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Relatos Ardientes

La camarera que don Ramón vino a buscar esa tarde

Me llamo Carla, aunque ese no sea el nombre que figura en mi documento. Soy travesti de armario, de las que viven una doble vida con mucho cuidado. Tengo unos pocos amigos repartidos por el mundo con los que hablo por videollamada, gente que está demasiado lejos como para que coincidamos nunca en persona. Por convencionalismos y por trabajo necesito mantenerme en el anonimato, así que esas pantallas son casi todo mi desahogo.

Digo «casi» porque hay una excepción. En la misma ciudad en la que vivo tengo un follamigo, un hombre bastante mayor que yo que arrastra una vida tan reservada como la mía. Lo llamo don Ramón, y nos entendemos precisamente porque los dos sabemos lo que es esconderse. De vez en cuando nos escapamos juntos y hacemos lo que entre nosotros llamamos «un teatrillo».

El método es siempre el mismo. Elegimos un hotel lejos de casa, reservamos como dos amigos que pasan el fin de semana fuera y, mucho antes, acordamos qué vamos a representar. Una vez él fue el jefe y yo su secretaria. Otra, el profesor y la alumna repetidora. Lo preparamos con tiempo, repartimos los papeles y hasta compramos la ropa que haga falta para que parezca de verdad.

Lo que voy a contar pasó hace apenas unos días, en un hotel de carretera a dos horas de aquí. Esta vez el guion era sencillo: un cliente habitual del hotel sube a su habitación y la camarera que siempre lo atiende —una camarera fácil, de las que se dejan querer— le sube una botella de champán.

Yo era la camarera, claro. Me había comprado un mini delantal blanco con volantes y una cofia diminuta que apenas me sujetaba el pelo.

***

Llegamos al hotel a media tarde, comimos algo abajo y, según lo planeado, Ramón se quedó leyendo el periódico en el vestíbulo mientras yo subía a cambiarme. Me tomé mi tiempo. Una blusa blanca abotonada por delante, sostén negro, una tanga negra transparente, medias con liguero y unos tacones que me obligaban a caminar despacio. Encima, el delantal y la cofia.

Me maquillé sin disimulo, con los labios muy rojos y los ojos cargados. Cuando me miré en el espejo del baño, ya no quedaba nada de la persona que conduce hasta la oficina cada mañana. Le mandé un mensaje: la habitación está lista, puede subir.

Me encerré en el baño, como habíamos quedado, y esperé a oír la puerta. Ramón entró, dejó la chaqueta en el respaldo y se sentó en el pequeño sofá que había junto a la ventana. Entonces golpeé la puerta del baño desde dentro.

—Soy yo, Carla, la camarera —dije con mi voz más dulce.

—Adelante, pase —respondió él, ya metido en el papel.

Salí contoneándome y fingí sorpresa al verlo.

—Buenas tardes, don Ramón. Cuánto tiempo sin tenerlo por aquí. Lo hemos echado mucho de menos.

—Yo también a ti, Carla —dijo recorriéndome de arriba abajo con la mirada—. Estás todavía más guapa que la última vez. Echaba de menos tus atenciones.

—Es un placer hacerle la estancia más agradable, señor. Para eso estoy.

—Para gusto, el que me diste tú la última vez —contestó con media sonrisa.

—Ay, don Ramón, no me diga esas cosas que me ruborizo.

—Nada de ruborizarte. Y dime, ¿sigues con aquel novio tuyo?

—Sigo, sí, pero la verdad es que estoy muy descontenta. Me tiene abandonada el muy desconsiderado.

—¿Cómo va a tenerte abandonada a ti? —dijo chasqueando la lengua—. No sabe lo que tiene.

—Pues ya ve. Salimos poco y siempre me quedo con las ganas. Vuelvo a casa sin que me haya dado lo que necesito.

—Ese hombre no te merece. Con lo apetecible que estás.

—Menos mal que me acuerdo de usted cuando me meto en la cama. Pensar en don Ramón es lo único que me consuela por las noches.

—Vaya, vaya. ¿Me estás diciendo que te tocas pensando en mí?

