El deseo que pedí en la fiesta me transformó en mujer
La oficina apestaba a cerveza tibia y a plástico recalentado. Era la noche de Halloween y el piso entero se había convertido en una fiesta de disfraces improvisados: luces de colores sobre máscaras de último momento, gente bebiendo de más y riendo con una alegría ensayada. Damián Roldán, cuarenta y ocho años, cruzaba el salón como un fantasma en su propia casa, una copa en la mano que solo servía para fingir que tenía algo que hacer. Nadie lo miraba. Era parte del decorado.
Sobre una mesa apartada, junto a una caja de donaciones para una causa que ya nadie recordaba, descansaba una lámpara de latón vieja y opaca. Una etiqueta escrita a mano decía una sola palabra: «Sorpresa». Aburrido, sin nada mejor que hacer, se acercó y la tomó. El metal estaba tibio bajo sus dedos, un calor que no cuadraba con el frío del aire acondicionado. Sin pensarlo demasiado, se la guardó bajo el brazo y huyó del ruido hacia un pequeño cuarto de utilería, cerrando la puerta a su espalda.
En la penumbra solo se oía su respiración y el eco amortiguado de la música. Se sintió ridículo, un hombre de su edad jugando con un trasto viejo, pero aun así la frotó con la manga de la camisa, un gesto nacido del puro absurdo. No esperaba nada. Una vez. Otra vez.
Un humo denso y rosado, con un olor intenso a vainilla dulce, brotó de la boquilla y llenó el cuarto. Sonó una campanilla, clara y nítida, y del remolino surgió una figura imposible. Curvas exageradas hasta la caricatura: un pecho enorme apretado en un top de vinilo brillante, una cintura imposiblemente estrecha, caderas anchas que la obligaban a una pose de provocación. La piel parecía pulida. Los ojos, grandes y maquillados, lo clavaron con una intensidad que lo desarmó.
—¡Ji, ji! Soy Lila, la genio bimbo —exclamó con una voz chillona y dulce, de muñeca de juguete.
Damián se quedó congelado, la boca abierta. ¿Me pusieron algo en el trago? ¿Es una broma de los de sistemas? No conseguía apartar la mirada de esa criatura imposible.
Lila se deslizó alrededor de él, sus tacones haciendo un suave «clic, clic», la cabeza ladeada, los ojos recorriendo cada centímetro de su camisa aburrida. Se detuvo tan cerca que Damián sentía el calor de su cuerpo y el perfume a vainilla que lo mareaba. La uña larga y roja del índice trazó una línea desde su hombro hasta el nudo de la corbata, y el roce le provocó un escalofrío eléctrico.
—Pero eso lo arreglamos, ¿verdad? —dijo, acercando la cara a la suya, el aliento a chicle de fresa—. Tienes un deseo, cosita gris. Pide algo divertido.
Damián no lograba pensar. Su mente era un lienzo en blanco y la única imagen pintada en él era el cuerpo de Lila. Su deseo no nació de la ambición ni del rencor, sino de algo más viejo y más simple: el anhelo de sentir lo que ella irradiaba, de ser el centro de atención, de ser imposible de pasar por alto.
Con la voz rota, casi un susurro, logró articular la frase.
—Quiero… un cuerpo. Un cuerpo que nadie pueda ignorar.
Lila soltó otra de sus risitas agudas.
—¡Ji, ji! Deseo concedido —dijo, batiendo las pestañas. Y chasqueó los dedos.
***
Un anillo de calor se cerró alrededor de su cuello, como un collar invisible que empezó a arder. No dolía: era una presión profunda, una fiebre que bajó milímetro a milímetro por la espalda y el pecho. Se quedó paralizado, prisionero en su propio cuerpo mientras la transformación lo reclamaba.
Primero, los hombros se le estrecharon. La piel del cuello y del pecho se le alisó, suave y lampiña como porcelana. El calor descendió hasta la cintura y una fuerza invisible la apretó, como un corsé de fuego, mientras las costuras del pantalón protestaban: la pelvis giró y las caderas se le ensancharon de golpe, curvándose en un arco violento.
