Mi tío me dio una nueva vida y un nombre de mujer
Seguí a Carmen por el corredor hasta una habitación enorme que, en ese momento, estaba completamente vacía. Había una cama imponente sin sábanas, un tocador sin un solo frasco encima, un armario abierto y hueco, y un rincón de estar con una mesita baja y un televisor demasiado grande para nadie. Al fondo, contra un ventanal que daba al jardín, descansaba una tina de baño dorada que brillaba con la luz de la tarde.
—Esta será tu habitación —me dijo Carmen, con esa voz tranquila que parecía haber repetido el discurso muchas veces—. La del señor está al otro extremo del pasillo. No entrarás ahí salvo que él lo pida.
En mi inocencia creí que la tina era de oro de verdad. Me reí sola, por dentro, mientras recorría con la vista cada esquina de aquel lugar que de pronto era mío y a la vez no lo era.
Carmen me señaló un panel junto a la puerta. Tenía una lista de nombres: habitación principal, sala, comedor, biblioteca, jardín. Me explicó que mi tío llevaba siempre un pequeño aparato consigo; al pulsarlo, una luz se encendía en el panel y yo sabría exactamente dónde estaba.
—Si suena una campana melodiosa, te llama a ti —dijo—. Si suena un timbre seco, llama al resto del servicio. Cuando oigas la campana, vas al lugar que marque esta luz. Sin demora.
—¿Y si no llego a tiempo? —pregunté.
—Llegarás a tiempo —respondió, sin amenaza y sin sonrisa. Solo certeza.
Asentí, aunque por dentro me preguntaba en qué clase de mundo me había metido. Hacía apenas unos días yo era otra persona, con otro nombre, otra ropa, otra rutina. Y ahora estaba ahí, descalza sobre un suelo de mármol, escuchando reglas como quien aprende un idioma nuevo. No sentía rechazo. Sentía, más bien, una rendición tibia, casi agradable.
Después me invitó a meterme en la tina, que ya estaba lista con agua tibia y un aroma suave a flores. La sensación me envolvió de inmediato; el calor me subió por las piernas y me aflojó los hombros, que ni sabía que llevaba tensos. Carmen se arrodilló junto al borde y se encargó de consentirme: me lavó el cabello con dedos firmes, me pasó la esponja por la espalda, por los brazos, por cada parte, como si me estuviera puliendo para una vitrina.
—Al señor le repugnan los malos olores —me advirtió mientras enjuagaba—. Te bañarás mínimo dos veces al día. Para eso tienes tu propio baño, ahí.
Señaló una puerta disimulada en la pared, idéntica al muro, junto al tocador. Yo no la había visto siquiera.
—El resto del servicio ya sabe que estás aquí —siguió—. No te preocupes por lo que pase entre tú y él. Nadie dirá una palabra, jamás. Y harán todo lo que pidas, te darán lo que quieras, siempre que el señor no haya ordenado lo contrario.
Lo contrario. Qué expresión tan amplia.
Cuando terminó de limpiarme me pidió salir. Me secó, me envolvió en una bata de mi talla y me puso una toalla en el pelo. En eso tocaron a la puerta. Carmen abrió y entró una mujer joven, muy guapa, que al verme se llevó las manos a la boca emocionada.
—¡Ay, pero qué preciosidad! Dime, ¿tú eres Mariela?
—Ah… sí, soy yo —respondí, todavía sin acostumbrarme a mi nombre nuevo. Cada vez que lo oía sentía un pequeño vértigo, como pisar un escalón que no estaba.
—Mucho gusto, soy Daniela, tu estilista y maquilladora personal. Salvo cuando el señor diga cómo quiere verte, tú eliges cómo te arreglo. Por ahora, vamos a prepararte para tu cita con él.
Era demasiado que procesar, pero no se me ocurrió negarme. Daniela me sentó frente al tocador y empezó por secar y peinar mi cabello.
—No te preocupes por el largo —dijo, trabajando con rapidez—. Crecerá, y entonces te haré peinados de verdad.
Me peinó con un estilo anticuado, de otra década, y luego pasó al maquillaje. Sentí las brochas recorrer mi cara, los toques suaves bajo los ojos, el delineado.
—Este maquillaje no se corre con las lágrimas, y cuesta mucho quitarlo con las manos —comentó, como al pasar.
No entendí a qué se refería. Lo entendería más tarde.
Me pintó las uñas de las manos y de los pies de un rojo intenso.
—Para empezar está bien. La próxima vez traigo el equipo completo de manicura.
Por último me tomó las orejas y, con una precisión casi quirúrgica, me perforó los lóbulos y me colocó unos aretes pequeños. Después, un collar fino con un dije en forma de mariposa.
