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Relatos Ardientes

Soy la travesti que él busca cuando ella duerme

Damián siempre llama de la misma manera: tres golpes lentos y después uno solo, separado, como si dudara hasta el último segundo. Esa noche eran casi las doce y yo ya conocía ese código de memoria. Apagué la televisión, me miré un instante en el espejo del recibidor y abrí sin preguntar quién era. No hacía falta. Solo él toca así.

Estaba en el descansillo con el abrigo todavía puesto y el cuello de la camisa abierto. Olía a la cena de la que venía, a vino y a un perfume que no era el mío. Yo sabía lo que ese olor significaba: que había estado horas en una mesa familiar, sonriendo, asintiendo, y que durante todas esas horas había estado pensando en este pasillo, con la polla medio dura debajo del mantel.

—No deberías haber venido —le dije, aunque me hice a un lado para dejarlo pasar.

—Lo sé —contestó, y entró igual.

Me gusta su mirada cuando me busca los ojos. Es una mirada que pide permiso para algo que ya tiene decidido. La conozco desde la primera vez, hace casi un año, cuando coincidimos en la barra de un bar del centro y él tardó cuarenta minutos en atreverse a hablarme. Le costó entender lo que le pasaba. A mí no me costó nada: yo lo vi venir desde que cruzó la puerta.

—¿Has cenado con ella? —pregunté, solo para verlo incómodo.

—Con ella y con sus padres —murmuró—. No me hagas hablar de eso ahora.

Me reí bajito. Me gusta que no quiera hablar de ella cuando está conmigo, me gusta que el nombre de su esposa se le atragante en mi salón como si pronunciarlo aquí fuera una traición mayor que la que ya estaba cometiendo.

***

Le quité el abrigo yo misma. Lo colgué despacio, alargando el gesto, mientras él me observaba desde el centro de la habitación sin saber qué hacer con las manos. Damián es un hombre grande, de hombros anchos y mandíbula fuerte, de esas caras que parecen talladas a hachazos. Lleva la barba siempre un poco descuidada y los labios gruesos, y cuando se queda callado tiene un aire de animal que mide el terreno antes de moverse.

Me acerqué y le puse una mano en el pecho. Lo sentí respirar hondo bajo la camisa, ese pecho duro que tantas noches he recorrido con la boca. Le desabroché el primer botón y después el segundo, sin prisa, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Cuando bajé la mano por su vientre y le apreté el bulto por encima del pantalón, lo noté ya durísimo, palpitando contra la tela. Sonreí sin apartar los ojos de los suyos.

—¿Sabe dónde estás? —le pregunté en voz muy baja, apretando de nuevo.

—Cree que estoy con un compañero de trabajo —dijo, tragando saliva—. Cerrando un informe.

—Mentiroso —susurré, y le mordí el labio inferior mientras le bajaba la cremallera con dos dedos—. Mentiroso con la polla dura por otra.

Me gusta gustarle más que su mujer. Me gusta saber que, después de años de matrimonio, después de la casa y los planes y la familia entera sentada esta noche a su mesa, él inventa excusas torpes para cruzar la ciudad y subir a mi piso con los huevos hinchados. Lo que ella le da con costumbre, yo se lo doy con hambre. Y él lo sabe. Por eso vuelve.

Le terminé de abrir la camisa y se la bajé por los hombros. Apoyé la mejilla contra su pecho y respiré su calor. Damián me rodeó con los brazos y por un momento no hicimos nada más que estar así, de pie en mitad del salón, él enorme y yo pequeña contra su cuerpo, como dos personas que llevan demasiado tiempo conteniéndose. Metí la mano dentro del calzoncillo y le agarré la polla directa, caliente, latiendo. Se la moví despacio de arriba abajo, sintiendo cómo se le escapaba una gota espesa por la punta que le extendí con el pulgar.

—Te he echado de menos —dijo, y la voz le salió ronca.

