La colegiala que escondo se la mostré a mi jefe
La oficina estaba casi a oscuras. Solo la lámpara del escritorio seguía encendida, y bajo esa luz amarilla el rostro de Esteban parecía más duro de lo habitual. Entré con la carpeta que ya no hacía falta entregar, porque la había repasado tres veces durante la tarde solo para tener una excusa. El clic de la puerta al cerrarse sonó demasiado fuerte en el silencio.
Hacía meses que trabajábamos hasta tarde, los dos solos, y en ese tiempo había aprendido a leerlo: la forma en que aflojaba la corbata cuando se quedaba sin nadie a quien rendirle cuentas, el modo en que se le tensaba la mandíbula cada vez que yo me inclinaba sobre su escritorio para señalarle una cifra. Esa noche decidí dejar de fingir que no me daba cuenta.
Me acerqué despacio. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que estaba seguro de que él podía oírlo desde su silla.
Me paré detrás de su asiento, incliné el cuerpo y pasé la mano abierta por encima de su entrepierna. Lo sentí caliente, tenso bajo la tela del pantalón, reaccionando antes de que ninguno de los dos dijera una palabra.
—¿Qué te pensás que estás haciendo? —gruñó en voz baja, pero no se apartó ni un centímetro.
—Quiero tocarte. De verdad —susurré, presionando un poco más fuerte, sintiendo cómo se endurecía bajo mi palma—. ¿Me dejás?
Esteban respiró hondo, un sonido ronco que me recorrió entero. Se levantó sin prisa, dio tres pasos largos hasta la puerta y giró la llave. El chasquido del cerrojo me cortó la respiración.
—Arrodillate —dijo. La voz le temblaba, aunque la orden no.
Caí de rodillas como si me hubieran soltado los hilos. Le abrí el cinturón con dedos torpes, bajé el cierre. Cuando lo liberé, se me secó la boca. Era más de lo que había imaginado: grueso, pesado, la piel marcada por una vena que latía. Olía a hombre, a un día entero de trabajo, a algo que me daba vergüenza reconocer cuánto me gustaba.
—Mirá lo que me hacés —murmuró él, hundiéndome la mano grande en el pelo—. Abrí la boca.
La abrí todo lo que pude. Apenas entraba. El primer intento me hizo lagrimear, y la saliva se me escapó por las comisuras mientras lo recibía con la lengua plana, apretando, succionando despacio.
—Así… —jadeó Esteban, empujando suave al principio—. Más adentro. Tranquilo, sin apurarte.
Los sonidos llenaban la oficina, húmedos y obscenos, rebotando contra las paredes vacías. Intentaba bajar más, la garganta se me cerraba, me atragantaba un segundo y volvía. Gemía con él dentro, un sonido ahogado que parecía gustarle todavía más.
—Mirá cómo te lagrimean los ojos —dijo, tirando un poco del pelo—. Te encanta, ¿no? Decímelo.
—Me encanta —balbuceé entre una succión y otra, con hilos de saliva colgándome del mentón—. Me encanta hacerte esto.
Sus caderas empezaron a moverse, embistiendo con empujes cortos y firmes. Yo apenas podía seguirle el ritmo, los ojos llorosos, las rodillas clavadas en la alfombra. Y aun así no quería parar.
—Voy a terminar —avisó, la voz rota—. No te muevas.
Se tensó entero. El primer chorro me llegó caliente, espeso, directo al fondo. Tragué como pude, pero era demasiado; el resto me desbordó y cayó en gotas gruesas sobre la camisa. Yo me corrí dentro del pantalón sin haberme tocado, solo con el sabor salado inundándome la boca y la sensación de haberle entregado algo que nunca le había dado a nadie.
—No desperdicies —murmuró, todavía jadeando, sosteniéndome la cara entre las manos.
Después nos quedamos un rato en silencio. Él me ayudó a levantarme y, por primera vez en meses, no me miró como a un compañero más de la planta. Me miró a mí.
***
Al día siguiente, apenas crucé la puerta de su oficina, la cerró detrás de mí y me clavó esos ojos hambrientos.
—No paré de pensar en vos en toda la noche —dijo, ya con la mano apoyada sobre el pantalón—. Quiero más. Mucho más.
Yo había decidido a las cuatro de la mañana, mirando el techo, que si esto seguía iba a ser con todo o no iba a ser. Saqué el celular y le mostré las fotos sin dejar que me temblara el pulso. En la pantalla yo aparecía con lencería, con un vestido corto, maquillado. Y al final, la foto de colegiala.
—Este es mi secreto —dije, y la voz se me afinó sola—. Me gusta vestirme así. Me gusta sentirme mujer. Quiero que vos me trates como una.
Esteban miró la pantalla largo rato. Se mordió el labio. Esperé el rechazo, la mueca, la excusa para no volver a hablarme. No llegó.
—Sos preciosa —dijo al fin, y la palabra me golpeó más fuerte que cualquier otra cosa que me hubiera dicho—. ¿Cómo te gusta que te llamen?
—Vera —respondí, y me sonó verdadero por primera vez en mucho tiempo.
—Vera —repitió, probándolo en la boca, despacio—. Me ponés la cabeza al revés. Esta noche, en tu casa. Vení vestida como en la última foto. Y preparate.
***
Pasé el día entero con el estómago hecho un nudo. En la oficina lo traté de usted, le acerqué los informes con la misma voz neutra de siempre, y nadie a mi alrededor sospechó que esa misma noche iba a abrirle la puerta convertido en otra persona. Cada vez que lo cruzaba en el pasillo, él me sostenía la mirada un segundo de más, y ese segundo me bastaba para seguir adelante.