—Mírate —dijo, girando el espejo hacia mí.
Me quedé sin aire. Era como verme por primera vez. La persona del reflejo tenía mis ojos, pero todo lo demás era nuevo, suave, deseable. Giré apenas la cabeza, como me habían enseñado, y el mechón cayó justo donde debía. Me enamoré de mí misma en ese instante, y no me dio vergüenza admitirlo.
—¿Ves? —dijo Daniela, apoyando las manos en mis hombros desde atrás—. Esto apenas es el principio. Espera a que tengas el guardarropa completo. Vas a olvidar que alguna vez fuiste otra cosa.
No supe qué responder. Me limité a mirar el reflejo un rato más, buscando en él los restos de quien había sido y sin encontrarlos del todo. Una parte de mí los echaba de menos. Otra, más grande de lo que esperaba, los dejaba ir sin lucha.
Carmen y Daniela pasaron el rato siguiente enseñándome a moverme: cómo apoyar el peso, cómo girar el cuello, cómo bajar la voz hasta volverla un susurro tibio. Practicaba caminar de un lado a otro de la habitación mientras ellas corregían cada gesto con paciencia.
—Ya es hora —anunció Carmen al fin—. Hay que ir a la habitación del señor para prepararte.
Me despedí de Daniela con un beso al aire y seguí a Carmen por el pasillo. Todo el camino repetí en silencio la forma de andar que me habían enseñado, sintiendo cómo las baldosas frías me devolvían cada paso.
***
La habitación de mi tío era mucho más grande que la mía, pero distinta. No estaba pensada para dormir. Tardé en comprenderlo, pero esa primera noche ya lo intuí en el aire.
—No te asustes —dijo Carmen—. Todo lo que haga es por orden suya.
La dejé hacer. Me llevó al centro de un círculo marcado en el suelo, rodeado de cinco postes bajos. Me pidió que me arrodillara. Luego tomó mis muñecas con delicadeza y las ató a dos de los postes, dejándome estirada hacia adelante, ofrecida. Antes de irse, me abrió la bata y la deslizó por mis hombros hasta dejarla caer atrás, atrapada por las cuerdas. Quedé desnuda, arrodillada, con las tetas expuestas y la espalda arqueada por la tensión de las muñecas atadas.
—Él llegará en un momento —dijo. Y se fue.
No la vi marcharse, porque la puerta quedaba a mi espalda. Me quedé mirando el ventanal, mi propio reflejo difuso en el cristal oscuro, el corazón golpeándome el pecho. No era miedo del todo. Era algo más raro, más caliente, una mezcla de nervios y curiosidad que no sabía nombrar. Los pezones se me habían puesto duros de solo estar así, y entre las piernas sentía una humedad tibia que me avergonzaba y me gustaba al mismo tiempo.
No tardó. Escuché sus pasos, lentos, seguros. Cuando rodeó el círculo y se puso frente a mí, comprendí por qué la habitación no era para dormir. Estaba desnudo y excitado, sin pudor alguno, mirándome como quien examina algo que ha esperado mucho tiempo. La verga la tenía tiesa, gruesa, apuntándome a la cara, y a esa distancia parecía enorme. La punta le brillaba con una gota espesa que le colgaba, y el olor a hombre me llegó de golpe, salado y caliente.
—Vas a ser una buena chica —dijo con voz grave—. Abre la boca y relájate.
Y supe, de algún modo, lo que iba a pasar.
Abrí la boca. Él vertió en ella algo dulce, espeso como miel, una buena cantidad que me llenó la lengua. Tragué una parte; el resto me bajó tibio por la garganta. Entonces se acercó y me pasó la punta de la polla por los labios, untándomelos, restregándomela por la mejilla y por el mentón, marcándome como se marca un territorio.
—Toma aire y aguanta todo lo que puedas —murmuró—. Lo demás déjamelo a mí.
Obedecí. Llené el pecho de aire y lo retuve. Me metió la verga de una vez, hasta el fondo, y sentí el golpe seco en la garganta, la carne caliente empujándome más allá de donde yo creía que cabía. Siempre se me dio bien nadar, aguantar la respiración largos ratos bajo el agua, y esa habilidad de niña me sirvió ahora de un modo que jamás habría imaginado. Él comenzó a moverse, hacia adelante y hacia atrás, una vez y otra, con paciencia metódica, agarrándome de la nuca con una mano y del pelo con la otra para clavarme la cara contra su vientre en cada embestida.
Al principio sentí la presión, las ganas de toser, el instinto de echarme atrás. Se me llenaron los ojos de lágrimas y de la boca me caían hilos de baba espesa que me resbalaban por el mentón y me goteaban entre las tetas. Pero el líquido dulce lo hacía todo más suave, y poco a poco mi garganta dejó de resistirse y se abrió para él, tragándose la polla entera cada vez que él empujaba.
