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Relatos Ardientes

El sueño que cada noche me reclama como suya

Hay un sueño que vuelve siempre, idéntico, como si alguien lo hubiera grabado dentro de mí. Empieza igual: estoy frente a un espejo y soy yo, pero no soy el yo de la vigilia. Soy yo con el cuerpo que me tocaba tener.

Me miro y no me reconozco, aunque me reconozco perfectamente. Tetas grandes, pesadas, que suben y bajan con cada respiración. La cintura estrecha, las caderas anchas, las piernas largas y suaves. Y más abajo, entre los muslos, ya no hay nada de lo que arrastraba despierta. Hay un sexo de mujer, depilado, los labios hinchados, el clítoris que despierta solo con que el aire lo roce.

En el sueño soy trans en cada centímetro de piel, y lo sé con una calma que de día nunca tengo. La cabeza sigue siendo la mía: la misma ansiedad, las mismas ganas de obedecer, la misma certeza de que vine al mundo para que alguien me usara como siempre quise que me usaran.

Me llamo Renata cuando duermo. Es el nombre que me puse en el sueño la primera vez y que ya no me suelta.

***

Estoy tumbada en la cama, encima de una colcha oscura. Llevo un camisón de raso negro que apenas me cubre los muslos, y la tela es tan fina que los pezones se marcan duros, dibujados contra el satén. Hace un poco de frío en la habitación, pero no es eso lo que me eriza la piel.

Es saber que la puerta va a abrirse.

Siempre se abre. Esa es la regla del sueño. Y aunque cada noche me digo que esta vez voy a despertar antes, nunca despierto. Me quedo, porque quiero quedarme.

El picaporte gira despacio.

Y entra él.

***

No tiene nombre. Nunca lo ha tenido. Es enorme, eso sí: pasa del metro noventa, con unos hombros que tapan casi todo el marco de la puerta y un torso ancho cubierto de vello oscuro que baja en una línea hasta el vientre. Está desnudo. No le hace falta nada más.

Lo que cuelga entre sus piernas es lo primero que miro, porque el sueño me obliga a mirarlo. Todavía está medio blando y ya parece más grueso que mi antebrazo, pesado, balanceándose con cada paso que da hacia la cama. Las manos las tiene tan grandes que sé, sin que me lo demuestre, que una sola me taparía la cara entera.

Al principio no dice nada. Solo me mira, de arriba abajo, despacio, como quien revisa algo que ya le pertenece y solo quiere comprobar que sigue en su sitio.

Soy suya. Ya lo era antes de que entrara.

Camina hasta el borde de la cama. Estira el brazo, me rodea el cuello con una sola mano —los dedos casi se tocan por detrás— y me levanta como si no pesara nada. Mis pies se despegan del suelo. El camisón se sube y deja a la vista el sexo, ya brillante, ya entregado antes de que me toque.

—Buenas noches, putita —dice, y la voz le sale ronca, grave, raspada—. ¿Lista para que te recuerde qué tienes ahí abajo ahora?

No me da tiempo a responder. Me empuja contra la pared y la espalda me choca con el yeso frío. Con la mano que tiene libre agarra el escote del camisón y tira. El raso se rasga de golpe, de arriba abajo, y las tetas saltan libres, rebotando una vez antes de que él las atrape.

Me las aprieta, una con cada mano, los pulgares aplastando los pezones contra la palma.

—Ah… —se me escapa, sin que pueda hacer nada por callarlo.

—¿Mojada tan pronto? —Se ríe bajo, casi para sí mismo—. Vamos a ver cuánto aguantas.

***

Una de sus manos baja. Me separa los labios con dos dedos y empuja el del medio adentro, de golpe, hasta el fondo. Estoy chorreando, y el sonido que sube es obsceno, húmedo, vergonzoso.

—Escucha cómo te traga —gruñe contra mi sien—. Tienes hambre, ¿eh?

Mueve el dedo dentro y fuera, lo curva para tocar ese punto exacto que me hace temblar las rodillas. Mi cadera empieza a moverse sola, sin permiso, buscándolo, pidiendo más de lo que ya me da.

—Por favor… —jadeo contra su cuello, y ni yo sé qué le estoy pidiendo.

Saca el dedo empapado y me lo lleva a la boca.

—Chupa. Prueba lo perra que estás por una de verdad.

Lo lamo entero, despacio, saboreándome, gimiendo bajito mientras lo hago. Él me observa con los ojos entrecerrados, y veo cómo lo que tiene entre las piernas empieza a despertar de verdad.

***

De pronto me gira. La cara contra la pared, las palmas abiertas sobre el yeso. Me baja las braguitas de un solo tirón, hasta los tobillos, y noto su cuerpo enorme pegarse al mío por detrás. Su sexo ya está duro, durísimo, apoyado en el surco entre mis nalgas, la punta caliente rozándome la espalda baja.

—Te voy a abrir hasta que grites —susurra, y me muerde el lóbulo de la oreja—. Y después me vas a pedir más. Ya lo verás.

