Mi doble vida: hombre de día, suya de noche
En la calle nadie lo sabría. Tengo veinticuatro años, un corte de pelo sin pretensiones, zapatillas gastadas y una remera sin marca. Camino con las manos en los bolsillos. Asiento cuando alguien me habla de fútbol aunque no me interesa nada. Soy, desde afuera, un chico más del barrio.
Pero cuando entro a mi departamento y cierro la puerta con llave, eso cambia.
Primero abro el cajón de la mesita de luz. Saco el frasco de perfume —uno que él eligió para mí, floral, con algo a jazmín y madera blanca— y me doy tres pulverizaciones en el cuello y las muñecas. Después voy al ropero y saco lo que tengo guardado detrás de las camisetas: un vestido corto en color crema, ropa interior de encaje negro, medias transparentes que se sienten como una segunda piel. Me visto despacio, frente al espejo del baño, con una concentración que nunca tengo para nada más en la vida.
Rafael llega a las ocho. Siempre llega a las ocho.
Él tiene cuarenta y nueve años. Es alto, de espalda ancha, con el cabello entrecano y una manera de entrar a un cuarto que hace que el cuarto parezca más pequeño. Trabaja en asesoría legal para empresas; yo nunca entendí bien los detalles y a él no le importa demasiado explicarlos. Lo que sí sé es que desde que termina el trabajo hasta que llega a mi puerta pasan exactamente veinte minutos. Lo cronometré una vez, muerta de curiosidad, y desde entonces me resulta imposible no pensar en ese dato.
Hace tres años que lo conozco. Lo primero que dijo cuando nos presentaron fue: —Tenés unos ojos muy expresivos.— No fue un cumplido ordinario. Fue una observación, dicha con calma, como si estuviera constatando un dato objetivo. Esa calma me desarmó desde el principio. Estaba acostumbrada a que la gente hablara demasiado rápido, que rellenara el silencio con palabras que no valían nada. Él no.
Aquella primera noche, después de que se fue, me quedé parada en el centro del cuarto durante un buen rato. Me miraba las manos. Pensaba: esto no puede ser real.
Rafael no me había tocado esa noche. Solo habíamos hablado. Pero había algo en cómo me miraba —como si viera algo que yo todavía no podía ver— que me dejó sin palabras mucho después de que cerró la puerta.
Le mandé un mensaje al día siguiente. Solo un texto corto: —Fue lindo hablar.—
Él respondió horas después: —Sí. ¿Querés que volvamos a vernos?—
Y ahí empezó todo.
***
Al principio no hubo vestidos ni perfumes. Al principio éramos dos personas que se tomaban un café y hablaban durante demasiado tiempo. Él escuchaba de una forma a la que no estaba acostumbrada. No interrumpía. No daba consejos sin que yo los pidiera. Hacía preguntas que abrían conversaciones en lugar de cerrarlas.
Una tarde le conté algo que nunca le había contado a nadie: que desde hacía años, ya adulta, me ponía la ropa de mi prima cuando estaba sola en casa. Que no era un juego. Que era algo que necesitaba, y que después me generaba una vergüenza que tardaba días en digerir.
Rafael no dijo nada por un momento. Luego preguntó: —¿Y cómo te sentías cuando lo hacías? ¿Antes de la vergüenza.—
—Bien —contesté—. Como si nada estuviera fuera de lugar.
Asintió. Solo eso. Y esa respuesta me pareció la más generosa que alguien me había dado en años.
A la semana siguiente me llegó por correo una caja sin remitente. Adentro había un frasco de perfume y una nota que decía: —Para cuando te sientas bien.— No tenía firma, pero el número de teléfono en el sobre era el suyo.
Me quedé sentada en el piso con la caja en el regazo durante media hora. Después lo llamé.
—¿Cómo supiste cuál perfume? —le pregunté.
—Te vi mirarlo en la farmacia el martes —dijo—. Lo miraste tres veces y no lo compraste.
Esa noche lo invité a casa por primera vez.
***
Volviendo al presente: son las siete y cuarenta y siete cuando escucho sus pasos en el rellano. Los reconozco. Tienen un ritmo pausado pero decidido, que solo es suyo. Me paro frente a la puerta y espero.
Dos golpes cortos. Rafael nunca usa el timbre.
