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Relatos Ardientes

Volví de noche para que los dos desconocidos me usaran

Le había prometido que volvería. Esa misma noche, después de que el más viejo me quitara lo que me quedaba de inocencia contra la pared de aquel cuarto, le dije al oído que regresaría en unos días para que me follaran los dos a su manera. No fue una promesa de cortesía. Fue lo único en lo que pensé durante la semana entera, tocándome cada noche en la cama pensando en sus vergas, mojando la almohada de saliva mientras me metía dos dedos en el culo imaginando que eran ellos.

El martes era mi día libre. Lo preparé todo desde temprano, con esa ansiedad que me sube por el estómago cuando sé que algo prohibido me espera. Tanga de hilo blanca, liguero blanco, medias blancas, y debajo de todo eso, unas medias de red rojas que solo yo sabía que llevaba puestas. Falda corta negra con vuelos blancos. Un abrigo pequeño, también negro, porque la madrugada venía fría.

Encima de todo me puse un pantalón de hombre y unas botas negras. Nadie que me cruzara por la calle iba a imaginar lo que escondía debajo. Esa era parte del juego: andar entre la gente normal con un secreto pegado a la piel, con el culo ya lubricado desde casa porque me había metido un poco de aceite con los dedos antes de salir, sabiendo que esta vez me la iban a meter por atrás.

Salí pasadas las once. Caminé hacia el mismo barrio de galpones donde, días atrás, ese hombre maduro me había abierto por primera vez. Las calles estaban vacías, apenas un perro ladrando lejos y el zumbido de un foco que parpadeaba sobre una esquina. Cada paso me acercaba y cada paso me ponía más caliente. Sentía la tanga húmeda pegada a mí, la tela del liguero rozándome los muslos, y por dentro del pantalón mi propia verguita ya semierecta contra la costura, incómoda y deliciosa al mismo tiempo.

No tengas miedo. Esto es lo que querés. Querés que te usen, querés que te llenen la boca de leche.

Me lo repetí varias veces, aunque el miedo y las ganas eran la misma cosa esa noche.

***

Llegué al pasadizo angosto que separaba dos paredones, el mismo que les conté en el relato anterior. Ahí, escondida entre las sombras, me quité el pantalón con cuidado y lo metí doblado en la mochila. Las botas se quedaron. Cuando me enderecé, ya no era el chico que había salido de su casa: era una nena bastante provocadora andando sola a esas horas, justo como me gustaba sentirme.

El abrigo apenas me tapaba la falda. El aire frío me rozó los muslos por encima de las medias y se me erizó toda la piel. Los pezones se me pusieron duros bajo la tela y sentí un latido entre las nalgas, como si el culo ya estuviera pidiendo. Avancé hasta la casa medio abandonada. El portón estaba apenas apoyado, sin candado, listo para correrlo a un lado y entrar. Lo empujé despacio y me colé adentro.

Subí la escalera de a poco, agarrándome del barandal oxidado, con los nervios y la calentura discutiendo en mi pecho. Desde arriba bajaba un olor a cigarrillo y una luz amarillenta de vela. Cada escalón crujía y delataba que yo subía. Eso me gustaba: que supieran que ya llegaba, que estaban ahí arriba con las pollas duras esperando por mí.

Empujé la puerta del cuarto y ahí estaban los dos.

***

Sentados sobre un colchón con una sábana azul celeste, fumando y pasándose unas cervezas. Uno era el de la otra vez, ancho de hombros, con la barba entrecana y unas manos enormes. El otro, al que todavía no conocía, era más alto y flaco, con los ojos hundidos que se me clavaron apenas crucé la puerta.

Ninguno de los dos disimuló las ganas. Me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas, en el borde de la falda, en lo poco que ese atuendo dejaba a la imaginación. El más viejo sonrió de costado, como diciendo «sabía que ibas a venir». Ya se le marcaba el bulto en el pantalón, un tronco grueso contra la tela, y al flaco se le adivinaba otro más largo, cruzado hacia un costado.

