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Relatos Ardientes

La travesti que me esperó afuera del antro

Había salido escapado de una pelea tonta con mi novia y terminé en un bar con unos amigos y las chicas que andaban con ellos. Iba en plan tranquilo, a despejarme, pero a esa edad uno nunca sabe del todo en qué termina la noche. Por entonces tenía veintipico, era flaco, alto, del montón tirando a buen mozo cuando me arreglaba.

Dos copas de ginebra con pomelo y ya estaba a punto. No necesitaba más para soltarme. Antes de salir a bailar, sentí que el cansancio del día se me iba de los hombros y que la noche, por fin, empezaba a tener forma.

Nos fuimos a un antro medio oscuro, de esos donde la gente va a buscar lo que no encuentra en su casa. Había mucha trampa, mucha mirada de reojo, mucho roce en la pista. En fin: era un lugar de levante, y eso era exactamente lo que importaba esa noche.

Apenas entré me tomé otra copa y ahí se me terminó de borrar el plan amistoso. Estaba entrando en calor, mirando para todos lados, sacando la caña de pescar sin disimulo. La música pegaba en el pecho y el alcohol me hacía sentir capaz de cualquier cosa.

Eran como las dos de la mañana cuando la vi. Una rubia con una cola tremenda y unos pechos que llamaban desde lejos. Llevaba un jean gastado y un top de hilo que le dejaba la panza al aire, bien chata, con un piercing brillándole en el ombligo cada vez que pasaba una luz.

La miré. Me devolvió la mirada con una sonrisa lenta, de las que te desarman. Cuando hice el primer ademán de acercarme, Lorena —una de las chicas que andaba con un amigo, de mal carácter para todo— me agarró del brazo.

—Cuidado con esa —me dijo al oído—. Viene con sorpresa la rubia.

Me quedé helado. Nunca había estado con una trans, ni se me había cruzado por la cabeza. Y sin embargo, en lugar de espantarme, sentí una corriente caliente bajándome por la espalda. El morbo fue más rápido que el miedo.

Traté de hacerme el tranquilo, de seguir tomando como si nada, pero por dentro tenía una lucha titánica. El deseo de un lado. Los prejuicios del otro. Y, atrás de todo, esa vocecita estúpida del qué dirán, la de siempre, la que nunca sirve para nada.

En un momento fui a otra de las barras a buscar una cerveza, lejos del grupo. No alcancé a apoyarme cuando la sentí pegada a mi espalda.

—¿Te dijeron algo que te asustó? —me habló al oído, despacio—. ¿O directamente te cagaste? ¿No te gusta esta cola?

Se separó apenas, lo justo para que la mirara entera. Bajó la voz todavía más.

—Mirá que puede ser toda tuya esta noche, papito.

Y se dio media vuelta. Se fue caminando despacio hacia donde estaban sus amigas, sabiendo perfectamente que yo me iba a quedar mirándole esa cola hasta que desapareciera entre la gente.

No sé si fue el alcohol, la calentura, o las dos cosas pegadas. Le hice una seña con la cabeza. Volvió a la barra como si nada, jugando.

—En quince minutos te espero afuera —le dije al oído—. Y nos vamos a tu casa.

Sonrió, asintió y se perdió otra vez entre la multitud. Yo me fui hasta donde estaban mis amigos, les avisé que estaba muerto de cansancio, le dejé la cerveza intacta a uno de ellos y salí derecho hacia el auto, con el corazón golpeando como si tuviera dieciséis.

***

Ella ya estaba afuera, apoyada contra una pared, con un cigarrillo a medio fumar. Apenas la vi, no pensé en nada. Fui directo a besarla.

Ninguna mujer me había besado así hasta ese momento. Con esa hambre, con esa pausa, mordiéndome el labio justo cuando yo aflojaba. Nos subimos al auto y manejé los veinte minutos hasta su edificio sin sacarle la mano del muslo en ningún semáforo.

Casi no llegamos vestidos al octavo piso. En el ascensor ya me había metido la mano por debajo de la camisa, y yo le apretaba esa cola como si fuera lo único real del mundo. Entramos al departamento a los tropezones y me empujó contra la pared del recibidor.

Me besaba el cuello mientras me agarraba la verga por encima del pantalón, midiéndome, jugando, apretando justo lo necesario.

—Es tu primera vez, ¿no? —preguntó, sin dejar de mirarme.

—Sí —admití.

—Quedate tranquilo. La vas a pasar muy bien.

Lo dijo con una calma que, lejos de calmarme, me prendió más. Como si fuera posible quedarse tranquilo en esa situación. La agarré, la di vuelta y la puse de cara contra la pared. Le refregué el paquete contra la cola mientras le desabrochaba el jean con las dos manos.

Se lo bajé despacio. Quedó en una tanga negra que le marcaba un culo perfecto. Seguí refregándome contra sus nalgas, casi haciéndome una paja con ellas, mientras la besaba en la nuca y la sentía arquearse contra mí.

Se dio vuelta de golpe. Me arrancó el pantalón y el calzoncillo casi sin esfuerzo, se agachó y empezó a pasarme la lengua por toda la verga, mordiendo despacito, subiendo y bajando, deteniéndose en la punta justo cuando yo más lo necesitaba. Me lamía, me miraba desde abajo, me volvía loco.

Voló mi camisa. La levanté, la terminé de desnudar ahí mismo y la llevé en brazos hasta la cama. La besé de nuevo, le chupé esas tetas —operadas, sí, pero suaves, nada que ver con dos pelotas de básquet— y ella me empujó hacia abajo, ofreciéndome la cola.