No me digas eso, pensé. No me lo digas, porque te creo.

***

Lo llevé al dormitorio de la mano, con la otra sin soltarle la polla por dentro del pantalón abierto. La luz de la lámpara dejaba la mitad de la habitación en penumbra, y a Damián le sentaba bien esa luz: le marcaba las sombras del pecho, los músculos de los brazos, la línea de la cadera donde empezaba el cinturón. Me senté en el borde de la cama y lo atraje hacia mí por las trabillas del pantalón.

—Quédate quieto —le ordené—. Esta noche mando yo.

Me gustan sus piernas fuertes cuando se planta delante de mí sin moverse. Le desabroché el cinturón despacio, disfrutando del sonido de la hebilla, y le bajé el pantalón y el calzoncillo hasta los tobillos de un tirón. La polla le saltó pesada delante de mi cara, gruesa, con la vena marcada y el glande brillante y morado. Le besé el muslo, primero por encima de la tela y después sobre la piel, sintiendo cómo el músculo se le tensaba bajo mis labios. Damián dejó escapar el aire entre los dientes.

—Renata… —dijo mi nombre como una advertencia.

—Calla —le contesté, y me la metí en la boca hasta la mitad.

No hay lugar donde me sienta más yo que aquí, de rodillas frente a este hombre, con sus manos enredándose en mi pelo y su respiración rompiéndose poco a poco. Me abracé a sus piernas duras y lo sentí crecer aún más contra mi lengua. Le pasé la punta de la lengua por debajo del glande, por la vena gruesa que le sube por abajo, y después me la volví a meter entera hasta que le rocé los huevos con la barbilla. Se le escapó un gemido sordo. Él intentó marcar el ritmo, empujar hacia mi garganta, pero yo le clavé las uñas en el muslo para que entendiera que el ritmo lo ponía yo. Y obedeció. Damián, que en su casa decide todo, en mi cama obedece.

Le mamé la polla despacio, chupándole primero solo la cabeza con los labios apretados, haciendo ruidos húmedos que le arrancaban un temblor en las piernas. Después bajé más hondo, tragándome toda la verga hasta que las lágrimas me nublaron los ojos, y volví a subir dejándole un hilo de saliva colgando de la boca. Le agarré los huevos con la mano libre, se los amasé despacio, tirando de la piel, mientras seguía tragándome la polla entera. Se le puso todo tan duro que noté cómo empezaba a hincharse peligrosamente contra mi paladar.

—Mírame —le pedí, soltándolo un instante y frotándome la polla mojada por la mejilla—. Dime lo que soy.

Le costaba. Siempre le cuesta esa parte, no por vergüenza de mí, sino por vergüenza de cuánto lo desea. Bajó la mirada y me encontró los ojos, y entonces, con esa voz tosca de hombre que no sabe poner palabras a lo que siente, me lo dijo. Me dijo que era su puta, que era la única que le mamaba la polla así, que ninguna mujer le había hecho lo que yo le hacía. Me dijo que se la chupaba mejor que nadie, que se corría solo de pensar en mi boca.

Me gusta oírlo. Me gusta que me lo repita con palabras toscas, que me las diga al oído mientras me agarra de la nuca, porque en esas palabras hay una verdad que no se atreve a decir en ningún otro sitio del mundo. Le volví a tragar la polla y le apreté los huevos, chupándosela con toda la boca hasta oírle jadear como un animal.

***

Lo dejé al borde y entonces me detuve. Le saqué la verga de la boca cuando ya la sentía tensa a punto de reventar, y le apreté la base con dos dedos para cortarle la corrida. Me levanté, me quité el camisón por la cabeza y lo dejé caer al suelo. Debajo no llevaba nada. Damián me miró como se mira algo que no se debería querer y se quiere igual: los pezones duros, el coño depilado y ya empapado brillándome entre los muslos. Me tendió la mano. Yo negué con la cabeza.

