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Relatos Ardientes

El instructor de manejo descubrió mi secreto

Me gusta que me llamen Vanesa, aunque no todos lo saben. Soy travesti de clóset, discreta hasta el extremo, de las que nadie sospecharía en la calle. Mido poco más de un metro sesenta, tengo las piernas redondas y un poco más de nalga de lo que cualquiera esperaría de alguien con mi voz, que es ronca y no demasiado masculina. Soy alegre, bromista, y con las pocas parejas que tuve siempre fui cuidadosa. Nunca me ando exhibiendo.

Esto que les cuento pasó hace unos años, cuando tenía poco menos de treinta. Fue una experiencia que todavía recuerdo con detalle, y por eso quiero contarla bien, sin apuros.

Todo arrancó con un despido. Me quedé sin trabajo y, cuando empecé a buscar, casi todo lo que encontraba era de chofer. Pensé que aprender a manejar era la jugada lógica. Recorrí varias autoescuelas: unas demasiado caras, otras con horarios imposibles, otras con un solo instructor que nunca tenía cupo.

Como me sobraba tiempo, me fui a caminar por unos barrios más alejados del mío y di con una que me convenció enseguida. Encima me ofrecían ayudarme a tramitar la licencia al terminar el curso. Eso terminó de cerrar el trato. Me inscribí, pagué y me asignaron una instructora con fecha y hora de inicio.

Llegó el día y fui feliz al local. Pero la instructora no apareció: avisó que había tenido un imprevisto. La encargada me prometió recuperar la clase ese mismo día, con otro instructor, y que para no hacerme viajar de nuevo pasarían a buscarme por mi casa.

Me volví triste y enojada. La ilusión se me había convertido en decepción. Me cambié de ropa y me puse a hacer otros pendientes para olvidar el mal trago, convencida de que nadie iba a venir.

***

Como a las cuatro de la tarde tocaron la puerta. Era un señor muy amable, medio fornido, de cara seria, que venía de parte de la autoescuela para empezar el curso. Dejé todo y salí emocionada.

Ya en el coche se presentó.

—Me llamo Raúl —dijo, y me pidió disculpas por la hora, porque ese era el único rato que tenía libre.

Me dio las indicaciones básicas y arrancamos. Esa primera clase fue casi todo en silencio. Recién al final, cuando estábamos por terminar, me preguntó si quería seguir con él como instructor. Tenía libre a las siete de la mañana o a las seis de la tarde; el horario que yo había elegido lo tenía ocupado, pero si quería podía pedir el cambio él mismo y pasar a buscarme cuando le dijera.

Me pareció un detalle enorme. Le dije que sí. Al otro día fui a la autoescuela a reforzar lo hablado, pedí el cambio al turno de la tarde y me dijeron que el instructor ya lo había gestionado. Eso me dio seguridad.

Aproveché la jornada para hacer los quehaceres y lavar ropa. Terminé cansadísima, pero me sobró tiempo para bañarme y no andar fachosa. Me recosté un momento «solo para descansar» y me quedé profundamente dormida. Me despertó un golpe fuerte en la puerta. Desperté asustada, pensando que era tarde y que ya se me había pasado la clase.

Me asomé rápido por la ventana, porque mi cuarto da a la calle.

—Soy Raúl, de la autoescuela —dijo desde abajo.

Manoteé lo primero que tenía a mano: una playera blanca, un pantalón de mezclilla medio ajustado y unos tenis. Salí así, apurada, sin pensarlo demasiado.

***

Ya en su coche me pidió que me relajara. Puso música a bajo volumen y empezó a conversar para que se me fuera el miedo. Pero de repente lo caché varias veces mirándome las piernas. Eso me gustó, aunque me dije que seguramente estaba pendiente de mis movimientos para corregirme.

Entre la charla, soltó la pregunta:

—Oye, ¿y tienes pareja?

—Sí —contesté sin pensar—, solo que casi no nos vemos.

—¿Y qué haces por las tardes entre semana?

—Por ahora, nada más el curso.

—Te pregunto porque tienes una clase gratis de cortesía de la autoescuela —explicó—. Te sugiero tomarla junto con la clase normal mañana viernes por la tarde. A esa hora hay más tráfico y eso ayuda a perderle el miedo. Salvo que tengas algún plan con tu pareja, claro.

Contesté despacio, tratando de no meter la pata, porque le había dicho que sí tenía a alguien.

—Es que… él viene poco por su trabajo.

—Ah, qué bien —dijo, y se notó un poco nervioso—. Así no interrumpo nada importante y a ti te sirve para aprender más rápido.

Seguimos hablando para hacer la clase más amena. Al dejarme en casa, me dijo algo que me dejó pensando:

—Estuvo muy rica la plática, y vas muy bien. Nos vemos mañana.

¿Rica? ¿Por qué rica?

Me quedé con la duda dando vueltas. Por un lado me gustaba que me mirara las piernas; por otro, no quise armarme una película que tal vez no era cierta.

