Mis fantasías de travesti antes de mi primer hombre
Antes de empezar, déjenme presentarme. Pueden llamarme Selene, aunque ese no es el nombre con el que me conocen en la calle. Soy nueva en este ambiente y, para ser sincera, todavía no he estado con un hombre de verdad. Solo virtualmente, en pantallas, en mensajes que leo de madrugada con el corazón golpeándome el pecho. Decidí contar mis experiencias a manera de relatos porque es una de las pocas formas que tengo de sacar esta calentura que llevo dentro desde hace tanto.
También lo hago porque me gusta leer lo que ustedes escriben. Me encienden esos comentarios de hombres vulgares, directos, dominantes, esos que no se andan con rodeos y dicen exactamente lo que me harían. Eso me alimenta. Eso me mantiene despierta.
He de aclarar algo desde el principio para no engañar a nadie: si bien voy a contar cosas que me pasaron de verdad, otras estarán mezcladas con fantasías que todavía no me atrevo a cumplir. No siempre voy a decir cuál es cuál, pero a veces lo dejaré caer. Quiero que adivinen. Quiero que se imaginen conmigo.
Como muchas, todo empezó desde muy joven. Tenía sensaciones que no sabía nombrar ni mucho menos cómo desahogar. Solo sentía que ciertas situaciones me hacían arder por dentro, que el cuerpo se me ponía tenso de una manera que no entendía. Era algo entre la vergüenza y el deseo, y esas dos cosas siempre han vivido juntas en mí.
El primer recuerdo claro que tengo es del baño. Me gustaba cerrar la regadera, taparla con el tapón, y enjabonarme el cuerpo entero hasta quedar cubierta de espuma. Me imaginaba que era nieve, que estaba desnuda en mitad del invierno y que esa espuma blanca era lo único que me protegía del frío. Era un juego tonto, infantil quizá, pero me hacía sentir cosas que ningún juego infantil debería provocar.
Con el tiempo el juego se volvió más elaborado. Recuerdo que me hacía la forma de un bikini con la espuma: una franja entre las piernas, otra cubriéndome las pompas, y la parte de arriba marcando un pecho que entonces no tenía pero que ya soñaba con tener. Me quedaba quieta frente al chorro de agua tibia y dejaba que cayera despacio, deshaciendo poco a poco esa «prenda» imaginaria hasta dejarme completamente desnuda. Era riquísimo sentir cómo el agua me iba descubriendo centímetro a centímetro.
Y he de admitir algo que entonces no comprendía: mientras lo hacía, imaginaba que alguien me observaba. No sabía quién, no le ponía cara, solo sentía la presencia de unos ojos sobre mi piel mojada. Esa idea de ser mirada, de ser descubierta así, sin ropa y sin defensas, me ponía todavía más ansiosa. Cuanto más expuesta me sentía, más me gustaba.
***
Hubo una etapa en la que esos juegos salieron del baño. En la casa donde crecí había una terraza pequeña en la parte de atrás, con un patio de azulejos donde mi madre tendía la ropa. Cuando me quedaba sola, sobre todo las tardes de calor, subía con una cubeta de agua y una pastilla de jabón.
Me quitaba el short con las manos temblando, mirando hacia los lados por si alguien aparecía. Y empezaba a enjabonarme ahí, al aire libre, con movimientos torpes y nerviosos. El corazón se me salía. Tenía los pezones duros, a punto de reventar, y todo el cuerpo empapado, temblando, no sé si de frío o de pura excitación.
Lo que de verdad me encendía era la idea de que un vecino pudiera asomarse en cualquier momento. Imaginaba que alguno salía a su propia terraza, encendía un cigarro, y me descubría ahí, desnuda y mojada, brillando bajo el sol de la tarde. No corría a esconderme en mi fantasía. Al contrario: me quedaba quieta, dejando que mirara, dejando que se diera cuenta de lo mucho que me gustaba que mirara.
Que me vean. Que sepan lo que soy.
Nunca pasó de verdad, claro. O al menos nunca lo supe. Pero la posibilidad, esa tensión de saber que podía pasar en cualquier segundo, era suficiente para dejarme sin aliento. Creo que ahí, en esa terraza, nació la voyeur que llevo dentro. O mejor dicho, la que necesita ser vista.
***
Cuando llegaron mis primeras eyaculaciones todo cambió. Por fin entendí cómo aliviar ese deseo intenso, ese fuego que me quemaba por dentro sin darme tregua. Descubrí que el placer tenía un final, un punto en el que el cuerpo se desbordaba, y que podía perseguirlo cuando quisiera.
Empecé a dormir desnuda. Me encantaba sentir la sábana fresca sobre la piel, sin nada de por medio, solo la tela rozándome cuando me movía. A veces tardaba horas en dormirme, simplemente disfrutando de esa sensación, imaginando que no era una sábana sino las manos de alguien recorriéndome despacio.