La punta baja, busca, presiona contra la entrada. Empuja, y entra solo la cabeza. Duele. Estira de un modo que no creía posible. Me abre como nadie me ha abierto nunca, ni en sueños ni despierta.

—¡Ah! ¡Es enorme…! —La voz se me quiebra a la mitad.

—Respira —dice, y me agarra de las caderas con una fuerza que deja marca—. Aguanta. Te la vas a tragar entera, despacito, así… eso es…

Otro empujón, lento, implacable. Siento cómo me estiro al límite alrededor de un grosor que no debería caber. Centímetro a centímetro va entrando, y yo aprieto los dientes y me clavo las uñas en la pared. Hasta que algo pesado choca contra mis muslos y noto su vientre raspándome la piel.

—Hasta el fondo —gime él—. Mírate. Toda dentro.

***

Se queda quieto un instante, dejándome sentirlo: cada vena, cada latido suyo metido en lo más hondo de mí. Estoy ensartada, llena de un modo que me roba el aire, el clítoris latiendo sin que nadie lo toque, como si tuviera vida propia.

Y entonces empieza de verdad.

Sale casi del todo. Vuelve a entrar de un golpe seco que me arranca un grito.

—¡Ahh!

El sonido de sus caderas contra mí llena la habitación entera, rítmico, brutal. Plap. Plap. Plap. Cada embestida me empuja contra la pared y me la devuelve.

—¿Te gusta? —jadea contra mi nuca—. Dilo. Quiero oírtelo decir.

—¡Sí…! —La palabra me sale rota—. ¡Me encanta… más fuerte… por favor…!

Acelera. Me suelta una teta y lleva esa mano enorme al clítoris, lo frota en círculos rápidos mientras me embiste sin tregua. El placer sube como una ola que no sé frenar, que ni quiero frenar, que me trepa desde los pies.

—Te voy a llenar —gruñe—. Vas a quedarte goteando toda la noche. Vas a dormirte así, abierta y chorreando.

—¡Sí… lléname…! —Mi voz ya es un solo gemido entrecortado, sin frases, sin nada—. ¡Ah! ¡Ah! ¡Me corro…!

***

El orgasmo me parte en dos. Me contraigo alrededor de él, una vez y otra y otra, apretándolo desde dentro, ordeñándolo casi sin querer. Él empuja hasta el final y se queda ahí, clavado, gruñendo como un animal que ya no se contiene.

—Toma —dice entre dientes—. Toda. Aguanta.

Siento el primer chorro caliente golpeándome dentro. Espeso. Mucho. Sigue derramándose mientras yo tiemblo, las piernas flojas, sostenida solo por sus manos en mis caderas y por lo que tengo clavado hasta el fondo.

Cuando termina, no sale. Me mantiene ensartada, goteando ya por la cara interna de los muslos, y me besa el cuello con una calma posesiva que es casi peor que la furia de antes.

—Buena chica —susurra contra mi piel—. Mañana vuelvo. Y la próxima vez no vengo solo. Tienes que aprender a servir como se debe.

La frase me recorre entera, como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Quiero protestar, decirle que no, fingir aunque sea un poco de pudor. Pero lo único que hago es asentir contra la pared, con los ojos cerrados, mientras él sigue dentro de mí y la idea de la próxima vez ya me empieza a calentar otra vez.

Por fin sale, despacio, y siento cómo todo lo que me ha dejado dentro empieza a deslizarse muslo abajo. Me suelta. Me deslizo por la pared hasta quedar sentada en el suelo, abierta, temblando, sin fuerzas. Él se queda de pie mirándome desde arriba, enorme, satisfecho, y no le hace falta decir nada más.

***

Me despierto empapada. El corazón a mil, el camisón —el de verdad, el de la vigilia— pegado al cuerpo de sudor, las sábanas hechas un nudo entre las piernas. Por un segundo no sé dónde estoy ni qué cuerpo tengo, y ese segundo de no saber es lo más dulce de toda la noche.

Después vuelve la realidad, lenta, gris. Vuelvo a ser quien soy de día. Pero me queda algo: una sonrisa culpable en los labios y una certeza que me caliento por dentro con solo pensarla.

Porque sé que esta noche va a volver. Y yo, otra vez, voy a estar esperándolo despierta dentro del sueño, con el camisón puesto y la puerta entreabierta, contando los segundos hasta que el picaporte vuelva a girar.

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Comentarios (6)

NocheSola_87

tremendo relato, me llegó profundo. gracias por escribirlo

LectoFan92

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de mas

SabrinaQ

Que bien que escribis en serio. Transmitis esa mezcla de deseo y certeza de una manera que muy pocos logran. Segui subiendo relatos asi!

Valentina_ok

Me costo respirar leyendo el final, que manera de escribir. Nuevo seguidor desde hoy

MauroV88

buenisimo, me enganchó desde el principio y no pude parar

lectora_nocturna

Tan hermoso y caliente a la vez. Como logras eso?? jaja muy bueno

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