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Relatos Ardientes

La noche que mi esposa me vistió de mujer

La noche empezó como muchas otras: cuatro amigos sentados alrededor de una mesa con fichas de póker, cervezas frías y el sonido de la ciudad apagándose poco a poco al otro lado de la ventana. Empezamos a las nueve, y para cuando los otros dos se marcharon ya eran pasadas las dos de la madrugada.

Rodrigo miró el teléfono y soltó un suspiro largo.

—Se me fue el último bus. ¿Os molesta si espero un poco?

—Quédate a dormir —le dije—. Hay sitio en el sofá.

Mi mujer, Alma, había estado leyendo en el dormitorio mientras jugábamos. Cuando bajó a buscar agua y nos encontró a los dos todavía despiertos, se encogió de hombros y se sentó con nosotros. Trajo una botella de ron, cortó limas y pusimos la televisión sin mucho plan.

Por casualidad —o quizás no fue casualidad— Alma se quedó con el mando. Fue pasando canales despacio, sin apresurarse, hasta que se detuvo en uno donde una pareja gemía sobre las sábanas blancas de un hotel. Dejó el mando sobre la mesita de café.

—Ay, qué vergüenza —dijo, sin moverse ni un centímetro.

Rodrigo y yo nos miramos. Alma siguió mirando la pantalla con una calma que no era del todo inocente.

Pasaron los minutos. El ron ayudaba. Yo notaba algo en el aire: una electricidad de esa que no sabes si es atracción o incomodidad, y que de cualquier forma no te gusta. Sobre todo cuando me di cuenta de que Rodrigo llevaba un buen rato sin mirar la pantalla. Estaba mirando a Alma.

Me levanté a por más hielo. Cuando volví, él tenía la mano apoyada en el muslo de ella. Solo apoyada, sin más, pero ahí estaba. Alma no la apartó.

Me senté. Seguí bebiendo sin decir nada.

Cuando ella giró la cabeza hacia él y le sonrió con esa sonrisa que yo creía exclusivamente mía, me levanté y le dije a Alma que nos íbamos a la cama.

***

En el dormitorio, ella estaba de un humor que no era el de siempre.

—¿Viste cómo la tenía dura? —me preguntó mientras se quitaba los pendientes.

—No vi nada —mentí.

—Sí viste. Y te puso nervioso. —Se rió con esa risa baja que tiene cuando lleva las de ganar—. ¿Por qué?

No respondí. Me senté en el borde de la cama y ella se colocó delante de mí, entre mis rodillas, con las manos en mis hombros.

—Quiero hacer un juego —dijo.

Fue al armario. Sacó una caja plana de cartón que yo no había visto antes —o que siempre había guardado en el fondo para que no la viera— y la dejó sobre la cama. Dentro había un conjunto de lencería negra: braguita de satén, sujetador con encaje, medias de rejilla y liguero a juego.

—Póntelo —dijo.

Me reí. Pensé que era una broma.

—Alma, en serio...

—Póntelo. Quiero verte.

Había algo en la forma en que lo dijo —sin alzar la voz, sin negociación posible— que me hizo callar. Miré la ropa sobre la cama. El satén tenía un brillo suave bajo la luz de la lámpara de noche.

—¿Y si no me queda?

—Te queda. Lo sé.

No supe si fue el ron, la hora o la manera en que ella me miraba. El caso es que me quité la camiseta. Luego los pantalones. Cuando me puse la braguita y sentí el tejido deslizarse por la piel, algo pasó: no fue incomodidad. Fue otra cosa que no tenía nombre todavía.

Me puse las medias con torpeza. Alma me ayudó con el liguero sin decir nada, con una paciencia que no esperaba de ella en ese momento. Después me abrochó el sujetador por detrás y rellenó las copas con papel doblado.

—Mírate —dijo, girándome hacia el espejo del armario.

Me miré.