—No lo puedo remediar, señor —bajé la voz—. En cuanto apago la luz, se me van los dedos solos.

—Entonces habrá que hacer algo por ti esta tarde —dijo, y dio una palmadita en el sofá—. Pero antes, sé buena y sírvenos una copa.

***

Fui hasta el minibar, donde habíamos dejado enfriando una botella. La saqué, preparé dos copas sobre la mesita baja, justo delante de él, y serví dándole la espalda a propósito. Sabía perfectamente lo que veía: el delantal apenas me tapaba, y la tira de la tanga le dibujaba el resto.

No tardó ni medio minuto en alargar la mano y acariciarme.

—Qué piel más suave tienes aquí detrás —murmuró.

—Por favor, don Ramón, así me va a hacer derramar el champán.

—El que está a punto de derramarse soy yo —contestó.

Le llevé su copa y él me indicó que me sentara a su lado. Hice como que dudaba.

—No debería, señor. La dirección del hotel prohíbe confraternizar con los huéspedes.

—A la dirección de este hotel me la paso yo por donde no brilla el sol. Siéntate aquí ahora mismo.

—Como usted mande —suspiré.

Me senté pegada a él. La faldita del delantal no daba para nada: se me veían los muslos enteros, las tiras del liguero tirando de las medias y, más arriba, el asomo de la tanga negra. Levantamos las copas.

—Por una buena tarde —dijo.

—Por nosotros, don Ramón.

Mientras brindábamos, me deslizó la mano por el muslo y me cogió tan de sorpresa que se me escapó un poco de champán sobre la pierna.

—Uy, me he mojado. Voy a buscar una toalla —dije, amagando con levantarme.

—De eso nada. Ya te limpio yo.

Se inclinó y empezó a besarme el muslo justo donde había caído la gota fría, subiendo despacio con la boca, lamiendo la piel mojada. Eso no estaba en ningún guion anterior y me arrancó un escalofrío de verdad.

—Por Dios, señor, que una no es de piedra. Eso no me lo había hecho nadie.

—Pues hoy pienso hacerte muchas cosas que no te han hecho nunca —dijo contra mi pierna—. Y todas te van a gustar.

Dicho y hecho, sus dedos subieron hasta los botones de la blusa. Me la fue abriendo uno a uno mientras yo seguía con la copa en la mano, dejándome hacer, fingiéndome pasiva aunque por dentro ya estaba ardiendo.

—Tenga compasión, don Ramón —jadeé—. No soy más que una pobre camarera loca por usted, que cuenta los días hasta que vuelve.

—Eres un encanto, Carla. Pero los dos sabemos que también eres bastante guarra, y que vas a portarte muy mal conmigo.

Dejé la copa en la mesa. Mientras él me apartaba el sostén y me besaba el pecho, yo le bajé la mano hasta el pantalón y noté, por encima de la tela, lo duro que ya estaba. Empecé a desabrocharle el cinturón sin prisa, alargando cada gesto.

—Desnúdame —pidió.

No me hice de rogar. Le abrí la camisa y le pasé la lengua por el pecho, demorándome en los pezones hasta que se le pusieron tiesos. Después le bajé los pantalones rozándole de paso, como sin querer, la dureza que se le marcaba en la ropa interior.

***

—He traído música —dijo de pronto, casi sin aliento—. Me apetece bailar contigo.

—Lo que usted quiera, señor.

Puso en el móvil una canción lenta y nos levantamos. Le rodeé el cuello con los brazos y me apreté contra él; como soy bastante más alta, tuve que inclinarme un poco. Él me agarró de la cintura, pero las manos le duraron poco ahí: enseguida me amasó las nalgas y me pegó del todo a su cuerpo.

—Voy a probar algo nuevo —susurró.

—Sorpréndame, don Ramón.

Se deshizo de la ropa interior y, con la diferencia de altura a su favor, me metió la polla entre los muslos. Yo apreté las piernas y él empezó a moverse adelante y atrás, deslizándose contra la tela de las medias.

