Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que la pelirroja escondía bajo su quitón

Termesos era una polis como cualquier otra de Pisidia. Tenía su ágora rodeada de columnas jónicas, su anfiteatro, su asamblea y sus templos a los dioses. Gobernada desde tiempos antiguos por tiranos moderados, la vida allí era simple, y las tabernas y los simposios eran el único esparcimiento tanto para los ricos como para los ciudadanos libres más modestos.

Cléandro y su madre volvían de los campos al atardecer, cargando canastos repletos de fruta y verdura. El camino bordeaba el ágora, pasaba junto a la calle de las estatuas de los héroes y desembocaba en las casas de la gente común. Al llegar, encontraron al padre y al abuelo sentados frente a la puerta, inclinados sobre un tablero con piezas circulares de metal, un juego oriental que el viejo había traído de sus viajes. El anciano levantó la vista, sonrió y le hizo un gesto para que se acercara.

Mientras su madre entraba a la cocina con las siervas, Cléandro se aproximó a los dos hombres, cansado del calor y la labor del día. Eran casi idénticos, salvo por el cabello y la barba canosos del abuelo. El viejo carraspeó y clavó en su nieto esa mirada penetrante que solo los ancianos saben dar.

—Te esperaba para hablar de algo importante, muchacho —dijo con un tono serio que alertó de inmediato a Cléandro—. Un joven griego no solo debe ser responsable con su hogar, también debe ser un ciudadano activo en la polis. Es hora de que pienses en tu futuro.

El sol se escondía detrás de las montañas, bañando el patio con una luz anaranjada que resaltaba las arrugas de los dos hombres.

—Deberías empezar a asistir al gimnasio —continuó el abuelo—. Allí aprenderás a cuidar tu cuerpo, a la vez que adquieres disciplina y destreza para la vida diaria. Ya tienes edad para ir.

—No sé, abuelo, no creo que me guste —respondió Cléandro con timidez.

—Escucha a tu abuelo. Tienes veinte años y no puedes pasarlos todos en el campo —intervino su padre—. Debes prepararte. Ya no eres un niño.

—Aprenderás a luchar, a correr, a discutir con elegancia —añadió el viejo—. Será duro, sin duda, pero es lo que hacemos los griegos. Llegado el momento, cada uno toma la iniciativa de formarse. El tuyo es ahora.

Aquel era un paso enorme para él. Cléandro no era un muchacho poco agraciado: de estatura mediana, ojos negros y brillantes, piel clara a pesar del sol anatolio, con un cabello ondulado que le caía sobre las orejas y un rostro lampiño que le daba un aspecto algo juvenil. Su cuerpo era delgado, pero resistente por el trabajo del campo. Aun así, la idea de exponerse desnudo ante desconocidos no era lo que más anhelaba.

—No hay nada de malo en el gimnasio —insistió el abuelo, ya sin admitir réplica—. No debes sentirte intimidado por mostrar tu cuerpo. En la palestra los jóvenes entrenan tranquilos.

—Es cierto —asintió su padre con un brillo de orgullo—. Pronto te acostumbrarás y dejarás de cohibirte.

Menos avergonzado, Cléandro cedió con resignación.

—Muy bien, abuelo. Mañana iré.

Los dos hombres sonrieron complacidos, y su padre le dio una palmada en la espalda. La cena transcurrió en un ambiente festivo. El abuelo, satisfecho de continuar la tradición, contó historias de su juventud en Corinto, de sus proezas atléticas y de los amigos que forjó en aquellos duros entrenamientos.

***

Esa noche, con la luz plateada de la luna entrando por la ventana, Cléandro se revolvía inquieto en su cama. Temía sentirse inadecuado por su físico delgado, temía quedar en ridículo. Pero por sus mayores haría el intento: la tradición familiar era sagrada y la palabra del abuelo, inapelable.

