abierta sobre el tocador.

—Tienes una hora —dijiste desde el umbral—. Cuando salgas quiero ver una muñeca. No un hombre disfrazado. Una muñeca de verdad, de pies a cabeza. ¿Entendido?

Asentí.

—Bien. —Y cerraste la puerta.

Tardé los primeros minutos solo en mirar. Había demasiadas opciones y yo no era del tipo que tomaba decisiones fácilmente ni siquiera en situaciones normales. Pero esto no era una situación normal, y en algún punto los nervios se convirtieron en algo distinto: en una claridad extraña sobre lo que quería verme a mí misma cuando me mirara en el espejo.

Elegí con cuidado. Una peluca rubia platino, lisa, que llegaba hasta los hombros. Un vestido de tirantes rosa pálido con vuelo en la falda, el tipo de prenda que parece diseñada para hacer más pequeño a quien la lleva, más frágil, más manejable. Unas medias blancas con ribete de encaje en el muslo. Unas sandalias de tacón bajo con hebilla dorada. Debajo, una braguita con un pequeño lazo bordado al frente. Para el maquillaje fui conservadora: base ligera para igualar el tono, colorete suave en las mejillas, gloss rosado en los labios. Nada exagerado. Solo la versión más suave de lo que podía ser.

Cuando me miré en el espejo antes de abrir la puerta me quedé quieta unos segundos. La persona que me devolvía la mirada era yo, sin duda, pero era también algo que llevaba demasiado tiempo sin espacio para existir.

Abrí la puerta y salí.

***

Estabas en el salón, de pie junto al sofá. Tenías un cinturón de cuero doblado en la mano izquierda y los brazos cruzados. Cuando te vi no dije nada, porque nada parecía el gesto correcto. Me detuve a metros de ti y esperé.

Caminaste a mi alrededor. Una vuelta completa, lenta, sin prisa. Tus ojos recorrieron cada detalle: la peluca, el vestido, las medias, los zapatos, la postura. El silencio era pesado pero no hostil. Yo mantenía la vista al frente y las manos juntas delante porque no sabía dónde más ponerlas.

Te detuviste frente a mí.

—Mejor de lo que esperaba —dijiste—. Date vuelta. Levantate la falda. Quiero ver el culo de mi muñeca.

Me di vuelta. Me agarré el ruedo del vestido rosa y me lo subí hasta la cintura, dejando el culo al aire con la braguita blanca ajustada. Sentí tu mano pasar despacio por una nalga, apretarla, medirla.

—Inclinate —dijiste—. Apoyá las manos en el respaldo del sofá.

Me incliné hacia adelante, con la falda todavía levantada, ofreciéndote el culo. El cinturón cayó sobre mis nalgas con una precisión que me arrancó el aire de golpe. El sonido fue seco y rotundo. El ardor se extendió en ondas desde el punto del impacto, lento, persistente.

Cayó otra vez. Y otra. Cinco cinturonazos seguidos, cada uno más fuerte que el anterior, cada uno dejándome una franja roja que ardía como si me hubieran pasado un hierro. Yo me mordía el labio para no gritar, pero al cuarto ya se me escaparon los sonidos, unos gemidos agudos que no reconocí como míos.

—¿Quién manda aquí? —preguntaste.

—Tú —respondí. Mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía.

—Más alto.

—Tú mandas, Raquel.

Asentiste. Me tomaste de la barbilla con dos dedos y me besaste de una manera que no tenía nada de tierna: era un beso de posesión, de frontera trazada con la lengua. Me metiste la lengua hasta el fondo, me chupaste la mía, me mordiste el labio inferior hasta hacerme jadear. Cuando te separaste, el gloss rosado que había elegido había desaparecido de mi boca y aparecido en la tuya.

Me metiste una mano por debajo de la falda y me arrancaste la braguita blanca de un tirón. La tela cedió con un crujido seco. Me la guardaste en el bolsillo del vestido como un trofeo.

—A la habitación —dijiste.

***

Me empujaste sobre la cama con fuerza suficiente para que la falda del vestido se levantara por sí sola. Me dejaste puesta la peluca, las medias, los zapatos. Todo lo demás quedó donde estaba: el vestido rosa arrugado en la cintura, las medias blancas hasta los muslos, el culo al aire con las marcas rojas del cinturón todavía calientes. Te desnudaste tú con calma, sin apuro, manteniendo el control incluso en eso. Vi cómo se te caía el vestido negro por los hombros, cómo aparecía el pecho plano y musculoso, cómo la verga te colgaba pesada entre las piernas, ya volviendo a hincharse.

Te subiste a la cama detrás de mí. Me pusiste una mano en la nuca y me empujaste la cara contra el colchón, dejando el culo levantado.

—Abrite —dijiste.

Me llevé las manos atrás y me abrí las nalgas con los dedos, mostrándote el agujero. Escuché el sonido de un frasco destapándose y sentí después el lubricante frío chorreándome entre las nalgas, bajando despacio hasta el ojete. Tu dedo lo recogió y lo empujó adentro sin previo aviso, hasta el fondo. Gemí contra el colchón.

—Apretado —dijiste, casi para vos misma—. Vamos a arreglar eso.

Metiste otro dedo. Los abriste en tijera, me estiraste sin ternura, moviéndolos adentro con un ritmo que me hacía morderme la almohada. Un tercer dedo se sumó. Yo ya no sabía si el sonido que hacía era protesta o pedido. Empujaba el culo hacia atrás, contra tu mano, buscando más.

—Mírame —dijiste cuando viste que cerraba los ojos.

Giré la cara sobre la almohada y los abrí. Te vi arrodillada detrás de mí, con la polla en la mano, chorreándose lubricante encima, embadurnándotela toda.

