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Relatos Ardientes

Me vestí de mujer para un fantasma

Nos conocimos como tantos otros: a través de una de aquellas páginas de contactos que ya no existen, primero con mensajes tímidos y después con un intercambio de fotos y vídeos cada vez más subidos de tono. Me escribía a cualquier hora, me describía con pelos y señales todo lo que pensaba hacerme cuando por fin nos viéramos en persona, y yo le seguía el juego encantada.

Conviene que me presente, porque mi caso tiene su miga. Soy un hombre de cuarenta y dos años, entrado en carnes pero con su gracia, que mediante unas cuantas piezas de lencería bien escogidas, una peluca de calidad media y un descaro natural largamente reprimido, se transforma a voluntad en una mujer de formas generosas y muy apetecibles. Cuando me pongo en faena y me convierto en Vanesa, mis tetas naturales y mi culo redondo, blanco y terso han hecho perder la cabeza a más de un hombre.

Él decía ser, o eso afirmaba, un tipo de cincuenta y cinco años bien llevados, alto, atlético, con una buena herramienta entre las piernas y mucho aguante en la cama. Activo, dominante, dispuesto a darme placer y dolor a partes iguales durante todas las horas que yo fuese capaz de soportarlo. Para respaldar tanta promesa me mandó una tanda de fotos que parecían confirmar sus palabras, así que yo ya andaba tirando besos al aire de solo imaginar que aquel hombrón iba a convertirme en una mujercita y a disfrutarme a su antojo.

Quedamos por fin una tarde de jueves en un motel discreto y funcional junto a la carretera nacional, uno de esos sitios donde tantas aventuras tenían lugar en los tiempos anteriores al alquiler por aplicaciones y toda esa milonga. Reservé la habitación, le avisé de que lo esperaba en una hora y me dispuse a prepararme para él con todo el mimo del mundo.

Me vestí con dedicación de artista. Peluca rubio ceniza, de zorra con clase. Un corpiño en tonos malva y negro que realzaba mis pechos y, de paso, permitía acceder a ellos sin estorbos. Medias negras de rejilla sujetas con liga al propio corpiño, que me dibujaban unas piernas de rubia de película en blanco y negro. Un tanga con estampado de tigresa, colocado por encima de las medias para poder quitármelo, o simplemente apartarlo, cuando llegara el momento de la verdad. Y unos mitones de encaje que disimulaban mis antebrazos tatuados y me daban un aire vagamente sofisticado.

Me miré al espejo y no pude contener una sonrisa de pura satisfacción. Me acaricié los muslos, me palmeé las nalgas y me fui poniendo cachonda contemplando mi reflejo, adoptando poses provocativas e imaginando lo que estaba por venir.

—Pero qué buena estás, pedazo de puta —me dije en voz baja.

Me di un par de azotes secos en el culo y observé encantada cómo temblaban mis nalgas. Estaba lista para la acción, y rabiando de ganas de que llegara.

Qué buena estás, y qué polvazo te van a echar…

De ilusiones, dice el refrán, vive el tonto.

***

Más o menos a la hora pactada me llamó. Le di el número de la casilla, le abrí el portón del garaje y lo esperé en la habitación, sentada en el borde de la cama con las piernas cruzadas. Cuando entró y lo vi, se me cayó un poco el alma a los pies. Era bastante más bajo de lo que aparentaba en las fotos, y aparentaba estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Tampoco es que fuera muy agraciado, pero me dije que una vez desnudo seguro que mejoraba la cosa.

No mejoró.

Sin ropa se notaba todavía más que estaba flaco y un poco apagado, y que las fotos de cuerpo entero que me había enviado o eran falsas o tenían unos cuantos años. Aun así, me agarré a una última esperanza: a lo mejor aquel pellejillo tristón crecía hasta convertirse en algo presentable cuando le diera un poco de cariño. Con esa fe me quedé mientras él se metía en el baño a darse una ducha rápida.

Cuando salió, gateé por la cama, le atrapé la polla con la mano y me puse a mamársela. Justo es reconocer que creció hasta un tamaño que, aunque no se correspondía del todo con las fotos, era más que suficiente para cumplir con la tarea. Mi propia verga, que es de naturaleza sociable, empezó a desperezarse para saludar a su congénere, y mis pezones se endurecieron ante la perspectiva de un buen revolcón.

Me incorporé un poco y lo besé, restregando mi cuerpo contra el suyo. No es que besara especialmente bien, pero supuse que lo compensaría con otras cosas, y en parte así fue. Cuando tiré de él para subirlo a la cama, se agachó y empezó a chuparme con un empeño que me sorprendió y una habilidad muy por encima de lo esperado. Me gustaba, claro que me gustaba, pero no pude evitar fijarme con cierta preocupación en un detalle: a medida que la mía se ponía firme, la suya se venía abajo. Para reanimarlo, le propuse un sesenta y nueve.

Lo tumbé de espaldas, me senté prácticamente sobre su cara y me encogí para llegar a su miembro con comodidad. Sentí su lengua tibia recorriéndome, sus manos aferrándose a mis nalgas con avidez. Así me gustaba a mí, de modo que redoblé el esfuerzo y me lo tragué entero hasta la raíz, dejando resbalar sobre él toda la saliva que hiciera falta. Mientras tanto, él había abandonado mi parte delantera, pero no se lo reproché, porque había trasladado su lengua hacia atrás y me regalaba un beso negro muy ensalivado y francamente competente que me hizo estremecer de arriba abajo. Habría querido que aquel momento durara —él entregado a mi trasero, yo entregada a su boca—, pero pronto me ganó una necesidad imperiosa de ser follada de una vez por todas.

