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Relatos Ardientes

En la cabina del ciber por fin fui Antonella

La mañana siguiente a aquella fiesta en el campus desperté con la cabeza convertida en un torbellino. Me dolía por el alcohol, me ardía el cuerpo y, sobre todo, me sentía rara: culpable y excitada al mismo tiempo, con mil emociones peleándose por un mismo centímetro de piel.

Después de tanto fantasear, me había entregado a dos desconocidos en la primera oportunidad que tuve. De eso no me arrepentía. Lo que me tenía mal era haber sido tan imprudente, haberme dejado llevar sin pensar en nada, sin protección, sin freno. Todavía sentía el semen seco pegado entre las nalgas, el ardor en el culo de haber sido follada por dos pollas seguidas, la garganta áspera de tanto mamar. Cada vez que me movía en la cama, mi coño palpitaba pidiendo más.

Tuve que esperar algunas semanas para hacerme los análisis. Las pasé encerrada en mi departamento, sola con mis juguetes y mi ansiedad. Me la pasaba con el consolador metido hasta el fondo del culo, masturbándome la polla dura pensando en aquellos dos tipos, en cómo me habían usado, en cómo me habían llenado de leche. Por suerte salió todo limpio, pero para entonces ya tenía encima una pila de exámenes de la facultad para los que no había estudiado absolutamente nada.

La universidad me devoró. Mis notas fueron un desastre, y la primera ronda de parciales me dejó desanimada. Estudiaba arquitectura porque me gustaba dibujar, pero la verdad era que cada vez le dedicaba menos tiempo. Pensando en desestresarme, terminé las noches viendo anuncios en el teléfono, perfiles de aplicaciones, videos a oscuras con el sonido apenas audible.

Me encogía en la silla, revisando por quinta vez los mismos avisos. Cibers con privacidad. Cabinas reservadas. Chat anónimo. El miedo me hacía morder el labio, pero la necesidad pesaba más. No había tenido nada desde la fiesta, y los juguetes ya no me alcanzaban.

Además, necesitaba olvidar. Olvidar el resultado de esos análisis que tanto me habían asustado. Olvidar el estrés de los trabajos. Olvidar que no me quedaba un peso desde que se atrasó la beca.

Necesito una verga de verdad metida hasta el fondo. Necesito sentir algo que no sea esta angustia.

Y me animé. Me puse ropa de chico encima, guardé en la mochila unos tacos, una peluca, una falda y unos preservativos, y salí sin pensar en otra cosa que no fuera el placer.

***

El local estaba en el subsuelo de un edificio viejo, en pleno centro de Rosario, con luces tan tenues que apenas dibujaban los pasillos. El chico de la recepción ni siquiera levantó la mirada cuando pagué la hora.

—Cabina cinco —murmuró, deslizando una llave sobre el mostrador.

El cuarto era estrecho: una silla, una computadora vieja y un banquito. En una de las paredes había una ventanilla rectangular cubierta por una cortina negra. Sin cámaras. Sin nombres. Solo esa abertura y el zumbido del tubo fluorescente.

Entré al baño contiguo y me transformé deprisa. Me saqué la ropa de hombre, me ajusté la peluca, me calcé los tacos y me pinté los labios con un rojo intenso. Cuando me miré en el espejo manchado, ya no estaba ese estudiante asustado. Estaba ella. Estaba yo.

Volví a la cabina, cerré con pestillo y me senté. Apenas toqué el teclado, el monitor parpadeó con un mensaje.

—«¿Qué ofreces?» —decía la pantalla.

Mis dedos temblaron antes de escribir.

—«Boca. Culo con preservativo. Pasiva.»

Hubo una pausa larga. Después apareció la respuesta.

—«Por la ventanilla. Golpea la pared así sé dónde estás.»

Un golpe seco contra el tabique me hizo estremecer. Me arrodillé sobre el banquito, deslicé la cortina con dos dedos y vi una sombra del otro lado. Nada más. Una silueta y, en el centro de la abertura, una polla gorda ya empalmada, con las venas marcadas y el glande brillante de líquido preseminal.

No era enorme ni perfecta. Pero olía a jabón barato y a deseo crudo, y eso era exactamente lo que yo había ido a buscar.

La agarré con la mano y la sentí latir contra mi palma, caliente, dura como una piedra envuelta en piel. La lamí primero despacio, desde la base hasta la punta, recogiendo con la lengua esa gota espesa que le brotaba del agujerito. El sabor salado me estalló en la boca y sentí cómo se me humedecía la entrepierna. Le di vuelta con la lengua alrededor del glande, chupándolo como si fuera un caramelo, y él soltó un gemido ahogado del otro lado.