Reconocía mi cuerpo pero no reconocía la imagen. Las medias de rejilla me subían por las piernas, la braguita de satén marcaba las caderas de una forma diferente, y el sujetador relleno cambiaba por completo la silueta del torso. Alma se colocó detrás de mí y me rodeó con los brazos desde atrás, y los dos nos miramos en el espejo un buen rato sin hablar.

—Estás preciosa —dijo, en femenino, despacio, como si estuviera probando cómo sonaba la palabra dirigida a mí.

No supe qué esperaba sentir. No supe qué estaba sintiendo.

—Ahora ve a por los tragos —dijo.

—¿Qué?

—Rodrigo sigue ahí. Ve tú. —Sonrió—. A ver si te atreves.

***

Salí al pasillo pisando despacio, pegado a la pared. La luz del salón se colaba por debajo de la puerta de la cocina. Me dije que cogería la botella y los vasos y volvería en treinta segundos sin que él me viera. Era tarde, seguramente estaba medio dormido.

Empujé la puerta de la cocina. Abrí la nevera. Saqué el hielo.

Y cuando me di la vuelta, Rodrigo estaba en el umbral.

No dijo nada durante varios segundos. Me recorrió de arriba abajo con la mirada, sin prisa. Yo sostuve el cuenco de hielo con las dos manos como si fuera un escudo.

—Si pareces ella —dijo, en voz baja.

—Es un juego —respondí. Mi voz salió más fina de lo que pretendía.

—Ya. —Se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. ¿Y el juego incluye los tragos?

—Sí.

—Pues prepárame uno.

Me di la vuelta hacia la encimera. Escuché sus pasos acercarse. Sentí su mano —grande, plana— posarse sobre mi trasero por encima del satén, sin preámbulos, sin insinuación: directa.

Me paralicé.

Sus dedos se deslizaron hacia la costura de la braguita, siguiendo la línea de una forma que sabía muy bien lo que hacía. Solté el vaso. Cayó al suelo con un golpe seco.

—Para —dije, girándome.

Pero cuando me giré ya me tenía por la cintura. Me pegó hacia él. Sentí su cuerpo. Sentí lo que tenía debajo del pantalón, duro, contra mis caderas envueltas en satén negro.

Alma llegó desde el pasillo atraída por el ruido. Nos miró sin pestañear. Sonrió despacio.

—Pensé que tardabas demasiado —dijo.

***

Lo que pasó después fue como caminar en un sueño: cada paso se sentía inevitable y al mismo tiempo imposible de detener.

Alma trajo el corsé. Negro, con varillas y cordones en la espalda. Me lo puso ahí mismo, de pie en el salón, delante de Rodrigo, que nos observaba desde el sofá con el vaso en la mano. Cada apretón del cordón me dejaba con menos aire y más presente en el cuerpo.

—Así —dijo ella, dando el último tirón—. Ahora sí estás completa.

Rodrigo se levantó. Se acercó. Puso una mano en mi cintura —sobre el corsé— y con la otra me levantó la barbilla para que lo mirara a la cara.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

—No te pases —dije.

—¿Cómo te llamas esta noche?

Alma respondió por mí desde detrás:

—Fina.

Rodrigo asintió despacio, como si la respuesta le pareciera completamente razonable.

Después todo fue más rápido. Alma me llevó al sofá y se arrodilló frente a mí. Me tomó en la boca y lo hizo despacio, sin prisas. Mientras tanto Rodrigo se quedó de pie junto a nosotros, y yo, sin saber del todo cómo había pasado, terminé con la mano sobre él. Lo palpé sobre el pantalón. Estaba duro. Bastante más de lo que había imaginado en el instante en que me permití imaginarlo.

—Tócalo bien —dijo Alma sin levantar la cabeza.

Lo saqué. Lo tuve en la mano. Caliente, tenso, diferente de todo lo que conocía.

—Ahora la boca —susurró Alma.

—No voy a hacer eso.

—Anda, Fina.

No sé qué parte de mí cedió. Pero cedió.

Lo tomé en la boca con torpeza. Él puso la mano en mi nuca, con suavidad al principio. El sabor era salado y limpio. Encontré el ritmo. Me dejé llevar.

