Dos noches enteras siendo la mujer de mi novio
Después del día maravilloso que pasé con Adrián, algo dentro de mí cambió para siempre. Esa misma tarde unos amigos me habían invitado a ver una pelea de box, y aunque fui y me reí y grité con ellos, mi cabeza estaba en otra parte. No podía dejar de pensar en lo que había pasado, en su cuerpo sobre el mío, en la forma en que me había cogido, en cómo su polla me había abierto por primera vez y en el calor de su corrida quedándose adentro.
De pronto sentí algo tibio escurriéndose entre mis nalgas y me asusté. Pensé que era sangre, que algo no andaba bien después de haber perdido la virginidad de mi culo. Fui al baño casi corriendo y, cuando me bajé la ropa interior y me revisé, casi me da la risa: era su semen, espeso, todavía escapándose de mi agujero horas después de que me lo hubiera vaciado adentro esa mañana. Me metí un dedo para limpiarme mejor y me sorprendió cuánto seguía saliendo, resbaloso, con ese olor a él. Me lo llevé a la nariz, después a la boca, y lo chupé despacio pensando en su verga. Me limpié bien, me arreglé y volví a la mesa con una sonrisa que no podía disimular y con las bragas todavía manchadas.
Le escribí enseguida para contarle lo mucho que me había gustado que me follara, y que todavía tenía su corrida chorreándome por dentro. Me respondió que a él también, que le encantaría vaciarme otra vez, y desde ese mensaje empecé a contar los días para volver a tenerlo encima.
***
El siguiente fin de semana yo ya moría de ganas, pero él tenía una fiesta y yo otra, así que quedamos en vernos cuando se pudiera. Lo que ninguno de los dos sabía era que la fiesta era la misma.
Cuando lo vi entrar no me había reconocido todavía, así que le mandé un mensaje diciéndole que se veía muy guapo y que saludara a mis suegros de mi parte. Me contestó al instante, nervioso, preguntando dónde lo había visto y por qué no le había hablado.
—Si quieres saludarme, te espero en el baño —le escribí, y me levanté antes de que pudiera responder.
Entró a los pocos segundos y, por suerte, no había nadie. Le di un beso corto, le metí la mano al pantalón para sentirle la polla ya media dura y, medio en broma, le advertí:
—Pobre de ti que andes mirando a otras. Esta verga es mía esta noche.
Se la apreté fuerte por encima de la tela antes de salir. Salimos cada uno por su lado, pero al rato vino a sentarse junto a mí. Yo estaba con mis padres y lo presenté como un amigo. Sentía que todo el mundo nos observaba, que cualquiera podía adivinar que él era el que me follaba. Con la música tan alta teníamos que acercarnos mucho para hablar, y cada vez que tenía oportunidad me apretaba la pierna por debajo de la mesa, subía hasta rozarme la entrepierna, o yo le agarraba el bulto y se lo masajeaba despacio hasta sentírselo palpitar. Sabía que era arriesgado. No me importaba.
Cuando ya había anochecido, puse mi mano sobre su pantalón y noté lo dura que la tenía, marcada, a punto de reventarle la cremallera.
—Ya no aguanto más —le dije al oído—. Necesito mamártela ya. Acompáñame por un suéter al coche.
Entendió la señal de inmediato. Salimos al estacionamiento, oscuro y vacío, y en cuanto cerramos la puerta lo abracé y lo besé largo, despacio, metiéndole la lengua hasta la garganta, dejando que sus manos se me metieran por debajo de la ropa y me apretaran las tetas mientras yo le buscaba la bragueta a tientas. Le desabroché el pantalón, le bajé el bóxer y le saqué la polla, hinchada, con la punta ya mojada de líquido. Me agaché desesperada en el asiento, la agarré con las dos manos y le di un lengüetazo lento desde los huevos hasta el glande, saboreándolo todo.
—Qué rica la tienes —le dije, y me la metí entera de golpe.
Empecé a chupársela con hambre, moviendo la cabeza rápido, dejando que se me golpeara el fondo de la garganta hasta que me lloraban los ojos. La sacaba, la escupía, le lamía los huevos uno por uno, me los metía a la boca y volvía a tragármela entera. Él tenía la mano en mi nuca y me marcaba el ritmo, empujándome, follándome la boca sin cuidado. Entre la adrenalina de estar en la calle, con gente pasando a metros del coche, y lo caliente que veníamos, no tardó nada en avisarme con un gemido que se iba a venir. No iba a desperdiciar la oportunidad: hundí la cara hasta la base y sentí el primer chorro reventar directo en mi garganta, después otro, y otro más, calientes, espesos. Casi me ahogo de lo mucho que fue, pero no solté. Me lo tragué todo, hasta la última gota, y después le pasé la lengua por el glande para limpiarle lo que quedaba.
Le acomodé la ropa, me arreglé el pintalabios corrido, le di un beso mezclado con su propio sabor y volvimos a entrar como si nada. Al rato se despidió. Antes de irse salimos un momento y nos besamos otra vez, lento, con esa sensación de no querer soltarnos.
