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Relatos Ardientes

Mi secreto salió a la luz con el guardia ese domingo

Tenía que ir a la oficina un domingo porque arrastraba un proyecto que debía entregar el lunes a primera hora. Sabía que a esa hora el edificio estaría vacío, que solo yo andaría por el área de cubículos, y esa idea me gustaba más de lo que admitía. Después de bañarme y depilarme entera, me puse una tanguita color piel, sin costuras, de esas que no se marcan ni se notan. Encima, unos pants ajustados que me dibujaban las curvas. Me miré al espejo antes de salir y me gustó lo que vi.

Llegué en mi auto y el estacionamiento estaba casi solo. Apenas dos guardias de turno. Uno de ellos, Bruno, era corpulento, bastante más alto que yo, con los brazos y el pecho cubiertos de vello que dejaba ver porque siempre traía la camisa medio abierta. Tenía pinta de macho de los que no piensan demasiado. Nunca había cruzado con él más que un buenos días cuando me levantaba la pluma de la entrada, pero esa mañana, mientras me abría, sentí que sus ojos se quedaban en mí un segundo de más.

Subí a mi cubículo y me concentré en cerrar el trabajo cuanto antes. No quería que se me hiciera tarde. Cuando terminé de redactar el texto y de montar los videos, mandé a compilar el proyecto y la pantalla me avisó que tardaría cerca de dos horas. Dos horas muertas, sin nada que hacer, con todo el edificio para mí.

Se me ocurrió dar una vuelta por la planta. Total, no había nadie, podía pasearme con mi tanga puesta debajo de los pants y nadie sabría lo que llevaba. Caminé por el pasillo central, disfrutando del silencio y de la sensación de la tela ajustada moviéndose conmigo a cada paso.

No llevaba ni veinte metros cuando escuché pisadas detrás de mí.

Era Bruno. Me seguía de cerca, con la mirada clavada en mi trasero. Lo noté de inmediato, ese tipo de mirada que no disimula, que te recorre con descaro. Hice como que no me daba cuenta. Me agaché despacio, fingiendo recoger algo del piso, y dejé que mirara mejor. Cuando me incorporé ya lo tenía detrás, muy pegado a mi espalda, tanto que sentí su bulto duro contra mis nalgas.

—¿Qué hace usted tan sola por aquí, señorita? —me preguntó, y la voz le salió ronca.

—Vine a terminar un trabajo —dije, intentando sonar tranquila—. Pero la computadora va a tardar un par de horas. No tengo mucho que hacer mientras tanto.

—Si quiere, me acompaña a hacer el recorrido —ofreció, sin apartarse ni un centímetro.

Empecé a tartamudear algo sin sentido, pero asentí. Me llevó hasta el fondo, al área de bodegas, donde las cámaras de vigilancia ya no alcanzan a captar nada. Y entonces, sin prisa, puso sus manos enormes en mi cintura y me hizo detenerme para jalarme hacia él. Volví a sentir su verga, a punto de reventar el pantalón, apretada contra mí. Me estremecí, pero no me aparté. Al contrario: arqueé la espalda y empujé el culo hacia atrás para sentirlo más. Así estuvimos un rato, él frotándose contra mí y yo dejándome llevar.

No aguanté más. Me giré, me estiré y lo abracé. Me besó hondo mientras sus manos me agarraban las nalgas y se colaban por debajo de la tanga. Empezó a abrirme con los dedos y, muy despacio, metió uno. Me acarició por dentro con una delicadeza que no esperaba de alguien tan grande. Yo ya estaba lubricando, y en un movimiento rápido le desabroché el pantalón y metí la mano en sus calzones.

Lo que encontré era un monstruo. No menos de veintiún centímetros, grueso, caliente, latiendo en mi palma. Y era todo para mí.

No me cabe entero ni en sueños, pensé, y aun así me moría por intentarlo.

Sacó el dedo de mi culo y, con suavidad, me tomó del cabello para guiar mi cabeza hacia abajo. Me arrodillé frente a esa verga enorme, gruesa, recorrida de venas, hinchada. Me la llevé a la boca con calma, sin prisa, porque quería disfrutar cada centímetro. La lamí de la base a la punta, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua.

Bruno me sujetó del pelo y empezó a empujar para que me la tragara entera. Al principio sentí que me ahogaba, que no había forma de meterla toda. Pero poco a poco la garganta se me fue abriendo y, al final, la recibí completa. Él gruñía por encima de mí, y ese sonido me prendía todavía más.

