La mujer que me feminizó hasta volverme su juguete
Llevaba un buen rato atada de aquella forma cuando Renata volvió al cuarto. Las muñecas sujetas a los tobillos, las piernas abiertas, y dentro de mí ese juguete que ella había ido inflando hasta llenarme por completo. Lo notaba todo: el grosor, la bolita inferior que se abotonaba dentro y no me dejaba cerrar, la tensión constante que me mantenía al borde sin permitirme ni un segundo de calma.
Tomó un pequeño frasco de la mesa y apretó algo sobre el juguete. Despacio empecé a sentir que perdía volumen, que cedía, que la presión que me partía en dos se aflojaba poco a poco.
—Tranquila —dijo, casi con dulzura—. Ahora viene la parte que te va a gustar.
Tomó otro frasco y lo presionó. Sentí cómo una crema tibia me llenaba por dentro, espesa y abundante.
—Esto no es solo lubricante —me explicó, acariciándome la cara interna del muslo—. Tiene algo que te va a poner muy femenina, muy excitada y muy obediente. El efecto más fuerte dura la primera hora, pero no te va a soltar hasta mañana.
Cuando terminó de vaciar el frasco salió de la habitación y me dejó sola con aquella sensación creciendo dentro de mí. Volvió media hora después, cuando el juguete ya había perdido todo su grosor y resbalaba fuera de mi cuerpo. Solo entonces deshizo las ataduras y me ayudó a ponerme de pie.
—Desvístete —ordenó.
***
Mientras me quitaba lo poco que llevaba, ella me iba pasando la ropa que debía usar. Esa noche el papel era otro: tenía que vestirme como una muñeca, como una niña de cuento. Bragas y sostén rosados con estampado de princesas, unas medias largas blancas, y un vestido de falda amplia, rosa, tan femenino que me dio vergüenza solo de verlo. Me calzó unos guantes y unos zapatos a juego.
—Ahora posa para mí —dijo, levantando el teléfono.
Y posé. Giré, junté las rodillas, me llevé un dedo a los labios, hice todo lo que me pedía mientras ella disparaba foto tras foto.
—Mírate —se reía—. Tan delicada, tan obediente. Una putita de manual.
Cada palabra me hundía un poco más y, a la vez, me calentaba un poco más. No sé en qué momento dejé de distinguir la humillación del deseo.
Terminé arrodillada sobre la cama, y ella aprovechó para atarme otra vez. Me dejó con las nalgas en alto y las manos sujetas a las rodillas. Después me dio la vuelta, me acostó boca arriba y me deslizó una almohada bajo las caderas para mantenerme expuesta.
Sacó uno de sus vibradores y lo paseó entre mis piernas, por encima de la falda, por encima de la ropa interior, sin tocar la piel, solo la tela. El zumbido subía por el vestido y yo gemía contra mi voluntad, sintiendo cómo las bragas se humedecían bajo el roce.
***
Entonces cambió de juego. Tomó una fusta delgada y empezó a castigarme: golpes secos en los muslos, en las nalgas, calculados, ni demasiado fuertes ni demasiado suaves. Se quitó sus propias bragas y me las metió en la boca para callarme.
Yo recibía cada golpe más caliente que el anterior. Lo notó. Cuando me rasgó las medias y metió la mano bajo el vestido, me encontró completamente mojada.
—Mira nada más cómo estás —murmuró—. Si esto es lo que querías desde que entraste por la puerta.
Apartó la tela a un lado y me penetró con los dedos primero, después con un dildo, hundiéndolo sin prisa hasta el fondo. Cuando lo tuve dentro se levantó la falda, me sacó las bragas de la boca y se sentó sobre mi cara.
—Lámeme —dijo—. Despacio. Como te enseñé.
La obedecí. Mientras se movía encima de mí y yo la recorría con la lengua, ella seguía jugando con el dildo que tenía clavado dentro. Después giró, se acomodó en un sesenta y nueve y empezó a devorarme entera mientras yo hacía lo mismo con ella. Estuvimos así un rato largo, las dos perdidas, hasta que se incorporó.
Retiró el dildo y se colocó ella misma uno con arnés. Me tomó como se toma a una hembra, sin contemplaciones, hasta el fondo, mientras me escupía, me llenaba la boca con los dedos y me decía al oído lo que era. Terminó dentro de mí, sujetándome contra la cama, atada, vestida y feminizada hasta el último detalle.
***
Cuando recuperó el aliento se levantó, se separó de mí y tomó unas cuantas fotos más de cómo había quedado.
—Disfruté mucho de nuestro encuentro —dijo, ordenándose el pelo—. Y te tengo un par de sorpresas.
La primera fue una caja de supositorios que, según me explicó, imitaban el efecto de las hormonas y me harían sentir femenina y excitada durante horas. La segunda, un plug vibrador que se conectaba a la computadora y se controlaba a distancia. Me introdujo las cápsulas, me hizo humedecer el plug en la boca y luego me lo colocó.