Los huesos parecieron comprimirse. Una sensación extraña lo obligó a alzarse sobre las puntas de los pies; perdió varios centímetros de estatura y quedó forzado a un equilibrio constante, como si llevara tacones invisibles. Miró sus manos: los dedos se alargaban ante sus ojos y las uñas crecían hasta convertirse en garras perfectas de un rojo brillante. Eran manos de mujer.
Después, el calor se concentró en el pecho. Una presión insoportable creció detrás de cada pezón, no como un crecimiento natural sino como una inflación rápida y artificial. La tela de la camisa se tensó cuando dos montículos firmes se formaron y crecieron hasta volverse esferas altas que desafiaban la gravedad, con los pezones endurecidos en dos puntos ultrasensibles que rozaban por dentro del algodón hasta arrancarle un jadeo sucio.
El último bastión de su antiguo yo empezó a cambiar. Sintió cómo su polla se retraía centímetro a centímetro dentro de la pelvis, los testículos disolviéndose en un cosquilleo caliente, la piel del escroto abriéndose en dos labios gruesos y suaves. No fue doloroso; fue desconcertantemente sensual. El glande, todavía sensible, se ablandó, se hundió y quedó reducido a un clítoris nuevo, palpitante, ya hinchado. Un canal se abrió hacia adentro, húmedo desde el primer segundo, y Damián sintió cómo su coño recién estrenado chorreaba una gota espesa que le resbaló por la cara interna del muslo. Algo nuevo, sensible, que latía con un ritmo propio y le pedía ser tocado.
La transformación se detuvo. Damián jadeaba, el corazón martilleándole entre sus nuevos pechos, las bragas —porque de pronto llevaba bragas bajo el pantalón— empapadas y pegadas al coño hinchado. La cara seguía siendo la suya, la de un hombre de cuarenta y ocho años con el pánico en los ojos, pero del cuello hacia abajo era una muñeca de silicona y deseo. Giró hacia la puerta metálica y su reflejo le devolvió una imagen surrealista: su rostro aterrado coronando una cintura de avispa, caderas anchas y dos tetas enormes que tiraban de los botones hasta el límite.
—No… —susurró—. Esto no… esto no es lo que pedí.
Lila apoyó una mano en su cadera, casual y posesiva.
—¡Claro que sí, cosita tonta! Pediste un cuerpo que nadie pudiera ignorar. ¿Y quién ignora un cuerpo así? ¡Es perfecto! ¡Te hice un favor!
—¡Quiero volver a la normalidad! —gritó, la voz quebrándose en un sollozo—. ¡Este es mi segundo deseo! ¡Devuélveme mi cuerpo!
Lila rio, un sonido agudo y sin la menor empatía.
—¡Ay, no, no, no! Las devoluciones no existen, cosita. La magia no funciona así. Lo que se hace, se queda. ¡Ji, ji!
Mientras hablaba, Damián notó algo extraño. Intentaba mantenerse firme, pero una de sus caderas hizo un pequeño balanceo provocador. Quiso frenarlo y el peso se le desplazó a la otra pierna, arqueando la espalda en una postura que empujaba sus tetas hacia adelante. Su cuerpo tenía guion propio, un guion de pura feminidad. Intentó caminar «como un hombre», pero los pies se negaban a apoyarse planos.
—No… no puedo controlarlo —murmuró—. ¿Cómo voy a salir de aquí? ¿Cómo explico esto en el metro?
***
Sus manos nuevas, como si tuvieran voluntad propia, empezaron a recorrer su cuerpo. Una uña roja trazó la línea de su cintura estrecha y una oleada de sensibilidad le erizó la piel. La mano bajó por la curva de la cadera y siguió descendiendo, temblando, buscando el bulto familiar que había sido el ancla de su identidad. No lo encontró. Los dedos se colaron por debajo del pantalón, apartaron el elástico empapado de las bragas y palparon dos labios gruesos, calientes, resbaladizos. Se le escapó un gemido agudo cuando la yema tropezó con el clítoris hinchado; el cuerpo entero se le sacudió con una descarga que le subió por la columna hasta la nuca. Metió un dedo, apenas un centímetro, y el coño se cerró alrededor con una succión pegajosa que lo hizo sisear. La mano se le quedó ahí, congelada, con el flujo empapándole hasta la muñeca. No era un sueño. Era real. Y él estaba roto.
