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Relatos Ardientes

La noche que salí a buscar lo que tanto deseaba

Esa mañana me desperté con una urgencia que conocía demasiado bien. No era hambre ni sueño, era algo más abajo, una presión tibia que me recorría desde el vientre y no me dejaba pensar en otra cosa. Llevaba semanas conteniéndome, sonriendo en la oficina, fingiendo que era un hombre cualquiera con una vida cualquiera. Pero esa mañana supe que no iba a aguantar un día más sin que alguien me tomara como lo que de verdad soy.

El problema es que soy travesti de clóset. Nadie en mi vida diurna lo sabe, ni mis vecinos, ni mis compañeros, ni mi familia. Así que tuve que esperar. Hacer tiempo. Dejar que el sol se rindiera y que la ciudad encendiera sus luces. La paciencia me ardía en la piel todo el día, como una brasa que se niega a apagarse.

Un par de horas antes de la medianoche cerré las cortinas y empecé el ritual. Primero la ducha larga, el agua caliente, la depilación cuidadosa de cada centímetro. Después la lencería negra que guardo escondida en el fondo del armario, las medias que se ajustan al muslo, los tacones altos y destalonados que me obligan a caminar con la cadera. Me coloqué la peluca rubia, lacia, hasta los hombros, y delante del espejo me transformé poco a poco en otra mujer.

El vestido era diminuto, abierto a los lados, con escotes profundos por delante y por la espalda. Me maquillé despacio, los ojos oscuros, los labios rojos, y me perfumé con una esencia francesa que reservo solo para estas salidas. Por último, antes de salir, me introduje un plug en el ano para ir dilatándome. Quería estar lista. Quería que, cuando llegara el momento, no hubiera ningún obstáculo entre mi deseo y lo que viniera a buscarme.

Me miré una vez más. La mujer del espejo no tenía nada que ver con el hombre que trabajaba de lunes a viernes. Esta era atrevida, hambrienta, una putita dispuesta a todo. Me gustó lo que vi.

***

Subí al coche y arranqué hacia el bar de siempre, uno discreto al otro lado de la ciudad donde nadie me conoce. Al sentarme en el asiento, el plug se me hundió un poco más adentro y se me escapó un gemido agudo, casi un grito de niña. Me reí sola en la oscuridad del coche. Iba excitada, mojada de anticipación, y todavía no había llegado.

El local estaba a media luz, con esa música baja que invita a quedarse. Apenas crucé la puerta sentí las miradas, ese calor de los ojos ajenos recorriéndome las piernas, el escote, la curva del vestido. Y entonces, para mi suerte, lo vi. Damián. Un viejo amigo de otra época, alto, de manos grandes, con esa sonrisa torcida que siempre me había gustado. Levantó la copa al reconocerme y me hizo un gesto para que me acercara.

—No puedo creer que seas tú —dijo, mirándome de arriba abajo sin disimular—. Estás… estás increíble.

—Hoy decidí salir a divertirme —respondí, sentándome a su lado y cruzando las piernas muy despacio.

Pidió un par de tragos y conversamos. Nos pusimos al día con esa charla ligera que en realidad esconde otra cosa, una negociación silenciosa hecha de miradas y roces. Él me hablaba de su trabajo, de los años que habían pasado, pero sus ojos volvían una y otra vez a mis labios, a mis piernas, a la tela tensa sobre mi pecho.

Yo ya no podía esperar más. Apoyé la mano en su muslo y la dejé subir, lenta, hasta que sentí el bulto que crecía bajo el pantalón. Damián tragó saliva. Se inclinó, me besó en la boca con una mezcla de hambre y sorpresa, y cuando se separó tenía la voz ronca.

—Hay un motel justo al lado —murmuró—. ¿Vamos?

Por fin.

***

Apenas la puerta de la habitación se cerró a nuestras espaldas, me lancé sobre él. Le desabroché el pantalón con dedos torpes de impaciencia, se lo bajé junto con la ropa interior y ahí estaba, ya despierta, una verga gruesa y dura que me hizo la boca agua. La tomé con las dos manos, la apreté con suavidad y la masajeé de arriba abajo, sintiéndola latir contra mis palmas.

Le bajé el prepucio con los labios y deposité varios besos en la punta, absorbiendo, saboreando ese gusto salado que tanto extrañaba. Pasé la lengua alrededor de la cabeza, en círculos, y después me la metí casi entera en la boca. Empecé a chuparla como sé hacerlo, con técnica, con calma, alternando la presión y el ritmo.

Me la metía toda, o todo lo que mi garganta podía recibir. Abría los músculos para que entrara más de esa carne tibia y firme, y luego, con ella bien adentro, contraía la garganta a su alrededor. La sacaba para respirar, le lamía el tronco desde la base hasta la cabeza, le besaba los testículos, le daba mordiscos suaves, y volvía a tragármela entera.