Alma nos observaba desde el sillón con la mano entre los muslos y la expresión de quien está viendo exactamente lo que quería ver.

—Qué bonita —dijo, y no quedaba claro a quién se lo decía.

***

Después los tres acabamos en el sofá. Alma se puso encima de Rodrigo con un jadeo largo. Yo estaba a su lado, todavía con el corsé puesto, las medias intactas. Ella me tomó la mano mientras se movía.

—Ven aquí —me dijo.

Me besó largo. Con sabor a ron y a algo más que no supe identificar.

Rodrigo terminó aferrándose a sus caderas. Cuando ella se apartó de él, se giró hacia mí.

—Ahora tú —dijo—. Aquí mismo.

La tomé desde atrás, sacando mi pene por el lateral de la braguita. Ella estaba húmeda y caliente y llena de él. Empujé y lo sentí todo a la vez.

Rodrigo no se fue. Se quedó de pie observando. Sentí su mano en mi espalda, bajando despacio. Sobre el satén de la braguita. Entre mis nalgas.

Alma se giró para mirarme.

—Déjale —me dijo—. Igual que cuando tú me lo haces a mí.

—Alma...

—Déjale.

Se arrodilló detrás de mí. Sentí saliva fría y luego su punta. No empujó de golpe: esperó, con las manos en mis caderas, completamente quieto.

—Espera —pedí.

Se detuvo. Alma me besó el hombro desde delante.

—Relájate —me dijo al oído—. Ya va.

Fue despacio. Doloroso al principio, con una quemazón que no era solo física. Apoyé la frente en la nuca de Alma y apreté los dientes. Ella me tomó la mano y la apretó.

Cuando entró del todo, el dolor cambió de forma. No desapareció, pero dejó espacio a otra cosa: una presión que nunca había sentido, una sensación de estar completamente lleno, sin posibilidad de escapar hacia el pensamiento.

Rodrigo se movió despacio. Muy despacio. Yo seguía dentro de Alma y los tres encontramos un ritmo torpe que fue haciéndose más fluido. Ella gemía. Yo hacía un sonido que no reconocía como mío.

—Así —repetía Alma—. Así, así.

No sé cuánto duró. Cuando Rodrigo terminó noté calor adentro y algo se soltó en el pecho que había llevado apretado toda la noche.

Me quedé quieto unos segundos, con los brazos flojos, apoyado en el respaldo del sofá. Alma me pasó la mano por el pelo, despeinándome con cuidado.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—No lo sé —respondí.

Era la respuesta más honesta que había dado en toda la noche.

***

Nos fuimos a la cama los tres. Rodrigo se durmió rápido, con el brazo sobre mi cintura. Alma se pegó a mi espalda. Yo miré el techo durante un buen rato con el corsé todavía puesto, porque no tenía fuerzas para quitármelo y porque, de alguna forma que no entendía del todo, no quería hacerlo.

A la mañana siguiente me desperté solo. En la mesilla había un vaso de agua y una aspirina. Sin nota.

Rodrigo ya no estaba cuando bajé. Solo quedaba su vaso de la noche anterior en el fregadero.

Durante varios días no respondí sus mensajes. No sabía qué decirle. Tampoco sabía qué decirme a mí mismo. Lo que había pasado no cabía en ninguna de las categorías que yo usaba para ordenar las cosas, ni en el lenguaje que tenía para pensar sobre mí mismo.

Alma no me llamó Fina otra vez. Pero unas semanas después, una noche de martes sin nada especial, sacó el conjunto negro del armario y lo dejó doblado sobre la cama sin decir nada. Se metió en el baño. Yo me quedé mirándolo durante un buen rato antes de hacer lo que hice.

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Comentarios (3)

Nocturna_33

Que relato tan bien escrito!! me atrapo desde el principio y no pude parar.

MiguelViajero

Por favor escribí mas, quedé con muchas ganas de saber como continua esto.

PaulaM_93

Me recordo a algo que yo viví hace tiempo, con esa misma tension extraña. Muy autentico.

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