Se desplomó en el suelo, el frío del metal contra su piel sensible, las lágrimas corriendo por su rostro de hombre, las bragas hechas un charco entre las piernas.
—No puedo vivir así —sollozó—. Por favor… haz que el miedo se vaya. Haz que… lo entienda.
Lila aplaudió con alegría, las uñas largas tintineando.
—¡Ji, ji! ¡Qué deseo tan lindo! ¡Vamos a quitar ese miedo aburrido y a cambiarlo por algo mucho más divertido!
Chasqueó los dedos otra vez. No hubo calor esta vez: el cambio ocurrió dentro del cráneo, un clic seco. El pánico helado que lo paralizaba no desapareció, fue devorado. Una marea de calor pesado lo anegó, borrando el terror y reemplazándolo por una necesidad tan poderosa que lo dobló por dentro.
De repente, el único universo que importaba estaba a quince centímetros de su cara. Sus tetas. Ya no las veía como un error, sino como dos centros de placer que pulsaban con luz propia, llamándolo. Sus manos, antes congeladas, subieron por su vientre tembloroso hasta rozar la base de esas tetas nuevas, y el contacto fue una explosión. Un gemido profundo y animal escapó de su garganta. No era solo placer: era una revelación. Una parte de su mente, la última de Damián, gritaba: ¿Qué haces? ¡Eres un hombre! Pero esa voz era apenas un susurro bajo otra más fuerte, un murmullo de lujuria que nacía de su propio pecho.
Cuando sus dedos encontraron los pezones y los pellizcaron, el mundo se volvió blanco. La espalda se le arqueó, empujando las tetas hacia sus propias manos en un ciclo de autoadoración. Los amasó con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne firme, tirando de los pezones hasta que le dolieron de puro placer. La otra mano volvió sola al coño y esta vez no dudó: dos dedos se metieron hasta el fondo, resbalando en el flujo espeso, y empezó a follarse a sí mismo con un ritmo torpe que se corrigió solo, como si el cuerpo supiera de memoria lo que hacía. El pulgar buscó el clítoris y lo frotó en círculos apretados. Un chorrito de líquido caliente le empapó el antebrazo. Se corrió de golpe, sin aviso, con un grito ahogado, las piernas abiertas de par en par en el suelo del armario, la boca abierta, los ojos en blanco. El coño le apretó los dedos en tres, cuatro contracciones seguidas, y cada una arrancó un gemido nuevo. El miedo se había ido porque no quedaba espacio para él. Solo existía esa hambre febril de sentir más, más rápido, más adentro.
***
El armario se sentía como una tumba. Afuera, la música y los cuerpos eran un buffet de posibilidades que su nuevo ser ansiaba probar. Se puso de pie con los muslos todavía pegajosos, el equilibrio sobre las puntillas ya natural, abrió la puerta y salió a la fiesta.
Los primeros segundos fueron de silencio. La música pareció bajar y todas las miradas se fijaron en él. Vieron al contable gris de siempre, con la cara pálida y la expresión aturdida, pero también vieron su cuerpo embutido en una ropa de oficina que ahora parecía un disfraz provocador: la camisa amenazaba con saltar los botones y los pantalones delataban una silueta imposible, con la costura del pantalón hundida entre los labios del coño, marcando un camel toe grueso que ninguna mirada pudo pasar por alto.
—¡Damián! —exclamó una chica de marketing, rompiendo el hechizo—. ¡Es increíble! ¡Me ganaste el premio al mejor disfraz!
La gente empezó a aplaudir. «¡Bravo!», «¡No sabía que tenías eso!». Lo rodearon admirando la «perfección» de su traje. Damián sonrió, una sonrisa tensa, mientras una voz en su cabeza gritaba: No es un disfraz, idiotas. ¡Es real! ¡Ayúdenme! Pero su cuerpo tenía otros planes. La cadera se le balanceó con un ritmo lento mientras respondía a las felicitaciones, y sintió cómo el coño empapado seguía chorreando dentro de las bragas cada vez que un hombre le miraba las tetas.