—Túmbate —le dije.

Se tumbó en mi cama, ese cuerpo grande ocupándola entera, la polla apuntando al techo dura como una piedra. Antes de subirme encima le pasé la lengua por toda la verga una vez más, desde los huevos hasta la punta, y le escupí un poco de saliva encima para dejársela bien mojada. Después sí me subí, le puse las manos sobre el pecho, sentí los latidos desbocados bajo la palma, y me incliné hasta rozarle los labios sin besarlo del todo. Me froté el coño abierto contra la polla sin metérmela, deslizándome adelante y atrás hasta empaparle toda la verga con mis flujos.

—¿Pensaste en mí durante la cena? —le pregunté, apretándole la punta contra mi clítoris.

—Todo el tiempo —admitió con la mandíbula tensa.

—¿Mientras ella te hablaba? ¿Se te ponía dura debajo de la mesa pensando en mi coño?

—Mientras ella me hablaba. Todo el rato, joder.

Me gusta eso. Me gusta saber que estuve sentada como un fantasma en aquella mesa familiar, entre los suegros y el vino, viviendo dentro de su cabeza mientras él fingía escuchar. Lo besé entonces, hondo, y a la vez me empalé encima de él bajando de golpe. Su polla me entró hasta el fondo del coño y solté un gemido contra su boca. Él me devolvió el beso con una urgencia que no tenía nada de culpable, agarrándome del culo con las dos manos y apretando.

Empecé a moverme encima despacio, sintiendo cómo la verga me llenaba entera, cómo me raspaba las paredes por dentro cada vez que subía y bajaba. Le agarré las muñecas y se las puse sobre mis tetas para que me las apretara. Me pellizcó los pezones entre los dedos, me los retorció, y yo cabalgué más fuerte, dando saltos secos que se oían por toda la habitación con el ruido húmedo del coño chupándole la polla. Nos movimos juntos en la penumbra. Damián me sujetaba de las caderas con esas manos enormes, marcándome el cuerpo, guiándome arriba y abajo sobre su verga, y yo me dejaba llevar y al mismo tiempo lo guiaba, en ese juego nuestro donde nunca queda claro quién manda.

Le besé el cuello, le mordí el hombro, le dije al oído cosas que no le diría a nadie más. Le dije que su polla era mía esta noche, que se la iba a ordeñar entera, que se olvidara del coño seco de su mujer porque ahora estaba dentro del mío. Él respondía con mi nombre, una y otra vez, como si fuera lo único que recordaba decir.

—No te calles —le pedí—. Quiero oírte.

Y no se calló. Me dijo que estaba buenísima, que le encantaba cómo le follaba encima, que jamás había sentido un coño como el mío. Lo dijo con la voz quebrada, y por una vez le creí del todo. Porque hay algo que Damián no entiende y yo sí: que un hombre puede mentirle a su esposa, a sus suegros, a su jefe y a sí mismo, pero no puede fingir el modo en que el cuerpo se le entrega cuando deja de pelear contra lo que quiere.

Me bajé un momento y me di la vuelta. Me puse a cuatro patas al borde de la cama y le enseñé el culo por encima del hombro. No hizo falta decirle nada. Se levantó detrás de mí, me agarró de las caderas y me la metió de un empujón hasta el fondo. Grité contra la almohada. Empezó a follarme por detrás con embestidas duras, secas, sus caderas chocando contra mi culo con un ruido de carne mojada que llenaba el cuarto. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y siguió metiéndomela hasta el fondo. Yo le gritaba que me follara más fuerte, que no parara, que me la clavara entera. Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé mientras él me destrozaba el coño por detrás.

Le pedí que me la metiera más adentro, que me hiciera daño, y él obedeció. Con una mano me apretaba la nuca contra el colchón y con la otra me daba una palmada seca en la nalga que me dejó la marca roja. Sentí el primer orgasmo subirme por dentro como una descarga: se me cerró el coño alrededor de la polla, apretándosela, y me corrí gritando su nombre contra las sábanas. Él no paró. Siguió embistiéndome, más rápido ahora, más torpe, buscando el suyo.

