El médico que me ayudó a ser la mujer que era
Ahora tengo cincuenta y un años, pero esto que voy a contar me pasó cuando tenía treinta y nueve. Durante casi toda mi vida fui, de puertas afuera, un hombre como cualquier otro: trabajo, rutina, una familia que no sospechaba nada. De puertas adentro era otra cosa. Me pasaba las noches conectada a internet buscando gente con quien hablar, sobre todo hombres, para darle aire a esa parte de mí que llevaba años encerrada bajo llave.
Así estuve mucho tiempo. Incluso más de una vez me tocó moderar la sala de travestis de un chat, viendo aparecer y desaparecer a desconocidos que solo querían un rato y nada más. Fue en una de aquellas madrugadas cuando di con Adrián, un médico de cabecera de otra provincia. Era distinto al resto: amable, atento, alguien que me escuchaba sin pedirme nada a cambio.
Por fin un hombre que no me veía como un momento de sexo.
Pasamos meses encontrándonos en el chat casi cada noche. Yo le contaba mis inquietudes, lo que soñaba con llegar a ser, todo eso que no me atrevía a decir en voz alta en ningún otro sitio. Él me contaba su día en la consulta, sus pacientes difíciles, el cansancio de las guardias. Poco a poco esas conversaciones se volvieron lo único que esperaba con ganas en toda la jornada.
Un día dimos el salto a las videollamadas. Quería que me viera, aunque me temblaban las manos de vergüenza. Encendí la cámara sin enseñar la cara, solo el cuerpo: mis conjuntos, las pelucas, la ropa que guardaba escondida en una maleta con candado. Le gusté. Me lo dijo con una naturalidad que me dejó flotando durante días.
—Para el vello y para la voz hay trucos —me explicó una de aquellas noches—. Pero para el pecho no hay milagros. Eso solo lo da la hormona.
Yo guardé esa frase como quien guarda una promesa.
***
Llevábamos más de un año hablando a diario cuando le ofrecieron entrar como socio en una clínica de una ciudad vecina, a menos de una hora de donde yo vivía. Me dijo que iba a aceptar, que era una oportunidad que no se podía dejar pasar. Yo asentí frente a la pantalla con una sonrisa tonta, emocionada por una sola idea: por fin lo tendría cerca.
Unas semanas después inventé una excusa. Le conté que tenía un dolor leve en la rodilla, algo que no terminaba de irse. Estuvimos comentándolo varios días, hasta que me propuso ir a verlo a la consulta. Me quedé helada. Dejarme ver en persona, a plena luz, era justo lo que más miedo me daba.
—No puedo —le escribí—. Me verías como lo que no soy. No estoy preparada para entrar en una sala de espera vestida así.
—No habrá nadie —respondió él al rato—. Te doy hora fuera del horario de visitas. Abro yo la puerta, entras, y te cambias en el baño de la entrada. Nadie más que yo va a verte.
Pasé dos días enteros volviéndome loca. Lo hago, no lo hago. La cabeza me decía que era una locura y el cuerpo me empujaba hacia la puerta.
***
La tarde acordada aparqué el coche a una calle de distancia y le avisé. Llegué a la entrada, abrí, eché la llave por dentro. La única luz encendida cerca era la del baño. Me dije a mí misma que aquello era una estupidez, que me marchara. Pero mientras me lo repetía, ya tenía puesto el vestido, ya me había colocado la peluca y me estaba retocando el maquillaje frente al espejo.
Salí con los tacones puestos. Sonaban escandalosamente sobre aquel suelo encerado, en aquel pasillo vacío. Solo había luz al fondo, en un despacho. Llegué hasta la puerta y, con la cabeza gacha, dije hola.
Él me saludó como si no nos conociéramos de nada. Me senté frente a su mesa, muerta de vergüenza, sin levantar la vista.
—¿Dónde te duele exactamente? —preguntó, con el tono exacto de un médico cualquiera.
Y esa farsa, en lugar de incomodarme, me relajó. Me trataba como a una paciente, como a una mujer. Abrió una ficha con mi nombre femenino, me hizo un par de preguntas y, al terminar, me dejó volver al baño. Me limpié la cara como pude y conduje de regreso a casa eufórica. No por la rodilla. Por mí. Por haber existido una hora entera siendo quien de verdad era.
***
Me dio cita para la semana siguiente. Conté los días, las horas, los minutos. La segunda visita transcurrió igual, salvo que esta vez me pidió hacerme una analítica de sangre. Me dejé sin dudar; era mi médico. Dos días después me escribió: todo perfecto, pero que me pasara de nuevo por la consulta.
Esa tarde llegué distinta. No agaché la cabeza. Le sostuve la mirada al sentarme.
—Me sorprende la confianza que me tienes —dijo él, observándome—. Ni siquiera me has preguntado para qué era el análisis.
—Eres el médico —respondí—. Si me lo pediste, será por algo.
—Era para saber si tu cuerpo podía empezar con la hormona. Y puede. Si tú quieres, claro.
Me quedé sin aire. Le pregunté cómo se hacía algo así sin tener que identificarme, sin papeles a mi nombre real.
—Lo anoto en tu ficha de mujer, como una carencia hormonal —explicó—. La ginecóloga del centro me pasa las muestras. Pero tendrás que dejarte controlar por mí, con analíticas periódicas. Nada de improvisar.