Poco antes del amanecer se levantó decidido a no defraudarlos. Se vistió con un quitón largo y suelto, se ciñó la cintura con un cinto y se calzó unas sandalias de cuero. La bruma de la mañana cubría las calles de piedra mientras caminaba comiendo fruta, el olor de las flores recién abiertas mezclándose con el aire fresco. El gimnasio se hallaba a unos doscientos metros del anfiteatro: un recinto semicerrado, con un patio central de arena rodeado de columnas porticadas y un perímetro de árboles altos y frondosos. Incluía un espacio de césped cuidadosamente podado, una piscina y un cuadrilátero de lucha que brillaba con el rocío.

Cléandro entró al vestuario siguiendo las indicaciones de su abuelo. No había demasiada vigilancia en los nichos de la pared. Se despojó del quitón con cautela y empujó la ropa hasta el fondo del hueco, de modo que no se viera desde la entrada. Permaneció sentado unos minutos, el corazón latiéndole con fuerza. Se ajustó las correas de las sandalias, inspiró hondo y salió, encomendando a los dioses que su ropa siguiera allí al volver.

Una fina capa de niebla flotaba todavía sobre el césped. Caminó despacio, desnudo, hasta el centro del predio, cerca del cuadrilátero. No tenía la menor idea de por dónde empezar. Estiró los brazos al frente y volvió a quedarse quieto, mirando los árboles y el rocío que destilaban las hojas. Cuando el sol asomó por completo, vio a un par de hombres desnudos que cruzaban el pórtico hacia la arena opuesta. Cerró los ojos, separó las piernas e inclinó el tronco hacia delante hasta tocar el suelo con los dedos. Su espalda se arqueó, su respiración se hizo profunda.

Repitió el movimiento varias veces. Al tercer intento mantuvo los ojos abiertos, mirando entre sus piernas separadas lo que pasaba a su espalda. Y entonces, además de su propia sombra, vio algo más: una mujer sentada contra una de las columnas, observándolo fijamente.

Se enderezó con esfuerzo y miró de reojo por encima del hombro. ¿Llevaría mucho tiempo allí, o acababa de llegar? Era pelirroja, con el cabello del color del vino y la piel pálida como el mármol. Le devolvió la mirada sin el menor atisbo de vergüenza. Vestía un quitón blanco y corto hasta las rodillas que dejaba ver unos muslos firmes y tonificados, y unas sandalias trenzadas justo bajo las rodillas. Con un movimiento fluido se puso de pie.

Era más alta que él, y su figura escultural no pasaba desapercibida. Cléandro se ruborizó. Sus pechos voluminosos se movían suavemente bajo la tela, sujeta por un broche sobre un hombro descubierto. Ella se acercó a paso lento y confiado, el rostro sereno y amable, los ojos azules como dos zafiros, la nariz recta, los labios carnosos. Parecía unos pocos años mayor que él. Por instinto, el muchacho se llevó una mano a la entrepierna.

—Buen día —saludó ella con un acento griego áspero y fuerte, arrastrando las erres—. Parece que necesitas ayuda.

—Es mi primer día. No sé por dónde empezar —balbuceó, sonrojado.

La desconocida se acercó aún más y cruzó los brazos bajo el pecho, dándole a su figura un aire sensual y dominante a la vez.

—No te preocupes, puedo ayudarte. Yo también busco compañero para entrenar. Me llamo Hipólita.

—Cléandro —murmuró él, todavía cubriéndose torpemente.

—Aquí no hace falta eso —dijo ella, señalando con la mirada su mano—. Puedes mostrarte sin problema.

Con un suspiro nervioso, apartó la mano. La luz de la mañana se filtraba entre los laureles y se posaba sobre la piel pálida y el cabello de fuego de la mujer, que parecía una diosa surgida de las llamas. Hipólita asintió satisfecha, dio media vuelta y le indicó que iría al vestuario y volvería para empezar.

Cléandro la siguió con la mirada, admirando la curva de su espalda y el balanceo de sus caderas anchas. Esto no parece sensato, pensó, entrenar desnudo junto a semejante mujer. Pero no podía evitarlo: ella era la belleza misma que los escultores tallaban en mármol.