Una compañera, Sofía, le tocó el brazo, y el roce en su piel ultrasensible fue una descarga tibia que se extendió hasta el centro de sus tetas, endureciéndole los pezones bajo la tela. No me toques, pensó el viejo Damián. Más, susurró la nueva voz. No se movió, pero su cuerpo se inclinó apenas hacia el toque.
Luego se acercó Esteban, el jefe de ventas, un hombre corpulento que normalmente ni lo saludaba.
—Increíble, Roldán —dijo, con sonrisa de lobo—. Muy convincente. Casi lo creería.
Su mano grande y caliente se posó en la base de su espalda, justo encima de la curva del culo, y el efecto fue devastador: una ola de placer lo recorrió de pies a cabeza, las tetas le latieron robándole el aliento y el coño se contrajo con un espasmo húmedo que le arrancó un gemido pequeño. ¡Lárgate!, aulló la razón. Más bajo, no pares, rogó el resto de su ser. Esteban sintió el temblor, lo interpretó como parte de la actuación y deslizó la mano un par de centímetros hasta apretarle una nalga por encima de la tela. Los dedos se hundieron y Damián se mordió el labio para no gemir en voz alta.
—Te lo tomas muy en serio —susurró al oído, el aliento a whisky, la otra mano rozándole de paso un pezón por encima de la camisa. El pezón, ya duro, saltó bajo el pulgar. Damián sintió cómo se le doblaban las rodillas y cómo un nuevo chorro de flujo le empapaba la entrepierna.
Damián no podía responder. Estaba atrapado entre el horror y el éxtasis, y la resistencia se le desmoronaba, reemplazada por un deseo abrumador de ser tocado, follado, usado.
***
Y entonces lo vio. Apoyado en la barra, apartado del bullicio, estaba Bruno, el jefe de seguridad: hombros anchos como una puerta, barba descuidada, una mirada de depredador que había intimidado a Damián durante años. Su cuerpo se estremeció. No fue una elección, fue una atracción magnética; sus pies lo llevaron hacia la barra mientras la voz de Damián gritaba ¡Él es el peor! ¡Aléjate! y su cuerpo cantaba una canción de sumisión, el coño palpitando a cada paso, los pezones marcados como dos botones bajo la camisa. Se detuvo tan cerca que olía su perfume a cuero. Bruno se giró despacio, los ojos oscuros recorriéndolo de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose sin disimulo en el escote, luego en la marca del camel toe.
—¿Y tú quién eres, muñeca? —preguntó, la voz un gruñido bajo, grava contra grava.
Damián intentó decir su nombre, pero solo le salió un balbuceo. Bruno rio, ronco, y le puso una mano áspera en la cintura. No fue un toque, fue una toma de posesión. Los dedos se hundieron en su piel y el universo de Damián explotó. El último muro de su resistencia se deshizo en polvo.
El miedo, la vergüenza, la identidad entera: todo quedó aniquilado por una ola de placer que lo dejó sin aliento. Su cuerpo se ablandó contra el de Bruno, una rendición total. La cabeza se le fue hacia atrás, exponiendo el cuello, y un gemido largo escapó de sus labios. Sus manos, que podrían haberlo empujado, se aferraron a los brazos macizos buscando más. Sintió cómo el bulto de Bruno crecía duro contra su cadera y, sin poder evitarlo, se restregó despacio contra él, buscando esa polla con el mismo instinto ciego con que un imán busca el otro polo.
—Así está mejor —susurró Bruno, y lo agarró de la muñeca con una fuerza que no admitía discusión.
Lo arrastró hasta una puerta sin marca al fondo de un pasillo: la sala de seguridad, oscura, iluminada por el resplandor azul de una docena de monitores que mostraban la fiesta desde todos los ángulos. En una de las pantallas, Damián se vio a sí mismo minutos antes, moviéndose entre la multitud como otra persona. La puerta se cerró con un chasquido seco.