Me tuvo así un buen rato. Después me levantó, me giró de golpe y me empinó contra unas cajas. Sentí su lengua entre mis nalgas, lamiéndome el culo con ganas. Siempre ando bien limpia por si se da una situación de estas, y me enorgullece decir que tengo unas nalgas firmes y un orificio pequeño y apretado. Bruno lo dejó todo mojado de saliva antes de preguntar:

—¿Lo vas a aguantar?

—Despacio —le pedí, con la respiración entrecortada—. Está muy grande. Pero lo recibo con gusto.

Me dio la cabeza de la verga de a poco. Yo sentía cómo me iba abriendo, cómo me estiraba hasta el límite, y a pesar de la punzada de dolor lo disfrutaba como pocas veces. Con sus manos enormes me separaba las nalgas para ver cómo me lo iba tragando. No pasó ni un minuto y ya lo tenía todo dentro.

Me agarró de las caderas. Primero suave, jalándome hacia él, dejándome sentir todo ese pedazo de carne llegando a donde nunca nadie había llegado. Me tocaba por dentro entero, hasta el fondo. Y de repente cambió el ritmo. Empezó a embestirme cada vez más fuerte, más rápido, más duro. Yo gemía sin contenerme porque no había nadie en toda la planta que pudiera oírnos. Sentía sus huevos chocar contra mí a cada estocada.

No paró hasta que me llenó de un chorro caliente. Lo sentí perfectamente, cómo se vaciaba dentro de mí, cómo después empezaba a escurrirme por la cara interna de los muslos.

En cuanto me la sacó, me arrodillé de nuevo y me la metí a la boca para limpiar todo. Me tragué cada gota de ese semen que aún brotaba de la punta, y con su sabor todavía en los labios lo miré desde abajo. Él seguía duro, como si no hubiera acabado de venirse hacía treinta segundos.

—Otra vez —murmuró, y no era una pregunta.

Me cargó. Le rodeé la cintura con las piernas y me sentó sobre unas cajas apiladas que servían de mesa. Me echó las piernas sobre los hombros y volvió a metérmela toda, en mi culo aún resbaloso de su leche. Esta vez me cogió más duro, más hondo. Se dejó caer sobre mí, pecho contra pecho, sin dejar de besarme, y yo me perdí en el calor de su cuerpo, en el roce de su vello contra mi piel.

Fue así, con él encima, que me vine sobre su pecho. Y casi al mismo tiempo lo sentí soltar otro chorro dentro de mí. Quedé extasiada, temblando, sin poder dejar de gemir, acariciándole el cabello y besándole la frente mientras recuperábamos el aliento.

***

Estuvo encima de mí un rato largo, los dos quietos, escuchando nuestras respiraciones en aquella bodega en penumbra. Después se incorporó despacio y me ayudó a bajar de las cajas. Recogió del piso la poca ropa que había volado durante el manoteo y me la pasó. Me miró mientras me vestía, con una media sonrisa, y yo lo miré a él, embelesada, mientras se acomodaba el uniforme.

—Que termine pronto su trabajo, señorita —dijo, recuperando de golpe el trato formal, como si nada hubiera pasado.

Yo, con cara de tonta y las piernas todavía flojas, apenas alcancé a darle las gracias. Se acomodó la camisa y se fue a seguir su rondín como si fuera un domingo cualquiera.

Volví a mi cubículo. La compilación había terminado. Pasé por el baño a arreglarme un poco, a recomponer el peinado y borrar cualquier rastro de lo que acababa de pasar, y me fui a casa con una sonrisa que no se me quitó en todo el día.

Será en otra ocasión que vuelva a cruzarme con mi guardia de seguridad. Y la próxima vez, pienso ser yo quien empiece el recorrido.

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Comentarios (6)

CamilaCba

Que caliente!!! me encanto de principio a fin, ojalá haya mas relatos asi.

ElMiron_BA

jaja me imagino la cara del guardia cuando se dio cuenta. Muy bien narrado, se siente real.

MiriamLuz22

Increible

PabloR_2001

Buenisimo, nunca me aburri leyendolo. Le das un ritmo que te atrapa desde el primer parrafo. Ojalá escribas mas seguido.

NocheDeDeseos

Ese final no lo vi venir para nada jaja. Tremendo.

vale_lm

La tension que se va construyendo es lo que mas me gusto. Muy disfrutable, gracias por compartirlo.

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