***

Hipólita salió del vestuario con zancadas firmes, y Cléandro no pudo apartar los ojos de su piel desnuda. Sus pechos eran redondos y firmes, las areolas grandes y de un rosado claro; el vientre plano, la silueta atlética marcando cada músculo al moverse. Los muslos eran como columnas de mármol. Pero lo más impresionante estaba más abajo: bajo un triángulo de vello del color del fuego, se balanceaba un miembro que, incluso flácido, parecía más grueso y largo que el suyo, con los testículos colgando bajos. Cléandro tragó saliva cuando ella se detuvo frente a él.

—¿Empezamos? —propuso con una sonrisa enigmática. Él seguía mirando fijamente entre sus piernas. Ella lo notó y apoyó las manos en la cintura—. ¿Y bien?

—Eh… sí, claro —respondió, avergonzado, volviendo a sus ojos.

Comenzaron estirando brazos y piernas, ella guiando cada movimiento. Cléandro apenas podía concentrarse; sus ojos volvían una y otra vez a los pechos, las nalgas y la entrepierna de la deslumbrante pelirroja, que de tanto en tanto lo pillaba mirando y le sonreía. Pasaron a las sentadillas, ella a su espalda, sosteniéndole la cintura para corregir la postura. El muchacho sentía su calor, la presión suave de sus manos, su respiración en la nuca. A cada repetición trabajaban sus piernas y sus glúteos, y el tacto electrizante de Hipólita le recorría la espalda.

—¿Listo para lo siguiente? —preguntó ella, que no parecía cansarse jamás.

Cléandro asintió, exhalando con dificultad. La adrenalina corría a la par de la excitación y la ansiedad. Al menos, con la agitación del ejercicio, su sexo se mantenía flácido.

—Necesito que me sujetes los tobillos mientras me apoyo en las manos —indicó ella, inclinándose y ofreciéndole la espalda. Él obedeció, agarrándole los tobillos y ayudándola a quedar cabeza abajo.

En esa posición, el sexo y las nalgas de Hipólita quedaron a un palmo de su cara. Trató de mirar a otro lado, pero era como pedirle a las olas que no mojaran la orilla. El aroma intenso de la mujer le llenaba las narices y se le antojaba cada vez más perturbador.

—Trata… de no respirar… ahí —dijo ella entre divertida y concentrada, las piernas balanceándose en las manos del muchacho.

Cléandro se ruborizó hasta las orejas. Justo entonces ella se soltó de su agarre y cayó sobre la hierba; él perdió el equilibrio y fue a dar de bruces, el rostro de nuevo cerca de aquel cuerpo de fuego.

—Fue culpa mía, suelo dejarme caer al final —rió Hipólita—. No me he lastimado. Vamos, levanta.

Él le tendió la mano y la ayudó a incorporarse. El roce le provocó un hormigueo que le subió por todo el brazo. Quedaron tomados de la mano, mirándose a los ojos, y la tensión entre ambos se volvió evidente.

—¿Quieres intentar tú esa postura? —propuso ella.

Cléandro dudó: dejar su trasero sudoroso a centímetros de la cara de aquella diosa era un reto que no sabía si podría afrontar sin morir de vergüenza. Pero ella lo animó con la mirada, y el muchacho apoyó las manos en la hierba. Hipólita le tomó los tobillos con delicadeza y le alzó las piernas. El sol ya pegaba fuerte y la piel de ambos brillaba de sudor.

—Respira despacio. Concéntrate en la vista que tienes —murmuró ella, su aliento cálido cerca de la entrepierna del joven.

—No creo… aguantar… mucho —jadeó él, los brazos ardiendo.

—Solo un poco más. Relaja las piernas.

Cléandro lo intentó hasta que las fuerzas lo abandonaron; el firme agarre de ella evitó que se golpeara contra el suelo. Lo bajó con cuidado y el muchacho quedó boca arriba, jadeando, mirando el cielo azul. La sonrisa pícara de Hipólita se asomó sobre su rostro.