***
Se acercaba otro fin de semana y mi familia se iba de vacaciones. Yo no podía ir por el trabajo, así que primero me aseguré de que de verdad se marcharan. En cuanto me confirmaron que salían el viernes temprano, llamé para reportarme enferma y empecé a planear con Adrián.
—No pienso dejarte sola —me dijo cuando le conté—. Voy a ver cómo me las arreglo, pero esos dos días y esas dos noches son míos. Te voy a coger hasta que no puedas caminar.
Yo apenas podía con la emoción. Iba a tenerlo un fin de semana completo, todo el día y toda la noche, siendo su mujer, siendo su puta.
El viernes mi familia se fue temprano. Me levanté, desayuné algo ligero y me puse a limpiar la casa con un short, una playera y sandalias, mi peluca bien acomodada. A las dos me metí a la ducha. Me lavé despacio, prestando especial atención al culo, metiéndome los dedos con jabón para dejarme bien limpia por dentro para él. Salí, me puse crema con aroma por todo el cuerpo, un conjunto de encaje negro que dejaba ver el bulto disimulado y una falda que me llegaba a media pierna pero que marcaba la curva de mi trasero de una forma que me encantó. Siempre fui algo llenita, así que con la blusa que elegí se asomaba el principio de unos pechos pequeños. Cepillé la peluca, me maquillé apenas y, al final, unos tacones que levantaban todavía más mis nalgas.
Estaba pintándome la última uña cuando llegó su mensaje: ya estaba afuera. Salí sin asomarme, para que ningún vecino me viera, y le abrí.
—Pasa, corre —le dije.
Entró, cerré la puerta y, sin darle tiempo ni de saludar, me lancé a sus brazos y lo besé. Un beso de bienvenida, dulce, de los que prometen mucho más. Nos fuimos besando hasta el sillón. La fiesta me había dejado demasiado caliente, así que esa vez tomé yo la iniciativa: lo senté y me subí encima, los dos todavía vestidos. Le froté el culo contra la bragueta y lo sentí endurecerse al instante. Dejé de besarlo un segundo y me quedé mirándolo.
—No sabes las ganas que tenía de tu polla —le susurré—. Me emociona tanto poder vivir esto contigo. Y desde la fiesta me dejaste con todo el culo caliente y vacío.
No dije nada más. Lo desvestí a tirones mientras él hacía lo mismo conmigo, arrancándome la blusa, bajándome la falda, dejándome solo con el sujetador de encaje. Le bajé el bóxer y le agarré la verga, ya durísima, palpitando en mi mano. Me la llevé a la boca un momento, la mojé bien con saliva, escupí en la punta y la froté con la palma. Después la escupí otra vez y me llené los dedos, me llevé la mano atrás y me embarré el culo, metiéndome dos dedos para prepararme.
—Ábreme —le pedí, montándome sobre él en cuclillas.
Con una mano me abrió una nalga y con la otra dirigió su polla contra mi agujero. Me la fui metiendo despacio, porque todavía dolía un poco, sintiendo cómo el glande me forzaba la entrada y se abría paso. Solté un gemido largo cuando entró la cabeza. Bajé centímetro a centímetro, apretando los dientes, hasta que la sentí tocarme adentro, hasta el fondo, y me quedé sentada encima de él con toda su verga metida. Mientras dejaba que el dolor se fuera nuestras lenguas jugaban una con la otra y él me pellizcaba los pezones. Empecé a moverme así, sin prisa, subiendo y bajando, sintiendo cómo se me iba haciendo puro placer. Aceleré. Rebotaba sobre él, con las manos apoyadas en su pecho, y le pedía al oído que no se saliera, que me llenara.
—Vente adentro, por favor, adentro —le rogaba entre gemidos—. Lléname el culo.
Sus manos me apretaron las nalgas con fuerza, me clavó los dedos, me empujó hacia abajo y lo sentí explotar dentro de mí. Chorro tras chorro, caliente, inundándome. Me quedé quieta encima de él, apretando los músculos para no perder ni una gota, hasta que se salió solo y sentí el reguero tibio chorrearme por los muslos. Me bajé, me senté a su lado y le di un beso.
—Gracias por estar conmigo —le dije, con su semen todavía escapándoseme.
Me confesó que no había comido y que se moría de hambre, así que, como buena mujer suya, me levanté a cocinarle algo con la corrida bajándome por las piernas y una sonrisa boba. Me sentía rara de pura felicidad: estaba atendiendo a mi hombre en mi casa, en tacones, con el culo lleno de semen, viviendo algo que tantas veces había imaginado. Esa tarde la pasamos viendo la tele y platicando de todo un poco, aunque cada rato le metía la mano al pantalón o él me subía la falda para acariciarme. Cuando llegó la noche nos fuimos a mi cuarto y me cogió casi hasta el amanecer, en cuatro, boca arriba, de lado, hasta que nos quedamos dormidos abrazados, pegajosos, con las sábanas hechas un desastre.
