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Relatos Ardientes

La travesti que aceptó ser su sirvienta sumisa

El agua del jacuzzi seguía caliente cuando Renata abrió la tercera botella de vino. Sofía y yo llevábamos un buen rato hundidas hasta el cuello, dejando que los chorros nos golpearan la espalda y las piernas, todavía agitadas por lo que había pasado más temprano esa noche. La casa de Renata, en lo alto de la colina, estaba en un silencio absoluto. Nadie iba a interrumpirnos.

—¿Y bien? —preguntó Renata, llenando las copas—. Quiero que me cuenten. ¿Cómo fue?

Sofía se rió por lo bajo y me miró de reojo. Las dos sabíamos a qué se refería. Esa tarde habíamos probado un juguete que ninguna de las dos había usado antes, y la experiencia nos había dejado temblando.

—Delicioso —dije, jugando con el tallo de la copa—. Distinto a todo. No sé cómo explicarlo.

—Nuevo —agregó Sofía, mordiéndose el labio—. Te lleva a un lugar al que no sabías que querías llegar.

Renata escuchaba con los ojos brillantes, y noté cómo se removía en el agua mientras le contábamos los detalles. No tardó en pasar de la curiosidad a otra cosa. Buscó debajo del banco del jacuzzi y sacó un pequeño vibrador resistente al agua. Sin decir palabra, lo deslizó entre mis piernas.

El primer contacto me hizo arquear la espalda. Me moví despacio, ofreciéndome, buscando que no apartara la mano. Giré hacia Sofía y empecé a besarla, un beso lento que se volvió ávido en cuestión de segundos. Mientras Renata me acariciaba, yo bajé los dedos hacia Sofía, y ella abrió las piernas para mí. La toqué con suavidad primero, luego con más intención, y un gemido se le escapó contra mi boca.

Renata me pasó un segundo vibrador para que lo usara con Sofía. En cuanto lo apoyé contra ella, todo su cuerpo respondió. Salió del agua y se sentó en el borde del jacuzzi con las piernas abiertas, sin pudor, pidiendo más. Yo salí detrás de ella, y entre las dos la llevamos al límite mientras nos rogaba, entre jadeos, que la dejáramos terminar para poder ir a descansar.

No tardó mucho. Sofía se deshizo entre espasmos, con la cabeza echada hacia atrás y los dedos clavados en mi muñeca. Cuando recuperó el aliento, se acomodó la parte de arriba del traje de baño y volvió a meterse al agua con una sonrisa floja y satisfecha. Yo hice lo mismo, todavía encendida, mientras Renata abría lo que quedaba del vino.

***

—Yo me rindo —anunció Sofía después de la última copa—. Necesito dormir.

Renata me miró por encima del borde de su copa.

—¿Y tú? ¿Empezamos ya con tu turno de sirvienta? Estoy cansada, hay que recoger este desastre antes de acostarnos. Y todavía me debes algo antes de dormir.

Sentí un calor distinto subiéndome por el pecho. No era solo deseo: era esa mezcla de nervios y entrega que tanto me gustaba. Bajé la mirada al agua.

—Sí, señora —respondí, y la palabra me salió más ronca de lo que esperaba.

Renata sonrió, salió del jacuzzi y se envolvió en una toalla. Sofía, mientras tanto, me acariciaba el pelo mojado.

—Eres una sumisa fácil —me dijo al oído—. Mírate. Apenas te lo pidieron y ya estás temblando.

No la contradije. Tenía razón.

Renata volvió con un uniforme entre los brazos y me ordenó que saliera. Salí, me sequé y dejé que ella me vistiera pieza por pieza. Era un conjunto de látex rosado, ajustado hasta el punto de costarme respirar. Primero las pantis, luego un sostén con relleno de silicona que me dio una silueta que no me reconocía. Medias veladas blancas sujetas con ligas, guantes largos, una diadema de encaje. Por último, un collar de cuero rosado del que colgaba una cadena fina, y pulseras y tobilleras a juego, cada una con su argolla.

Cuando terminó de vestirme y de retocarme el maquillaje, di un paso atrás. El látex se ceñía a cada centímetro de mi cuerpo. Me sentía expuesta y, al mismo tiempo, deliciosamente reducida a un objeto bonito.