—Impresionante para ser tu primer día —dijo, y lo ayudó a levantarse. Tiró de él con más fuerza de la esperada, y los pechos de la mujer quedaron apretados contra su cuerpo en un abrazo accidental. Él sintió el calor, el sudor, un leve perfume a jazmín en su cabello—. Creo que tiré con demasiado entusiasmo —añadió, juguetona.

—Descuida… gracias por la ayuda —respondió Cléandro, sin aliento.

—¿Nos vemos otra vez? Para continuar —sugirió ella, una gota de sudor deslizándose entre sus senos.

—Sí… suena… bien —tartamudeó él.

Ella retrocedió un par de pasos y, antes de girarse hacia los vestuarios, lo miró con un dejo de anhelo. Cléandro, con el corazón desbocado, se atrevió por fin.

—Oye, Hipólita… si no es atrevido… ¿qué dirías si tú y yo…?

—Me encantaría —lo interrumpió la pelirroja, los ojos encendidos.

—Todavía… no te he dicho de qué se trata.

—Quieres saber si deseo pasar más tiempo contigo que el de un simple entrenamiento. No es difícil de adivinar —dijo con una sonrisa que la hacía aún más bella—. ¿Conoces la taberna de Sileno, en la calle de los alfareros? Allí me hospedo. Sirven fruta fresca y buen vino. ¿Por qué esperar? ¿Hoy, al atardecer?

—Sí… al atardecer es perfecto —balbuceó él.

Hipólita se acercó, le posó una mano firme en el hombro y le dejó un beso en la mejilla que lo dejó sin aliento.

—Hasta entonces, querido Cléandro.

Reanudó su paso, y el joven se quedó en medio del recinto con una sonrisa enamorada y una erección que se negaba a bajar.

***

Pasó el resto de la jornada nervioso, la mente atrapada en cada gesto y cada roce de la pelirroja. Lo que más lo sorprendía, y en lo que menos dejaba de pensar, era que compartieran el mismo sexo entre las piernas, salvando las evidentes diferencias de tamaño. Sentía por ella una atracción que no sabía explicar.

Al caer la tarde se bañó en el estanque del patio trasero, eligió su mejor quitón —corto, blanco, de lino, ceñido por un cinto de cuero con adorno de plata— y se calzó unas sandalias negras que lo hacían parecer más alto. Su abuelo lo vio salir presuroso y refunfuñó algo sobre «la vagancia de la juventud», pero Cléandro ya iba camino de la calle de los alfareros, el cielo virando del naranja al rojizo.

El olor a carne asada y los rumores alegres de la taberna de Sileno lo recibieron. No había rastro de Hipólita, y se le hizo un nudo en el estómago. Esperó de pie junto al cartel de madera, mirando a ambos lados de la calle. De pronto, las voces de los transeúntes enmudecieron. Levantó la vista.

Una mujer avanzaba por el centro de la calzada con un quitón dórico azul hasta los tobillos, abierto por el costado derecho, que dejaba ver toda esa línea de piel blanca desde la pierna hasta el flanco. Llevaba sandalias de cuero dorado, brazaletes en forma de serpientes enroscadas, un cinto a juego y un colgante de oro con cabeza de gorgona sobre el busto. Su cabello de fuego lucía un mechón trenzado a modo de diadema y una cola que le caía por la espalda. Pendientes de amatista, labios pintados de carmesí, los ojos azules realzados por una sombra tenue. Cléandro la reconoció al instante: era Hipólita.

La respiración se le cortó. Ella se detuvo frente a él, indiferente a los silbidos amortiguados que provocaba a su paso.

—Estás… luces impresionante —balbuceó el muchacho.

—Seguro no eres el único que lo piensa —dijo ella, mirando de reojo a quienes la observaban—, pero solo tengo ojos para ti, querido Cléandro.

Él se atrevió a tomarle la mano y ella se la apretó suavemente. Lo guió al interior, hasta una mesa en un rincón. La taberna era acogedora, iluminada por la luz del atardecer y unas antorchas. Pidió fruta y vino, y la conversación fluyó: ella le contó que alguna vez había competido en la Heraia, las carreras reservadas a las mujeres, y bromeó diciendo que le habían dedicado una estatua por sus victorias.

