Lo que mi amigo me mostró aquella tarde de calor
A Esteban lo conozco desde hace más de quince años. Vive solo con su hijo, Tomás, un chico de diecinueve años recién cumplidos: alto, delgado y de una belleza que no pasaba desapercibida. La madre se había largado tras el divorcio con el monitor del gimnasio, todo un tópico, y desde entonces ninguno de los dos había vuelto a saber de ella.
Quedábamos de vez en cuando para ponernos al día. Lo habitual era vernos en alguna cafetería del centro y, si la tarde se alargaba, seguir con unas copas en su casa. Esa fue exactamente la rutina aquel martes de finales de julio, cuando la ciudad entera parecía derretirse bajo un sol que no daba tregua.
Tomábamos café con hielo en el salón, solos los dos. El chico estaba encerrado en su habitación desde que llegué. Hablábamos de lo de siempre —trabajo, recuerdos, las mujeres que ya no nos hacían caso— cuando lo vi cruzar el pasillo camino de la cocina.
Llevaba un pantalón de licra muy ajustado y corto, que marcaba un trasero prieto y respingón, y una camiseta amplia de escotes grandes que apenas disimulaba su torso. La melena suelta le caía sobre los hombros.
No pude hacer otra cosa que quedarme mirándolo, asombrado. Era, sencillamente, un espectáculo precioso.
—Qué guapo se te ha puesto el chico, Esteban —dije sin pensar—. ¿Ya tiene los dieciocho?
—Diecinueve, recién cumplidos.
Mi amigo se dio cuenta de cómo lo miraba. Con deseo, supongo; creo que era de lo más evidente. No es que los hombres me atrajeran de forma especial, aunque alguna experiencia había tenido de joven. A esas alturas de mi vida ya no me consideraba con una sexualidad definida: simplemente me excitaba lo que me excitaba, y punto.
Y ese chico tenía algo. Algo distinto a las otras veces.
Lo había visto solo unos minutos en cada uno de nuestros encuentros, pero esa tarde había en él algo nuevo. Más suave. Más femenino. Cuando volvía de la cocina con un vaso de agua, su padre lo detuvo con una sonrisa que no supe interpretar.
—Cariño, ¿por qué no le enseñas a nuestro invitado lo que sabes hacer? Lo que puedes llegar a ser. Lo que eres.
Esteban me miraba socarrón, saboreando de antemano la sorpresa que me tenía reservada.
—¿Estás seguro? —preguntó el chico.
—Claro que sí. Nos vamos a divertir. ¿No tenías planes hoy?
—No. Soy toda vuestra.
Todavía obnubilado por aquel trasero, no reparé en que había usado el femenino para hablar de sí misma. Tampoco en los pechos pequeños y firmes que asomaban de vez en cuando entre los recortes de la camiseta. Se giró y volvió a su cuarto antes de que mi cerebro procesara nada.
Esteban me sirvió otro chupito de orujo, que era a lo que habíamos pasado tras el café, y siguió la conversación como si no hubiera ocurrido nada. Eso aumentó aún más mi despiste.
—Perdona el calor —dijo—. El aire acondicionado se estropeó ayer.
Aún hoy no sé si era verdad o formaba parte del plan. Se quitó la camisa con total naturalidad. No es que nunca nos hubiéramos visto sin ropa: en años de amistad y vestuarios de gimnasio, alguna vez había pasado.
—No te importa que me ponga cómodo, ¿verdad?
—Para nada. Como si estuvieras en tu casa.
Sonreí, sin acabar de entender de qué iba todo aquello, y un poco extrañado de ver su torso completamente depilado.
—No sabía que ahora te quitabas el pelo.
—Tomás me ha dicho que me queda mejor así. ¿A ti qué te parece?
—Que tiene razón. Yo también voy así desde hace tiempo.
—¡A ver!
Me subí la camiseta para mostrarle el torso y la barriga, también depilados. Nos reímos, llenamos las copas otra vez, y dejamos pasar el rato suficiente para que una aparición sublime hiciera acto de presencia en el salón.
***
Se había transformado en una colegiala perfecta. Había recogido la larga melena en dos coletas, una a cada lado de la cabeza. Un maquillaje cuidadísimo disimulaba cualquier rasgo masculino que pudiera quedarle, y no eran muchos. La blusa blanca, casi transparente, dejaba ver un sujetador de encaje precioso. No había mucho que sujetar, pero la prenda en sí ya era un detalle delicioso.
La falda tableada de cuadros era tan corta que, con solo inclinarse un poco, se le adivinaba el trasero. Unas calcetas por encima de la rodilla y unos tacones imposibles completaban el conjunto.
Dio una vuelta sobre sí misma para que pudiera admirarla entera. Se me escapó un silbido; era eso o quedarme con la boca abierta. Y quería que supiera que lo que estaba viendo me encantaba.
—¡Menuda sorpresa! —acerté a decir.