—Ve al baño —dijo—. Vamos preparándote para que regreses a casa.
Obedecí. Fui a orinar sentada, como una mujercita, con mucho cuidado de que el plug no se moviera. Cuando volví, la encontré organizando cosas sobre la cama.
—Quítate el vestido y las medias.
Lo hice. Ella misma me quitó el sostén y las bragas para ponerme un traje de látex rosado que me cubría hasta el pecho y quedaba abierto entre las piernas. Después me acostó y me colocó un pañal, unas bragas enormes y un protector de plástico, todo rosa, todo con dibujos infantiles. Me mostró cómo, con una pequeña bomba de aire, el traje inflaba mi pecho y cómo se desinflaba.
Con el traje inflado, me ciñó un arnés a la cintura y otro sobre el pecho. Cerró cada uno con un candado de combinación numérica y volvió a ponerme el collar con la placa colgando.
—Una cosa más antes de que te vayas —dijo, poniéndose en cuatro sobre el colchón—. Despídete como corresponde.
Me arrodillé detrás de ella como una perrita que apenas conoce a su dueña. La lamí, la besé, separé con mis manos para llegar más adentro, recorrí cada rincón con la lengua una y otra vez. Solo me retiró cuando estuvo satisfecha.
***
Mientras se ponía unas bragas limpias delante de mí, sacó un bolso y empezó a llenarlo. Sin dejar de meter cosas, me lanzó la pregunta como si nada:
—¿Te interesaría trabajar para mí?
—¿Cómo una sirvienta? —pregunté, con la cabeza todavía nublada.
—Casi. Como una de las mucamas de mi hotel.
Coqueta y sin pensarlo demasiado, respondí que sí. Ella sonrió, me dio un beso y fue a buscar unos frascos de pastillas mientras me hablaba. Tenía un hotel muy reservado en una zona de bosque, en la montaña, un sitio exclusivo con clientela fija: gente que pagaba por encuentros de fantasía con travestis. Antes de que pudiera preguntar nada, aclaró que el puesto no era inmediato. Primero tendría que pasar una prueba de selección, y la vacante solo se abriría cuando terminara una ampliación que ya tenía muy avanzada.
Le dije que estaría encantada y pasamos enseguida a los frascos que estaba empacando. Me los fue mostrando uno por uno: pastillas de hormonas femeninas, unas de relajación y feminización, otras para mantenerme excitada. Metió también toallas, tampones, supositorios y varias bragas nuevas. Las instrucciones eran claras: las pastillas, todos los días; a partir de ahora, solo ropa interior femenina, y siempre una toalla puesta en la calle para no andar mojada por ahí.
—Esto es para la próxima vez —dijo, metiendo un paquete cerrado con otro candado—. Y esta es la pijama que vas a usar para dormir hoy.
Cuando terminó, me quitó el collar y me entregó una sudadera y un buzo holgados para que me los pusiera encima de todo.
—Cuando llegues a casa, te cambias a la pijama y me avisas —ordenó—. Quiero ver cómo te tocas. Y solo cuando te hayas mojado entera te voy a dar las combinaciones para abrir los candados y quitarte todo esto.
***
Nos despedimos con un beso largo y emprendí el regreso, que me tomaba más de dos horas de carretera. Confieso que el tiempo se me fue volando. Mientras manejaba, sentía cómo me iba calentando con solo pensar en lo que me esperaba: seguir atrapada en aquella ropa, sometida, dependiendo de ella para liberarme, obligada a servirle aunque fuera a través de una pantalla.
Apenas llegué, subí corriendo al apartamento, me quité la sudadera y el buzo, inflé el pecho del traje y me puse la pijama. Comí algo rápido. Tenía muchas ganas de orinar y no podía quitarme nada, así que terminé haciéndolo en el pañal, de pie en la cocina, con las piernas cruzadas como una señorita.
Así, mojada y temblando, recibí su mensaje: estaba lista, debía conectarme. Encendí la computadora. Cómoda en mi propia casa, empecé a sentir de verdad el efecto de las cápsulas que me había metido horas antes; las dejé hacer todo su trabajo mientras prendía la cámara y ella configuraba el plug para controlarlo desde su lado.
Cuando lo logró, empezó a jugar. Subía y bajaba la vibración mientras me humillaba, me llamaba sucia, me ordenaba tocarme entera. Le confesé que ya me había hecho pis en el pañal y, en lugar de regañarme, subió la intensidad al máximo. Me deshice ahí, frente a la cámara, retorciéndome en la silla hasta quedar floja.
Solo entonces me envió las combinaciones de los candados.
—Que pases buena noche —escribió—. Espero ansiosa nuestro próximo encuentro.
Le di las gracias y, todavía agitada, le conté lo mucho que había disfrutado y que no tardaría en volver a ponerme a sus órdenes. Apagué la pantalla sabiendo que aquello no había sido un final, sino apenas el comienzo de algo de lo que ya no quería salir.