El show de Madame Zoraida me cambió por dentro
Como podrás imaginarte, aquello terminó convirtiéndose en una rutina nueva. A los dos nos encantaba. Me acostumbré a ir a la oficina con el plug puesto y un par de medias finas escondidas bajo la ropa, sintiendo cómo se ajustaban a mis piernas cada vez que cruzaba la sala.
La sensación de tener ese objeto dilatándome durante toda la jornada me excitaba de un modo que no sabía explicar. Pasaba la tarde fantaseando con el momento de llegar a casa y continuar los juegos que Lucía y yo habíamos descubierto hacía apenas unas semanas. Y ella lo sabía. Se había vuelto costumbre que me llamara varias veces al día solo para calentarme, y nuestras conversaciones eran siempre del mismo estilo.
—¿Tienes el plug puesto? —preguntaba con esa voz baja.
—En este preciso momento estoy sentado sobre él.
—¿Te excita?
—Sabes que muchísimo. Y tú eres la culpable.
—¿Cuántos días llevas usándolo sin parar?
—Creo que ya van dos.
—Entonces tu cola ya debe estar bien dilatada. Voy a tener que comprarte uno más grande.
—Si tú lo deseas, yo no puedo negarme.
—¿Y tú qué deseas?
—Me enloquece la idea de probar uno más grande. De hecho, me muero pensando en el momento en que me lo metas.
—Entonces esta noche te espera una sorpresa.
Lo creas o no, yo estaba completamente fuera de mí. Habíamos entrado en una dinámica en la que, cada dos días, ella aparecía con un plug nuevo y un poco más grande que el anterior. Sin apenas darme cuenta, fui pasando del más pequeño del catálogo a uno de unas dimensiones más que generosas, de esos que una semana antes habría jurado imposibles de meter dentro de mí.
***
Al mismo tiempo, mis sueños fueron cambiando poco a poco. Todas las noches se presentaban en mi cama mi esposa y una mujer misteriosa cuyo rostro nunca lograba ver. Las dos vestidas con medias de nylon hasta el muslo, botas de tacón aguja, corsé bien ceñido. A Lucía sí podía distinguirla: labios rojos cereza, sombras oscuras sobre los párpados, pestañas y uñas postizas imposiblemente largas.
La novedad de aquella semana fue que mi mujer llevaba un arnés atado a la cintura, sosteniendo una prótesis realista que emergía de su entrepierna de un modo casi obsceno.
La mujer misteriosa me tomaba por los hombros y me acostaba boca arriba. Mientras me levantaba las piernas para dejar expuesto mi ano, Lucía se acomodaba y me retiraba el plug. Sentía el glande artificial presionando contra la entrada, gemía, separaba mis propias nalgas invitándola a entrar, y escuchaba una voz suave que me decía cosas.
—Así, muy bien. Vas a ver qué placentero es.
—Tienes que probar cosas nuevas.
—¿Verdad que te gusta? Siente cómo te penetra. Disfrútalo.
Y mientras Lucía me embestía, hasta el punto de sentir los testículos de látex golpeando contra mis glúteos, la otra mujer me acariciaba despacio, recorriendo con sus uñas toda la extensión de mi miembro, que estaba más duro que nunca en mi vida.
El orgasmo se derramaba sobre mi abdomen. La desconocida lo limpiaba con la lengua, luego besaba a mi esposa y le pasaba de boca a boca todo lo que había recogido. Antes de marcharse, Lucía volvía a colocarme el plug dentro.
Aquel sueño se repitió toda la semana con variaciones. Parecía adaptarse a lo que ocurría durante el día: si ella me esperaba con un plug más grande, esa misma noche aparecía en mi cabeza con una prótesis de mayor tamaño. Para el viernes, en mis sueños usaba una de esas que solo había visto en alguna película. Y no siempre me tomaba en la misma postura: unas veces en cuatro patas, otras boca arriba, otras de costado.
Lo que nunca cambiaba era el final. Las dos recogían mi semen, se lo pasaban de la boca de una a la de la otra o lo recibían en una mano para lamerla juntas mientras se besaban. Y siempre la misma frase.
—Qué delicia. Deberías probarlo. Pero no te preocupes, ya llegará el momento.
***
Llegamos así al viernes. Lucía me propuso volver a ver el espectáculo de Madame Zoraida. La verdad es que yo no estaba muy convencido, pero después de todo lo que habíamos vivido en esas semanas, debo confesar que me encontraba mucho mejor dispuesto a complacer los caprichos de mi mujer.