Bruno lo empujó contra el escritorio, le agarró la camisa con las dos manos y tiró de golpe. Los botones saltaron, rebotaron por el suelo, y las tetas quedaron al aire, altas, perfectas, con los pezones tan duros que dolían. Bruno soltó un gruñido de aprobación y se lanzó sobre ellas: se metió una teta entera en la boca, chupó el pezón con fuerza, lo mordió, lo soltó con un ruido húmedo y pasó a la otra. Damián gimió como no se había oído gemir nunca, agudo, roto, la voz de una mujer en celo. Las manos del hombre le bajaron el pantalón de un tirón y las bragas empapadas con él. Cuando el aire frío de la sala le tocó el coño desnudo, chorreando, Damián gritó de puro placer.
—Mira cómo está esto —gruñó Bruno, pasando dos dedos gruesos entre los labios abiertos. Los dedos entraron sin resistencia, hasta los nudillos, y salieron cubiertos de un flujo espeso que se estiró en un hilo brillante—. Estás empapada, muñeca. Rogándomelo.
Damián asintió sin saber que asentía. Las piernas le fallaron. La rendición no fue una decisión, fue un colapso. Cayó de rodillas sobre el cemento frío. Una parte de él, la última chispa del contable de cuarenta y ocho años, aullaba: ¡Levántate! ¡Corre! Pero sus manos ya se movían, impulsadas por un hambre que no era suya, y con dedos que temblaban pero sabían exactamente qué hacer desabrocharon el cinturón de Bruno, le bajaron la bragueta y le sacaron la polla. Era gruesa, dura, venosa, con un olor macho que le llenó las fosas nasales y le hizo salivar de golpe. Damián se quedó mirándola con la boca entreabierta, hipnotizado.
—Chúpala —ordenó Bruno, agarrándole del pelo—. Y no me mires con esos ojos de virgen, sé lo que sos.
Damián abrió la boca y Bruno le metió la polla entera de una embestida. El glande le golpeó el fondo de la garganta y Damián se atragantó, los ojos llenos de lágrimas, la nariz aplastada contra el vello púbico. Pero en vez de apartarse, gimió alrededor de la verga y empezó a chupar. La lengua se movía sola, envolvía el glande, subía y bajaba por el tronco, salivando, dejando hilos gruesos que le colgaban de la barbilla. Bruno gruñó de placer, agarró con las dos manos la cabeza de Damián y empezó a follarle la boca a su ritmo, empujando hasta el fondo, sacando y volviendo a empujar. Cada estocada le arrancaba un ruido obsceno de la garganta, un «glup, glup» húmedo mezclado con gemidos ahogados. La saliva le corría por el mentón, se le pegaba a las tetas desnudas, le brillaba en los pezones.
—Muy bien, muñeca, muy bien —jadeaba Bruno—. Nacida para esto.
Damián lo miró desde abajo con los ojos vidriosos y una sonrisa boba alrededor de la polla, y en ese instante algo dentro de él se quebró para siempre. Le acarició los huevos con una mano, chupó con más ganas, y cuando Bruno le sacó la verga de un tirón fue casi con un puchero.
Sin una orden consciente, sus manos subieron a sus propias tetas, se las juntó y las ofreció, empujándolas hacia arriba en dos montículos brillantes de saliva. Bruno entendió la invitación sin palabras y, con un gruñido, se metió la polla entre esas tetas nuevas y empezó a fregársela ahí, bombeando con el culo tenso, la carne pulida resbalando arriba y abajo del tronco. El calor de la polla viva contra la fría perfección de sus tetas, la sensación de ser usado como un objeto para el placer de otro, la humillación mezclada con la excitación, era demasiado. Damián sacaba la lengua cada vez que el glande asomaba por el escote de carne, lo lamía en el aire, mendigando. La mente de Damián se fundió en un caldero hirviente y se evaporó; su rostro, antes lleno de terror, se relajó en una máscara de placer estúpido, y lo único que salía de su boca eran risitas bobas y gemidos.
—Ji, ji… ahhh… sí… más… así, dámelo… —musitaba.