Damián resoplaba de gusto. Me acariciaba el pelo, enredaba los dedos en la peluca y empujaba mi cabeza con cuidado, marcando el compás. Yo lo miraba desde abajo, con los ojos llorosos por el esfuerzo y una sonrisa imposible en los labios estirados. Cada gemido suyo me prendía más.

Después de un buen rato me saqué su verga de la boca, con un hilo de saliva uniéndonos todavía, y le pregunté con la voz quebrada:

—Papi, ¿ya me la quieres meter? ¿Cómo me pongo?

—Ponte en cuatro —respondió, jadeando—. Quítate solo la tanga y déjate el vestido levantado.

Me incorporé, me saqué el plug despacio, me bajé la tanga por las piernas y me subí el vestido hasta la cadera. Me arrodillé en la orilla de la cama, bien empinada, arqueando la espalda, ofreciéndole todo. La espera me tenía temblando.

***

Se colocó detrás de mí. Sentí la punta de su verga apoyarse en la entrada, ese botón que llevaba toda la noche pidiendo atención. Empujó despacio, hundió apenas la cabeza y se quedó quieto unos segundos, dejándome sentir el estiramiento. Después empezó a salir y a entrar, suave, paciente, ganando terreno con cada embestida.

Al cabo de unos minutos ya me la había metido hasta la mitad. Volvió a detenerse, dejando que mi cuerpo se acostumbrara al grosor, que se acoplara a su forma. Y entonces, sin aviso, la hundió hasta el fondo. Lo supe porque sentí su vello rozándome las nalgas y un calor profundo abriéndose dentro de mí.

Empecé a moverme hacia atrás, buscándolo, pujando para abrirme más. Lo recibía entero, desde la punta hasta la base, y por momentos juraba que también entraban sus testículos contra mi piel. Deliraba. No había en el mundo nada más que esa sensación de estar llena, de pertenecerle por completo.

Me cogía de un modo que me volvía loca, con movimientos lentos y desesperantes. Me clavaba la verga hasta el fondo y luego la retiraba casi entera, dejando solo la punta dentro, hasta que yo gemía de frustración. Entonces volvía a dejarla ir toda de golpe, y yo soltaba un grito agudo, de putita, con cada estocada. Todavía me dolía un poco, y ese leve ardor no hacía más que aumentar el placer.

Conforme subía el ritmo me fui soltando. Dejé de cuidarme, dejé de medir los sonidos. Ya no me importaba si alguien escuchaba a través de las paredes finas del motel. En ese instante todos mis sueños se hacían reales: un hombre bien dotado me tomaba por detrás, me hacía gozar, me llevaba a ese paraíso al que solo se llega cuando una se entrega sin reservas.

—Así, papi —le supliqué entre jadeos—, no pares, dámela toda.

Su verga me parecía divina. Los pliegues de mi interior se pegaban a ella, la abrazaban, no querían soltarla. Él me agarraba de la cadera con las dos manos y me embestía cada vez más fuerte, gruñendo, perdiendo el control que tan bien había mantenido al principio.

***

El placer me tenía fuera de mí, con el cuerpo sacudiéndose contra el suyo en cada golpe. Y entonces lo sentí cambiar. Su respiración se hizo entrecortada, las embestidas más erráticas, más profundas. En una de ellas, que me llegó hasta lo más hondo, se quedó completamente quieto.

Sentí los chorros calientes llenándome por dentro, uno tras otro, como si fueran a no acabar nunca. Su verga se hinchaba ligera pero perceptiblemente con cada pulso, y yo lo notaba todo, cada espasmo, cada descarga. Ese líquido que tanto había anhelado durante el día me inundó por completo.

En medio de mi propio delirio imaginé tonterías hermosas: que su semen atravesaba mis paredes y se mezclaba con mi sangre, que iba a hacerme más mujer, más entregada, más adicta a esto. Me reí de mí misma sin dejar de gemir, llevada por la locura del momento.

Cuando terminó de vaciarse, su miembro fue perdiendo firmeza poco a poco y lo sacó con cuidado. Pujé apenas y unas gotas tibias se escurrieron por la cara interna de mis muslos. Me quedé un instante así, arrodillada, con la respiración agitada y una sonrisa boba en la cara.

Nos dejamos caer en la cama, uno junto al otro, sudados y satisfechos. Damián me pasó el brazo por la cintura y nos quedamos dormidos sin decir nada, porque no hacía falta decir nada.

Cuando desperté, ya entraba algo de luz por las rendijas de la cortina y él se había marchado. No me molestó. Así son estos encuentros, hermosos justamente porque no piden nada después. Me acomodé el vestido, me retoqué el maquillaje frente al espejo del baño y enfilé el coche rumbo a casa, con el cuerpo todavía vibrando y la certeza de que volvería a salir a buscar lo mismo muy pronto.

Hasta la próxima, amigas. Espero que les haya gustado tanto como a mí.

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Comentarios (2)

GatoNocturno

increible relato, me tuvo pegado hasta el final!!!

Celeste_noche

Por favor seguila, quede con ganas de saber que paso despues. Un relato diferente, de los que no abundan por aca.

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