—Pensé que te habías arrepentido —dijo el flaco, sin levantarse.

—Prometí que volvía —contesté, y me sorprendió lo firme que me salió la voz—. Y vine con ganas de que me rompan.

Dejé la mochila sobre una mesita coja que había contra la pared. Después me di vuelta hacia ellos y empecé a acercarme. Lento. Disfrutando cada segundo de tenerlos mirándome.

Me arrodillé en el borde del colchón y avancé entre los dos de rodillas, balanceando las caderas, dejando que el abrigo se abriera. Apenas estuve a su alcance, las manos cayeron sobre mí desde los dos lados a la vez.

***

Sentí los dedos del viejo subiéndome por el muslo, por encima de la media, buscando el borde del liguero. El flaco me agarró de la cintura y me atrajo hacia él, y en el mismo movimiento me metió la lengua en la boca, una lengua gruesa que sabía a cerveza y a tabaco. En un instante estaba sometida, manoseada por todos lados, sin saber qué mano era de quién y sin que me importara.

Me apretaban las nalgas, me recorrían las piernas, me pasaban las palmas ásperas por la espalda, me pellizcaban los pezoncitos por encima de la tela. El viejo me hundió los dedos entre las nalgas por encima de la tanga y encontró el ojito ya lubricado. Soltó una risa ronca.

—Vení preparada, la putita —murmuró—. Bien aceitada.

—Para ustedes —le contesté al oído.

Yo cerré los ojos y me dejé hacer. Esto era exactamente lo que había salido a buscar a la madrugada: que dos hombres que ni siquiera conocía bien me usaran como se les antojara, que me trataran de puta, que me abrieran de piernas y de culo.

El viejo me bajó el abrigo de los hombros y se quedó mirando el conjunto blanco, el liguero, las medias rojas asomando por debajo. Soltó un gruñido bajo, de aprobación, y me empujó suave hacia abajo, hacia su regazo, donde ya se estaba abriendo el pantalón.

—Esto te lo pusiste para nosotros —dijo. No era una pregunta.

—Me lo puse para ustedes —repetí, y se me quebró un poco la voz de pura calentura—. Para que me la metan como quieran.

***

Para entonces los dos ya se habían sacado la ropa. Quedaron desnudos sobre el colchón, dos cuerpos maduros y pesados, dos pollas paradas apuntándome. La del viejo era corta y muy gruesa, con la cabeza morada y venas marcadas en el tronco; la del flaco era larguísima, más fina, curvada hacia arriba, con los huevos colgando pesados debajo. Yo en medio, todavía vestida con mi tanga y mis medias. Esa diferencia me ponía peor todavía: ellos enteros, con las vergas duras al aire, yo apenas cubierta, ofrecida, con la tanga corrida por un costado y mi propia colita chorreando debajo del liguero.

Me incliné sobre el viejo primero. Lo tomé con la mano, apenas alcanzándolo del grosor que tenía, y me lo llevé a la boca despacio, sintiendo cómo la cabezota me estiraba los labios. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, y después me lo tragué hasta la mitad, ahogándome un poco, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. El flaco se acomodó a un costado y me ofreció el suyo, largo y palpitante contra mi mejilla. Empecé a ir de uno al otro, mamando a uno mientras masturbaba al segundo con la mano, alternando, sin dejar a ninguno mucho tiempo solo. Escupí saliva sobre las dos pollas para tenerlas bien mojadas y las froté una contra la otra frente a mi cara, sacando la lengua para lamer las dos puntas a la vez.

Tener a los dos así, durísimos por mí, chorreando líquido preseminal sobre mi lengua, fue una de las sensaciones más intensas que recuerdo. El flaco me hundía los dedos en el pelo y marcaba el ritmo, empujándome la cabeza hasta que la punta de su verga me tocaba el fondo de la garganta y me hacía toser. El viejo prefería quedarse quieto y mirar cómo trabajaba, con una media sonrisa que me prendía fuego, agarrándose la polla y golpeándomela contra la mejilla y los labios cuando le tocaba a él.