Tocó el timbre a las ocho y media en punto. Yo había pasado dos horas frente al espejo, retocando cada detalle hasta que la chica del reflejo dejó de parecerme un disfraz y empezó a parecerme yo. Abrí la puerta con el uniforme completo: la pollera plisada azul marino tan corta que dejaba ver el borde del encaje, la camisa blanca anudada bajo el pecho, las medias tres cuartos, el moño rojo en el pelo y los labios brillantes de gloss rosado. Me sentía expuesta y, por eso mismo, más viva que nunca.
Esteban entró, empujó la puerta para cerrarla y me recorrió de arriba abajo con la mirada. No dijo nada por unos segundos. Después sonrió de costado.
—Mirate —murmuró, acercándose lento—. ¿Cómo te llamás?
—Vera —contesté, mordiéndome el labio—. En la oficina soy otra persona. Acá soy tu colegiala.
—Vera —repitió, tomándome de la cintura con las dos manos—. Esa pollerita no tapa nada.
Me empujó contra la pared del pasillo, suave pero sin dejarme escapar. Me levantó la falda de un tirón y sus dedos rozaron la tela ya empapada de la ropa interior.
—Estás mojada —dijo contra mi cuello, la barba raspándome la piel—. ¿Pensaste en esto todo el día?
—Todo el día —admití, frotándome apenas contra su mano—. No pude pensar en otra cosa.
—Sacátela. Despacio. Quiero mirarte.
Me bajé el encaje temblando, dejándolo caer hasta los tobillos. Él se desabrochó el pantalón y se liberó, duro, listo. Me sostuvo la barbilla con dos dedos para que lo mirara.
—Arrodillate otra vez —dijo—. Pero hoy lo hacés despacio. Como te enseñé.
Me dejé caer sobre las rodillas en la alfombra del living. Lo recibí en la boca con más hambre que la primera vez, con menos miedo, succionando con todo, dejando que la saliva chorreara, gimiendo alrededor de él. Esta vez sabía lo que hacía y eso me encendía todavía más.
—Así, Vera… —jadeaba él, sosteniéndome la cabeza con una sola mano, sin forzarme—. Mirá para arriba. Quiero verte la cara.
Levanté los ojos hacia los suyos, llorosos, y vi cómo se le aflojaba la mandíbula de placer. Me dejó respirar un segundo, me limpió una lágrima con el pulgar.
—Decime que sos mía.
—Soy tuya —dije, con la voz ronca—. Toda tuya.
Me levantó de un tirón por los brazos y me llevó hasta el sillón. Me puso de rodillas sobre los almohadones, la cara hundida en el respaldo, y me subió la pollera hasta la cintura. Sentí sus manos abrirme, su aliento contra la piel.
—Te preparaste para mí —dijo, con la voz cargada—. Buena chica.
—Quería que entraras fácil —confesé, temblando—. Lo hice pensando en vos.
Entró despacio. La presión me cortó el aliento, un dolor que se mezclaba con algo mucho más fuerte. Me mordí el labio para no gritar y aun así se me escapó un gemido largo.
—Esteban… —jadeé—. Despacio… así…
—Respirá —murmuró, avanzando de a poco, dándome tiempo—. Tranquila. Ya está. Mirá lo bien que me recibís.
Cuando estuvo del todo adentro, se quedó quieto un momento, dejándome sentirlo, dejándome acostumbrar. Después empezó a moverse. Primero lento, cada embestida arrancándome un sonido distinto. Luego más firme, las manos clavadas en mis caderas, el ritmo subiendo de a poco hasta que el sillón crujía con cada golpe.
—Más —supliqué, agarrándome de los almohadones—. No pares.
—Decime cuánto te gusta —jadeó, inclinándose sobre mi espalda.
—Me encanta —gemí—. Me encanta ser tu chica. Soy tuya, Esteban, soy solo tuya.
Aceleró, perdiendo el control, la respiración convertida en gruñidos contra mi oreja. Yo ya no pensaba en nada, solo en él, en el calor, en lo bien que se sentía dejar de fingir por fin.
—Voy a terminar —avisó, la voz quebrada—. Adentro. ¿Querés?
—Sí —dije sin dudar—. Quiero sentirte.
Terminó con un gruñido largo, hundiéndose hasta el fondo, y yo me corrí casi al mismo tiempo, temblando entero sobre el sillón, la pollera arrugada, el moño torcido, el maquillaje corrido y, aun así, sintiéndome más entera que nunca.
Se inclinó sobre mi espalda, todavía dentro, y me besó el hombro con una ternura que no esperaba.
—Mañana en la oficina —murmuró contra mi piel— vas a tratarme de usted, vas a darme los buenos días como siempre, y nadie va a saber nada. Pero cuando se vayan todos…
—Cuando se vayan todos —repetí, sonriendo contra el almohadón—, soy Vera otra vez.
—Exacto. —Me dio una palmada suave y se incorporó, acomodándose la ropa—. Esto recién empieza.
Me quedé tirada un rato más, escuchándolo prepararse un café en mi cocina como si fuera lo más normal del mundo. Por primera vez en años, el secreto que había escondido en el fondo del armario tenía nombre, tenía una mano grande sosteniéndome, y tenía a alguien que, al mirarme así vestida, no veía un disfraz. Me veía a mí.