El obrero que me confundió con una mujer
Aquella temporada mis padres se habían ido de viaje al sur y me dejaron la casa entera para mí. Era una libertad que no tenía casi nunca, porque vivo en una doble vida que pocos conocen: de día soy un hombre discreto, de los que pasan inadvertidos, y de puertas adentro soy otra persona, una mujer que me invento con ropa, maquillaje y unas ganas que no caben en ningún clóset.
En la casa del vecino estaban levantando un cuarto nuevo. Llevaban semanas con la obra, así que todas las mañanas el ruido de la mezcladora y los martillazos se metía por mi ventana. Iban y venían varios obreros y un maestro de obra, un señor canoso que rondaría los cincuenta y que llevaba la voz de mando. Los demás eran de todas las edades, desde muchachos hasta hombres curtidos por el sol.
A mí siempre me han gustado los hombres grandes, los maduros, los que tienen las manos ásperas y miran con esa seguridad que no se aprende. Pero entre todos había uno que me rompía el esquema. No era el mayor ni el más fornido, pero tenía algo en la forma de moverse, en cómo cargaba los costales sin esfuerzo y se reía con los demás, que me tenía la cabeza dando vueltas desde hacía días.
Aproveché mi día de descanso. Me metí a la regadera, me afeité con cuidado cada centímetro, me perfumé y me arreglé con calma, sin prisa, disfrutando el ritual. Me puse un vestido corto que se ajustaba donde tenía que ajustarse, una blusa fina encima, brasier con relleno, una tanga diminuta, medias y unos tacones que me hacían caminar distinto. Me miré en el espejo y me gustó lo que vi. Esa mañana me sentía hermosa, y eso es justo lo que busco cuando me visto así.
Terminé de almorzar y salí a la calle con la excusa de dar una vuelta. Caminé unos metros frente a la obra, despacio, dejando que el repiqueteo de los tacones anunciara cada paso. Sentí las miradas en la espalda como un calor. Entonces hice lo que tenía planeado desde el principio: me detuve, fingí que había olvidado algo y di media vuelta para regresar.
Fue ahí cuando lo escuché.
—Mamacita, si así mueves todo eso, has de coger riquísimo —dijo una voz, y varios se rieron.
Lo miré directo a los ojos. Era él, el que me traía obsesionado. Me armé de valor y le solté lo que llevaba pensando.
—¿Y si quieres comprobarlo? —le dije, sosteniéndole la mirada.
Como nunca he trabajado mi voz, en cuanto hablé se dio cuenta de que al final soy hombre. No me importó. Hay cosas que por discreción tengo que dejar claras, y aun así no se inmutó. Al contrario, algo le brilló en la cara. El maestro de obra no estaba, se había ido por unos materiales, y era casi mediodía. El muchacho se limpió las manos en el pantalón, cruzó la calle y se acercó a mí.
—Hola, soy Damián —me dijo—. ¿Y tú cómo te llamas?
—Renata —contesté—. ¿Cómo le va?
—Bien, aunque creo que ahora mucho mejor —sonrió, y me recorrió de arriba abajo sin disimulo—. Te ves muy rica, eh.
—Gracias —dije, sintiendo que me ardía la cara—. Pase, no se quede en la puerta.
Damián entró a mi casa y nos sentamos en la sala. Dejé la puerta entreabierta, no sé si por descuido o porque en el fondo quería que la situación tuviera algo de riesgo, algo de prohibido. Me senté con las piernas cruzadas y él se acomodó a mi lado, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo y el olor a cemento y sudor que, lejos de molestarme, me encendía.
—Qué rica y qué provocativa te ves —me dijo en voz baja—. Cualquiera juraría que eres mujer. Te lo digo de verdad, ni la mía es tan bonita como tú.
—Qué pena me da —respondí, aunque por dentro me derretía—. Pero gracias, eso es justo lo que busco cuando me arreglo. Verme como una mujer y sentirme guapa.
—Pues lo lograste, y de sobra.
Su mano se posó en mi rodilla y empezó a subir despacio por la media, acariciándome el muslo. Se fue acercando cada vez más hasta que su boca quedó a un suspiro de la mía. Yo me acomodé en el sillón, ofreciéndome, dejándole claro que podía tomar lo que quisiera. Lo entendió perfecto. Me besó, y mientras me besaba su mano se coló bajo el vestido y me apretó.
