La tercera vez que fui Renata para mi primo
Gracias a todos por seguir leyéndome. Sus mensajes en las partes anteriores fueron lo que me animó a contar lo que pasó aquel verano. Habían transcurrido varios meses desde que me hice novia de Diego y, como ya conté antes, pasaba con él semanas enteras jugando a la vida de pareja. Me encantaba sentirme su mujer, su ama de casa, la que lo esperaba con la cena lista.
Fue también en esa época cuando Diego empezó a insistir en que comenzara con las hormonas. Al principio me daba miedo, sobre todo por mi familia, por mis padres más que nada. Pero terminé aceptando. En el fondo lo deseaba con todas mis fuerzas: quería feminizar mi cuerpo de una vez por todas.
Buscamos por internet hasta dar con una doctora dispuesta a atenderme. Sería un gasto importante, pero dimos el paso. Primero los bloqueadores de testosterona, después las hormonas femeninas. Los cambios eran lentos, aunque para mí evidentes. Lo que más se transformó fue mi manera de sentir: me volví más suave, más emocional, más yo.
Iba más o menos por el cuarto mes del tratamiento cuando terminó el semestre y me topé con un dilema. Tenía que volver a casa de mis padres. Si no lo hacía, sospecharían, y me aterraba que aparecieran de sorpresa en el departamento y descubrieran algo para lo que todavía no estaba lista. Hablé con Diego y acordamos que pasaría unas semanas allá y luego regresaría a nuestra rutina.
Así que una mañana me encontré de vuelta en el pueblo. Cuando llegué, mis padres solo comentaron que había bajado de peso, y eso parecía preocuparles más que alegrarles. Se preguntaban si me alimentaba bien. Les dije que había hecho una dieta porque el sobrepeso me cansaba, y pareció bastarles.
En la maleta solo llevaba ropa de chico, cada día más incómoda para mí. Extrañaba mis faldas, mis vestidos, mis tacones. Apenas había metido un par de braguitas que usaba a escondidas; me daban algo de consuelo, pero no era suficiente. Y tenía que cuidarme mucho, porque por las vacaciones no solo había regresado yo: media familia volvió al pueblo. Entre ellos estaba Bruno, un primo lejano, hijo de una prima de mi madre. Bruno había entrado a la academia militar, así que ya se imaginan la clase de chico que era.
Una tarde, sola en casa, llamé a Diego porque lo extrañaba. No contestó. Llamé otra vez, y otra, y nada. Me puse como loca, muerta de celos, convencida de que me engañaba. El tratamiento amplificaba cada emoción hasta volverla insoportable.
Estuve a punto de tomar el primer autobús de regreso, pero me detuve: eso habría significado dar demasiadas explicaciones en casa. Dos días enteros intenté comunicarme con Diego sin éxito, y mi enojo crecía como una marea.
En esos días hubo una reunión familiar, y ahí estaba Bruno. Empezó a molestarme con burlas y comentarios subidos de tono. Decía que me había vuelto una nena, que seguramente era una mariquita. Se reía y luego me trataba normal, pero no soltaba el tema. Yo fingía ofenderme. La verdad es que me gustaba que él, justo él, notara lo distinta que era de aquel a quien había conocido años atrás.
***
Un día particularmente caluroso, Bruno insistió en que fuéramos a nadar todos los primos, como cuando éramos niños. Yo dudaba. Aunque mis pechos apenas se insinuaban, ya eran diferentes: los pezones se me habían oscurecido, las areolas más anchas, y el pecho un poco más abultado. No eran senos todavía, pero tampoco el torso de un chico cualquiera.
Después de mucha insistencia acepté, pensando que me dejaría puesta una playera para disimular. Cuando me preguntaron si no me la quitaría, dije que no, y nadie pareció extrañarse.
El día pasó sin sobresaltos. Pero al volver del balneario, Bruno insistió en acompañarme hasta casa. En el camino me preguntó si estaba bien, porque me notaba muy cambiada. Le dije que no pasaba nada, que todo estaba en orden. Y entonces soltó algo que jamás imaginé que diría.
—Tienes unas piernas muy bonitas —murmuró—. De mujer.
El halago me dejó sin palabras. Se suponía que debía ofenderme, indignarme, reaccionar como cualquier chico. No supe hacerlo. Solo bajé la mirada y caminé más rápido.
Desde ese día Bruno me trató distinto. Me ponía atención, me buscaba a diario, inventaba planes para los dos. Hasta que una tarde me preguntó si quería ir a su casa, recalcando que no habría nadie más. Sobra decir que terminé aceptando.
***
Llegué por la tarde, como habíamos quedado. Bruno se comportó de una forma nueva, dominante. Pusimos una película, pero él no dejaba de tocarme. Primero los hombros, luego los brazos, después las piernas. Cuando llevábamos un par de cervezas encima, empezó a manosearme las nalgas, al principio con disimulo y enseguida con descaro.
—Tienes un culito muy lindo —me dijo al oído—. Paradito.
Finalmente se decidió del todo.