Abro y ahí está: saco oscuro, corbata aflojada, un maletín que apoya contra la pared antes de entrar. Me mira de arriba abajo con una lentitud que no es grosera sino exactamente lo contrario. Es la mirada de alguien que tiene tiempo, que no va a ningún lado, que quiere ver bien lo que tiene delante.
—Estás hermosa —dice.
No es un cumplido automático. Lo dice con la misma concentración con que diría cualquier otra cosa. Y eso es lo que me hace bien: que para él no sea un esfuerzo. Que lo piense y lo diga como si fuera obvio.
Entra. Cuelga el saco. Yo le traigo un vaso de agua —siempre quiere agua primero, siempre— y nos sentamos en el sillón, cerca pero sin tocarnos todavía. Ese rato de charla antes de todo lo demás es algo que los dos protegemos sin haberlo acordado nunca en voz alta.
Hablamos del día. Él tuvo una reunión larga, un problema con un proveedor, un colega que lo irritó de una manera que le cuesta explicar sin reírse. Yo tuve turno en el banco, compré flores en la feria del barrio, escuché un podcast que me dejó pensando en cosas que todavía no sé cómo articular. Mientras habla, lo observo: la manera en que gesticula con la mano izquierda, cómo se le forma una arruga entre las cejas cuando explica algo que le parece absurdo, la voz que baja un poco cuando llega a la parte que le importa.
Hay algo doméstico y tranquilo en estos veinte minutos. No sé cómo llamarlo. No es tensión pero tampoco es neutralidad. Es más como la calma antes de que empiece a llover: el aire ya sabe lo que viene.
***
Después del agua, pide darse una ducha. Siempre lo hace. Dice que necesita separar el trabajo del resto, que es una manera de cerrar el día. Yo creo que también lo hace por mí, aunque nunca lo dijo.
Mientras escucho el agua correr al fondo del pasillo, me quedo sentada con las piernas cruzadas y me paso los dedos por el borde del encaje del vestido. Pienso en él parado bajo el chorro caliente, con los hombros relajados por primera vez en horas. Pienso en su polla colgando pesada entre las piernas, en cómo se le pone dura cuando piensa en mí, en cómo va a estar hinchada y palpitando en cuestión de minutos dentro de mi boca. La sola idea me hace apretar los muslos y sentir cómo el encaje negro se me humedece por debajo del vestido. Pienso en que en unos minutos va a salir con una toalla en la cintura y el cabello mojado, y que esa imagen todavía me acelera el pulso aunque la haya visto decenas de veces.
Sale descalzo, pisando suave. Viene a sentarse a mi lado y el calor de la ducha todavía sale de su piel. Huele a jabón y a algo más, algo que es solo él y que no tiene nombre.
—Ven acá —dice, y no es una orden sino una invitación. Una mano abierta sobre el almohadón entre los dos.
Me deslizo hacia él. Su brazo me rodea los hombros. Encajo en ese espacio con una facilidad que todavía me sorprende, como si mi cuerpo recordara antes que mi cabeza adónde ir.
Permanecemos así, sin hablar, durante un rato. Yo escucho su respiración. Él me pasa los dedos por el pelo, de la nuca hacia adelante, con una paciencia que me cuesta creer que alguien tenga. No va a ningún lado. No está apurado. Está acá, conmigo, y eso es todo.
—¿Cómo estás? —pregunta. No como saludo: como pregunta real.
—Bien —digo—. Hoy estoy bien.
—¿Nerviosa?
—Un poco. Siempre un poco.
No me dice que no debo estarlo. No me dice que no hay motivo. Solo asiente y me aprieta suave el hombro, y eso es suficiente.
***
El momento en que cambia el aire es difícil de señalar. No hay una acción que lo provoque. Es más como una temperatura que sube despacio, que llena el cuarto sin que ninguno de los dos haga nada para evitarlo. Él gira la cabeza hacia mí y nos miramos de cerca. Su boca está a pocos centímetros de la mía y los dos lo sabemos.
Me besa sin apurarse. Un beso largo, con la mano en mi mandíbula, que empieza suave y después no. Su lengua entra en mi boca despacio, buscando la mía, enroscándose con una calma que me hace gemir contra sus labios. Sus dedos se enredan en mi pelo y tiran apenas, lo suficiente para que se me escape un jadeo. Yo cierro los ojos y dejo que pase, que todo pase, porque con él es la única vez en que no necesito controlar nada.