—¿Te gusta, eh? —gruñó contra mi cuello—. A que esto no te lo había hecho ninguno.

—Ninguno, señor —reconocí, y era verdad que me gustaba.

Estuvimos así un buen rato, moviéndonos al ritmo de la canción. Yo balanceaba las caderas para apretarlo más, para frotarlo justo donde sabía que perdía la cabeza. Por los sonidos que se le escapaban entendí que lo tenía al borde, y entonces frené. No quería que terminara tan pronto.

—Me está poniendo a cien —dije—. Pero ahora me toca a mí enseñarle algo.

—Ya me imaginaba que tramabas algo. A ver.

—Sentémonos.

Lo dejé en el sofá, desnudo del todo, y bajé la intensidad de las luces hasta dejar la habitación en penumbra. Cogí una de las copas, todavía casi llena, mojé los dedos en el champán y le humedecí la punta. Después me agaché y me la metí en la boca, paladeando el frío y el cosquilleo de las burbujas sobre la piel caliente.

—Qué viciosa eres —dijo con la voz quebrada—. Nunca me habían hecho nada así.

—Pienso bebérmelas las dos copas de esta manera. Y si aguanta, la botella entera.

—Calla y sigue, golfa.

Repetí el gesto varias veces: mojaba, lamía, lo tomaba entero y él se retorcía cada vez. En una de esas, mientras yo estaba agachada, me pasó la mano libre por las nalgas, primero acariciando y luego, cuando menos lo esperaba, deslizó un dedo despacio.

—Ay, así no me puedo resistir —jadeé.

—Ni yo. Ponte a cuatro patas en la cama.

—¿Qué me va a hacer, don Ramón?

—Lo que llevas toda la tarde pidiéndome.

***

Me coloqué como me dijo, con el pecho apoyado en el edredón y las rodillas abiertas. Él se acercó por detrás todavía con la camisa puesta, y le pedí que se la quitara, que quería sentir su pecho contra mi espalda. Lo hizo.

—Despacio, por favor —le supliqué—. Que lo vaya notando todo.

—Como tú quieras.

Empujó muy despacio, igual que le había pedido. Sentí cómo entraba poco a poco, milímetro a milímetro, hasta que se apretó del todo contra mí. Me quedé sin aire.

—Así, suavecito —dije con la voz ahogada contra la cama.

—Voy a volverte loca despacio —murmuró.

Y eso hizo. Salía casi del todo y volvía a entrar lento, dejándome sentir cada centímetro, y a cada embestida yo respondía con un jadeo que no podía contener. Se me olvidó el teatro, el guion, el nombre que tenía que usar. Ya no actuaba.

—No pares —le pedí—. Como pares, te mato.

Las embestidas se fueron acelerando. Lo noté apretarse más fuerte, rodearme con un brazo por delante y, al final, soltar un gruñido ronco mientras se vaciaba dentro de mí. La mano que me había pasado por delante me bastó: con el último empujón suyo, yo también terminé, con un grito largo que seguramente se oyó en medio pasillo.

Nos quedamos un rato abrazados, recuperando el aliento, hasta que se separó de mí.

—Menudo polvo —dijo, riéndose por lo bajo, ya fuera del papel.

—Menudo —contesté, y le di un beso en el hombro.

El resto de la tarde fue tranquila, de las que se quedan en la memoria. Recogimos las copas, nos duchamos sin prisa y bajamos a cenar como dos amigos cualquiera. Nadie en aquel comedor habría imaginado lo que pasaba arriba un rato antes, y esa era justo la mejor parte.

Ya estamos pensando en el próximo teatrillo. Quizá toque cambiar de papeles.

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Comentarios (4)

Sasha_cba

Buenisimo!! me encantó la premisa, muy bien llevado

FacundoNoc

Se hizo corto!! espero que haya una segunda parte...

LectoraNocturna

Jaja me hizo acordar a un jueguito que tengo con mi pareja, muy inspirador :)

MelancolicaLuna

Me gusto como describen la preparacion, esa anticipacion antes del encuentro es lo mejor del relato

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