—Así, buena chica —jadeaba—. Abre esa garganta. Te la voy a follar hasta que aprendas.
Lo que me sorprendió no fue lo que él hacía. Fue lo que yo sentía. Estaba extasiada. Quería más. Lo miraba desde abajo con una alegría que no reconocía como mía, los ojos llenos de lágrimas por alguna arcada que iba y venía, pero sin que nada me lastimara de verdad. Cada vez que se retiraba un segundo, yo jalaba aire y sacaba la lengua para lamerle los huevos, para chuparle la punta, para volver a ofrecerle la boca abierta. Entre las piernas me chorreaba el coño sin que nadie lo tocara, y yo apretaba los muslos buscando un roce que no llegaba.
Él me la sacó un momento y me abofeteó la mejilla con la verga mojada, plaf, plaf, dejándomela pintada de saliva.
—Mírame —ordenó. Levanté la vista, con la boca abierta y la lengua fuera—. Eres mía. Repítelo.
—Soy suya, señor —dije, con la voz rasposa de tanto tragar.
—Otra vez, con la polla dentro.
Me la volvió a meter hasta el fondo y siguió cogiéndome la boca, más rápido ahora, con golpes secos que me hacían gruñir alrededor de la carne. La piel de sus huevos me golpeaba el mentón en cada embestida, un ruido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación.
—Estoy cerca —dijo, con la respiración rota.
Y lo sentí. La verga se le hinchó todavía más entre mis labios, palpitando. Sacó la polla de golpe y se agarró con la mano, apuntándome. El primer chorro me pegó en la cara, caliente, espeso, cruzándome desde el pómulo hasta la comisura de la boca. El segundo me cayó en la lengua, que yo sostenía afuera como Carmen y Daniela nunca me habían enseñado y sin embargo supe hacer. Los siguientes fueron cayendo entre las tetas, en el cuello, en la barbilla, un calor súbito que se extendió por mi piel. Él gimió, ronco, sostenido, exprimiéndose la última gota contra mis labios, obligándome a limpiarle la punta con la lengua.
Después salió y me dejó respirar. Estaba exhausta, la cabeza me latía un poco, el pelo se me pegaba a la frente, la cara hecha un desastre de semen, baba y lágrimas negras que el maquillaje, contra todo pronóstico, sí había dejado correr un poco. Pero por dentro flotaba. Sentía el coño empapado, latiéndome, y una gratitud absurda por haber sido usada así.
Retrocedió un paso y me observó, recuperando el aliento, mientras se limpiaba la polla todavía dura contra mi mejilla.
—Escucha bien, porque solo lo diré una vez —dijo—. Cuando te dé una palmada, dejarás lo que estés haciendo y me atenderás con la boca hasta que termine. Si te doy dos, lo harás con las manos. ¿Ha quedado claro?
—Sí, señor —respondí. La palabra salió sola, suave, encajando en mi boca como si llevara tiempo esperándola.
—Bien. Hoy no tendrás placer —continuó—. Debes reservarte para mañana. Saldrás con Carmen y con Daniela y comprarás todo tu guardarropa, y un vestido para la noche. Tengo una cena de gala con gente importante, y serás mi acompañante.
Hizo una pausa, midiéndome con la mirada, deteniéndose en el semen que me colgaba de la barbilla y me goteaba entre las tetas.
—Y después de la cena —añadió—, terminaremos de convertirte en una mujer. Ese coño que estás mojando ahí en el suelo será mío también.
No dije nada. No hacía falta. La idea me recorrió entera, mitad vértigo, mitad deseo, y me apreté los muslos con más fuerza sin poder evitarlo.
Me desató con cuidado y llamó a Carmen para que me bañara otra vez. El segundo baño fue tan tibio, tan largo, que me quedé dormida en la tina dorada con la cabeza apoyada en el borde, mientras las manos de Carmen me limpiaban con esponja cada resto de él, de mi cara, de mi pecho, de entre las piernas donde yo misma me había mojado sin permiso. Carmen me despertó con suavidad y me llevó a la cama, que para entonces ya tenía sábanas frescas.
—Descansa, Mariela —me dijo, apagando la luz—. Mañana empieza de verdad.
Me acurruqué entre las sábanas, todavía con el sabor dulce y salado en la lengua y el aroma a flores en la piel. Mi vida nueva acababa de empezar, y lo había hecho de la forma más intensa que podía imaginar. Cerré los ojos pensando en el vestido del día siguiente, en la cena, en la promesa que él había dejado flotando en el aire como una campana que aún no terminaba de sonar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me dormí sonriendo.