—Tienes un acento algo… salvaje. Casi bárbaro. No es de Pisidia ni de Panfilia —comentó él, y se apresuró a añadir—: no es que me moleste, solo lo noto.

—Buen oído —dijo ella, mordisqueando una uva—. Soy del norte, más allá del Ponto Euxino, de las colonias de la Meótide. Mi padre era de algún lugar de la Hélade; mi madre, escita. Crecer en la estepa fue… interesante.

—La tierra de los escitas —murmuró Cléandro—. Supongo que la extrañas.

—La vida allí es dura: inviernos largos y fríos, veranos cortos. Además… —lo miró con una media sonrisa— aquí hay mejores vistas.

—¿Y cuáles son esas vistas?

—No lo sé… las montañas, el atardecer… o las nalgas de un joven en la palestra —enumeró, los labios curvados en una sonrisa sugerente.

Cléandro se sonrojó. Ella tomó una uva de la bandeja y se la acercó a la boca.

—Abre —ordenó, e introdujo la fruta lentamente entre sus labios. La piel del muchacho se erizó al contacto de sus dedos. Luego le tomó la mano y entrelazó los dedos con los suyos—. Vayamos a mis aposentos. Allí podremos hablar sin que nadie nos moleste.

***

Subieron por la escalera al piso superior, entre gemidos apagados que escapaban de otras habitaciones. Hipólita abrió una puerta y lo dejó pasar primero. La estancia era austera, iluminada apenas por un par de velas en un candelabro de bronce. Un pesado cofre de madera reposaba al pie de la cama, decorada en la cabecera con la talla de una gorgona y patas en forma de garras de león.

Ella descubrió la ventana para dejar entrar la brisa. Cléandro cerró la puerta, cohibido. Los ojos azules de la mujer lo miraban fijos, penetrantes, la mitad del cuerpo iluminado y la otra mitad en sombras.

—Quiero estar dentro de ti —susurró.

Sin más palabras, lo atrajo hacia sí. Sus bocas se unieron en un beso profundo que le robó el aliento; la lengua de ella se enroscó con la suya y le hizo temblar las piernas. Las manos del muchacho recorrieron su silueta firme y curvilínea. Deshizo las fíbulas del hombro y el cinto, y el quitón cayó, revelando la piel desnuda. Ella respondió con besos hambrientos en el cuello, las orejas, las mejillas. Luego encontró el nudo del cinto de él y, tras desatarlo, también el del hombro; el quitón de Cléandro cayó junto al suyo.

Quedaron desnudos, frente a frente, las respiraciones agitadas. Sus manos libraron un duelo silencioso de caricias y suaves pellizcos en los pezones que los hacían suspirar. Sus sexos se rozaban, erguidos y calientes: el de ella mucho más largo y grueso, el de él más modesto. Hipólita los tomó ambos en una mano y empezó a frotarlos juntos, los ojos clavados en los del muchacho, los glandes resbalando uno contra otro. Cléandro gimió de un placer que nunca había conocido.

—Déjame hacerte el amor, Cléandro —murmuró ella, acariciándole la cara.

Él jamás había estado con nadie, mucho menos con una mujer así de dotada, pero a su lado no sentía dudas, solo un deseo ardiente que pedía una sola cosa: dejarse llevar. Con delicadeza, Hipólita lo recostó boca arriba y se arrodilló entre sus piernas. Deslizó los dedos por su pecho y su vientre hasta detenerse en su sexo. Le hizo levantar las caderas y colocó una almohada debajo, elevándole la pelvis.

—Cuando vi tu trasero esta mañana, imaginé lo que sería entrar en ti —dijo, bajando la voz a un siseo—. Pronto me daré ese gusto. Pero antes…

Acercó la boca a su entrada virgen. El muchacho se mordió los labios al sentir la lengua caliente recorriendo aquella piel sensible, dilatándolo poco a poco. Un jadeo escapó de su garganta. Al mismo tiempo, ella volvió a acariciarle el sexo con la otra mano, redoblando las sensaciones que ya lo tenían al límite. Cléandro se retorció sobre el lecho, agarrando las sábanas, mientras sentía relajarse cada vez más, hasta permitirle a Hipólita preparar el camino con su saliva.