Después abrí grande la boca y me la tragué entera, hasta el fondo de la garganta, dejando que los pelos ásperos de su ingle me raspasen los labios pintados. Me atraganté, me cayó la saliva por el mentón, pero no la solté. La saqué solo para respirar y volver a metérmela, esta vez más rápido, con la lengua apretada contra la parte de abajo, mientras mis uñas pintadas arañaban la pared. La madera tenía pequeñas marcas, como si otras bocas hubieran mamado ahí antes que yo.

—«Más fuerte» —escribió, y golpeó otra vez el tabique.

Y obedecí. Se la mamé como una desesperada, con las dos manos en la base, masturbándolo mientras la chupaba, ahogándome adrede para que el fondo de mi garganta lo apretara. La escupí, la lamí por los costados, le chupé los huevos con hambre, uno por uno, sintiéndolos pesados y llenos de leche contra mi lengua. Después volví a tragarla, esta vez hasta que la nariz me tocó la pared, y me quedé ahí, con la polla clavada en la garganta, sintiendo cómo latía. Escuché el gruñido ronco que llegaba ahogado desde el otro lado. Era anónimo, era feo, y aun así me mojé como una perra en celo. Me gustaba justamente eso: que no me viera la cara, que no le importara mi nombre, que solo le importara mi boca de puta.

El segundo golpe contra la pared fue más impaciente. Era el momento del premio.

Me puse de espaldas a la ventanilla y me levanté la falda corta, roja como mis uñas. Me bajé la tanga hasta las rodillas, me chupé dos dedos y me los metí en el culo, abriéndomelo, preparándomelo para él. Sentí mi propio agujero contraerse alrededor de mis dedos y gemí. Después saqué el preservativo, lo abrí con los dientes y lo desenrollé sobre esa verga que asomaba temblando. La escupí para lubricarla mejor, la acomodé contra mi culo y empujé hacia atrás con las piernas firmes sobre los tacos.

Él no fue gentil.

Un empujón áspero y sentí cómo su polla me abría el culo de un solo envión, hasta el fondo, hasta que mi trasero chocó contra el tabique. Grité. Me ardió, me quemó, sentí que me partía, y mis dedos se clavaron en el borde del banquito con tanta fuerza que se me pusieron blancos los nudillos. Era distinta a la polla de Damián, el chico de la fiesta; más gruesa, más brutal, más animal. Empezó a follarme sin piedad, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar hasta los huevos, una y otra vez, haciendo temblar la pared entera de la cabina.

—Gemí, puta —murmuró una voz ronca desde la cabina de al lado, como si me espiara a través del tabique.

Y lo hice. Gemí sin pudor, chillé como una perra cada vez que me embestía, moví el culo hacia atrás para recibirlo más profundo, busqué el ángulo que me hacía temblar la próstata. Mi propia polla saltaba dura entre mis piernas, goteando sobre el banquito sin que nadie la tocara. Me metí una mano y empecé a masturbarme al ritmo de sus estocadas, sintiendo cómo cada embestida me hacía chorrear más líquido.

—Dame más, hijo de puta, rompeme el culo —jadeé contra la pared, sin reconocerme la voz.

Él aceleró, gruñendo, agarrándome de las caderas a través de la ventanilla, clavándome los dedos en la carne. Los huevos le golpeaban contra las nalgas con un chasquido húmedo cada vez que me la enterraba entera. Me corrí así, con la polla ajena martillándome el culo y la mía disparando chorros gruesos de semen contra la pared fría, con el plástico del preservativo crujiendo entre cada embestida y la frente apoyada contra la madera manchada. Apreté el culo alrededor de él, lo ordeñé con las paredes de mi agujero, y lo sentí explotar segundos después, llenando el preservativo dentro de mí con espasmos que me llegaron hasta el estómago.

Cuando él terminó, sacó la verga de golpe y la cabina quedó en silencio. Ni un gracias, ni un adiós. Solo la cortina cayendo de nuevo sobre la ventanilla vacía, y mi culo abierto todavía palpitando, goteando lubricante por los muslos.

Recogí mi bolso, me acomodé la peluca húmeda de sudor y salí. Había sido impersonal. Sucio. Anónimo. Y, sin embargo, caminé hacia la salida con la espalda más recta que nunca.

Ese día entró un estudiante temeroso a ese ciber, pero salió Antonella, orgullosa de ser ella misma.

Y Antonella iba a volver.

***

Aquella noche me costó dormir. Mil cosas daban vueltas en mi cabeza: la facultad, el alquiler, mis nuevas aventuras, la forma de salir adelante con todo eso a la vez. Me gustaba estudiar, pero ya no me reconocía en esa vida. Antonella, en cambio, se apoderaba de mí un poco más cada día. Prefería quedarme en el departamento siendo ella, frente al espejo, antes que ir a clase.