***
Al otro día me levanté temprano a bañarme y él me siguió. Ya en la regadera, con el agua cayéndonos encima, me empujó contra los azulejos, me hizo doblarme apoyando las manos en la pared y me abrió las nalgas de un manotazo. Sentí la punta buscando la entrada y después el empujón: entró de una sola vez, hasta el fondo, y solté un grito ahogado que rebotó en las paredes. Empezó despacio, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter, hasta que se cansó de esperar y me agarró de las caderas para follarme en serio. Me embestía con fuerza, sus huevos me golpeaban contra el perineo, y yo apenas podía sostenerme, resbalándome en los azulejos mojados. Me tiró del pelo para hacerme arquear la espalda y así entrar todavía más profundo.
—Dime que eres mía —me gruñó al oído.
—Soy tuya, tu puta, cógeme —le contesté sin aliento, empujándole el culo hacia atrás para encontrarlo.
Me metió la mano por delante, me agarró mi propia verguita chorreando y me la masturbó al mismo ritmo que me follaba, hasta que me vine yo primero, temblando entera, apretándole la polla adentro. Eso lo terminó de acabar: me clavó tres embestidas más y se vino de nuevo dentro de mí, con un gemido largo, agarrándome las caderas hasta dejarme marcadas. Nos quedamos así un rato, con él todavía metido, respirando encima de mi hombro, mientras el agua se llevaba lo que se escapaba. Salimos, me puse una bata corta y le preparé el almuerzo a mi viejo.
Comimos y, como veníamos algo desvelados, nos fuimos a la cama a descansar. Pero acostada junto a él no pude resistir la tentación. Me deslicé bajo las sábanas y empecé a chupársela despacio, jugando, lamiéndosela de arriba abajo, metiéndome los huevos a la boca, hasta que la sentí endurecerse otra vez en mi lengua. Se la mamé un rato largo, disfrutándola, hasta que él me agarró del pelo y me pidió que me subiera. Le hice caso, me monté encima y me la volví a meter en el culo, ya bien resbaloso de tanta corrida acumulada. Cabalgué despacio, mirándolo a los ojos, apretando los músculos, hasta que otra vez sentí sus manos clavarse en mis caderas y la sacudida de una nueva descarga adentro. Me dejé caer sobre su pecho y así, con él todavía dentro, nos quedamos dormidos un rato.
Cuando empezaba a anochecer me dijo que se le antojaba una cerveza.
—Vamos a comprar —propuso.
—Mejor ve tú —le contesté—. Estoy disfrutando demasiado de estar todo el día siendo mujer.
—No tienes que cambiarte, mi amor —me dijo con una sonrisa—. El coche está dentro de la cochera. Te subes sin que nadie te vea y listo.
Y así me convenció. Me vestí rápido y salimos. Fue la primera vez que salí de casa vestida de mujer. No me bajé del coche, pero solo con ir así, a su lado, sentía un cosquilleo eléctrico recorriéndome el cuerpo.
Llegamos a la tienda, compró lo que necesitábamos y, de regreso, se me ocurrió la idea más traviesa de la noche. Mientras manejaba, le desabroché el pantalón y le saqué la polla, todavía blanda, y me incliné sobre él. Me la metí a la boca así, tibia, sintiendo cómo crecía y se ponía dura entre mis labios. Empecé a chupársela despacio, subiendo y bajando, atenta a no estorbarle la vista pero sin parar, con la lengua enroscada en el glande. Él manejaba con una mano y con la otra me acariciaba la nuca, apretándome contra su regazo cada vez que llegaba a una recta. Le lamí los huevos, me tragué la verga entera y volví a subir, ensalivándolo todo. Le sentí el temblor en los muslos justo cuando entrábamos a la cuadra, y se vino en mi boca justo cuando llegábamos a la cochera. Me lo tomé todo y le pasé la lengua para dejarlo limpio antes de guardársela y subirle el cierre. Abrió la cochera, metió el coche y entramos riéndonos como dos cómplices.
Nos tomamos las cervezas y nos fuimos otra vez a la cama. Esa noche también me dio riquísimo, cogiéndome de frente, con mis piernas sobre sus hombros, mirándome a los ojos mientras me vaciaba una vez más el culo, hasta caer rendidos.
***
Al día siguiente desperté con él ya listo, duro y esperando, con la polla apuntándome al muslo. Me le subí encima una última vez, sin prisa, dejando que se me metiera bien adentro, cabalgándolo despacio para memorizarlo, apretándolo con el culo hasta sacarle la última corrida del fin de semana. Me despedí de él a mi manera, con su semen adentro y un beso largo, porque ese mediodía tenía que irse.
Aquel fin de semana fue, sin exagerar, el más feliz que recuerdo. Lo malo llegó después: a Adrián lo trasladaron a otra ciudad por su trabajo y ya no volvimos a vernos. De vez en cuando todavía nos escribíamos, y bastaba un mensaje suyo para que se me apretara el culo y me temblara algo por dentro.
Espero que les haya gustado esta historia. Muy pronto les contaré mi siguiente aventura, esa que viví con un compañero trailero al que jamás voy a olvidar.