***

Al día siguiente decidí dar un pasito adelante, más que nada para no seguir imaginando cosas equivocadas. Me puse ropa un poco más femenina: pantalón blanco, una playerita rosa delgada, un saco café algo largo, mocasines, y debajo solo una tanga de encaje. Estaba muy nerviosa.

Cuando tocó la puerta, salí enseguida, deseando que me viera arreglada. Me subí rápido al coche por los nervios. Adentro me quité el saco y le pedí si lo podía dejar en el asiento de atrás. Él lo tomó, lo acomodó y me miró de arriba abajo.

—Wow, qué elegante —dijo—. ¿Vas a salir de fiesta?

—No —respondí, tanteando el terreno—. Quizá salga con mi novio, pero no es seguro. Estábamos por confirmar y, por si las dudas, ya me arreglé.

Manejamos un rato en silencio. Después le pregunté yo a él si tenía pareja, para equilibrar la cosa, y me contó que era viudo. A partir de ahí nos fuimos soltando. Me preguntó cuántas parejas había tenido y le dije que dos. Empezamos a bromear, más relajados, hasta que antes de terminar lanzó la frase:

—¿Te molestaría si te invito a salir? No quiero afectar mi relación con la autoescuela, pero llevo tiempo solo y me caíste muy bien. Te vistes súper bien. Así, como estás hoy, te ves muy coqueta.

El corazón se me disparó. No me lo esperaba, aunque en el fondo sí lo quería.

—No hay problema, no me molesta —le dije—. Y si quieres, ya que ando un poco arreglada, podemos ir adonde tú prefieras.

Nos quedamos callados un instante, porque creo que ninguno esperaba que las cosas se dieran tan rápido.

—¿Podemos ir a un bar? —propuso.

—Donde tú quieras está bien.

***

Cambiamos de lugar, él tomó el volante y en el camino me dijo que le gustaba mucho la idea de que fuéramos pareja.

—Te ves súper bien. Hasta se te nota mejor cuerpo que el de mi difunta esposa.

Llegamos a un bar de la zona de bares del centro. Pedimos algo de tomar, bailamos y más tarde empezó el show. Salieron los stripers y uno de ellos se acercó a nuestra mesa y nos bailó. Me apoyó el bulto sobre el hombro y yo, que ya estaba bastante caliente, terminé chupándosela un poco ahí mismo.

Eso prendió a Raúl muchísimo. Apenas el bailarín se fue, nos empezamos a besar. Seguimos un buen rato, cada vez más excitados, hasta que me preguntó si quería ir a un lugar más tranquilo. Dije que sí. En el camino se la fui chupando por ratos, mientras él manejaba con una mano en el volante y la otra hundida en mi pelo.

Llegamos a su casa y subimos a su cuarto. Me quitó el pantalón, me vio en tanga y se quedó mirándome.

—Estás muy rica —dijo, recorriéndome con las manos—. Tienes unas nalgas hermosas y sabes moverlas. Desde la segunda clase me di cuenta de que te encanta. Saliste con los pezones bien parados y el pantalón tan pegado que se te marcaba todo. Hoy parecía que no traías nada abajo. Cuando te sentabas se te transparentaba el encaje, y ahí pensé que querías que te cogiera.

No supe qué contestar. Solo lo dejé hacer.

Me acomodó primero en el borde de la cama y me pasó una prenda para morder, por si la necesitaba. Me dio unos lengüetazos lentos, me dejó bien mojada de saliva y me preguntó al oído:

—¿Cuánto hace que no te cogen?

—Seis años —respondí, con la voz quebrada.

—Puja un poco.

Sentí un dolor seco: me penetró de un solo empujón.

—Ya entró —dijo, sosteniéndome la cadera—. Quédate quieta, que ahorita lo vas a sentir más rico.

Y tenía razón. Después de los primeros segundos, el dolor se fue volviendo otra cosa. Estuvimos así un rato largo, hasta que me levantó las piernas y siguió, apartando la tanga a un lado sin terminar de quitármela. Esa mezcla de prisa y descuido me prendía más que cualquier otra cosa.

Más tarde se acostó boca arriba y me pidió hacer el sesenta y nueve: él abajo, dándome con la lengua, y yo encima, chupándosela. Pasó más rápido de lo que esperábamos, pero terminamos los dos. Cuando me di cuenta, ya eran las cinco de la mañana. Nos metimos a bañar juntos y como a las siete me llevó de vuelta a casa.

Salí de mi casa siendo su alumna y volví convertida en su mujer.

***

De ahí en adelante, las clases cambiaron de rumbo. A veces nos íbamos directo a su casa; otras, simplemente buscaba un sitio tranquilo, sin gente alrededor, y se la chupaba un rato antes de seguir con la práctica.

Y antes de que se queden con la duda: sí, también aprendí a manejar.

Espero que no les haya aburrido mi relato. Quise darles todos los detalles para que se imaginaran bien cómo fue. Más adelante, si me animo, les cuento alguna otra de mis historias.

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Comentarios (2)

TomyR_27

tremendo relato, me enganchó desde el primer parrafo!!

ViajandoSola

Quede con ganas de mas... por favor continuá esta historia

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