Lo decidí después de muchas vueltas. A pesar de tener tan poca experiencia, iba a volver al ciber al día siguiente; pero esta vez empezaría a cobrar, lo que fuera. Me daba miedo y ansiedad, y me excitaba de solo imaginarlo. La universidad seguiría, sí, pero con otro enfoque. La que iría más seguido sería ella, a divertirse y a conocer hombres.

Me propuse ahorrar, buscar un lugar más barato y, algún día, poder ser Antonella a tiempo completo. Esa idea, por primera vez, no me asustó. Me dio una calma extraña, como cuando por fin admites en voz alta algo que sabías desde siempre.

***

La luz fluorescente parpadeaba sobre las cabinas la tarde de mi primer día cobrando. Me ajusté la mochila al hombro y respiré hondo antes de bajar la escalera. El lugar seguía oliendo a cloro barato y a sudor rancio, pero ya no me daba asco; me daba una especie de vértigo conocido.

Llevaba apretado en el bolsillo de la campera un short de lycra negro. Solo necesitaba unos minutos en el baño para transformarme: sacarme la ropa de hombre, ponerme la tanga de encaje que había comprado, pintarme la boca con ese labial que me había costado una semana de antojos. Con suerte, nadie notaría lo tembloroso de mis manos.

El baño estaba vacío. Me encerré en el último cubículo y me cambié rápido. Cuando salí, ya no era una estudiante sin un peso. Era otra cosa, algo que yo misma estaba inventando en ese instante, frente a un espejo rajado y bajo una luz que zumbaba.

***

El primer hombre llegó enseguida, como si ya me hubiera visto antes. Pantalón de vestir, camisa arrugada, olor a cigarrillo y a café frío.

—¿Cuánto, chiquita? —gruñó, recorriéndome con la mirada.

—Cinco por oral, diez con lo demás —dije, intentando que no se notara cuánto me temblaba la voz.

—¿Qué te crees, princesa? Acá todas cobran tres.

Me mordí el labio. Esto es peor de lo que imaginé.

—Bueno… tres entonces —murmuré.

Se rió por lo bajo, me hundió la mano en el pelo de la peluca y me empujó de rodillas contra su cuerpo sin más trámite. Olía a alcohol y a calor. Cuando le bajé el cierre y le saqué la polla, ya estaba dura, gorda, con el glande morado asomando entre el prepucio. Me la metió en la boca de una sola vez, sin avisar, hasta el fondo de la garganta, y me tuvo ahí, ahogándome, con las lágrimas nublándome los ojos y la nariz aplastada contra su pantalón.

—Chupá, puta, para eso te pago —gruñó, agarrándome la peluca con las dos manos.

Y empezó a follarme la boca a su ritmo, sin darme respiro. Me la sacaba solo un segundo para dejarme respirar y me la volvía a enterrar hasta las bolas, haciendo que la punta me golpeara el fondo de la garganta. Me chorreaba la saliva por el mentón, se me corría el labial pintado, se me caían los mocos, pero él no paraba. Escuchaba los ruidos obscenos de su verga entrando y saliendo de mi boca, del glup glup de mi garganta apretándolo. No me miró la cara ni una vez. Usó mi boca como si fuera un hueco tibio, hasta que soltó un gruñido, hundió su polla hasta el fondo y me llenó la garganta de leche caliente y espesa. Sentí cada chorro golpeándome la campanilla y tragué todo, porque no me quedaba otra. Cuando la sacó, todavía le brotaba semen, y me lo restregó por la boca y la cara antes de guardársela.

Dejó unos billetes sobre el escritorio y se fue sin darse vuelta.

Me quedé un momento de rodillas, con la boca llena del sabor amargo de su leche, contando el dinero, sintiendo el corazón golpeándome en las costillas. Ya está. Ya cobré.

***

El siguiente era corpulento, sudoroso, con una alianza de casado brillando bajo la luz tenue.

—Cinco y te tragas todo —gruñó.

—Siete —pedí, aprendiendo el oficio sobre la marcha.

Me agarró de la nuca con fuerza.

—Siete, pero te la meto bien.

No me dejó responder. Me dio vuelta contra la pared, me bajó el short y la tanga de un tirón hasta las rodillas, y me abrió las nalgas con las dos manos. Escupió sobre mi agujero y me lo frotó con el pulgar, hundiéndomelo hasta la falange. Me clavó primero un dedo, después dos, sin cuidado, con dedos apurados y ásperos que me arañaban por dentro. El dolor me hizo apretar los puños, pero aguanté, respirando hondo por la nariz. Sentí cómo se ponía el preservativo detrás de mí, cómo lo estiraba sobre una polla que sonaba enorme por el chasquido de la goma.