Se sentó de lado sobre los muslos de su padre y empezó a darle besos húmedos por todo el rostro. He de admitir que me moría de envidia. Deseaba que esos besos fueran para mí.
—¿Qué te parece mi hija? —preguntó Esteban.
—Una preciosidad. Jamás pensé que de un tipo tan feo como tú pudiera salir semejante belleza. Y encima tan cariñosa, con lo arisco que has sido siempre.
Bromeaba, pero la verdad era que estaba deseando unirme a ellos.
—Por cierto, ¿cómo se llama?
—Ha decidido llamarse Carla.
—Y tú, como siempre, dándole todos los caprichos.
—Este merecía la pena, viendo los resultados.
—Desde luego que sí. Carla, eres un monumento.
—Gracias. Eres muy amable con una chica como yo. Papi, ¿puedo agradecerle a tu amigo sus dulces palabras?
—Claro, cielo. Ya sé que siempre te ha gustado.
Esta vez sí se levantó y vino hacia mí. Su forma de caminar, meneando la cadera, era hipnótica; hasta las coletas se balanceaban sobre sus hombros torneados. Se sentó a horcajadas sobre mis muslos, mirándome de frente, con las rodillas a ambos lados.
Me besó. Pero fue un beso serio, profundo, con abundante intercambio de saliva, al que correspondí con todas las ganas. Yo jugaba con mi lengua contra la suya y se la devolvía. Era algo completamente lascivo. Mientras tanto, me acariciaba la nuca y el pelo, buscando meter más lengua entre mis labios.
Tiró de mi camiseta para sacármela y, al separarse un poco de mi cuerpo, pude alcanzar sus pechos con la boca. Mordisqueaba los pezones por encima de la tela y le lamía el escote.
Deslicé las manos por la piel tersa de sus muslos hasta aferrarme a sus nalgas con ambas. Aquello parecía mármol tallado por un escultor griego. Solo llevaba un tanga, y bajo él se adivinaba algo ya bastante duro, escondido aún por la falda, apoyado contra mi vientre.
Carla empezó a descender por mi cuerpo. Me lamía la oreja, bajaba al cuello, mordisqueaba mis pezones igual que a mí me gusta hacerlo con las mujeres. Notaba el roce suave de su piel contra la mía. Lo estaba gozando, pero yo también quería disfrutar de ella y hacerla gozar.
***
La levanté en peso y la tumbé en el sofá. Le abrí la blusa para contemplar ese torso suave y cada vez más femenino. Con la habilidad de la experiencia, desabroché el sujetador sin tirantes de un solo gesto y me lancé sobre sus pechos pequeños, lamiendo y chupando los pezones. Sus gemidos suaves, pronunciados con una voz ronca y sensual, me decían que le gustaba.
En ese momento se nos unió su padre, y le dejé un pecho para que me ayudara a hacerla disfrutar. Nos miramos un segundo a los ojos y, sobre el cuerpo semidesnudo de su hija, Esteban y yo nos besamos por primera vez. Fue un beso suave, apenas un roce de labios, pero de completa complicidad. Promesa de cosas más profundas.
Como lo tenía tan cerca, mientras seguía mamando del otro pecho, deslicé una mano por su espalda hasta agarrarle una nalga, todavía cubierta por las bermudas. Luego volví a Carla. Le lamí el vientre plano, adornado con un pequeño piercing, y por cómo lo contraía supe que estaba disfrutando.
Mi mano subió despacio por la cara interna de su muslo, con pasadas largas y lentas, hasta llegar al tanga bajo la falda. Tiré de la diminuta prenda para liberarla. La polla saltó al aire: fina, recta, orgullosa, con el glande oscuro y durísima. Hacía años que no veía un pene tan bonito, depilado y con olor a limpio.
—¡Qué linda! —se me escapó.
Empecé pasando la lengua por los testículos, lo que le arrancó un estremecimiento y un gemido grave.
—Cabrón, qué bien la comes —dijo Esteban entre risas.
—Me gusta hacer disfrutar. Y ella se lo merece.
Me esmeraba: lamidas largas por el tronco, la lengua acariciando el frenillo, el glande entrando y saliendo de mi boca. Para entonces mi amigo me había sacado la polla, igual de dura, igual de depilada, y la masturbaba despacio mientras seguía lamiendo los pechos de su hija.
Cuando Carla se corrió, subí hasta su rostro y dejé caer en su boca el semen mezclado con mi saliva. Ella la abrió al máximo para recibirlo. De inmediato metí la lengua para jugar con la suya, y al cruce se unió Esteban en un beso a tres. Era la primera vez que me besaba con mi amigo, y lo hacíamos con el placer de su hija de por medio.
—¿Nos vamos a la cama? —propuso ella.