Bruno lo levantó del pelo, lo tumbó boca arriba sobre el escritorio y le abrió las piernas de un manotazo. Le agarró los tobillos, se los subió a los hombros y se hundió en el coño de una sola estocada larga, brutal, hasta la raíz. Damián aulló. El coño se abrió alrededor de la verga, se estiró para acomodarla, y de inmediato empezó a apretarla con espasmos ávidos. Bruno soltó un rugido y empezó a follar sin piedad, los muslos golpeando contra el culo de Damián con un chasquido carnoso y húmedo que llenó la sala. Las tetas rebotaban sin control, marcando el ritmo, chocando contra su barbilla en cada embestida. El escritorio crujía. Los monitores azules iluminaban la escena: en una de las pantallas se veía a sí mismo, patas arriba, gimiendo como una perra bajo el jefe de seguridad, y esa imagen lo hizo apretar todavía más.
—Más… más fuerte… más… —gemía Damián, sin reconocer su propia voz, agudo, meloso, obsceno.
Bruno le agarró las tetas con las dos manos, se las apretó con crueldad y aceleró el ritmo. El coño hacía un ruido pegajoso, un «flap, flap» húmedo que se mezclaba con los gruñidos de él y los chillidos de ella. Damián sintió cómo se le acumulaba el orgasmo en el vientre, un nudo caliente que crecía con cada estocada. Bruno le mordió un pezón, le tiró del otro, le escupió en la cara sin dejar de bombear.
—Córrete, muñeca. Córrete en mi polla.
Y Damián se corrió. Un orgasmo interminable lo recorrió de los pies a la raíz del pelo, la espalda se le arqueó en una convulsión sobre el escritorio, el coño se le cerró como un puño alrededor de la verga en oleadas contracciones que le arrancaron un chorro caliente al glande de Bruno. El hombre aceleró todavía más, gruñendo, y con un rugido sordo sacó la polla justo a tiempo, se agarró la verga y se vació encima. La primera corrida le cayó en la boca abierta, la segunda en la barbilla, la tercera y la cuarta se le derramaron por el cuello y las tetas. Damián sacó la lengua para atrapar lo que pudo, lamiéndose los labios con una sonrisa boba, tragando lo que le entró en la boca, embadurnándose las tetas con lo que le chorreó por el pecho.
Se desplomó sobre el escritorio, temblando, los ojos vidriosos, el semen espeso goteándole de la barbilla al esternón.
Bruno se acomodó la ropa, miró el tembloroso montón de carne y soltó con desdén:
—Buena muñeca. Volveré a jugar contigo.
Y salió, dejándolo solo en la oscuridad, con las piernas todavía abiertas, el coño hinchado y goteando corrida y flujo, mirando cómo la fiesta seguía en las pantallas, como un juguete usado en un rincón.
***
El frío del cemento lo despertó. Se movió y sintió una costra pegajosa en la piel, semen seco entre las tetas, flujo pegoteado en los muslos; el olor a sal y humedad lo golpeó como un recuerdo. Se incorporó con dificultad, el equilibrio sobre las puntillas ya un reflejo. Su cuerpo seguía ahí, ineludible, pero al tocarse la cara seguía siendo la de un hombre pálido y aterrado.
—¡Ji, ji! ¡Buenos días, cosita!
Lila estaba sentada en el escritorio, balanceando las piernas, mirándolo con la satisfacción de una artista frente a su obra maestra.
—¡Mira qué bien te queda! Has actuado de maravilla. Y la mamada, ¡una preciosura!
Damián la miró sin fuerzas para odiar ni para tener miedo. Solo quedaba un vacío agotador: la lucha de ser dos personas a la vez lo había desgarrado y ahora solo quería que terminara.
—Te queda un deseo, mi amor —recordó Lila, acariciándole la mejilla—. Pide algo que te haga feliz.
Por primera vez, sus ojos no suplicaban por su vida antigua. Suplicaban por paz.
—Haz que deje de luchar —susurró, la voz un hilo—. Haz que esto sea fácil. Que mi mente sea como mi cuerpo.
