La trans del piso de abajo me enseñó a obedecer
Tenía diecinueve años y vivía en un edificio viejo de Rosario, de esos con ascensor de reja y olor a humedad en el palier. Mi familia era de clase media bien conservadora: mi papá contador, mi mamá pendiente todo el día de lo que iban a pensar los vecinos. Yo era el hijo callado, el que sacaba buenas notas y casi no abría la boca. Medía un metro setenta y seis, flaco, de piernas largas y un culito redondo y lampiño que jamás pensé que pudiera enloquecer a nadie. Pelo castaño, cara de pibe bueno y un montón de inseguridades que arrastraba desde el secundario.
Todo se dio vuelta el día que se mudó Bianca al departamento de abajo.
Era alta, muy alta. Le calculé fácil un metro ochenta y cinco. Piel morena que brillaba bajo la luz del pasillo, pelo negro largo y ondulado, una cola poderosa que se movía con cada paso y unas piernas gruesas y firmes. Las tetas medianas, naturales, y aunque los hombros eran un poco anchos, se movía con una feminidad que hipnotizaba. La cara hermosa: labios gruesos, ojos color miel que contrastaban con la piel oscura y unos rasgos apenas masculinos que, lejos de restarle, la volvían todavía más imponente. Era trans, y se notaba. Y eso, en vez de espantarme, me prendió una curiosidad que me quemaba por dentro.
Mis viejos no tardaron ni una semana en hablar mal de ella. «Esa seguro es de la calle», murmuraba mi mamá cada vez que la veía entrar. Yo me quedaba mudo, pero cada vez que la cruzaba en el ascensor me ponía colorado y se me aceleraba la respiración sin poder evitarlo.
Bianca era venezolana, de veintinueve años, diseñadora gráfica freelance. Trabajaba desde su casa y siempre tenía una sonrisa amable cuando me cruzaba. Una tarde, mientras paseaba al perro por la placita de la esquina, la encontré sentada en un banco con un cuaderno y unos lápices. Empezamos a charlar. Era simpática, segura de sí misma, con una voz grave y suave al mismo tiempo que me desarmaba. Desde ese día empecé a inventar excusas para cruzármela.
Una semana después bajé a su departamento con el cuento de que necesitaba ayuda con un trabajo de inglés para la facultad. Me abrió con una pollera de jean cortita y un top ajustado que no dejaba mucho a la imaginación. Apenas entramos y cerró la puerta, ya sentí que el aire estaba cargado de algo.
Nos sentamos en el sillón. Ella se acomodó muy cerca, tanto que nuestras rodillas se rozaban. Después de quince minutos en los que no entendí una sola línea del texto, me miró fijo y preguntó con una sonrisa pícara:
—¿De verdad bajaste a estudiar, bebé?
Me quedé sin palabras. Bajé la vista al cuaderno como si ahí adentro estuviera la respuesta. Bianca me levantó la cara con dos dedos y me besó. Sus labios eran calientes, suaves, exigentes. El beso se volvió profundo, húmedo. Me acariciaba la nuca mientras bajaba a besarme el cuello. Yo temblaba como una hoja.
De golpe tomó mi mano y la guió debajo de la pollera. Sentí algo grande, duro y caliente bajo la tela de la tanga. Me quedé paralizado, con el corazón a mil.
—Tranquilo… tocá. Es mi verga —susurró contra mi boca.
La toqué por encima de la ropa. Era gruesa, pesada, latía. Bianca se levantó la pollera, corrió la tanga negra hacia un costado y la liberó. Era enorme. Más de veinte centímetros, muy gruesa, de un moreno oscuro, completamente depilada y con una vena marcada que palpitaba al ritmo de su respiración. Me impresionó tanto que se me cortó el aire.
—Dale, agarrála y chupála un poquito —me dijo con voz cariñosa pero firme.
Me arrodillé en la alfombra sin pensarlo demasiado. Acerqué la cara. Olía a piel limpia y a un perfume dulce que se le quedaba pegado al cuerpo. Pasé la lengua por el tronco, despacio. Estaba caliente. Abrí la boca y metí la punta. Era difícil, casi no entraba. Bianca gemía bajito y me acariciaba la cabeza, marcándome el ritmo.
—Así, despacito… sos un buen chico.
Chupé durante varios minutos, babeando, torpe pero entregado, hasta que ella se tensó, me apartó la boca y se masturbó rápido con la mano. Chorros espesos y calientes le cayeron en la panza y en las tetas. Era muchísimo. Me quedé mirando, excitado y avergonzado a partes iguales.
—Vení… limpiame todo con la lengua —me ordenó suavemente.
Lamí cada gota. El sabor era fuerte, salado, espeso. Tuve un par de arcadas, pero seguí hasta dejarla impecable. Después me besó profundo, sin asco, y me dijo al oído:
—Podés volver cuando quieras. La próxima vez vamos a ir más lejos.
Salí de su departamento con las piernas temblando. Subí, me encerré en el baño y me masturbé pensando en esa pija enorme y en su voz grave llamándome con cariño. La culpa me invadía, sentía que estaba traicionando todo lo que me habían enseñado. Pero no podía dejar de pensar en volver.
