Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El desconocido del chat llegó a mi puerta en san valentín

Eran casi las cinco de la tarde y el calor de febrero entraba por las ventanas como si la ciudad entera estuviera en celo. Yo daba vueltas por el departamento sin poder quedarme quieta. Lo había alquilado tres días antes, recién llegada, y era el lugar perfecto para lo que tenía en mente: amplio, con buena luz, lejos de cualquiera que me conociera.

Me acordaba de su voz todo el tiempo. Cuando me llamó para confirmar, sonó grave, áspera, con esa seguridad que no se finge. En el chat había sido directo desde el primer mensaje, sin rodeos, soltando insinuaciones que me hacían apretar las piernas frente a la pantalla. Decía que estaba ansioso por conocerme. Yo también lo estaba, aunque no pensaba admitírselo todavía.

Habíamos hablado tres noches seguidas antes de animarnos. Él contaba lo que quería hacerme con un detalle que me dejaba sin respiración, y yo le seguía el juego, midiendo cada palabra para tenerlo justo en ese punto de querer más. Nunca intercambiamos nombres reales hasta esa tarde. Esa parte me encantaba: éramos dos personas inventadas a punto de encontrarse de verdad. No sabía casi nada de él, y eso, lejos de asustarme, me tenía electrizada.

Puse música para ambientar. Encontré una sesión larga, de esas que mezclan ritmos lentos y graves profundos, y dejé que llenara la sala. Subí apenas el volumen, lo justo para sentir el bajo en el pecho. Me serví unos minutos para mí, bailando sola en medio del living, antes de empezar con todo lo demás.

Llevaba dos horas preparándome. Primero un baño largo de agua bien caliente, con un lavado interno para quedar perfectamente limpia. Después me depilé con paciencia, sin dejar un solo vello, repasando cada zona dos veces. El baño tenía un espejo enorme que ocupaba media pared, así que me miré entera, desnuda, girando despacio. Me gustó lo que vi. La piel suave, hidratada, brillante bajo la luz. Me perfumé hasta los lugares que nadie iba a oler hasta más tarde.

Elegí el conjunto con cuidado: lencería negra de encaje con reflejos, portaligas, una tanga mínima que apenas cubría nada. Me pinté las uñas de manos y pies del mismo tono oscuro. El maquillaje me llevó otra media hora; quería causar impresión apenas abriera la puerta, que la primera imagen le quedara grabada.

Con el calor que hacía no aguanté y fui a la heladera por una cerveza. Me la tomé casi de un trago, de pie frente al ventilador de techo, sintiendo cómo el frío me bajaba por la garganta y me asentaba los nervios. Faltaban quince minutos. Bajé las luces de la sala hasta dejarlas tibias, encendí una vela aromática y volví a bailar un poco, solo para no pensar.

Entonces sonó el timbre.

Era él. Sentí el corazón en la garganta. Me acomodé el pelo, respiré hondo y abrí.

Mateo era más alto de lo que imaginaba, ancho de hombros, con una presencia que llenaba el umbral. Me miró de arriba abajo sin disimular y algo en sus ojos se encendió. Le di un beso corto en la mejilla y él respondió abrazándome, hundiendo la nariz en mi cuello, en mi pelo, respirando como si quisiera quedarse con el olor.

—Hueles increíble —murmuró contra mi oreja.

No alcancé a contestar. Sus manos bajaron directo a mis nalgas y las apretó con fuerza, separándolas, buscando con los dedos por encima de la tela. Fue rápido, casi brusco, y me arrancó un suspiro que no pude contener. Dejó sobre la mesa una botella de vino tinto que traía helada y, sin soltarme, corrió la tanga a un costado.

—Estás lista —dijo, más para él que para mí.

Lo estaba. Me había preparado con crema horas antes y sus dedos entraron sin esfuerzo, dos de golpe, gruesos y seguros. Con la otra mano me tomó por delante y empezó a acariciarme despacio, después más rápido, mientras me empujaba contra la pared del recibidor.

No vamos a llegar ni a la habitación, pensé, y la idea me gustó.

Pero llegamos, aunque tardamos. Me tuvo así un buen rato, recorriendo el departamento sin sacarme los dedos: contra la mesada de la cocina, doblada sobre el respaldo del sillón, hasta que por fin me llevó al cuarto y me dejó caer sobre la cama.

Se desnudó de pie frente a mí, sin apuro, dejándome mirar. Se quedó solo con el bóxer y entendí el mensaje sin palabras. Me incorporé, enganché los dedos en el elástico y se lo bajé de un tirón. Estaba duro, húmedo en la punta, con el pulso visible bajo la piel.