—A mí no me engañas. Se te nota que eres putita y que te gusta la verga. Y la mía te va a encantar.
Ante un comentario tan directo no supe qué responder. Guardé silencio y agaché la cabeza. Él soltó una carcajada triunfal y me apretó una nalga con fuerza.
—Así no —le dije por fin—. Necesito algo más para complacerte.
Me gustaría mentir y echarle la culpa a los nervios, pero la verdad es que lo dije con toda la decisión del mundo. Le expliqué que necesitaba meterme en el papel, que necesitaba ropa de mujer. Bruno sonrió con malicia.
—Haz lo que tengas que hacer. Pero no te me vas a escapar.
Me abrazó y me dio un beso apasionado que duró varios minutos, o al menos así lo sentí yo. Quedamos en que le avisaría cuando estuviera lista.
***
Volví a casa con muchas dudas, más por Diego que por lo que estaba a punto de hacer. Pero Diego seguía sin contestar, así que me decidí. Al día siguiente le dije a Bruno que necesitaría algunas cosas, fui al centro del pueblo y, con el dinero que él me había dado, me compré un conjunto de lencería rosa, un minivestido blanco, algo de maquillaje y unos tacones preciosos color azul cielo.
Cuando tuve todo listo lo llamé. Me pidió que esperara su segunda llamada. Media hora más tarde sonó el teléfono: debía ir a un pequeño hotel en las afueras del pueblo. Me dio los datos de la habitación y, de paso, se encargó de avisarle a mi madre que comeríamos juntos.
Llegué al hotel y lo primero que hice fue darme un baño caliente. Revisé que no quedara ni un vello fuera de lugar. Después me puse el conjunto, y disfruté enormemente sentir otra vez la lencería completa sobre la piel. Encima, el minivestido, realzando mis pechitos con un poco de relleno en el sostén. Me maquillé con calma y me calcé los tacones nuevos; apretaban un poco, venían algo justos, pero después de todo no los usaría el día entero.
No tenía perfume, así que me puse un poco más de desodorante femenino. Lo sé, suena ridículo, pero así fue.
***
Un par de horas después Bruno tocó la puerta. Cuando me vio, lo noté sorprendido: me miraba con una mezcla de lujuria e incredulidad.
—Soy Renata —le dije, y vi cómo se le marcaba la erección al instante.
Se me fue encima. Me tomó por la cintura y me pegó a su cuerpo. Sentí sus músculos duros contra mi piel. Me besó otra vez, con su lengua recorriéndome la boca entera, para seguir con mordiscos en la oreja y bajar al cuello. Me masajeaba las nalgas, colando la mano bajo el vestidito, metiéndola a veces dentro de la braguita.
Me besó los hombros mientras me deslizaba el vestido en un solo movimiento, dejándome en pura lencería. Sus manos recorrían todo mi cuerpo y yo apenas alcanzaba a responderle. Era abrumador. Ni siquiera me di cuenta de en qué momento quedó él desnudo. Su torso definido rozando mi piel afeminada era una delicia.
De pronto me soltó el sostén y se detuvo, admirando mis pechos nacientes. Sonrió sin decir nada y empezó a chupármelos, encendiéndome de una forma que no esperaba. Como pude, yo misma me quité la braguita. Caímos los dos sobre la cama, en un frenesí de besos y caricias.
Entonces me giró. Me abrió las nalgas y me escupió en el ano; la verdad es que me gustó. Sentí cómo su pene empezaba a penetrarme despacio. Era largo, no muy grueso, pero entraba sin esfuerzo, deslizándose por dentro de una manera nueva para mí.
Comencé a gemir. Montado sobre mí, no me dejaba moverme: era una dominación total. Empezó a embestir con fuerza, sin piedad, mientras yo gritaba de placer. Él seguía bombeando y yo intentaba mover las caderas para darle más. Aceleró el ritmo hasta que, de golpe, se desplomó encima de mí mientras yo todavía seguía hundida en mi propio orgasmo.
Después salió de mí, me giró otra vez y me besó. Se levantó de la cama y me jaló del brazo. Por un instante pensé que me besaría de nuevo, pero no: me obligó a hincarme frente a él. Se quitó el condón, que hasta ese momento no había notado que llevaba, y empezó a estrellarme el pene contra la cara.
Apenas abrí la boca, me lo metió. La sacaba y la volvía a meter mientras se masturbaba, y yo solo alcanzaba a paladear el sabor del lubricante. Sin avisarme, se corrió en mi cara, llenándomela entera.
—Eres una muy buena puta —dijo simplemente.
Se vistió y se fue, dejándome atontada y satisfecha. El resto de las vacaciones no volvió a buscarme; incluso llegó a evitarme, lo que tampoco fue tan malo para mí.
Días más tarde Diego por fin dio señales de vida. Me dijo que se había ido a una cabaña con unos amigos. No terminé de creerle, pero al final regresé con él, como su mujercita enamorada. Hay secretos que una guarda solo para sí misma.
Mil gracias por leerme. Espero que les haya gustado. Besitos.