***
No me molesté en responder. Me incorporé y la cogí en brazos. A pesar de su altura pesaba poco; es muy delgada. Me rodeó el cuello acariciándome la nuca mientras la llevaba por el pasillo. Iba detrás de Esteban, y creo que fue la primera vez que me fijé en el trasero de mi amigo. Caí en la cuenta, con un escalofrío, de que esa misma tarde iba a follarme al padre y a la hija. Y de que los tres lo íbamos a disfrutar.
La dejé caer sobre la cama. Las sábanas estaban revueltas y se notaban ocupados los dos lados del colchón; aquellos dos dormían juntos. Carla se puso a cuatro patas para desabrocharme las bermudas y bajarlas hasta los tobillos, arrastrando el calzoncillo con ellas.
—Joder, sabía que estabas bueno. Pero eres mejor de lo que imaginaba.
—¿En serio habías pensado en mí?
—Desde que me gustan los hombres. Y de eso hace ya mucho.
Me dejó desnudo del todo. Fue bajando sin prisa, pasando la lengua por los abdominales y el ombligo. Se metió mis testículos en la boca y su lengua provocó una corriente que me subió por la columna hasta el cerebro. Con una mano me separaba las nalgas y deslizaba un dedo juguetón por mi ano. Yo jadeaba. Mientras tanto, Esteban se había colocado detrás de ella y le mordisqueaba el trasero.
Cuando tenía mi glande entre los labios, me corrí. Era imposible aguantar con todo lo que estaba sintiendo. Perdí dureza, claro, pero ella siguió chupando, lamiendo, pellizcándome los pezones, hasta que me recuperé enseguida.
Esteban le había abierto bien el ano con la lengua y los dedos, y le había puesto lubricante de sobra. Carla no me dejó ni moverme: fue ella la que se montó sobre mi cadera y se clavó mi resucitada polla en ese trasero precioso que tanto había admirado. Sujetándole las nalgas la fui bajando despacio, y un gemido se nos escapó a los dos a la vez cuando llegó hasta el fondo.
—La noto en el estómago, cariño —jadeó ella.
Esteban repartía besos entre su hija y yo, lengua y saliva con generosidad.
—Acércame la polla —le pedí.
También la tenía depilada, más gruesa y algo más corta que la de Carla. Era delicioso chuparle los testículos mientras su hija me cabalgaba despacio pero profundo. Con la mano libre busqué la polla de la chica, dura otra vez, y la masturbé al ritmo de sus movimientos. Con el otro brazo rodeé la cintura de mi amigo, le amasé las nalgas y deslicé un dedo hasta su ano. La última vez que lo había visto, en aquel vestuario, era muy peludo; ahora estaba suave, sin un solo pelo. Sus jadeos decían que le gustaba.
—Súbete, quiero comerte el culo —le dije.
Lo hizo. Me puso el trasero sobre la boca mientras ellos se besaban con lascivia, dejando caer saliva sobre mi vientre. Pero el que aún no se había corrido del todo era yo, y aguardaba más.
—Vamos, papi. Quiero ver cómo te folla —pidió Carla.
Ella misma me ayudó a incorporarme mientras Esteban se tumbaba boca arriba. Carla se colocó tras la cabeza de su padre, tiró de sus tobillos y le arqueó la espalda para dejarme el trasero en la posición perfecta. No sé cuándo se había puesto lubricante, pero mi polla entró fácil, suave. La cara de placer de Carla viéndome follar a su padre era de antología.
No sé cuánto duramos así, pero todos estábamos al límite. No fue mucho tiempo: terminé llenándole el culo de semen a uno de mis mejores amigos, a alguien con quien hasta esa tarde jamás me había tocado con deseo.
***
—Ha sido genial —dijo Esteban, recuperando el aliento—. Mira que nos conocemos desde hace años y nunca sospeché esto.
—Es bastante reciente. Tú también has estado increíble. Imaginaba que eras morboso, pero esto...
—¡Eh, chicos! ¿Y yo no he hecho nada? —protestó Carla, acariciándose los pechos con cara de viciosa.
Los dos nos echamos a reír.
—Sí, cielo, tú eres perfecta. La chica más morbosa y lasciva que he conocido. Has sacado de mí todo lo que llevaba años reprimiendo.
—Espero que me volváis a invitar. Me gustaría seguir explorando con vosotros.
Carla se acercó mimosa y volvió a colgarse de mi cuello.
—¿Y conmigo a solas? ¿No me vas a llevar a cenar y a bailar algún día?
—Desde luego, cielo. Si quieres salir con un viejo como yo.
—No eres ningún viejo, y me encantaría verte más veces. Mi papi no es nada celoso, ¿verdad?
—Para nada. Mi nena puede tener todos los novios y novias que quiera —respondió Esteban—. Pero todavía no vamos a parar.
Ni que decir tiene que aquella pequeña orgía continuó durante toda la noche y buena parte del día siguiente. Sin vestirnos, sin dejar de acariciarnos, lamernos y besarnos más que para comer, ducharnos y dormir algún rato suelto.