—Mirá cómo le gusta —le dijo el flaco al otro, casi sin aliento—. Mirá cómo la putita nos chupa.

—Le encanta la verga —contestó el viejo—. Se le nota en los ojos.

No respondí. Tenía la boca demasiado llena y no quería parar por nada del mundo. Me la sacaba solo para chupar los huevos, uno primero y otro después, y volver a tragarla enseguida, produciendo esos ruidos húmedos y obscenos que a ellos los ponían locos.

***

El viejo me hizo darme vuelta. Me puso en cuatro sobre el colchón, con las medias rojas tirantes y la tanga corrida a un lado. Sentí su cara entre mis nalgas, la barba raspándome la piel, la lengua abriéndose paso, empujando primero contra el ojito y después metiéndose adentro, girando, ensalivándome bien. Apreté la sábana azul con los puños y se me escapó un gemido agudo que no pude controlar. Me lamió el culo largo rato, sin apuro, mientras me manoseaba los cachetes y me daba alguna palmada suelta que me hacía saltar.

—Qué rico culito tenés —masculló contra mi piel—. Bien apretado todavía.

—Cójamelo —le pedí, empujando el culo contra su boca—. Rómpame, señor, por favor.

El flaco aprovechó para ponerse delante. Me ofreció de nuevo su pieza y yo la recibí en la boca sin dudar, tragándola hasta atrás mientras el viejo me abría con dos dedos por detrás. Me metía el pulgar y giraba, después dos, sacándolos brillantes de saliva y aceite, preparándome, ablandándome para lo que venía. Cada vez que me abría un poco más yo gemía alrededor de la polla del flaco, y el sonido lo volvía loco: me agarraba de las orejas y me la clavaba más adentro.

Estaba abierta por los dos lados a la vez, y la cabeza me daba vueltas. Frío en la espalda, calor por todas partes, las manos de uno en mis caderas y los dedos del otro en mi nuca. Perdí la noción de cuánto tiempo estuvimos así, con la baba escurriéndoseme por el mentón y el culo latiendo, hambriento.

***

Cuando por fin el viejo se acomodó detrás de mí, ya no quedaba en mí ni rastro de la inocencia de la primera vez. Escupió sobre el ojito, se la agarró con la mano y me apoyó la cabeza contra la entradita. Empujó despacio, apretando, hasta que el glande gordo pasó el anillo y yo sentí que me partía en dos. Lo recibí con un quejido largo, mitad dolor mitad alivio, con los ojos apretados y la boca abierta, y al rato el dolor se volvió otra cosa, una sensación gruesa y constante a la que me fui acostumbrando con cada embestida. Cuando me la metió hasta los huevos me quedé unos segundos sin respirar, sintiéndola latir adentro, y después empezó a moverse en serio, saliendo casi entera y volviendo a hundirse hasta el fondo.

El flaco no se quedó quieto esperando. Me sostenía la cara entre las manos y volvía a meterse en mi boca cada vez que el otro me empujaba hacia adelante, aprovechando el impulso: cada embestida del viejo por atrás me hacía tragar la polla del flaco entera por delante. Entre los dos me movían como querían, marcando un vaivén que yo ya ni intentaba controlar, ensartada por los dos lados, escupiendo saliva y babeando sobre la sábana.

—Así —murmuraba el viejo, apretándome las caderas hasta dejarme marcas—, despacio, que aguante. Aflojá el culito, nena, aflojá.

—Chupá bien, putita —jadeaba el flaco—. No la sueltes.