Entonces me la clavó de una. Todo entero, hasta que sus huevos gordos me golpearon contra el perineo, y grité contra la pared. Me tapó la boca con una mano llena de sudor y empezó a embestirme sin ritmo, puro instinto de macho apurado, agarrándome de la cintura con la otra mano para clavármela más al fondo. Escuchaba cómo su panza chocaba contra mis nalgas, un chasquido húmedo y grasiento, cada vez más rápido.

—Qué culo apretado tenés, putita —jadeaba pegado a mi oreja—. Te voy a llenar entero.

Sentí mi propia polla endurecerse contra la pared, atrapada dolorosamente contra la madera. Él se movía cada vez más brusco, rompiéndome desde adentro, hasta que soltó un gemido grave, me hundió los dedos en la carne de las caderas y se corrió con espasmos violentos que sentí latir dentro del preservativo. Me la dejó adentro un rato, respirando pesado sobre mi cuello, antes de sacarla de un tirón que me hizo cerrar los ojos.

Cuando terminó, me tiró unos billetes arrugados sobre el banquito.

—Gracias —susurré, con el culo dilatado goteando lubricante por los muslos, aunque sentía las lágrimas picándome los ojos. No de pena, exactamente. De algo más confuso que todavía no sabía nombrar.

***

El tercero no disimulaba nada. Entró con paso pesado, gruñendo algo entre dientes.

—Dame el culo —ordenó.

—Son diez… —empecé, pero ya me estaba dando vuelta él mismo.

—Callate y aguantá.

Nada de palabras suaves. Solo manos ásperas abriéndome las nalgas, un escupitajo grueso cayendo directo en mi agujero todavía dilatado, y el chasquido de goma del preservativo desenrollándose. No le importó nada más que su propio apuro. Me la clavó hasta el fondo de un envión y empezó a follarme como una bestia, agarrándome del cuello con una mano y de la cadera con la otra, haciéndome doblar el espinazo contra el banquito.

—Mirá cómo se te abre el culo, puta de mierda —gruñía con la boca pegada a mi nuca—. Te gusta que te la claven, ¿verdad? Contestá, puta.

—Sí… sí me gusta —jadeé, con los ojos en blanco.

—Decilo bien. Decí que sos una puta a la que le encanta que le rompan el culo por unos pesos.

—Soy una puta… me encanta que me rompan el culo…

Me dijo cosas que no quería escuchar, y aun así una parte de mí —la que había ido a buscar justamente eso— lo recibió con hambre. Me la enterraba con embestidas violentas que sacudían todo el tabique, me tironeaba de la peluca, me apretaba el cuello. Mi polla rebotaba dura contra mi vientre, y cuando me metió tres dedos en la boca para que se los chupara, me corrí sin tocarme, disparando chorros espesos sobre el banquito. Mi culo se apretó alrededor de él en espasmos y eso lo terminó de volver loco. Bramó como un animal, me la clavó hasta lo más profundo y se descargó en tres embestidas finales que casi me tiran contra la pared.

Cuando me dejó, me temblaban las piernas. Me sacó la polla de un tirón, se quitó el preservativo lleno y me lo tiró sobre la espalda antes de subirse el pantalón. Tiró un billete grande cerca de mi cabeza y se fue sin esperar a que me levantara.

Una vez cerrada la puerta, me limpié con un papel áspero el semen y el sudor, sentí mi propio culo abierto, latiendo, tan dilatado que casi no se cerraba. Conté todo el dinero: bastante más de lo que ganaba en una semana entera de cualquier otro trabajo, en menos de una hora.

Me dolía el cuerpo, me ardía la garganta, me ardía el culo y la cabeza me gritaba mil cosas a la vez. Pero en el espejo del baño, antes de volver a vestirme de hombre, Antonella me devolvió la mirada y sonrió. Una sonrisa rara, cansada, pero entera.

Por primera vez había ganado algo siendo ella. No solo el dinero. Algo más difícil de explicar: la certeza de que esa mujer del espejo era más real que el chico que volvía a meterse dentro de la ropa ancha.

Me guardé la tanga manchada en la mochila, me até las zapatillas y subí la escalera hacia la calle, donde la noche ya empezaba a encenderse de luces.

—Mañana vuelvo —le prometí en voz baja al reflejo, antes de apagar la luz del baño.

Y esta vez no me daba miedo cumplirlo.

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Comentarios(4)

MirandaRl

me dejo sin palabras... que historia tan intensa!!

SoledadN22

por favor continua, quede con ganas de saber que paso despues

PatricioRs

excelente. 10/10 sin dudas

LectorDeNoche7

me hizo pensar en esos momentos donde uno se descubre siendo alguien diferente. muy bien narrado

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