Cuando nos separamos para respirar, me está mirando con esa expresión que todavía no sé cómo describir del todo: no es solo deseo, aunque eso también está. Es algo más parecido al reconocimiento. Como si lo que viera le confirmara algo que ya sabía desde antes de llegar.
Su mano baja por mi cuello, roza la clavícula y se posa sobre la tela del vestido, justo encima de mi pecho. Aprieta despacio, con la palma abierta, y siente cómo el pezón se me endurece contra el encaje. Me sonríe apenas, sin apartar los ojos de los míos.
—Ya estás dura —murmura, y esa palabra en su boca me hace temblar—. Antes de que te toque en serio.
—Siempre estoy así cuando llegás —contesto, y la voz me sale más ronca de lo que quería.
Me lleva a la cama con una calma que no disimula nada. Me recuesta sobre las sábanas y se queda de pie un momento, mirándome, como si quisiera guardar la imagen antes de que cambie. La luz de la lámpara le da de costado y lo hace ver más grande de lo que ya es. Se afloja el nudo de la toalla y la deja caer al piso. Ahí está: la polla dura, gruesa, apuntándome, con la vena que la recorre marcada y el glande brillante. Se me hace agua la boca de solo verla.
—Valentina —dice, en voz baja.
Ese nombre. Solo él lo usa. Solo aquí existe.
Se sube a la cama y se arrodilla a horcajadas sobre mí. Me baja los tirantes del vestido despacio, con los dos pulgares, hasta que la tela se junta a la altura de mi cintura. Después desabrocha el corpiño de encaje negro por atrás con una mano —siempre me pareció mágico que pudiera hacerlo con una sola— y lo tira al costado. Se queda mirándome el pecho un segundo, con esa concentración de siempre, y después baja la cabeza y me atrapa un pezón entre los labios. Chupa fuerte, con la lengua girando alrededor, y yo arqueo la espalda contra la sábana. Con la mano libre me agarra el otro pecho, lo aprieta, lo amasa, me pellizca el pezón entre los dedos hasta que se me escapa un quejido agudo.
—Así —le digo, jadeando—. Más fuerte.
Muerde suave, después no tan suave, y yo siento la humedad correrme entre los muslos, empapar la bombacha de encaje. Va bajando por el vientre, dejando besos, mordiéndome apenas la piel del ombligo, del pubis, hasta que llega al elástico de la bombacha. Me la baja con los dientes, tomándose su tiempo, y yo levanto las caderas para ayudarlo. Cuando queda desnuda de la cintura para abajo, con las medias transparentes todavía puestas, se aparta un momento y me mira.
—Abrí las piernas —dice, y hay algo distinto en la voz. Más grave. Más adentro.
Las abro. Él se acomoda entre ellas, boca abajo, con las manos sujetándome los muslos por debajo. Y me la lame. Larga, entera, con la lengua plana desde abajo hasta el clítoris, una vez, dos veces, tres. Yo se me escapa un gemido largo y agudo, y le agarro el pelo entre los dedos. Él insiste ahí, chupando el clítoris entre los labios, moviendo la lengua en círculos, mientras uno de sus dedos me empieza a entrar despacio. Me la mete hasta el nudillo, la saca, la vuelve a meter, curvándola adentro, buscando ese punto que él conoce mejor que yo.
—Rafael —jadeo—. Rafael, por dios.
Mete otro dedo. Ahora son dos, entrando y saliendo con un ritmo constante, mientras su lengua no deja de trabajar arriba. Yo cierro los muslos alrededor de su cabeza y él ni se inmuta, sigue lamiendo, sigue chupando, sigue metiéndome los dedos hasta que siento que algo se me empieza a acumular en el vientre, apretado, tirante, a punto de romperse.
—Me voy a correr —le aviso, con la voz quebrada.
Él no para. Al contrario: acelera. Chupa el clítoris más fuerte, mete los dedos más profundo, y yo me vengo con un grito que no puedo contener, el cuerpo entero temblando, las caderas subiendo contra su boca. Me sigue lamiendo mientras acabo, más suave ahora, hasta que el temblor pasa y yo quedo desparramada en la sábana, respirando como si hubiera corrido.
Sube por mi cuerpo, dejando besos, y cuando llega a mi boca me besa profundo. Me pruebo en su lengua, me pruebo entera, y eso me vuelve a poner el pulso alto.