Lo miré. Él me sonrió. Y yo, con el corazón en la garganta, le pregunté cuándo empezábamos.
***
—Antes de nada —dijo, levantándose—, déjame revisar cómo tienes el pecho.
Le dije que sí sin pensarlo. Fue el primer hombre que me tocó allí. Se notaba que disfrutaba haciéndolo, y a mí, lejos de avergonzarme, me encendió de una forma que no conocía. Me pellizcó un pezón con suavidad y los dos nos reímos, pero no me soltó. La risa se fue apagando y quedó otra cosa en su lugar, algo espeso, suspendido en el aire del despacho.
Hablamos un buen rato de cómo hacerlo: rápido o lento. Escogí la vía rápida, la más arriesgada, la que daría resultados antes. Me entregó cápsulas de progesterona y estrógenos, muestras que claramente le habían regalado a la ginecóloga. La pauta era una cada tres días, pero decidimos empezar la primera semana con una cada dos.
A los pocos días volví. Me hizo un chequeo y me tranquilizó: los mareos que le había contado eran normales. Me sacó sangre otra vez. Al día siguiente, su mensaje: todo en orden. La semana siguiente, lo mismo. Entonces me propuso subir a una cápsula diaria de cada una.
No tuve dudas. Aquella semana fue dura, me mareaba a todas horas, en casa me notaban rara, andaba medio ausente. Pero no me quejé. Cada control salía limpio, y yo seguía adelante.
***
A los dos meses los pezones me dolían de un modo insoportable. Me molestaba la ropa, la sábana, cualquier roce. Y entonces empecé a sentirlos crecer. Aquello me llenó de una felicidad difícil de explicar. En una de las revisiones me los palpó con cuidado.
—Qué dolor —susurré.
—Qué bonitos están quedando —respondió él.
Esa tarde no se limitó a explorarlos. Se inclinó y los lamió, despacio, mirándome de reojo para ver mi reacción. Le sonreí. Estuvo un buen rato saboreándolos, succionando con una calma que me hacía arquear la espalda contra la camilla. Me dolían, sí, pero me daba exactamente igual.
Llegamos al quinto mes de hormonación diaria. Mi cuerpo asimilaba todo asombrosamente bien. Las analíticas eran perfectas: apenas quedaba testosterona en mí, y mi entrepierna no tenía más función que la de orinar. Eran, literalmente, los análisis de una mujer. A él aquello lo tenía fascinado y un poco inquieto, temiendo que algo se le escapara, pero las pruebas siempre le daban la razón.
Estaba obsesionado con mi pecho. Al sexto mes, una revisión cualquiera, los míos soltaron unas gotas de leche. Se volvió loco de emoción. No habían crecido demasiado —apenas llenaba una copa A—, pero por fin eran pecho de verdad, no grasa. Empezó a regalarme ropa. El vello prácticamente había desaparecido y mi melena era ya de cabello natural. En casa, en cambio, el ambiente se volvía cada día más tenso; nadie entendía qué me estaba pasando.
***
Al noveno mes ocurrió. Mi médico me besó en mitad de una visita, y yo lo besé de vuelta con todas las ganas que llevaba acumuladas. Sobre aquella camilla perdí la virginidad. Fue impulsivo, directo, sin rodeos. Me subió la falda del vestido, me volteó para tenerme de espaldas, apartó la ropa interior y entró.
Al principio dolió. Luego el dolor se transformó en otra cosa, en la sensación más nítida de ser yo misma que había tenido nunca. Cuando terminó, con un último empujón y un apretón en mis pechos que me recorrió entera, me quedé estupefacta, deshecha de placer sobre la camilla.
Me dejé caer boca abajo, sintiendo cómo él se retiraba despacio, sus besos en mi cuello y mi mejilla. Estuvimos así un buen rato, sin hablar. Yo era feliz. Lo había deseado desde el primer mensaje. Noté el pecho húmedo: aquel apretón los había despertado y habían soltado un poco más de leche.
Él se incorporó y me ayudó a levantarme. Me besó otra vez, y otra, repitiéndome lo guapa que era, lo mujer que era. Yo lo escuchaba sentada, todavía temblando, sin necesitar nada más en el mundo.
—Tenemos que vernos más a menudo —me pidió.
—No puedo —respondí—. Tengo un trabajo, tengo una familia.
***
A la mañana siguiente me llamó. La administrativa de la clínica se marchaba y el puesto era mío si lo quería. Yo ya había empezado, por mi cuenta, los trámites del divorcio. Le dije que sí. Incluso saldría ganando algo de dinero.
Desde entonces nos vimos cada día. Era la primera en llegar y la última en irme. El gestor mantuvo mi situación en secreto, y para todos en aquel sitio yo fui siempre Sira, sin más explicaciones. Salíamos a cenar y nunca dejaba de serlo. Sus amigos pasaron a ser mis amigos. Con el tiempo cambié oficialmente mi nombre y mi sexo, y acabé convirtiéndome en su esposa.
Hoy, tantos años después, mis analíticas siguen saliendo completamente femeninas. Y yo sigo siendo, por fin y para siempre, la mujer que aquel médico vio antes que nadie.