Quería verte mientras lo hacías. Necesitaba que no fuera algo sin cara, algo que pudiera pasar con cualquiera en cualquier cuarto. Que al menos eso lo tuviéramos los dos.

—Por favor —dije—. Quiero verte cuando me la metas.

Asentiste despacio. Me agarraste de la cadera con una mano y me diste vuelta boca arriba de un tirón. Me alzaste las piernas y me pusiste los tobillos sobre tus hombros, doblándome casi por la mitad. La falda del vestido rosa me cayó sobre la cara y me la apartaste con la mano libre para poder mirarme.

Sentí la punta de la verga apoyarse en el ojete. Fuiste lento el primer centímetro y brusco el resto: entraste de una sola embestida larga hasta el fondo, hasta que sentí los huevos golpearme contra el culo. El dolor llegó inmediato, agudo, del tipo que no desaparece sino que se instala y te obliga a respirar distinto, a encontrar el ritmo o resignarte a no encontrarlo. Solté un grito ahogado que no había planeado soltar y tú no te detuviste.

Empezaste a moverte. Salías casi por completo y volvías a entrar hasta el fondo, cada estocada más profunda, más segura, con ese ruido húmedo que hacía tu cuerpo contra el mío. Te movías con un ritmo constante y profundo que me vaciaba de cualquier pensamiento que no fuera el momento exacto: la falda rosa aplastada contra el pecho, las medias blancas arrugadas alrededor de mis muslos, tus manos marcando mis caderas con una presión que sabría que tardaría días en irse, tu verga entrando y saliendo de mi culo con un ruido de chapoteo cada vez más obsceno.

—Mirá cómo te la come tu culito —dijiste entre dientes—. Mirá cómo se abre para mí.

Bajé la vista y la vi entrar y salir, brillante de lubricante, deformándome el agujero cada vez que la clavabas hasta el fondo. Mi propia polla estaba dura contra mi barriga, roja, chorreando líquido preseminal sobre el vestido rosa. Ni la había tocado. No hacía falta.

—Tocátela —me ordenaste—. Vení para mí como la muñeca que sos.

Me agarré la polla con la mano y empecé a masturbarme al ritmo que vos marcabas. Cada vez que me la clavabas hasta el fondo, yo apretaba el puño en la base y subía hasta la punta. No necesité mucho. Con tres, cuatro pases estaba ya al borde. Te miré a los ojos.

—Me corro —dije.

—Corréte.

Me corrí gritando. La leche me salió a chorros gruesos, el primero llegó hasta mi mentón, el segundo me cayó en el pecho y en el vestido, el tercero y el cuarto en la barriga. Mi culo se apretó alrededor de tu polla con cada espasmo y te oí gemir, un sonido gutural que no habías dejado escapar antes.

—Ahora yo —dijiste—. Y te la trago vos, muñeca. Adentro.

Aceleraste el ritmo. Las embestidas se volvieron más cortas, más brutales, hasta que se te tensó todo el cuerpo encima mío. Lo que sentí cuando llegaste fue calor desde adentro, chorros de calor que se extendían hacia afuera despacio, como algo que llega a su lugar después de mucho tiempo buscándolo. Te sentí palpitar dentro mío una, dos, tres veces, vaciándote hasta la última gota en mi culo.

Te quedaste adentro un rato más, apoyada sobre mis piernas todavía dobladas contra el pecho, respirando fuerte. Después saliste despacio y vi cómo un hilo de semen tuyo se me escurría del ojete abierto, cayendo sobre las sábanas.

—No te limpies —dijiste—. Quedátelo adentro.

Te dejaste caer sobre mí un momento. Tu peso era real y no me molestó. Luego te moviste a un lado y me tiraste del pelo, suave pero firme, obligándome a girar la cabeza y mirarte.

—¿De quién eres? —preguntaste.

—Tuya —dije, y no tuve que pensarlo.

—¿Y qué eres?

Tardé un segundo.

—Tu muñeca.

Sonreíste. Fue la primera sonrisa real de la noche, sin ironía, sin distancia. Pasaste una mano por mi pelo con algo que casi era ternura, y por un instante el control y la dureza de las horas anteriores se disolvieron en algo más difícil de nombrar. Tu otra mano bajó entre mis nalgas y me metió dos dedos en el culo, empujando de vuelta hacia adentro el semen que se me escapaba.

—Duerme un rato —dijiste—. Mañana empieza la segunda parte. Y esta vez vas a vestirte diferente.

No pregunté cómo. No necesitaba saberlo todavía. Me quedé dormida con la peluca puesta, las medias arrugadas en los tobillos, el vestido rosa torcido sobre el cuerpo manchado de mi propia leche, tu semen todavía tibio en el fondo del culo, con la certeza absoluta de que el fin de semana aún no había empezado de verdad.

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Comentarios(8)

nocturno88

tremendo! me atrapa desde el principio, de esos relatos que no podes dejar de leer

TransFan_ba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Excelente comienzo

MarisolBA

Me gusto mucho el arranque, esa mezcla de nervios y expectativa esta muy bien capturada. Se siente autentico.

RicardoB_79

El detalle de los dedos temblorosos en el timbre es un toque muy preciso. No hace falta mas para entender todo lo que estaba en juego ahi.

Laur_87

excelente!!!

Confidente22

Estos relatos me llegan de una manera especial. Hay mucha emocion detras de cada palabra y eso se nota. Gracias por compartirlo.

pelirroja_gba

Me encanto como lo escribiste, sin ser explicito pero igual de intenso. Sigue escribiendo que tenes talento

Mauricio_lect

jaja me quede con la boca abierta al final del primer parrafo. tremendo gancho

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