El cliente que me pidió quedarme hasta el amanecer
Me llamo Renata y aprendí hace tiempo a separar el trabajo de lo que siento. Es una regla simple que me mantuvo cuerda durante años: sonrío, cobro por adelantado, doy lo que prometo y no dejo que nadie me toque por dentro de verdad. Esa noche de viernes rompí todas mis reglas, una por una, y todavía no sé si me arrepiento.
Eran las nueve cuando empecé a arreglarme. Me gusta ese ritual tanto como lo que viene después. Base ligera, las cejas marcadas, y al final el labial rojo que reservo para las noches en que quiero sentirme peligrosa. Un top negro ajustado sin sujetador, los pezones marcándose bajo la tela, una falda corta del mismo color y una tanga diminuta que apenas me tapaba el coño. Unas sandalias plateadas que brillan cuando paso bajo las farolas. Me perfumé el cuello, las muñecas y entre los muslos, y me miré en el espejo más tiempo del necesario.
Esta soy yo cuando nadie me dice quién tengo que ser.
Pedí un taxi y bajé a mi esquina de siempre, esa donde la ciudad cambia de ánimo después de medianoche. A las diez la calle estaba tranquila, casi silenciosa. Algún coche reducía la marcha, una ventanilla bajaba, una mirada me recorría de arriba abajo y seguía de largo. Esperar también es parte del oficio. Una aprende a leer a la gente por cómo frena.
***
El que frenó de verdad llegó pasadas las once. Un coche oscuro, limpio, sin prisa. La ventanilla bajó despacio y dentro había un hombre de unos treinta y cinco, camisa abierta en el cuello, las manos firmes sobre el volante. No me miró como me miran casi todos, con esa mezcla de hambre y vergüenza. Me miró a los ojos, como si quisiera saber algo de mí antes que mi cuerpo.
—¿Tienes la noche libre? —preguntó.
—Tengo lo que pagues —respondí, porque era la respuesta de siempre.
Sonrió, y esa sonrisa me descolocó un poco. Acordamos el precio sin regatear, le dije que primero el dinero y él lo puso en mi mano sin discutir. Me subí. Olía a madera y a algo cítrico, y tenía la calefacción justa para esa noche fresca.
—Soy Adrián —dijo, arrancando.
—Renata —contesté.
Casi nunca pregunto el nombre. Casi nunca lo doy. Pero esa noche, no sé por qué, lo hice.
***
El hotel estaba a diez minutos, uno de esos discretos con entrada lateral y luces bajas. En el ascensor él no me arrinconó ni me metió mano, como suelen hacer los nerviosos. Se quedó apoyado en el espejo, mirándome con una calma que me puso más nerviosa a mí que a él.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Que eres más guapa de lo que esperaba.
Llevo años escuchando halagos baratos y este no lo era. Lo dijo bajo, casi para sí mismo, y noté que se me subía el calor a la cara. También lo sentí bajar, un hormigueo húmedo entre las piernas que me molestó, porque el coño no debía mojarse por trabajo. Concéntrate, Renata. Es trabajo.
La habitación tenía una lámpara encendida en un rincón y la cama bien hecha. Dejé el bolso sobre la cómoda y me giré hacia él. Antes de que pudiera entrar en mi papel, en la mujer que sabe exactamente qué hacer con sus manos, él dio un paso y me apartó un mechón de la cara con dos dedos.
—No tengas prisa —dijo—. Pagué por la noche, no por diez minutos.
Y ahí algo se aflojó en mi pecho. Y más abajo también.
***
Lo besé yo primero, y eso tampoco suele pasar. Sus labios eran suaves y respondió sin avasallar, con una paciencia que me desarmaba. Nuestras lenguas se buscaron despacio, y sentí cómo su mano me subía por la cintura hasta la teta, apretándomela por encima del top, encontrando el pezón duro y pellizcándolo entre el pulgar y el índice. Se me escapó un gemido dentro de su boca.
Le abrí la camisa botón a botón mientras él me sostenía la nuca, y cuando le pasé las manos por el pecho lo sentí estremecerse. Me gusta ese momento: descubrir que el hombre tranquilo también tiembla. Bajé una mano por su vientre hasta el bulto del pantalón y le apreté la verga por encima de la tela. Estaba dura, hinchada, más grande de lo que había calculado. Él soltó el aire de golpe contra mi cuello.