***
Tres días después me llegó un mensaje suyo; en algún momento le había pasado mi número. Me invitaba a bajar esa misma tarde. Bajé nervioso, con las manos frías y el pulso descontrolado.
Cuando abrió la puerta, Bianca estaba espectacular: un vestido corto negro ajustado y tacos que la hacían todavía más alta. Pero no estaba sola.
Sentado en el sillón del living había un hombre de unos treinta años, alto, morocho, de barba corta y cuerpo trabajado. Bianca lo presentó como Tomás, un amigo suyo «muy cercano».
—Tomás ya sabe todo de vos —dijo ella sonriendo—. Le conté lo bien que la chupaste la otra vez.
Me puse rojo como un tomate. Quise decir algo y no me salió nada. Tomás me miró de arriba abajo con una sonrisa segura y me dijo:
—Tranquilo, pibe. Acá venimos todos a pasarla bien.
Bianca se acercó, me besó en la boca delante de él y empezó a desvestirme sin apuro. Me quedé en bóxer, con la pija dura marcándose contra la tela. Tomás se levantó del sillón y se puso detrás de mí. Sentí sus manos grandes acariciándome el culo por encima del algodón.
—Buen culo tenés —comentó, como si estuviera evaluando una compra.
Bianca se arrodilló frente a mí, me bajó el bóxer de un tirón y me chupó la pija con ganas mientras Tomás me besaba el cuello y deslizaba una mano entre las nalgas, rozándome el agujero con la yema de un dedo. Yo gemía sin poder controlarme, agarrado del hombro de ella para no caerme.
Después me pusieron de rodillas sobre el sillón. Bianca se sentó frente a mí y me apoyó su verga enorme en los labios. Mientras yo la chupaba como podía, Tomás se arrodilló atrás, me abrió las nalgas con las dos manos y empezó a lamerme el culo con la lengua. Fue una sensación brutal, eléctrica. Gemí fuerte con la boca llena.
—Mirá cómo lo disfruta —dijo ella riéndose bajito.
Tomás me metió un dedo, después dos, mientras yo seguía chupando como podía. Bianca me sostenía la cabeza y me cogía la boca con cuidado, sin lastimarme, midiendo cada empujón. Después cambiaron de lugar. Tomás se paró frente a mí y me ofreció su pija, gruesa, venosa y un poco más corta que la de ella. Mientras yo la chupaba por primera vez en mi vida, Bianca se ubicó atrás, me puso lubricante de sobra y empezó a meterme tres dedos, dilatándome con una paciencia que no le había visto hasta entonces.
—Hoy te voy a coger por primera vez, bebé —me susurró ella al oído—. Y Tomás te va a ayudar a portarte bien.
Me acomodaron en cuatro patas sobre el sillón. Tomás se sentó adelante y me metió la pija en la boca. Bianca se colocó atrás, apoyó su verga gruesa y morena contra mi entrada y empezó a empujar despacio. Dolor. Mucho dolor al principio. Apreté los dientes y gemí ahogado alrededor de la pija de Tomás. Ella iba de a poco, con litros de lubricante, acariciándome la espalda con una mano.
—Relajate… dejá que entre. Vas a ver lo rico que se siente después.
De a poco fue entrando. Cuando la tuvo toda adentro sentí que me partía en dos, pero también una presión rara, placentera, que nunca había sentido. Empezó a moverse suave, casi tierno. El dolor fue cediendo y convirtiéndose en otra cosa. Tomás me cogía la boca al mismo ritmo, como si estuvieran coordinados.
Bianca aumentó la velocidad, cogiéndome más fuerte. Sus caderas chocaban contra mi culo con un ruido húmedo que llenaba el living. Yo gemía como nunca en mi vida. Tomás se vino primero, llenándome la boca de leche caliente. Tragué como pude, entre arcadas, sin querer perder una gota.
Bianca siguió cogiéndome hasta que se tensó entera y sacó la verga de golpe. Me dio vuelta sobre el sillón, se subió encima de mi pecho y se masturbó sobre mi cara.
—Abrí la boca, bebé.
Chorros espesos y abundantes me cayeron en la lengua y en los labios. Esta vez tragué casi todo, aunque un poco se me escapó por las comisuras y me resbaló por el mentón.
—Buen chico —dijo ella acariciándome el pelo, satisfecha—. Ahora limpiá todo.
Lamí su pija y sus huevos hasta dejarla impecable, sin que me lo tuviera que repetir.
***
Después de eso nos quedamos un rato tirados en el sillón, los tres amontonados. Bianca me besaba suave mientras Tomás fumaba un cigarrillo junto a la ventana, mirándonos con una sonrisa de costado.
—Esto recién arranca, pibe —me dijo él soltando el humo—. La próxima vez vamos a probar cosas más ricas.
Bianca me clavó esos ojos color miel y me susurró al oído, con la voz todavía ronca:
—¿Vas a volver?
Yo, todavía con el cuerpo abierto y el sabor de los dos en la boca, solo pude asentir con la cabeza. No me salía la voz, pero tampoco hacía falta.
Sabía que ya no había vuelta atrás. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me importó lo que fueran a decir los vecinos.