—Solo relájate —murmuró ella, los ojos brillando con suave intensidad—. Respira hondo y déjate llevar, mi amor.

Le tomó los tobillos, le abrió las piernas y deslizó el glande entre sus nalgas, esparciendo la humedad. Cuando por fin presionó, Cléandro contuvo el aliento: la sensación de aquel miembro entrando despacio era a la vez incómoda y extraordinaria. Hipólita se detenía cada tanto, atenta a su rostro, retrocediendo un poco si lo notaba tenso, avanzando luego con paciencia. La habitación se llenó de respiraciones agitadas y susurros.

Una vez dentro por completo, empezó a moverse con un ritmo lento, dejándolo acostumbrarse a la sensación de llenura. El muchacho gemía con cada embate; al salir, sentía un breve alivio antes de la siguiente acometida. Poco a poco los jadeos se hicieron más fuertes, el ritmo más profundo y constante. Ella acercaba los senos para que él los rozara con la lengua, sin dejar de penetrarlo.

—¿Quieres que vaya más rápido? —jadeó.

Cléandro asintió con los dientes apretados, y ella aceleró. La cama crujía, los cuerpos brillaban de sudor. Hipólita le acariciaba el sexo al ritmo de sus caderas, y el muchacho puso los ojos en blanco, un gemido largo escapándole de la garganta.

—Más… más fuerte —gimió.

Ella respondió con un gruñido y embistió con mayor vigor. Lo hizo girar de costado para penetrarlo más hondo, luego boca abajo, hundiéndolo contra el colchón con cada estocada. Cléandro enterró la cara en la almohada, abrumado por un placer que le nublaba la vista y le hacía temblar las piernas.

—Ah… Hipólita —jadeó, su nombre apenas un susurro entrecortado.

Finalmente lo alzó sin esfuerzo y se tendió boca arriba, dejándolo encima. Él quedó con el pecho contra el suyo, las piernas abiertas a ambos lados, mientras ella volvía a hundirse en su interior y lo atraía para besarlo. Las acometidas se hicieron más erráticas e intensas, los gemidos de ambos fundiéndose en el beso. El roce constante en su interior le provocaba espasmos: Cléandro supo que su orgasmo era cuestión de segundos.

Con un último grito de placer agónico, se derramó entre los vientres de ambos, recorrido por una oleada de alivio y satisfacción. Hipólita mantuvo el ritmo unos instantes más, hasta que un gruñido de éxtasis brotó de su boca y se vació en sacudidas, abrazada con fuerza al muchacho. Luego se quedó inmóvil, sin fuerzas, la respiración entrecortada.

Se recostaron juntos. Cléandro daba besos cortos a uno de sus pechos, apretándose contra su cuerpo tonificado; ella le besaba la frente sin parar.

—Mi dulce Cléandro —susurró, acariciándole la espalda—, eres increíble.

El muchacho sonrió, tímido y aturdido. Mirando a la mujer que yacía a su lado, supo que su vida ya no sería la misma.

—¿Te gustó? —preguntó ella.

—Más que eso —respondió él, besándole la mejilla—. No podría describirlo con palabras. Quiero que lo hagamos de nuevo.

—Tendrás que darme un descanso primero —bromeó Hipólita—. Pero no te preocupes: te haré el amor tantas veces como desees.

Y atrayendo sus labios una vez más, le dio varios besos cortos antes de que ambos se durmieran, apretados el uno contra el otro.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(4)

DiegoB92

Que bueno!! sigan subiendo relatos asi 🔥

Gato_lector

Me engancho desde el primer parrafo, el ambientito historico esta muy bien logrado. Bravo

Marcos_Ro

la pelirroja me mato jajaja tremenda personaje

PlayaNorte_77

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber que mas pasó. Muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.