—Sácame el top —le pedí, y no era el guion.
Me lo levantó con las dos manos y se quedó un segundo mirándome las tetas antes de agachar la cabeza y meterse un pezón en la boca. Lo chupó, lo mordió despacio, lo lamió alrededor mientras con la otra mano me amasaba la teta libre. Se me arqueó la espalda sola. Nadie me chupaba las tetas así hacía meses, con hambre de verdad y no de trámite. Le agarré la nuca y lo apreté contra mí, dejando que hiciera lo que quisiera con mi pecho.
Su otra mano me subió por debajo de la falda, me acarició el muslo por dentro y llegó a la tanga. Pasó los dedos por encima de la tela y encontró la mancha húmeda que ya había hecho el coño sin permiso.
—Estás empapada —murmuró, con la boca todavía pegada a mi teta.
—Cállate y tócame —le contesté.
Apartó la tanga a un lado y me metió dos dedos de una, hasta el fondo, sin aviso. Me tembló la garganta. Empezó a moverlos dentro, curvándolos hacia arriba, mientras el pulgar me buscaba el clítoris y me lo frotaba en círculos lentos. Yo me agarré a sus hombros para no caerme.
—Joder —jadeé—, así, ahí no pares.
No paró. Me follaba con los dedos de pie, en medio de la habitación, con la falda a la cintura y la tanga corrida, mientras me lamía el pezón y me apretaba el culo con la mano libre. Sentí que se me venía uno rápido, uno de esos que no dan tiempo a pensar. Le clavé las uñas en la espalda y me corrí en su mano, apretándole los dedos con el coño, mordiéndole el hombro para no gritar.
—Todavía no habíamos empezado —susurró, sacando los dedos brillantes y llevándoselos a la boca. Se los chupó uno por uno, mirándome.
***
Lo empujé despacio hasta que se sentó en el borde de la cama. Le acabé de sacar la camisa, le tiré del pantalón hacia abajo con el bóxer de un solo movimiento, y su verga saltó dura contra su vientre. Larga, gruesa, la cabeza roja e hinchada, una gota transparente ya asomando en la punta.
Me arrodillé entre sus piernas. La tomé en la mano y la sentí latir contra mi palma, caliente, pesada. Acerqué la boca despacio, soplando primero, jugando, lamiéndole la punta con la lengua plana y recogiendo la gota salada. Él dejó escapar un sonido ronco.
—Joder —murmuró.
Le pasé la lengua por toda la longitud, de la base a la punta, mirándolo a los ojos. Le lamí los huevos, uno y otro, chupándoselos suavemente, y volví a subir. Entonces abrí la boca y me lo metí entero, hasta que la punta me tocó la garganta. Él soltó un gemido gutural y las caderas se le levantaron solas.
Me encanta esa parte. Me encanta sentir el control, el poder de hacer perder la cabeza a alguien solo con la lengua. Empecé a chupársela despacio, hundiendo la cabeza hasta el fondo y sacándola lenta, dejando un hilo de saliva desde mis labios hasta la punta de su polla. Luego más rápido, con ritmo, ayudándome con la mano en la base, apretando y girando la muñeca cada vez que subía.
Se la mamaba con toda la boca, con toda la garganta, tragando cuando podía, sacando babas cuando no. Sus dedos se cerraban en mi pelo sin tirar, solo sosteniéndose como si yo fuera lo único firme en la habitación. Le lamí los huevos otra vez mientras le hacía una paja rápida con la mano llena de saliva, y volví a metérmela hasta atragantarme.
—Para —dijo al rato, con la voz quebrada—. Para o me corro en tu boca ahora mismo.
Levanté la cara y le sonreí, los labios brillantes de saliva y de él. Podría haber seguido. Podría haber tragado hasta la última gota. Pero quería más.
Saqué un preservativo del bolso, lo abrí con los dientes y se lo puse despacio, con la boca, empujándolo hacia abajo con los labios hasta la base, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Vi cómo apretaba la mandíbula.