—Ahora vos —le digo contra los labios—. Dejame.
Se acuesta boca arriba y yo bajo entre sus piernas. Le agarro la polla con una mano, la siento pesada y caliente en la palma, y le paso la lengua por toda la vena, desde la base hasta la punta. Él suspira largo. Le meto el glande en la boca, chupo con los labios apretados, girando la lengua en la corona, y él me pone la mano en la nuca, no empujando, solo acompañando.
—Así, mi amor —murmura—. Así.
Le tomo más adentro. Me la meto hasta que siento la punta rozándome la garganta y me tengo que parar un segundo para respirar por la nariz. Después empiezo a moverme, subo y bajo, la mano en la base sincronizada con la boca. Le paso la lengua por debajo, por la vena que la recorre, y él gime, y ese sonido me pone tan mojada que tengo que apretar los muslos para aguantar.
Le chupo los huevos, uno a la vez, mientras la mano no deja de moverse arriba y abajo por su polla. Vuelvo a subir, me la meto entera otra vez, y él tira un poco del pelo, no para forzar, solo para que sepa que le gusta. Sigo así, alternando el ritmo, la lengua, la mano, hasta que lo siento hincharse todavía más en mi boca.
—Vení acá —dice, tirándome hacia arriba—. Quiero cogerte.
Esa palabra en su boca es un golpe bajo. Me subo sobre él, a horcajadas, y me agarro la polla con la mano para acomodármela. La punta me roza la entrada, y yo la paso arriba y abajo por los labios, mojándola con lo que sale de mí, hasta que él pierde la paciencia y me agarra las caderas y me baja de un tirón.
Entra entero, hasta el fondo. Yo me quedo un segundo quieta, con los ojos cerrados, sintiendo cómo me llena, cómo me estira. Después empiezo a moverme, despacio al principio, subiendo y bajando, apretándolo por dentro cada vez que llego arriba.
—Sos hermosa así —dice él, mirándome desde abajo, con las manos en mis caderas—. Mirate.
Le hago caso. Bajo la vista y me miro: las tetas subiendo y bajando con el ritmo, su polla desapareciendo dentro de mí cada vez que bajo. Es una imagen que me deja sin aire. Acelero. Empiezo a moverme más rápido, apoyándome con las manos en su pecho, y él acompaña con las caderas, embistiendo desde abajo cada vez que bajo, chocándonos con un sonido húmedo que llena el cuarto.
—Más —le pido—. Más fuerte.
Me da vuelta con una facilidad que siempre me sorprende. Ahora estoy yo abajo, con las piernas abiertas y él encima, y vuelve a entrar de una sola vez. Empieza a cogerme fuerte, con embestidas largas y profundas, apoyándose en los codos junto a mi cabeza, mirándome a los ojos todo el tiempo. Yo le clavo las uñas en la espalda, en los hombros, y cada vez que llega hasta el fondo se me escapa un gemido más agudo que el anterior.
—Decímelo —murmura, sin dejar de moverse—. Decime cómo te sentís.
—Llena —jadeo—. Estoy llena de vos.
Me agarra una pierna, me la levanta y me la apoya en el hombro. Ahora entra más profundo todavía, y yo siento que voy a partirme al medio. Me la coge así durante un rato largo, con un ritmo constante, brutal, sin apuro. La cama chirría contra la pared. Yo estoy toda transpirada, con el pelo pegado a la frente, y solo puedo repetir su nombre como si fuera una plegaria.
—Rafael, Rafael, Rafael.
—Estoy acá —dice, sin bajar el ritmo—. Estoy con vos.
Me da vuelta otra vez. Ahora estoy en cuatro, con la cara contra la almohada y el culo levantado. Se pone atrás de mí, y siento su mano en la cintura, después una nalga, después su polla presionando contra la entrada. Empuja y entra entero de nuevo, y yo grito contra la almohada.
—¿Así te gusta? —pregunta, sin dejar de moverse.
—Sí —contesto—. Sí, sí, así.
Me agarra del pelo, no fuerte, lo suficiente para tirarme la cabeza para atrás. Con la otra mano me sujeta la cadera y me la coge en serio, embistiéndome desde atrás con un ritmo que no me deja respirar. Yo siento que me viene otro orgasmo, este más profundo, este que me sube desde la punta de los pies y me llena todo. Meto la mano entre mis piernas y me toco el clítoris, apenas unos segundos, y me vengo con un gemido largo que me sale de las tripas, el cuerpo entero apretándolo por dentro.