Entramos al mismo local de la otra vez. Solo había dos mesas ocupadas: una con las cuatro amigas de Lucía y otra con cuatro mujeres más. La barra estaba vacía, ni siquiera se veía una camarera dispuesta a tomarnos el pedido.
—No entiendo cómo puede funcionar este sitio si ni siquiera les interesa vender bebidas —comenté al grupo.
—Cállate, Marcelo, que ya empieza el show —me cortó una de ellas.
Al instante se encendieron las luces sobre el escenario y apareció Madame Zoraida, más espectacular aún que la primera vez. Un vestido ceñidísimo, los pechos a punto de saltar por encima del escote, la falda con ese corte lateral que le llegaba casi a la cintura y dejaba ver parte de sus glúteos. Las piernas, enfundadas en medias negras de nylon, parecían no terminar nunca.
—Buenas noches, damas —dijo. Hizo una pausa, me miró fijo y añadió—: y caballero.
No sé explicarlo, pero eso es lo último que recuerdo con claridad. De pronto me quedé dormido, como si alguien hubiera accionado un interruptor, y tuve uno de los sueños más extraños de mi vida.
***
En el sueño, Madame Zoraida pedía una voluntaria del público. Todas las mujeres de las dos mesas levantaban la mano. Ella elegía a una de la otra mesa, la tomaba de la mano y la llevaba al centro del salón, donde le pedía que se inclinara y recostara el torso sobre una mesa vacía.
Entonces le subía la falda, le bajaba la ropa interior y dejaba su ano expuesto. Empezaba a acariciarlo, a jugar con los dedos: primero uno, luego dos, finalmente tres.
Cuando ya pensaba que aquello era de lo más raro, Madame se apartaba la propia falda, la sostenía a un costado del cuerpo, metía la otra mano bajo su ropa interior y sacaba un miembro masculino que haría la envidia de cualquier actor porno. Empezaba a masturbarse mientras interrogaba a la mujer recostada.
—¿Lo quieres?
—Sí, Madame, lo necesito.
—¿Qué quieres?
—Su pene dentro de mí, Madame.
—¿Qué harías para tenerlo?
—Lo que usted desee.
—¿Cualquier cosa?
—Sí, Madame. Cualquier cosa que me pida.
—¿Incluso entregarte al único hombre de la sala?
—Por supuesto, señora. Será un placer para mí.
—Entonces lo tendrás.
Para ese momento el miembro de Madame estaba completamente erecto, y puedo decir sin exagerar que medía sus buenos veinticinco centímetros. Lo presentó en el ano de la mujer y ella lo engulló por completo, como si fuera la cosa más cotidiana del mundo. Empezó a cabalgarla, y al cabo de un momento giró la cabeza hacia mí.
—¿No quieres probar? Es delicioso.
No sabía qué decir. Mi mujer estaba a mi lado. ¿Cómo salgo de esta con elegancia? Me volví buscando alguna señal de Lucía, y vi que tanto ella como sus amigas se habían levantado la falda y llevaban puesto un arnés con una prótesis que nada tenía que envidiarle al miembro de Madame Zoraida.
Lucía recorría el falo artificial con la mano, como si se masturbara, visiblemente excitada.
—Ve, será divertido. Yo te miro desde aquí.
***
Como un sonámbulo me acerqué a la pareja que estaba sobre la mesa. Madame empezó a quitarme los pantalones y, al hacerlo, quedé expuesto con las medias finas y el plug que llevaba puesto.
—Qué hermoso detalle —me dijo, mientras una mano jugaba con mi cola y la otra acariciaba mis genitales.
Mi erección era de las que pocas veces recuerdo. Me colocó un preservativo, y justo en el instante en que iba a penetrar a la desconocida, el sueño sufrió otra transformación.
De repente mis manos ya no eran mis manos. Bueno, en realidad sí lo eran: reconocía mis brazos con seguridad, pero algo había mutado. Pegadas a ellos había unas manos que no podían ser mías, completamente femeninas, con uñas largas pintadas de cereza oscuro, anillos, una apariencia que bien podría ser de cualquier mujer.
Y sin embargo estaban unidas a mis brazos, y yo sentía perfectamente todo lo que tocaban. Era una sensación rarísima: al mirar, parecía que una mujer me estuviera masturbando, pero las sensaciones eran las de estar tocando yo mismo mi propio pene.