***

Acabó dentro de mí con un gemido grave que le salió del fondo del pecho, agarrándome tan fuerte de la cintura que al día siguiente encontraría las marcas de sus dedos en mi piel. Sentí cómo la verga se le hinchaba una última vez y cómo me llenaba el coño con chorros calientes de semen, uno detrás de otro, mientras seguía empujando hasta la última contracción. Se quedó dentro un rato largo, sin sacarla, respirándome en la nuca. Cuando por fin salió, noté cómo su corrida me empezaba a chorrear por dentro del muslo. Me dejé caer sobre él boca arriba, los dos empapados, su corazón golpeándome la mejilla, su semen mojándome todavía entre las piernas. Durante un rato largo ninguno habló. Solo se oía el reloj de la cocina y, muy lejos, el rumor de un coche en la calle vacía.

—Tendría que irme —dijo al fin, sin moverse.

—Lo sé —contesté, sin soltarlo.

Pero no se fue. Se quedó otra media hora, acariciándome la espalda en silencio, con los dedos bajando de vez en cuando entre mis nalgas para tocar el coño empapado de su propia corrida, en esa frontera tibia entre el deseo cumplido y la culpa que tarde o temprano vendría a buscarlo. Yo conozco bien esa media hora. Es la mía. Es el rato en que Damián no es el marido de nadie, ni el yerno cumplidor, ni el hombre serio de la oficina. Es solo el que vuelve a mi puerta una y otra vez porque conmigo no tiene que fingir que es alguien que no es.

—¿Volverás? —le pregunté, aunque sabía la respuesta.

—No debería —dijo, y me besó la frente—. Pero sí.

Se vistió despacio en la penumbra. Yo lo miré desde la cama, sin taparme, con las piernas abiertas y el semen todavía escurriéndome por dentro, dejando que se llevara esa imagen a su casa, a su cama matrimonial, a su vida ordenada. Me gusta ser eso para él. Me gusta ser lo prohibido que elige una y otra vez, lo que ninguna esposa le da y ningún consejo le quita. No soy lo que se espera de él, y precisamente por eso me desea como no ha deseado nada.

En la puerta se giró una última vez. Tres golpes lentos, había llamado, y uno solo después. Tardó en irse. Siempre tarda.

—Tú me gustas —le dije, antes de que cruzara el umbral.

Damián se quedó quieto un segundo, como si esas dos palabras pesaran más que toda la noche. Después asintió, sin atreverse a responder lo mismo en voz alta, y bajó las escaleras hacia su otra vida.

Yo cerré la puerta, apoyé la espalda en ella y sonreí en la oscuridad, sintiendo su corrida caliente resbalarme todavía por el muslo. Mañana volvería con su mujer, con su mesa, con su mentira cómoda. Pero esta noche, durante esa media hora robada, había sido enteramente mío. Y los dos lo sabíamos.

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Comentarios(8)

SandroNights

Que relato!!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin.

Curiosa22

Buenisimo. Habrá segunda parte? quedé con muchísimas ganas de saber cómo sigue.

DiegoCba91

Lo leí de una. No podes parar una vez que empezas, eso es lo mejor.

PabloNK_32

excelente!!! sigue así

noche_loca22

Me encanto como jugaron con la clandestinidad, eso le da un sabor especial a la historia.

Felix_Baires

Tremendo relato. Me hizo pensar bastante después de leerlo, no es solo entretenimiento, es algo mas.

Lector_cordoba

Los relatos de esta categoria estan siempre infravalorados, pero hay algunos que valen oro. Este es uno de ellos. Felicitaciones.

Isabel_B

Muy bueno!! espero que haya continuación pronto :)

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