Él aguanta un poco más, unas embestidas finales, y después lo escucho gruñir y sentir cómo se hincha adentro y explota. Me llena de semen, caliente, y sigue moviéndose despacio mientras acaba, hasta que no le queda nada. Después se apoya sobre mí un momento, respirando en mi nuca, y me da un beso en la espalda antes de salir despacio.
Nos derrumbamos los dos en la cama, uno al lado del otro, la respiración pesada, la piel pegajosa. Él me atrae hacia su pecho y yo apoyo la cabeza ahí, con la oreja sobre su corazón, escuchando cómo late.
Con Rafael no tengo que explicar nada. No tengo que preparar un discurso ni manejar sus reacciones ni anticipar preguntas incómodas. Cuando estoy con él soy exactamente lo que soy, sin rodeos, sin disculpas, y eso —que parece una cosa mínima— es lo más grande que alguien me ha dado en la vida.
Solo estoy ahí. Solo soy ella, la que cierra la puerta y se convierte en lo que siempre fue.
***
Más tarde, cuando la respiración de Rafael se vuelve lenta y regular, me quedo despierta mirando el techo. La luz de la calle entra por la persiana a medias y dibuja rayas oblicuas sobre la pared. Todavía siento su semen entre las piernas y el ardor suave donde me cogió. Pienso en una conversación que tuvimos hace un mes, en este mismo cuarto, después de una noche muy parecida a esta.
Él me había preguntado qué quería para el año que viene. No qué planes tenía, no qué iba a hacer: qué quería.
Le conté que a veces imagino salir a la calle vestida así. No disfrazada, no de fiesta: de forma ordinaria. Ir al supermercado. Tomar el subte. Sentarme en un banco de plaza y tomar sol como cualquier persona. Que nadie me mire más de lo necesario. Que sea un día sin drama.
Rafael me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, preguntó: —¿Y qué te frena?—
—El miedo —dije—. Siempre el miedo.
—¿A qué específicamente?
Tuve que pensar la respuesta. No era miedo a la violencia, aunque eso también existe y sería idiota ignorarlo. Era algo más interno. El miedo a ser reconocida por alguien que me conoce de afuera. El miedo a ver en los ojos de algún conocido esa expresión —sorpresa, asco, lástima— y no poder olvidarla después. El miedo a que ese momento cambie algo que no quiero que cambie.
—Eso tiene sentido —dijo él, sin dramatizarlo ni minimizarlo—. No tenés que apurarte.
—Pero quiero hacerlo algún día.
—Lo sé. Y vas a poder.
No lo dijo como consuelo. Lo dijo como dato. Con la misma calma con que constata cualquier otra cosa. Y algo en esa calma me hizo creerle.
***
En este momento de silencio nocturno, con él dormido a mi lado y el barrio quieto afuera, pienso que quizás tiene razón. Hay algo en cómo me siento dentro de este cuarto —entera, sin la necesidad de justificar nada— que algún día voy a poder llevar a otro lado.
No hoy. Quizás no mañana. Pero el hecho de que pueda imaginarlo sin que el pensamiento me cause pánico ya es algo que hace un año no podía hacer. Eso también es un movimiento, aunque no se vea.
El nombre que uso aquí —Valentina— lo elegí yo sola, una noche en que Rafael me preguntó cómo me gustaba que me llamara. Me quedé pensando un momento y lo dije sin dudar demasiado. Valentina. Me pareció un nombre que sonaba como yo quería sonar: firme pero suave, sin adornos innecesarios.
Él lo dijo en voz alta cuando se lo conté: —Valentina.— Y la manera en que lo pronunció, sin subrayarlo, sin hacer de ese momento algo más grande de lo que era, me hizo entender que estaba en el lugar correcto. Que él era el lugar correcto.
Me duermo con su brazo todavía sobre mi cintura y el olor de su piel mezclado con el perfume que él mismo eligió para mí. Mañana voy a cerrar la puerta desde afuera, voy a ponerme las zapatillas gastadas y voy a volver al barrio. Voy a asentir cuando alguien me hable de fútbol. Voy a ser, otra vez, el chico que nadie mira dos veces.
Pero esta noche, en este cuarto, soy exactamente quien soy. Y eso, por ahora, es suficiente.