Lila sonrió, ancha y brillante. Era el deseo que había estado esperando.
—¡Ji, ji! ¡El deseo perfecto! ¡Concedido!
Chasqueó los dedos. El cambio fue interno, una niebla rosa que inundó su mente. Los pensamientos sobre hipotecas, informes y soledad se disolvieron como azúcar en agua, reemplazados por ideas simples y agradables: brillo, tacones, maquillaje, el peso de sus tetas, el hambre de polla, el cosquilleo constante en el coño. Sintió un hormigueo en el rostro y, en un monitor apagado, vio cómo sus pómulos se elevaban, sus labios se hinchaban y sus ojos se agrandaban con un brillo vidrioso. El rostro de Damián se desvaneció y en su lugar apareció el de Dana, que ya sabía caminar en tacones, reír con una risita excitante y mover el cuerpo para provocar deseo inmediato. Se levantó del suelo con una gracia desconocida y sonrió a Lila, vacía y feliz.
—Gracias, Lila —dijo, y su voz ya no era la de un hombre, sino un murmullo agudo y meloso.
***
Tres meses después, el «clic-clac» de sus tacones de aguja era la banda sonora de la oficina. Dana caminaba por los pasillos como por una pasarela: una falda lápiz tan ajustada que cada paso era un ejercicio de contención, una blusa de escote profundo, el cabello ahora rubio platino en ondas perfectas. Su trabajo ya no era la contabilidad: su trabajo era ser el adorno de la planta y, cuando alguno de los jefes lo requería, algo más.
Pero su momento favorito del día era cuando Bruno la llamaba. El dueño de su cuerpo. Esa tarde la esperó junto a la fotocopiadora, la tomó de la muñeca sin decir palabra y la arrastró a una sala de reuniones vacía. La sentó sobre la mesa, le arrancó las bragas de un tirón —ya no se molestaba en llevar ropa interior seca— y se plantó entre sus piernas.
—He estado pensando en ti, muñeca —gruñó, hundiendo la cara entre sus muslos.
La lengua de Bruno se estrelló contra su clítoris y Dana gritó, agarrándose al borde de la mesa. La lamió de arriba abajo, la chupó, le metió la lengua en el coño hasta el fondo mientras el pulgar le presionaba el clítoris en círculos. Dana se retorcía sobre la mesa, se abría más las piernas, le agarraba la cabeza y le empujaba la cara contra el coño, pidiendo más con gemidos agudos. Se corrió en su boca en menos de un minuto, echándole el flujo por la barbilla, y Bruno se levantó riendo, con la cara brillante, se bajó los pantalones y se la clavó hasta el fondo.
La folló ahí mismo, encima de la mesa de reuniones, con la puerta sin cerrojo. Dana se agarró de sus hombros, cruzó las piernas alrededor de su cintura y meneó el culo para recibir cada estocada, las tetas fuera de la blusa, rebotando obscenamente. Le mordía el cuello, le mendigaba al oído: «más adentro, más fuerte, dámelo todo, córrete dentro». Bruno la agarró de la nuca, la puso a cuatro patas sobre la mesa y la ensartó por detrás. Cada embestida le arrancaba un grito, cada nalgada le arrancaba una risita boba. Cuando él se corrió dentro con un rugido, Dana se corrió otra vez, apretándole la polla con el coño, sintiendo el chorro caliente inundarla hasta desbordar.
Bruno se retiró, la corrida chorreando entre los muslos de Dana. Ella se dio la vuelta, se dejó caer de rodillas y sin que nadie se lo pidiera se metió la polla sucia en la boca para limpiarla, chupando hasta la última gota, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes.
—Buena muñeca —dijo él, dándole una palmada en la mejilla.
Este era su lugar, su propósito, y no recordaba haber deseado otra cosa.
Esa noche, mientras se desmaquillaba frente al espejo con la corrida de tres hombres distintos secándose todavía en sus tetas, Dana se sonrió a sí misma. Ya no recordaba quién había sido Damián, ni le importaba. Su vida era un paraíso de brillo, tacones, pollas y hombres que la usaban, y por nada del mundo querría volver atrás.





