Madame Solange me transformó sin que yo lo notara
Durante semanas creí que solo eran sueños. Vívidos, sí, demasiado nítidos para mi gusto, pero sueños al fin. Cada noche, después de que Carla me daba un beso en la frente y me decía «buenas noches, princesa», caía en un mundo donde dejaba de ser yo. Y cada mañana despertaba con el cuerpo extraño, la piel demasiado suave, los pezones tan sensibles que el roce de la sábana me arrancaba un escalofrío.
Lo atribuía al estrés. Al trabajo desde casa, a las noches largas, a lo que fuera con tal de no mirar de frente lo que ocurría.
En los sueños siempre aparecía el mismo lugar: un salón en penumbra, con olor a incienso y mesas ocupadas por mujeres elegantes que me observaban como se observa a una presa. Y en el centro, ella. Madame Solange, con su vestido de látex negro y un cristal colgando entre los pechos, balanceándose despacio, hipnótico, mientras su voz me envolvía.
Tu mente se rinde. Anhela lo que te negabas a desear. Pronto lo harás despierta.
***
La transformación había sido lenta, casi invisible. Empezó meses atrás, cuando Carla propuso «jugar» a vestirme. Al principio fue solo lencería, una pieza de encaje que ella misma me ataba entre risas. Después vino el maquillaje, los tacones, las sesiones largas en las que me dominaba con una calma que nunca le había conocido.
—Confía en mí —decía—. Déjate llevar.
Y me dejaba llevar. Tomaba las «vitaminas» que ella me dejaba en el baño, sin preguntar. Notaba el cambio en el espejo: menos vello, las caderas un poco más redondas, las emociones a flor de piel. Lloraba por una canción, me ruborizaba por una palabra. Culpaba al cansancio. Siempre había alguna excusa más cómoda que la verdad.
Recuerdo una tarde, frente al espejo del dormitorio, en que me quedé mirándome más tiempo del que debía. Carla me había maquillado con paciencia, delineando cada párpado, y al verme terminada sentí algo que no supe nombrar. No era solo vergüenza. Había también una curiosidad oscura, un deseo de seguir mirando, de averiguar hasta dónde llegaba aquella mujer que me devolvía la mirada desde el cristal.
—Te gusta —dijo ella detrás de mí, sin que fuera una pregunta. Yo no contesté. No hacía falta. Mi silencio era la respuesta que ella buscaba, y la sonrisa que vi reflejada me dijo que cada pieza del plan avanzaba según lo previsto.
Los plugs llegaron sin que recordara exactamente cuándo. Cada vez más grandes, hasta que llevarlos puestos durante horas se volvió costumbre. Carla me dominaba con un arnés cada noche, susurrándome al oído que era buena, que aprendía rápido, que pronto estaría lista. ¿Lista para qué?, me preguntaba al despertar. La respuesta se disolvía como la niebla.
***
El viernes, Carla me propuso volver al salón de Madame Solange.
—Será el último por un tiempo —dijo, y había un brillo en sus ojos que debió alarmarme.
No lo hizo. Me vestí como ella quería —vestido, medias, los labios pintados de un rojo que apenas reconocí como mío— y salimos. El salón era idéntico al de mis sueños, y esa coincidencia debió ser la primera grieta en mi negación. Las mismas mesas, las mismas mujeres, el mismo aroma denso que me aflojaba los músculos apenas cruzaba la puerta.
Nos sentamos cerca del escenario. Madame Solange apareció entre los aplausos, más imponente que nunca. El látex le brillaba bajo los focos, el corte lateral del vestido revelaba unas medias oscuras y unos tacones que sonaban contra la tarima como un metrónomo.
—Buenas noches, damas —dijo, paseando la mirada por la sala—. Y buenas noches, princesa.
Clavó los ojos en mí. Sentí un frío recorrerme la espalda. ¿Princesa? ¿Cómo sabía?
No me dio tiempo a pensar. Sus dedos rozaron el cristal que colgaba entre sus pechos y lo balanceó, despacio, mientras su voz bajaba hasta un murmullo que parecía hablarme solo a mí.
—Relájate, Mariano. Es hora de bajar un poco más.
El mundo se deshizo en un remolino oscuro. Caí, como tantas otras veces, en lo que creí otro sueño.
***
Pero esta vez fue distinto. Más nítido. Demasiado real.
Estaba de pie en el centro del escenario. No como yo me conocía. Mi cuerpo se sentía ajeno y a la vez propio: el peso de unos senos presionando contra un sostén de encaje, las caderas ceñidas por un corsé que me obligaba a respirar despacio. Un vestido corto me rozaba los muslos enfundados en medias negras. Los tacones me forzaban a sostenerme con una gracia que nunca había tenido.
Me toqué los labios y sentí el grosor del carmín. Los párpados me pesaban por las pestañas postizas. Una peluca de ondas oscuras me caía sobre los hombros. Alguien sostenía un espejo frente a mí, y lo que me devolvió no fui yo. Era una mujer. Completa. Hermosa, incluso.