Recuerdo una noche en especial. Para entonces ya dormía en mi propia recámara, con la puerta que cerraba con seguro, mi pequeño reino privado. Había salido del baño con la toalla sobre los hombros y, antes de vestirme, me detuve frente al espejo del clóset.
Me vi entera. Empapada todavía, con el pelo escurriendo y la piel brillante bajo la luz amarilla del foco. Y me gustó. Me gustó muchísimo mirarme así, descubrirme como si fuera otra persona, una desconocida atrapada del otro lado del cristal.
Empecé a posar. Primero alcé los brazos, despacio, observando cómo se estiraba mi cuerpo. Luego me puse de lado, marcando la curva de la cadera, imaginando una silueta que todavía no tenía pero que ya sentía mía. Cada pose me encendía un poco más. Sentí cómo crecía la excitación entre las piernas, imposible de ignorar.
***
Me subí a la cama sin dejar de mirarme en el espejo, que quedaba justo de frente. Me puse en cuatro, todavía escurriendo agua sobre las sábanas, y empecé a acariciarme las nalgas con las dos manos. Las apretaba, las separaba, me miraba hacer todo eso en el reflejo como si fuera una película protagonizada por alguien más.
Bajé las manos despacio, pasando por la parte de atrás, sintiéndome entera, sin prisa. Me daba jalones suaves al principio y luego más firmes, observando cada gesto de mi cara en el espejo. Sentía que iba a estallar y, sin embargo, me obligaba a frenar para alargar el momento.
Me empinaba más. Abría las nalgas frente al cristal y me miraba sin pudor, descubriendo cada rincón de mí misma. Esa parte más íntima, esa que tanto me intriga, no la toqué aquella vez. Solo la miré, fascinada, prometiéndome en silencio que algún día sería de alguien más.
Cuando por fin volví a tocarme, ya con las nalgas bien abiertas y los ojos clavados en mi propio reflejo, no aguanté mucho. El placer me subió de golpe, sin avisar, y exploté temblando sobre la cama, con la boca abierta en un gemido que tuve que ahogar contra la almohada para que nadie en la casa me oyera.
Fue una experiencia deliciosa. De esas que no se olvidan. De esas que marcan.
***
Me quedé un rato así, tirada boca abajo, recuperando el aliento, con la sábana pegada a la piel y el espejo devolviéndome la imagen de lo que acababa de hacer. No sentí culpa. Por primera vez en mucho tiempo no sentí culpa de nada. Solo me sentí yo, completa, sin disculpas.
Creo que esa noche entendí algo importante sobre mí. Que no me bastaba con el placer a solas, que detrás de cada fantasía había siempre alguien mirándome, deseándome, diciéndome cosas al oído. Que lo que de verdad busco no es solo el orgasmo, sino la mirada de un hombre que me vea y me quiera justo como soy.
Por eso estoy aquí. Por eso escribo. Porque algún día esas fantasías van a dejar de ser fantasías, y cuando ese día llegue quiero llegar preparada, sabiendo lo que me gusta, lo que me enciende, lo que me hace temblar.
***
Las pantallas, por ahora, son mi único contacto con ellos. Paso noches enteras chateando con hombres que ni siquiera sé si me dicen su nombre verdadero, igual que yo tampoco les digo el mío. Me piden fotos y se las mando con cuidado, eligiendo el ángulo, la luz, la pose que ensayé tantas veces frente a aquel espejo de mi recámara. Cuando uno me escribe que le gustaría tenerme de rodillas, que me trataría sin delicadeza, se me corta la respiración igual que cuando era niña en la terraza.
Hay uno en especial que me escribe casi todas las madrugadas. Nunca nos hemos visto, pero conoce cosas de mí que no le he contado a nadie más. Sabe que me gusta que me ordenen, que me digan lo que soy, que me describan con palabras crudas mientras me toco para él al otro lado de la cámara. A veces me deja al borde durante una hora entera, escribiéndome despacio, negándome el permiso de terminar hasta que se lo suplico.
Esas noches me corro pensando en su voz, en cómo sonaría de verdad, en lo distinto que sería sentir un cuerpo real en lugar de mis propias manos. Y cada vez que termino, ahí tirada en la cama con el teléfono iluminándome la cara, me pregunto cuánto tiempo más voy a aguantar antes de dar el paso de verdad.
Esta es apenas mi introducción. Hay mucho más que me muero por contar: las cosas que imagino mientras chateo de madrugada, lo que sueño que me hagan la primera vez, los detalles más sucios que no me atrevo todavía a confesar del todo. Pero no sé qué tan bien recibidos serán mis relatos, así que les dejo este como prueba.
Espero sus comentarios. Los espero vulgares, directos, sin filtro. Cuéntenme qué me harían si me encontraran desnuda y mojada en aquella terraza. Díganmelo sin vergüenza, que yo lo leeré todo, una y otra vez, hasta aprenderme de memoria cada palabra.
Besos. Su Selene, todavía novata, pero cada día con menos paciencia.