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Relatos Ardientes

Mi sobrino descubrió a quién dejaba entrar de noche

Adrián volvió a aparecer en mi casa el martes por la tarde, sin avisar, como hacía siempre. Lo que no esperaba era la sonrisa con la que cruzó el umbral, esa media sonrisa torcida que no había visto nunca en él y que me hizo apretar el pomo de la puerta un segundo más de lo necesario.

—Hola, tita —dijo, y pasó por delante de mí sin esperar a que lo invitara.

—¿Pasa algo? —pregunté, cerrando la puerta a su espalda.

Se giró en mitad del salón y me miró de arriba abajo, despacio, como si me estuviera midiendo. Yo todavía llevaba la bata de seda con la que andaba por casa, y de pronto me sentí desnuda bajo aquella mirada.

—Ayer estuve por aquí —soltó—. Vine a verte y se te escuchaba desde la escalera. Gemías. Y pedías más.

Sentí cómo se me secaba la garganta. No puede ser. No puede haber oído eso.

—¿Ahora me espías? —fue lo único que se me ocurrió decir, y la voz me salió más temblorosa de lo que quería.

—No, tita. Vine a otra cosa. —Dio un paso hacia mí—. Pero ya te estaban dando lo tuyo, así que esperé fuera. Y cuando ese tío se marchó, lo seguí un rato.

Se me heló la sangre. La noche anterior había dejado salir a Rubén por la puerta de atrás, con todo el cuidado del mundo, convencida de que nadie en el barrio sabía nada. Llevaba meses guardando ese secreto como quien guarda un objeto roto en el fondo de un cajón: él, de permiso una vez al mes, llegando de madrugada y marchándose antes del amanecer. Nadie tenía por qué enterarse. Nadie, mucho menos mi sobrino.

—¿Cuánto rato llevas con esto en la cabeza? —pregunté, intentando recuperar algo de control.

—Desde anoche —dijo, encogiéndose de hombros—. No he pensado en otra cosa.

—Te lo estás montando con un preso de permiso —continuó Adrián, saboreando cada palabra—. Eres lo más golfa que se puede ser, tita.

Quise responder, defenderme, inventar cualquier cosa. Pero no me dio tiempo.

—Tú a mí me hablas con respeto —dijo, y la sonrisa desapareció de golpe—. Ponte de rodillas.

***

Debería haberlo echado de casa. Debería haberle dicho que era mi sobrino, que aquello era una locura, que se fuera por donde había venido. En lugar de eso, sentí cómo todo el cuerpo me respondía antes que la cabeza, ese cosquilleo que bajaba por el vientre y me dejaba las piernas blandas.

Me agarró del pelo con una mano y tiró hacia abajo, sin violencia pero sin dejarme alternativa. Me arrodillé sobre la alfombra del salón, frente a él, mirando hacia arriba.

—Eso es —murmuró—. A ver si sabes hacer algo además de gritar de noche.

Se bajó los pantalones y la tela cayó hasta sus tobillos. Lo que vi me dejó sin aire. No voy a fingir lo contrario: se me puso dura al instante, mi cosa pequeña apretada y palpitando bajo la seda, mientras él me empujaba la cabeza hacia delante.

Abrí la boca y lo recibí. Empecé despacio, recorriéndolo con la lengua, sintiendo cómo crecía contra mi paladar. Le acariciaba con las uñas largas mientras pensaba en lo que vendría después, en cómo terminaría aquello.

—Joder, tita —gimió él, echando la cabeza atrás—. Cómo lo haces.

Lo tomé entero, hasta que mi nariz tocó su vientre y lo sentí más allá de donde nada debería llegar. Llevaba años aprendiendo a controlar la respiración, a no apartarme, y aquella noche todo ese aprendizaje trabajaba para él. Me sujetaba la cabeza y movía las caderas, marcando él el ritmo.

—Nadie lo hace como tú —dijo entre dientes—. No pares. Me voy a correr. No quiero que se te escape ni una gota.

No se me escapó nada. Lo sentí descargar directamente en mi garganta, oleada tras oleada, y yo seguí, tragando, sin soltarlo, sintiéndome arder por dentro mientras él temblaba sujeto a mi pelo.

Cuando terminó, no se ablandó. Seguí lamiéndolo, despacio, y él me miraba desde arriba con los ojos entornados.

***

—Ahora ponte a cuatro patas —dijo, recuperando el aliento—. Te lo veo en la cara. Esto es lo que te gusta de verdad.

Tenía razón, y lo peor era que él lo sabía. Me coloqué sobre la alfombra, las manos apoyadas, la bata abierta cayéndome por los hombros. Oí cómo se arrodillaba detrás de mí.

—Cabrón —murmuré, aunque no había reproche en mi voz.

Me dio una palmada en la nalga, y luego otra, el sonido seco rebotando contra las paredes del salón. Me arqueé sin poder evitarlo, levantando las caderas hacia él, pidiéndole sin palabras lo que no me atrevía a decir.

—Mira cómo te ofreces —dijo—. Y eso que eres mi tía.

Entró de una sola vez, y el grito se me escapó antes de que pudiera contenerlo. Me llenó por completo, una presión que me subía por la columna y me cortaba la respiración.

—Me partes —jadeé contra la alfombra—. Adrián, por dios...

—Para eso he venido —respondió, agarrándome de las caderas—. A recordarte quién manda.