Y entonces comprendí que no estaba soñando.
Sentía el aire fresco en la piel, el roce áspero de las medias, el peso real de aquel cuerpo que ya no sabía si era una máscara o lo que siempre había estado debajo. Madame Solange se acercó, y su voz resonó dentro de mi cabeza como una orden imposible de desobedecer.
—Despierta del todo, princesa. Llegó el momento de la verdad.
Parpadeé. El sueño no se disipó. Miré hacia abajo: el vestido, los tacones, el maquillaje. Todo era real. Y de golpe, los recuerdos encajaron como piezas que llevaban meses sueltas. Las noches en que Carla me «vestía para jugar». Las «siestas» en los shows anteriores. Los sueños donde me moldeaban paso a paso.
No eran sueños. Eran sesiones de hipnosis. Sugestiones que se hundían en mí mientras mi conciencia dormía, borrando cada huella. La depilación, las medias, los plugs, las hormonas disfrazadas de vitaminas. Todo orquestado. Todo dirigido, lenta e inexorablemente, hacia esto.
—¿Qué… qué me han hecho? —balbuceé, y mi propia voz me sorprendió, más aguda, más suave, modulada por meses de sugestión.
***
Carla se levantó de su mesa. Sonreía, triunfal, flanqueada por tres de sus amigas. Bajo las faldas se adivinaban arneses, prótesis asomando con descaro. Detrás de ellas, el grupo de mujeres elegantes que tantas veces había visto se reveló por fin: travestis altas y dominantes, de curvas perfectas, con sexos reales que no envidiaban nada a los artificiales.
—Bienvenida al club, Mariana —dijo Carla, y subió al escenario.
El nombre me golpeó. Mariana. Como si siempre hubiera sido el mío.
Intenté resistirme. Quise bajar de la tarima, arrancarme la peluca, gritar. Pero Madame Solange murmuró una sola palabra —«sométete»— y algo dentro de mí cedió. Las rodillas me flaquearon. El cuerpo se relajó, traidor, obediente, entrenado para responder a esa voz.
Carla me tomó de la cintura con una ternura que contrastaba con todo lo demás.
—Tranquila, amor. Todo esto ha sido real. Tus sueños eran recuerdos que tú misma reprimías. Ahora vas a aceptarlo.
Me inclinó sobre una mesa baja, en el centro del salón, igual que en mis visiones. Sentí sus manos levantando la falda, descubriendo el plug que llevaba puesto sin recordar cuándo me lo había colocado. Lo retiró despacio, y el vacío que dejó fue un anhelo que reconocí al instante, sembrado en mí durante meses.
—Has sido una niña muy buena —susurró, acomodándose contra mí.
Entró de una sola embestida, profunda y posesiva. Gemí, y no fue de dolor. Fue algo más oscuro, una rendición que me horrorizó y me encendió al mismo tiempo.
Una parte de mí seguía gritando que aquello era una locura, que debía levantarme y huir. Pero esa voz sonaba cada vez más lejana, sepultada bajo meses de sugestiones que habían cavado un surco profundo en mi deseo. Mi cuerpo respondía solo, arqueándose para recibirla mejor, buscando el ritmo que ella imponía. Y lo más aterrador era reconocer que no estaba fingiendo el placer.
Sus amigas se acercaron. Una me ofreció su prótesis y me enseñó a recibirla, paciente, marcando el ritmo con la mano en mi nuca. Otra se burlaba en voz baja de mi cuerpo nuevo, de lo bien que me sentaba todo aquello. Las travestis avanzaron entre la penumbra, su piel caliente reemplazando lo artificial, y comprendí que ya no había frontera entre el juego y la realidad.
—Mira qué bien lo tomas —dijo Carla, sin dejar de moverse—. Esto es lo que siempre quisiste, aunque no lo supieras.
El salón se llenó de gemidos. Los míos, sobre todo. Sometida en el centro, rodeada, atendida por turnos, sentí cómo lo último que quedaba de mi antigua resistencia se desvanecía. Madame Solange observaba desde un costado, el cristal balanceándose despacio, reforzando cada sugestión.
—Esta es tu nueva realidad, princesa —dijo—. Femenina. Sumisa. Para siempre.
***
Cuando terminaron, quedé exhausta sobre la mesa, el maquillaje corrido, el cuerpo temblando todavía. Carla me ayudó a incorporarme con un cuidado casi amoroso, me apartó un mechón de la cara y me besó en los labios, lento, como se sella un pacto.
—Ahora eres mía por completo —murmuró.
Quise responder. Quise decir que no, que esto no podía ser yo, que en algún rincón seguía existiendo el hombre que entró por esa puerta. Pero al buscarlo dentro de mí, no lo encontré. Solo estaba Mariana, con los labios rojos y el corazón latiéndole rápido, mirándose en el espejo que alguien volvía a sostener.
Y lo más perturbador no fue descubrir lo que me habían hecho. Fue darme cuenta, mientras me alisaba el vestido con manos que ya sentía mías, de que no quería volver atrás.