***
Me quité la falda y la tanga de un tirón y me subí encima de él, las rodillas a cada lado de sus caderas. Tomé su polla con la mano, la restregué contra mis labios mojados, empapándola bien, y bajé despacio hasta que la punta empezó a abrirme. El primer empujón siempre me arranca el aire. Bajé más, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro, hasta que quedé sentada del todo sobre él, con la verga entera dentro, tocándome donde nadie tocaba desde hacía mucho.
Me quedé quieta un segundo, ajustándome, sintiéndolo palpitar dentro, y luego empecé a moverme. Arriba y abajo, despacio al principio, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho. Él me agarró de la cintura, no para forzar el ritmo, sino para acompañarlo, como si quisiéramos lo mismo a la vez. Me miraba las tetas rebotar y se le entreabría la boca.
—Así —jadeé.
—Eres preciosa así, montándome —respondió, y me besó el cuello, la clavícula, y me chupó el pezón otra vez.
Empecé a moverme más rápido, empalándome sobre él con fuerza, oyendo el ruido húmedo de mi coño mojado cada vez que bajaba. Sus manos me subieron a las tetas, me las apretó fuerte, me pellizcó los pezones y yo casi grité. Cabalgué sobre él hasta que las piernas me ardieron, con su boca recorriéndome la piel y sus manos firmes en mis caderas, tirando de mí hacia abajo cada vez que yo subía.
No había prisa, no había reloj. Por primera vez en mucho tiempo no estaba contando los minutos, no estaba calculando nada. Solo estaba ahí, montándolo, sintiéndolo llegar hasta el fondo, sintiendo mi propio coño apretándolo cada vez que me venía una oleada de placer.
—Ponte de espaldas —me pidió en voz baja, y no era una orden, era un ruego.
***
Me bajé y me coloqué a cuatro patas sobre el colchón, bien abierta para él, con el culo levantado y la cara contra la almohada. Se acomodó detrás, me acarició la espalda de arriba abajo con una sola mano, despacio, y luego me pasó los dedos por el coño desde atrás, abriendo los labios, jugando con lo mojado que estaba.
—Métemela —le pedí, sin vergüenza—. Métemela ya.
Se agarró la polla y me la fue metiendo hasta el fondo, de un movimiento largo y profundo, mientras yo gemía contra la almohada. Me agarró las caderas con las dos manos y empezó a follarme en serio. Un embate hondo, otro, otro, con el pubis chocando contra mis nalgas, haciendo ese ruido de piel húmeda contra piel que a mí siempre me pone loca.
—¿Estás bien? —preguntó, deteniéndose un segundo.
—Sí —contesté, y me sorprendió que preguntara—. No pares. Fóllame más fuerte.
Y me folló más fuerte. Se movió con un ritmo hondo, una mano en mi cadera y la otra subiendo por mi espalda hasta el hombro, atrayéndome hacia él en cada embestida. Cada vez que entraba hasta el fondo se me escapaba un gemido. Me pegó el pecho a la espalda, se dobló sobre mí, y con una mano me buscó el clítoris desde delante mientras seguía embistiéndome desde atrás.
—Córrete otra vez —me susurró al oído, sin dejar de moverse—. Córrete con mi polla dentro.
Era salvaje y cuidadoso a la vez, una combinación que casi nunca encuentro. Su boca buscó mi oído y entre jadeos me dijo que estaba estrecha, que le apretaba, que quería llenarme entera, cosas que me hicieron arder por dentro y que ya no sé si repetir aquí.
Me dio unos azotes en el culo, palmadas secas que sonaron en la habitación, y yo empujé la cadera hacia atrás pidiendo más, buscándolo más adentro. El segundo orgasmo me subió desde las plantas de los pies. Cuando me corrí grité contra la almohada, me apreté el coño alrededor de su verga, y él soltó un jadeo largo tratando de aguantar.
—Quédate —murmuró contra mi cuello, casi sin aire—. Quédate hasta que amanezca.
No respondí con palabras. Eché la cadera hacia atrás, buscándolo más adentro, y esa fue toda mi respuesta. Sentí que perdía el hilo de quién era yo y quién era él, dónde terminaba el trabajo y dónde empezaba lo otro, eso que llevaba años evitando nombrar.
Cuando lo sentí tensarse, cuando su ritmo se volvió errático y su respiración se le rompió, cuando supe que estaba cerca, hice algo que jamás hago: le pedí que se saliera. Me giré, le arranqué el preservativo y me tumbé de espaldas abriendo las piernas para él.