No perdí el tiempo. Me lo llevé a la boca entero, sin advertencias, y lo escuché soltar el aire de golpe. Tenía un caramelo de menta fuerte deshaciéndose en la lengua, y cuando el frío lo tocó, sus rodillas se aflojaron un segundo. No era el más largo que había probado, pero sí grueso, con la cabeza ancha, de esos que prometen. Me tomé mi tiempo, atenta a cada reacción, jugando con el ritmo hasta que empezó a gemir bajito.

—Si seguís así esto se termina antes de empezar —dijo, apartándome con suavidad.

Me dio vuelta y me hizo apoyar las rodillas en el borde de la cama. Sentí su peso detrás, una mano firme en mi cintura, la otra guiándose. Entró despacio al principio, atento, dándome tiempo, y después con más confianza, hasta el fondo. Solté un gemido largo contra la almohada. Quedé completamente abierta para él, y eso era exactamente lo que quería.

—Tocame los pezones —le pedí, girando apenas la cabeza.

Me obedeció sin dejar de moverse, deslizando una mano hacia adelante, pellizcando, rodando la piel entre los dedos. Era lo único que me faltaba para perder del todo la cabeza. Me llevé dos dedos al frente, sin más, y con eso bastó. El placer me subió desde la base de la espalda, me erizó la nuca, y terminé temblando sobre las sábanas mientras él seguía empujando.

Lo miré por encima del hombro, sosteniéndole la mirada, sin vergüenza. Él me la sostuvo de vuelta, y esa fue la parte que más me gustó: no apartó los ojos ni una vez.

***

Cambiamos de posición varias veces. Me cargó en el aire en algún momento, sosteniéndome contra su pecho, y me besó en la boca mientras me movía sobre él. No duró mucho así, era demasiado intenso para los dos, pero fue suficiente para dejarme sin aliento. Volvimos a la cama, después al piso, otra vez a la cama.

Cuando lo sentí cerca del final, lo escuché cambiar la respiración. Se apartó, se tomó con la mano y me miró con una pregunta muda. Yo ya estaba arrodillada frente a él antes de que terminara de pensarlo.

—Acá —le dije, abriendo la boca.

Me dio todo lo que tenía. Lo recibí entre los labios, en las mejillas, y lo que cayó fuera lo recogí despacio, sin apuro, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Él se quedó quieto, observándome, con una expresión entre la sorpresa y la rendición. Después se dejó caer a mi lado en la cama, agitado, riéndose de su propia respiración.

Nos quedamos un rato en silencio, los dos mirando el ventilador girar. Más tarde abrimos el vino que había traído. Estaba perfecto, frío todavía, y lo tomamos directo de la botella, pasándonosla, hablando poco. No hacía falta decir mucho.

Tuvimos una segunda vuelta después del vino, más lenta, más tranquila, casi cariñosa. Esta vez se tomó su tiempo conmigo, explorando sin prisa, atento a cada respiración mía, como si quisiera aprenderse de memoria qué me hacía temblar. Y una tercera ya entrada la noche, cuando el calor del día había aflojado y por la ventana entraba un poco de aire fresco. Para entonces yo estaba deshecha en el mejor de los sentidos, con las piernas flojas y una sonrisa que no se me iba.

***

Cerca de las once me levanté a mirarme al espejo del cuarto. Tenía el maquillaje corrido, el rímel marcándome las mejillas, el pelo hecho un desastre. Me reí sola. Nunca había quedado tan satisfecha y tan destruida al mismo tiempo. El cuarto entero olía a sexo, a perfume y a vela gastada.

Mateo se vistió sin prisa, me dio un último beso largo en la puerta y se fue. Nunca volvió a escribirme. Le mandé un mensaje días después y nunca lo leyó, o eligió no contestar. Al principio me molestó un poco. Después entendí que así estaba bien: quedó como una sombra perfecta, un desconocido sin final, una noche que no se gastó con la costumbre.

Me acosté desnuda tal como estaba, sin ganas de moverme, con la sábana enredada en las piernas. Había sido un catorce de febrero distinto a todos los demás. Nada de cena romántica, nada de promesas. Solo un departamento prestado, una voz grave que conocí en una pantalla y una noche que todavía recuerdo entera, gesto por gesto, cada vez que el calor de febrero vuelve a entrar por la ventana.

Valora este relato

Comentarios (2)

LauraCba_87

Que relato tan lindo!! me atrape desde el principio

NicolasT87

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguió todo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.