Aguanté. Vaya si aguanté. Las horas se fueron en eso, en cambiar de posición, en pasar de uno al otro, en dejar que me dieran vuelta cuantas veces se les ocurría. Me montaron encima del viejo, con la polla gorda encajada en mi culo y yo cabalgándolo mientras el flaco me la metía en la boca desde atrás, agarrándome del pelo. Después me acostaron boca arriba, con las piernas abiertas y las medias rojas al aire, y me volvieron a coger así, mientras yo me masturbaba mi propia colita chorreando entre los dedos. En un momento el flaco quiso también, y se acomodó detrás del viejo esperando su turno; me pasaron de una verga a otra sin darme respiro, con el culo ya rojo y abierto, chorreando saliva y lubricante por dentro de los muslos.

A esa altura ya me había acostumbrado al grosor de los dos, y lo que al principio me costaba ahora lo pedía a gritos, moviendo el culo hacia atrás para que me la clavaran más fuerte.

—Más —les rogaba—, más adentro, cójanme más fuerte.

***

Terminó como yo sabía que iba a terminar. Me arrodillé otra vez entre los dos, con las medias rojas manchadas y el liguero torcido, con el rímel corrido por las lágrimas y los labios hinchados de tanto chupar. Abrí la boca y saqué la lengua, mirándolos hacia arriba con los ojos húmedos, como una nena buena esperando el postre. Ellos se pararon a los costados y se agarraron las pollas, cascándoselas rápido y fuerte sobre mi cara.

Primero acabó el flaco. Soltó un gruñido largo y me disparó un chorro grueso que me cruzó de la frente al mentón, después otros dos más cortos dentro de la boca. Semen espeso, tibio, salado, que me llenó la lengua. No terminé de tragar y ya estaba acabando el viejo, con más cantidad todavía, gemido ronco y las piernas temblándole; me llenó la boca hasta que se me desbordó por las comisuras y me chorreó por el mentón hasta las tetas. Recibí todo y lo saboreé, cerrando los labios y tragando de a poco, como una nena hambrienta que se ganó su premio después de portarse bien. Después les chupé las puntas para dejárselas limpias, sacándoles hasta la última gota.

Me quedé un rato así, sentada sobre los talones, con la cara embadurnada y la leche todavía tibia en la boca, recuperando el aire, con los dos hombres desplomados a mis costados sobre el colchón. Nadie habló. Solo se oía nuestra respiración y, afuera, el zumbido lejano del foco roto.

Al final fue lo más maravilloso que pude hacer y vivir. Cuatro horas de placer, de algo de dolor también, pero un dolor que ya no me importaba, que formaba parte del paquete que había salido a buscar.

***

Me vestí en silencio, con el culo todavía abierto y goteando, sintiendo cómo un hilo de semen me bajaba por la cara interna del muslo cuando me puse de pie. El pantalón de hombre otra vez encima del conjunto, las botas, el abrigo cerrado hasta el cuello. Volví a ser, para la calle, el chico anónimo de siempre. Bajé la escalera con las piernas todavía temblando y empujé el portón hacia la madrugada helada.

Caminé de vuelta sintiendo cada paso, con el culo latiéndome dentro del pantalón, todavía con el sabor de ellos en la boca y la piel marcada por sus manos. Sí, totalmente real. De vez en cuando salgo de noche, vestida así, solamente buscando alguna oportunidad con algún hombre maduro de esos que no dudan y saben lo que quieren, de esos que me tratan de puta y me llenan de leche sin preguntar.

Y créanme que esa noche encontré a dos.

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Comentarios(7)

toteo

increible!! me dejo sin palabras

Noche_x

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

lector777

Que relato tan intenso, se nota que fue escrito con mucha pasion. Sigue asi!

ElMisterioso77

Me sorprendio la valentía de la protagonista. Yo también he vivido situaciones así de intensas y esa mezcla de miedo y emoción que describes es muy real. Bien escrito, de verdad.

Oscura_lectora

uff que caliente!! tremendo relato

Raquel_BA

¿Esto te paso de verdad? Se siente tan autentico que me resulta difícil creer que sea ficcion pura. Felicitaciones!

furias

se me hizo corto jaja, quiero mas de estos!!

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