Empezó a moverse, primero lento, dejándome sentir cada centímetro, y después más fuerte, hasta que cada embestida me levantaba un poco del suelo. Yo me agarraba a la alfombra, a los flecos, a lo que fuera, mientras él me poseía sin tregua.

La luz de la lámpara del salón nos alcanzaba de refilón y dibujaba nuestras sombras alargadas sobre la pared. Verme así, doblada y entregada bajo mi propio sobrino, debería haberme dado vergüenza. En lugar de eso, me empujaba más alto, hacia un sitio del que ya no quería bajar.

—Así, sobrino —gemí, ya sin vergüenza—. Así, no pares.

Lo que él no sabía era lo que estaba pasando dentro de mí. Cada vez que entraba rozaba ese punto exacto, una y otra vez, y yo sentía cómo crecía algo que no podía controlar. No me había tocado. No hacía falta.

—Me corro —avisé, con la voz quebrada—. Me corro sin tocarme, cabrón...

El orgasmo me llegó en oleadas, mi cuerpo entero sacudido por espasmos mientras un hilo tibio escapaba de mí sin que ninguna mano interviniera. Apreté los ojos y me dejé arrastrar por aquello, temblando de la cabeza a los pies, gimiendo su nombre contra la alfombra.

—Joder, tita, cómo aprietas —gruñó él, clavándome los dedos en la piel—. No aguanto mucho así.

—Aguanta —le pedí, moviendo las caderas contra él—. Todavía no.

***

Me salí de él con cuidado y me giré. Le di unos lametones lentos, mirándolo a los ojos, y vi cómo se le encendía de nuevo la mirada. Lo tomé de la mano y lo llevé al dormitorio, al fondo del pasillo, donde la cama todavía guardaba el recuerdo de la noche anterior.

Lo empujé sobre el colchón y me senté encima de él, dejándome caer despacio hasta clavármelo de nuevo, sin dejar de mirarlo. Desde arriba tenía otro poder, otro control, y quería que lo notara.

—Adri —susurré, usando el nombre con el que lo llamaba de niño—. Mírame.

Él me agarró el pecho con las dos manos, apretando, retorciendo, y yo eché la cabeza atrás. Empecé a moverme sobre sus caderas, subiendo y bajando, marcando yo el ritmo esta vez.

—¿El preso te lo hace así? —preguntó, jadeando—. Cuéntamelo. Quiero saberlo.

—Después —respondí, sin parar—. Ahora no... ahora me vuelvo a correr...

Y así fue. El segundo orgasmo me pilló a mitad de movimiento, más profundo que el primero, una corriente que me recorría entera. Me derrumbé un poco hacia delante, las manos apoyadas en su pecho, sin dejar de moverme sobre él.

—Toma —gruñó él de pronto, clavándome las caderas desde abajo—. Toma todo, golfa, que yo también me corro.

Lo sentí llenarme por dentro, caliente, mientras él se vaciaba con un gemido largo y ronco. Y, en algún rincón perdido de la cabeza, pensé en que aquello se mezclaría con lo que Rubén había dejado la noche anterior, y esa idea me empujó a un tercer temblor, o quizá era el segundo que no había terminado de irse.

—Por dios —susurré, dejándome caer sobre su pecho—. Qué bueno. Qué barbaridad.

***

Nos quedamos así un rato largo, los dos agotados, su pecho subiendo y bajando bajo mi mejilla. Yo sentía cómo todo se deslizaba por mis muslos y empapaba las sábanas, y no me importaba lo más mínimo. No podía moverme. No quería.

Él me acariciaba el pelo, despacio, en silencio, como si la tormenta de hacía un momento no hubiera existido. Era extraño aquel cambio, pasar de la dureza a esa ternura tonta de después.

—Me vas a matar —murmuré contra su piel—. A polvos. Te lo juro.

—Tita —respondió él, con una risa cansada en la voz—. Tú eres capaz de acabar con todos los tíos de la ciudad. Me dejas hecho polvo.

Levanté la cabeza y lo miré. Tenía los ojos cerrados, una sonrisa floja en los labios, y por un instante volví a ver al niño que se quedaba a dormir en mi casa los fines de semana. Aparté la idea de un manotazo mental. Eso ya no servía de nada.

—No le vas a contar a nadie lo del preso —dije, no como una pregunta.

—No —contestó él, abriendo un ojo—. Pero voy a volver. Y la próxima vez no quiero esperar fuera escuchándote en la escalera.

Me reí, a pesar de todo, y volví a apoyar la cabeza sobre su pecho. Fuera ya había anochecido, y la casa estaba en silencio, ese silencio espeso que se queda después de algo así.

—Trato hecho —dije.

Y supe, mientras él me rodeaba con el brazo y yo cerraba los ojos, que aquello acababa de empezar, y que ya no había forma de volver atrás.

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Comentarios (6)

Mateo_BA

no lo pude soltar hasta el final, que historia mas intensa!! muy bien narrado

Vale_2024

Por favor una segunda parte!!! justo cuando se ponia bueno corto

CarlosN_88

La tension que vas construyendo es increible. Te atrapa desde el primer parrafo y no te suelta, eso es lo que diferencia un buen relato.

Fabian_noc

que giro mas inesperado, no me lo esperaba para nada. Muy bueno

MiriamV09

Me quede con la duda de como reacciono el sobrino despues de todo. Esperando la continuacion!

LucianoBA

tremendo rela, de lo mejor que lei aca en mucho tiempo

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