Perdí la cuenta del tiempo que estuve comiéndole el culo. Me hundí ahí con unas ganas que no sabía que tenía. Ella se retorcía, agarraba las sábanas y repetía, con la voz quebrada:

—Me vas a enamorar, papi.

Después me empujó boca arriba y fue directo a chupármela. Se la tragaba entera, hacía arcadas, la sacaba con un hilo de saliva y volvía a empezar. Me chupaba los huevos mientras me masturbaba, bajaba más todavía con la lengua, y me tenía al borde, peligrosamente cerca, sin dejarme acabar.

Volvió a subir a besarme. Me refregaba las tetas contra el pecho mientras jugaba con mi verga en la entrada de su culo, metiéndose apenas la punta y sacándola, una y otra vez. Hasta que de golpe gimió distinto.

—Ay, papi. Ay.

Y se vino sobre mi panza, temblando, sin que yo la hubiera tocado todavía como ella quería.

***

Agarró unas toallitas de la mesa de luz. Me limpió a mí, después se limpió ella. Recién en ese momento le miré la verga: de tamaño normal a chica, algo en lo que hasta entonces ni había reparado.

—Clavame, por favor —me pidió, dándose vuelta.

La puse en cuatro. Se la fui metiendo de a poco, conteniéndome, hasta que hice tope contra sus nalgas. Era el mejor culo que había tenido en mi vida. Al cirujano habría que hacerle un monumento. Empecé con un vaivén suave, despacito, para no acabarme enseguida.

Cuando sentí que controlaba la situación, le metí más fuerza. Ella me marcaba el ritmo con la voz.

—Hasta el fondo. Sí, papi. Que me duela.

Yo seguía sus instrucciones a punta de pija, mordiéndome los labios para aguantar. Había un espejo de cuerpo entero al costado de la cama, así que nos paramos y empecé a cogerla de pie, los dos mirándonos en el reflejo. Fue ahí, en el espejo, que vi que se le había vuelto a parar.

No sé qué me pasó. No lo pensé. La di vuelta, me arrodillé y se la empecé a chupar. Era la primera verga de mi vida y, para mi sorpresa, no tenía ningún gusto en especial. Por el tamaño me entraba toda en la boca. Le chupé los huevos como a mí me gusta que me los chupen, y me asombró cuánto me estaba gustando hacerlo.

Al rato ya la tenía de nuevo en la cama, esta vez boca arriba, con un almohadón debajo para levantarle la cola y las piernas apoyadas en mis hombros. Bombeaba ese culo hermoso mientras ella se masturbaba, gemía y ponía los ojos en blanco.

En un momento empezó a contraer el culo alrededor de mi verga. Se estaba acabando otra vez. El calor de esa cola apretándome, las contracciones rítmicas, fueron demasiado para mí.

—Me vengo, no aguanto más —le grité.

—Lléname toda la cola, papi —contestó, clavándome los ojos—. Sí, así, lléname.

No aguanté ni un segundo más. Me vine con los últimos restos de aire que me quedaban, derrumbándome sobre ella, los dos sudados y agitados.

***

—Qué lindo, papi. Cómo me cogiste —dijo, todavía sin aliento, acariciándome el pelo—. Al final tenía razón Lorena: cogés muy lindo y tenés aguante. Tu amigo no me duró ni quince minutos.

Recién ahí caí en la cuenta. Tiempo atrás yo había salido con una amiga de Lorena, y de ahí venían las referencias. Me reí solo de lo chico que es el mundo. La miré, se rió ella también, y le pregunté lo obvio.

—¿Me voy o me quedo?

—En un par de horas viene mi novio, que está trabajando —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero hasta entonces tenemos tiempo de sobra para divertirnos.

Me empezó a comer la boca otra vez y, en un santiamén, ya estaba a tono de nuevo, como si la noche recién empezara. Nos acomodamos en un sesenta y nueve invertido —ella mamándome la verga, yo comiéndole el culo— que después se transformó en uno normal. Y por primera vez en mi vida me dejé penetrar, más que nada por curiosidad. No me dolió. Me gustó. Tampoco me fascinó, pero me alcanzó para entender un montón de cosas sobre mí mismo.

Lo que de verdad me volvía loco era esa cola.

—A mí se me para —me dijo ella, jugando con mi pelo—, pero soy re nena. Me gusta que me den. Aunque a veces, si tengo ganas, también voy de activa.

Después se acomodó de nuevo en cuatro y me pidió, con esa voz que ya no podía negarle nada.

—Cogeme otra vez, mi amor. Esa pija gordita me está gustando demasiado y la quiero llenándome la cola de nuevo.

No tengo idea de cuánto tiempo pasó hasta que llegamos los dos otra vez. Lo único que sé es que tuve que vestirme corriendo, juntando la ropa del piso a los saltos, porque su novio ya venía en camino y ella me apuraba entre risas.

Bajé los ocho pisos con una sonrisa estúpida y el cuerpo todavía caliente. No fue la última vez que nos vimos, ni la última travesti de mi vida. Pero esa rubia del antro, la de la sorpresa, fue la que me abrió una puerta que ya no quise volver a cerrar.

Y eso, papito, ya es otra historia.

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Comentarios (2)

DieguiSalta

excelente!!!

RicardoMDA

Me tenia pegado a la pantalla, no pude parar hasta el final. Muy bien escrito!

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