—Ven —le dije—. Termina dentro.
Me miró un segundo largo, sin entender del todo, y se lanzó. Me la metió otra vez a pelo, sin nada entre los dos, y yo sentí por primera vez la piel de su polla contra mi coño, caliente, resbalando. Se movió pocas veces, apretando los dientes, mientras yo le sostenía la cara con una mano sudada y lo besaba. Le sostuve la mirada y lo besé mientras se vaciaba, temblando encima de mí, mientras su verga latía dentro de mí soltando chorro tras chorro caliente que sentí subirme hasta el vientre.
Lo abracé con las piernas cruzadas en su espalda para que no se saliera hasta que se calmó, hasta que los dos nos quedamos quietos, enredados, sin saber muy bien qué acababa de pasar. Sentí su semen escurriéndose entre mis muslos cuando por fin se retiró.
***
Nos quedamos tumbados un rato largo, él de espaldas y yo con la cabeza sobre su pecho, escuchando cómo se le serenaba el corazón. Por la ventana entraba la luz anaranjada de un cartel de la calle. Me acariciaba el brazo distraído, en círculos, como quien no quiere que termine. Con la otra mano me buscó entre las piernas otra vez, no para nada urgente, solo para pasar los dedos por su semen mezclado con lo mío y jugar con eso, embarrándome despacio.
—¿Siempre eres así? —pregunté.
—¿Así cómo?
—Así. Como si esto fuera otra cosa.
Se quedó pensando un momento.
—Quizá contigo lo es —dijo.
Sonreí en la oscuridad para que no me viera la cara. Sé que es peligroso creer esas frases. Sé que mañana él volverá a su vida y yo a mi esquina, y que las palabras de la madrugada se las lleva el día. Pero esa noche elegí creerle, aunque fuera solo durante unas horas.
***
Follamos otra vez antes del amanecer, más despacio, casi sin ruido, como si la prisa fuera una grosería. Me tumbó de lado, se acomodó detrás y me la metió así, con las piernas encajadas, moviéndose lento y hondo mientras me acariciaba las tetas y el clítoris al mismo tiempo. Me corrí otra vez, bajito, mordiéndole el brazo, y él se corrió dentro por segunda vez, quieto contra mi espalda, respirando en mi nuca.
Y cuando terminamos y la luz gris empezó a colarse por la cortina, él se incorporó y buscó la cartera en el pantalón tirado en el suelo.
—Déjalo —dije, y mi propia voz me sorprendió.
—¿Cómo?
—No me pagues otra vez. Esta vez no.
Me miró largamente, sin entender del todo. Yo tampoco lo entendía. En todos mis años nunca había regalado nada, nunca había dejado que un cliente cruzara esa línea. Cobrar era mi muro, mi forma de protegerme, de decirme a mí misma que nada de aquello me tocaba de verdad. Y esa madrugada bajé el muro con plena conciencia de lo que hacía.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque quiero acordarme de esto como mío —respondí—. No como trabajo.
Guardó la cartera despacio. Se quedó sentado en el borde de la cama, con esa misma calma de la ventanilla del coche, y luego me tendió la mano, no para tocarme el cuerpo, sino para entrelazar los dedos con los míos.
***
Salimos juntos cuando ya era de día. Me dejó cerca de mi casa, no en la esquina, y antes de bajar me dio su número en un papel arrugado, sin pedirme el mío, sin condiciones.
—Por si alguna vez quieres una noche que no cobres —dijo, medio en broma, medio en serio.
Cerré la puerta del coche y lo vi alejarse. Me quedé un momento de pie en la acera, con el papel en la mano, el labial corrido y las bragas todavía pegajosas bajo la falda, sintiendo el cansancio dulce de quien ha dormido poco y ha vivido mucho. Llevaba años convencida de que esto era solo un oficio, de que yo era intocable, de que el deseo de verdad era algo que les pasaba a otras.
Soy Renata, y esa noche un desconocido me recordó que también puedo elegir entregarme. Guardé el papel en el bolso, junto al dinero que esa madrugada decidí no ganar, y caminé hacia casa con una sonrisa que esta vez no le había vendido a nadie.