Aunque te cueste creerlo, eso me excitó todavía más. Sobre todo cuando, al penetrar a la mujer por detrás, ella empezó a gemir y Madame me acercó sus genitales.
—Vamos, acaríciame. Es lo menos que puedes hacer después del regalo que te he hecho.
Sin voluntad propia —al fin y al cabo era un sueño—, mientras cabalgaba a la mujer empecé a masturbar a Madame, que parecía complacida.
—Despacio. No querrás que termine ahora, cuando recién empezamos.
***
Como obedeciendo una orden, el resto de las mujeres se levantó y cada una fue hacia una de las del otro grupo, exhibiéndose con sus penes artificiales, masturbándose mientras se acercaban.
Cada pareja recién formada tomó una postura distinta. Una de las mujeres se sentó en una especie de sofá de cuero y su compañera se acomodó sobre el arnés y empezó a hamacarse. Otra recostó el torso de su pareja sobre la barra, le levantó la falda y la empaló de una sola estocada. La tercera de las amigas de Lucía se acercó a la última y le ofreció su falo para que lo besara.
Mientras tanto Lucía seguía sentada en la mesa, masturbándose y mirándonos con una lascivia que jamás le había visto.
—Ven conmigo. Al fin y al cabo, tú eres la promotora de todo esto —le dijo Madame a mi esposa.
Ella se recostó de espaldas sobre la mesa, a nuestro lado, levantó las piernas y le ofreció la cola a mi mujer. Lucía no lo pensó dos veces: la penetró hasta que sus testículos artificiales golpearon las nalgas de Madame, y empezó a moverse dentro de ella besándole alternativamente un pecho y el otro.
Yo estaba embelesado con la imagen. Todas aquellas mujeres con arneses cabalgando a otras tantas. Madame Zoraida, que en mi sueño resultó ser una travesti, siendo tomada por mi esposa. Y yo, en medio de todo, penetrando a una completa desconocida mientras un par de manos femeninas —las mías— acariciaban las caderas de mi nueva posesión.
***
Al cabo de un rato, mi pareja de aquella noche me pidió algo.
—Déjame darme la vuelta, que quiero llegar.
No podía negarme. Me aparté para que se girara y, cuando lo hizo y me dispuse a penetrarla de nuevo, vi que en lugar de una vagina tenía unos genitales exactamente iguales a los míos. Y no solo ella: todas las mujeres del otro grupo, las que estaban siendo penetradas por las amigas de Lucía, eran también travestis.
No salía de mi asombro. Pero, casi de manera automática, sin pensarlo, volví a entrar en ella y seguí moviéndome.
—Ayúdame a terminar —me dijo.
—¿Cómo? —pregunté con inocencia.
—¿No me masturbarías un poco, por favor?
—Hazlo, Marcelo —me dijo mi mujer al lado—. No sabes cómo me excita.
Tomé su pene con mis nuevas manos afeminadas y empecé a masturbarla, hasta que poco después eyaculó y me manchó los dedos con su semen. Entonces ella me cogió la mano y empezó a lamerme dedo por dedo, casi hambrienta, sin querer desperdiciar nada de su propio orgasmo.
Cuando me retiré, fue ella quien empezó a masturbarme a mí. Casi de inmediato llegué también al clímax, esta vez para verterlo en su otra mano, que había ahuecado como un cuenco. Empezó a lamer, pero antes de terminar de beberlo todo se detuvo.
—¿No quieres probar? Es delicioso.
Extendió la mano hacia mi boca y, lo creas o no, en el sueño saqué la lengua y bebí los restos de mi propio orgasmo hasta dejarle la mano completamente limpia.
—Qué vergüenza —escuché la voz de Lucía.
—¿Cómo?
—Que es una vergüenza. Te quedaste dormido apenas empezó el espectáculo.
***
Miré a mi alrededor y la escena no tenía ninguna relación con mi sueño. Las cuatro desconocidas estaban sentadas en la mesa de al lado. Reconocí a la mujer que no era mujer, la que había penetrado, y era realmente hermosa. En ese momento pensé: No me importa que sea travesti, me encanta.
Me miré las manos: eran mis manos de siempre. Giré la cabeza y, al cruzarme con las miradas de las amigas de mi esposa, lo único que encontré fue desaprobación.
—Qué vergüenza —repitió ella una vez más.