—Primera orden —dijo Renata, tomando el extremo de la cadena—. Ayuda a Sofía a llegar a la cama. Sécala, ponle el pijama y arrópala. Y nada de tardar.

—Sí, señora.

***

Sequé a Sofía con cuidado, le puse el pijama de seda que ella misma eligió y la llevé hasta el cuarto de invitados. Mientras le acomodaba las sábanas, me dio una palmada en el muslo enfundado en látex y soltó una risita antes de cerrar los ojos. Cuando salí, Renata me esperaba en el pasillo, sosteniendo la cadena.

—Ahora lo mío —dijo.

Me llevó a su dormitorio. Me indicó dónde guardaba su ropa de dormir —toda de seda roja— y me hizo vestirla con la misma ceremonia con la que ella me había vestido a mí. Cada vez que mis dedos rozaban su piel, contenía la respiración. Ella lo notaba, y disfrutaba haciéndome esperar.

—Bien —dijo al fin, estirándose en la cama—. Ahora ve. Limpia el jacuzzi, recoge todo lo que dejamos por ahí y deja la casa presentable. Cuando termines, vuelves.

Salí obediente, con la cadena arrastrando por el suelo. Recogí los trajes de baño y los extendí a secar en el cuarto de lavado. Vacié el jacuzzi y froté los bordes hasta dejarlos brillantes. Lavé en el lavabo los juguetes que habíamos usado, uno por uno, y los dejé secando sobre una toalla. Llevé las copas y los restos de comida a la cocina y empecé a fregar.

No había terminado cuando Renata apareció en el marco de la puerta, con una copa de vino recién servida y una expresión divertida. Se quedó mirándome secar los platos.

—Más a la izquierda —me corrigió cuando empecé a guardarlos—. No, así no. Una buena sirvienta sabe dónde va cada cosa.

—Sí, señora —repetí, y reacomodé todo según me indicaba.

Me hizo recorrer las habitaciones que habíamos usado, recogiendo ropa y objetos olvidados, y separarlo todo en montones sobre el suelo de la sala: lo suyo, lo de Sofía, lo mío. Trabajé en silencio, femenina y dócil, respondiendo «sí, señora» a cada orden, mientras ella bebía y dirigía con un gesto de la mano. Cuando terminé de ordenar, me mandó abrir otra botella y servir dos copas.

Fue entonces cuando trajo una bolsa de una de las habitaciones.

—Esto es lo que vas a usar para dormir —dijo—. Tu turno es de veinticuatro horas. No creías que se terminaba con limpiar la cocina, ¿verdad?

—No, señora.

—Cámbiate aquí. Quiero mirar.

Bajé la cabeza y empecé a quitarme el uniforme de látex mientras ella me observaba desde el sillón. Me ayudó a desvestirme y, cuando quedé desnuda, me indicó pieza por pieza cómo vestirme de nuevo. Pantis blancas de seda, un sostén a juego con dos rellenos más pequeños, pantimedias blancas, ligas, y encima otra panti más amplia estampada con princesas que me hizo sonrojar. Guantes blancos. Y, por fin, un vestido de sirvienta rosado de seda, de falda hasta la rodilla y delantal blanco, suave como un pijama pero con la forma inconfundible de un disfraz.

—Falta una cosa —dijo, y sacó de la bolsa unas enaguas.

Me enseñó a ponérmelas debajo de la falda. Cuando me miré en el espejo, parecía salida de un cuento: una sirvienta de princesa, ridícula y excitante a la vez. El corazón me latía rápido. Renata, detrás de mí, tampoco disimulaba lo encendida que estaba.

—Ven a la cama —dijo—. Te has portado bien. Mereces algo antes de dormir.

***

Me acosté a su lado con el vestido puesto. Ella ya se acariciaba cuando llegué, y me ordenó que hiciera lo mismo sin quitarme nada, solo levantando la falda y deslizando las manos por debajo de la seda. Mientras me tocaba, no podía apartar los ojos de ella. Me fue guiando con la voz, diciéndome exactamente cómo moverme, hasta cuándo detenerme. La obediencia me tenía al borde sin necesidad de mucho más.