Yo le busqué el bulto sobre el pantalón. Lo sentí endurecerse poco a poco bajo mis dedos, crecer hasta marcarse en la tela, y eso me puso peor. Nos besamos largo, sin prisa al principio, hasta que la prisa nos ganó a los dos. Nos levantamos sin despegar las bocas y empezamos a desnudarnos ahí mismo, entre tropiezos y risas nerviosas, dejando la ropa tirada por el piso.
Cuando estuvimos desnudos volvió a besarme y me recorrió entero con las manos. Me abrió las nalgas, me dio un par de palmadas que sonaron en toda la sala y me dijo cosas al oído, esas cosas sucias que a mí me encienden y que yo recibía como una caricia. Me dejé hacer por completo. Me giró, me puso de espaldas a él y empezó a pasarme la verga por las nalgas, frotándola arriba y abajo, rozándome la entrada sin entrar todavía.
—Te la voy a meter toda —me advirtió contra la nuca—. Aguántame.
La tenía grande y gruesa, y yo me moría por sentirla dentro. De un solo empujón firme me la metió completa. No me dolió, ni yo entendí cómo lo hizo con tanta facilidad. Se quedó quieto unos segundos, dejando que me acostumbrara, abrazándome por la cintura. Luego empezó a moverse, a entrar y salir con un ritmo que fue subiendo de a poco hasta volverse implacable.
***
Estuvimos así un buen rato, él cogiéndome de pie, doblándome contra el respaldo del sillón, sujetándome de las caderas para entrar más hondo. Yo gemía sin contenerme, le pedía que no parara, le decía que era suya, que me usara como quisiera. Cada embestida me arrancaba un sonido que ni yo reconocía como mío. La casa entera olía a sexo y a sudor, y la puerta entreabierta nos recordaba que cualquiera podía vernos.
—Así, no pares —le supliqué—. Hazme tuya.
—Eres mía —jadeó él, clavándome los dedos en la piel—. Toda mía.
Sentí cómo se tensaba detrás de mí, cómo el ritmo se le volvía errático, y entonces lo noté venirse dentro, caliente, vaciándose por completo mientras yo me apretaba contra él para no perder ni un segundo de esa sensación. Fue rico, intenso, como si todo el deseo acumulado de aquellas semanas reventara de golpe.
Cuando salió, no lo dejé descansar. Me arrodillé frente a él, todavía agitado, y me lo llevé a la boca. Lo lamí entero, lo saboreé sin asco ni reparo, con una entrega que me sorprendió a mí misma. Estaba como poseída, no me importaba nada más que darle placer y dármelo a mí. Pasó otro rato largo, él con las manos enredadas en mi pelo, marcándome el ritmo, hasta que volvió a tensarse.
—Me voy a venir otra vez —me avisó con la voz quebrada.
Y se vino en mi boca, y yo me lo tragué todo sin dejar caer una gota. No sé de dónde saqué el aguante, pero en ese momento sentía que estaba en otra parte, flotando, lejos de todo lo que me reprime el resto del tiempo.
Terminamos exhaustos, sudados, tirados en el sillón. Me abrazó con esos brazos fuertes de cargar ladrillos todo el día y se quedó así un rato, en silencio, acariciándome la espalda. Fue, de todo lo que pasó esa tarde, lo más extraño y lo más tierno. Un hombre que media hora antes no sabía mi nombre, abrazándome como si me conociera de siempre.
Pero todo tiene un final, y casi siempre llega antes de lo que uno quisiera. Afuera el ruido de la obra seguía, lo que significaba que pronto lo echarían de menos. Se vistió despacio, sin dejar de mirarme, y antes de irse intercambiamos números, aunque los dos sabíamos que tal vez no servirían de mucho.
—Estás increíble, Renata —me dijo en la puerta—. No te voy a olvidar.
—Ni yo a ti —respondí, y lo besé una última vez.
Lo vi cruzar la calle de vuelta a la obra, recoger su pala y seguir como si nada. Cerré la puerta, me apoyé en ella y respiré hondo. Todavía sentía su olor en mi piel, todavía me temblaban las piernas. Aquella tarde fue de las mejores que recuerdo, y me gusta pensar que para él también lo fue. A veces el deseo no entiende de etiquetas ni de lo que uno se supone que es. Esa tarde, frente a un desconocido, fui exactamente quien quería ser.