—Métemela ya, que estoy muy salida, rey —le pedí.

***

Me levanté para hacerle sitio y me coloqué a cuatro patas, con el culo en todo su esplendor apuntando directamente hacia él. Esperé sentir el roce de su glande contra mi entrada… y no sentí absolutamente nada. Me giré y lo encontré meneándosela con cara de circunstancias, mirándola como quien mira un electrodoméstico estropeado. Me esforcé por mantener el ánimo y volví a comérsela un rato mientras él me sobaba las nalgas. Cuando estuvo a punto, le puse el condón con la boca y me coloqué otra vez en posición. Esperé el asalto… en vano. Empezaba a impacientarme.

—¿Estás bien, cariño? ¿Algún problema?

—Es que el condón me molesta, me aprieta y…

—Sin goma no follo, vida. Ya lo hablamos por mensaje.

—Ya, lo sé, lo sé. Pero estoy sano, eh… estoy sano… es que con el condón no…

Tuvo suerte aquel hombre de que yo sea muy puta y de que llevara un mes entero de sequía, porque si no, lo mando a freír espárragos en aquel mismo instante.

—Venga, va, a pelo —cedí—. Pero cuando vayas a correrte me la sacas y me la echas en la cara, ¿estamos?

—Sí, sí, claro…

Le unté el rabo de lubricante y volví a ponerme a cuatro patas. Esperé notar cómo su miembro desnudo se abría paso dentro de mí… y lo único que noté fue una creciente sensación de hartazgo.

—¿Y ahora qué pasa, guapo?

—Es que en esta postura, como eres muy grande, me cuesta acertar, y entonces…

Entonces me tumbé boca arriba, con una almohada bajo la espalda y las piernas abiertas para ponérselo lo más fácil posible. Tampoco. Me puse de lado, dejándole hueco por detrás, y fue todavía peor. Lo hice tumbarse, se la mamé hasta dejarla bien tiesa y traté de sentarme encima para cabalgarla… pero se vino abajo justo antes de entrar en materia.

La cosa pintaba cada vez más fea.

—¿Qué te ocurre, vida mía? —pregunté ya sin tanta paciencia.

—Bueno, es que… es que… tu cuerpo… no es lo que esperaba… creía que ibas a ser más… menos…

—¿Más… qué? ¿Menos… qué?

—Pues más… femenina… y menos… menos gorda…

Me reí por no soltarle una bofetada. En mi anuncio me describía con total claridad como un chico gordo que se disfraza de mujer y se comporta como una zorra en la intimidad. Mis fotos eran reales, algunas tomadas con la misma ropa exacta que llevaba puesta en aquel preciso momento, y de la semana anterior a la publicación del anuncio.

—¿No te gusto entonces? —insistí.

—Pues… no…

***

Recordé, con un cabreo que iba en aumento, las fotos más falsas que un billete de tres euros que me había enviado, los mensajes amenazándome con destrozarme el culo y follarme durante horas hasta dejarme inservible. Tanto fanfarrón para esto.

—Entonces, ¿no vas a poder?

—No… yo creo que no…

—Pues mira, tú a mí sí me gustas, así que, si no te importa, me vas a echar una mano.

Sin darle tiempo a reaccionar, me senté sobre su cara, esta vez con el ojete plantado firmemente contra su boca y su nariz, obligándolo a respirar a duras penas contra mi trasero. Una cosquilla intensa me subió por el vientre al sentir el roce desesperado de sus labios. Me aparté lo justo para que no se asfixiara y volví a la carga, con menos violencia pero sin dejarle más salida que comerse mi culo si quería recuperar el aire.

—Cómemelo bien, papito. Ayúdame a correrme y nos vamos —le ordené.

A horcajadas sobre su cara, empecé a pelármela despacio. Pareció comprender por fin la situación, porque ya me lamía con más ganas y me amasaba las nalgas con cierto interés. Seguí tocándome mientras disfrutaba de aquella lengua entregada, cerré los ojos y me concentré solo en la sensación de su punta entrando en mí, empapándome, abriéndome cada vez más. Era placentero, sorprendentemente placentero, y aceleré el ritmo.

Me corrí con bastante intensidad sobre su pecho, suspiré largo y me levanté sin prisa, observando de reojo que ahora, milagro de los milagros, su polla sí parecía despierta y apuntando al techo.

Me dispuse a quitarme la peluca y a cambiarme de ropa.

—Oye, pero ahora me toca a mí… una mamada por lo menos —protestó.

—Tranquilo, cariño, no te molestes —le contesté mientras me soltaba la liga—. Total, no te gusto, no vas a poder.

Lo dejé con las ganas y sin despedirme siquiera. No fue, ni de lejos, lo que había esperado de aquella tarde, pero podríamos decir que viví una experiencia de carácter sobrenatural.

Nunca antes, hasta aquel jueves junto a la carretera, me había acostado con un fantasma.

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Comentarios(4)

Pili_NDF

que relato... me dejó con el corazon en la mano. No lo esperaba para nada!!

SantiMDF

Por favor seguí con esto, necesito saber si volvio al final. Me quede con ganas de mas.

RubenMza

Tremendo giro al final, no me lo esperaba jajaja

ViviLect

El excerpt me enganchó de entrada y el relato cumplió. Me gustó mucho como lo contaste, se siente real.

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