Luego se acomodó sobre mí, y terminamos juntas, una con la boca en la otra, en un nudo de seda y piel que nos dejó sin aire. Después nos quedamos abrazadas, con el vestido todo arrugado, y me dormí con su mano todavía enredada en mi cadena.

***

Desperté cuando la sentí levantarse. Me arreglé la ropa, fui al baño y me di una ducha larga. Sobre el lavabo me esperaba un uniforme distinto: una mucama clásica, de falda ajustada hasta la rodilla, delantal blanco, diadema, guantes, medias de liguero, todo de un blanco impecable y muy femenino. Me vestí, me maquillé con cuidado y seguí el sonido de las risas hasta la cocina.

Sofía ya estaba lista, vestida como toda una señora: un vestido rojo ceñido de minifalda, medias de liguero y tacones altos, el maquillaje cargado y provocador. Renata, en cambio, llevaba un vestido largo y elegante. Las dos tomaban café en la sala. Me serví una taza y me uní a ellas, y enseguida sentí cómo me recorrían con la mirada, las dos con la misma sonrisa maliciosa.

—Qué sirvienta tan atrevida —dijo Renata, dejando la taza—. Mira que llegar así, sin avisar, y quedarte escuchando nuestra conversación.

—Y tarde —añadió Sofía—. Esta mañana tuvimos que prepararnos el café solas. Una mucama perezosa, eso es lo que tenemos aquí.

Bajé la mirada y murmuré una disculpa. Renata me mandó traerles más café y fruta. Cuando volví de la cocina, las oí ponerse de acuerdo: Sofía iba a ayudar a Renata a «educarme» como era debido.

—Trae la cámara —me ordenó Renata—. Quiero grabar la clase. Después la verás tú, para aprender cómo debe comportarse una buena sirvienta.

Cuando regresé con la cámara, Sofía me hizo ponerme a su lado. Renata enfocó. Sofía se aclaró la garganta, muy seria, disfrutando del papel.

—Lección número uno —anunció—. Inspección de ropa interior. Una sirvienta debe estar siempre limpia y seca.

Me levantó la falda sin ceremonia. Me tocó primero por detrás, sobre la tela, y luego entre las piernas. Llevaba toda la mañana excitada, desde que me había puesto el uniforme, y las pantis lo delataban. Sofía lo notó al instante.

—Mira esto —le dijo a Renata, mostrándole la mano—. Está empapada. Una sirvienta puta, eso es lo que es.

Sentí el calor subirme a la cara, mitad vergüenza, mitad deseo.

—Para estos casos —siguió Sofía, soltándome la falda— se recomiendan pantis más ajustadas. Y unas buenas nalgadas. Unas por llegar tarde, y otras por presentarse en este estado.

—Pégale lo que haga falta —dijo Renata, sin apartar la cámara—. Tienes mi permiso.

Sofía me empujó contra el brazo del sillón hasta dejarme doblada, con la cadera en alto. Sin levantarme la falda todavía, empezó a darme palmadas, una tras otra, regañándome con cada golpe.

—Por llegar tarde —decía—. Por sucia. Por mala sirvienta.

Cada palmada me arrancaba un jadeo que intentaba contener. Luego me subió la falda, dejó las nalgadas caer sobre la seda fina de las pantis y, entre golpe y golpe, deslizó la mano entre mis piernas para comprobar, una y otra vez, lo encendida que seguía.

—Mírala —le dijo a Renata, con una satisfacción cruel—. Cuanto más la castigo, más le gusta.

No podía negarlo. Apreté los labios, hundí la cara en el sillón y me entregué por completo a ser, durante esas veinticuatro horas, exactamente lo que ellas quisieran que fuera.

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Comentarios (5)

NachoBA

Excelente!!! de los mejores relatos que lei en mucho tiempo, bien ahi

Cristina_MX

Me engancho desde la primera linea. Muy bien narrado, se siente autentico sin caer en lo burdo. Espero que haya mas!

TransFan88

que relato tan bueno, gracias por compartirlo

MarceloFdz

Interesante dinamica, no es lo que uno espera encontrar pero se agradece la variedad. Bien escrito y con mucho detalle

LucíaBA

Necesito la segunda parte urgente!!! me quede con muchisimas ganas de saber como continua todo esto

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