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Relatos Ardientes

La noche que me vio con el vestido negro

El mensaje entró a las dos y trece de la mañana, con esa vibración seca que uno aprende a reconocer cuando algo está por cambiar.

«Se terminó. Esta vez de verdad. ¿Puedo ir?»

Le contesté antes de pensarlo: «Vení. La puerta está sin llave».

Media hora después Damián apareció en mi puerta empapado, oliendo a lluvia, a cigarrillo y a cerveza derramada sobre la campera. Se dejó caer en el sillón como un peso muerto, abrió una lata que traía en el bolsillo y se quedó mirando el piso un rato largo. Hablamos de cualquier cosa para no hablar de lo importante: insultamos a la ex, nos reímos de viejas anécdotas, pero el aire entre nosotros estaba denso, cargado de algo que ninguno se animaba a nombrar.

En medio de un silencio incómodo, sin levantar la vista, soltó:

—Siempre me preguntaste por qué me ponía tan raro cuando te veía disfrazado en las fiestas.

Tragué saliva. Sabía exactamente a qué se refería. Las pocas veces que me había animado a salir con tacos y una peluca, él se quedaba callado toda la noche, mirándome desde la otra punta del salón con una expresión que yo prefería no interpretar.

—No era burla —siguió, más bajo todavía—. Cada vez que te ponías esos tacos y caminabas así, tenía que inventar una excusa para irme. No aguantaba.

El corazón me golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que pensé que él podía oírlo desde el otro extremo del sillón. Llevábamos casi diez años de amistad. Diez años de cervezas, de mudanzas, de madrugadas como esta. Y nunca, ni una sola vez, habíamos dicho algo así en voz alta.

—¿Y ahora? —pregunté, con la voz más ronca de lo que hubiera querido.

Levantó la mirada por fin. Tenía los ojos vidriosos, pero no de borracho.

—Ahora estoy solo —dijo—. Y vos seguís teniendo ese vestido negro corto. El de la espalda de encaje.

Se acordaba del vestido. Después de tantos años, se acordaba.

No contesté. Me levanté y caminé hasta el dormitorio sin decir una palabra. Del fondo del placard saqué la bolsa negra que guardaba como un secreto, esa que abría sólo cuando estaba seguro de que nadie iba a tocar la puerta.

***

Me tomé mi tiempo. El vestido negro entallado, con escote en forma de corazón y la espalda hecha íntegramente de encaje transparente, me ceñía la cintura como una segunda piel. Debajo, lencería negra mínima, medias de red con costura trasera y los stilettos altos que me obligaban a caminar despacio, midiendo cada paso. Frente al espejo me coloqué la peluca castaña de ondas largas y trabajé el maquillaje con calma: la base, el delineado oscuro, los labios de un rojo profundo. Cuando terminé, la persona que me devolvía la mirada desde el espejo era la que siempre había querido ser y casi nunca me dejaba salir.

Respiré hondo. Y volví al living.

El sonido de los tacos contra el parqué rompió el silencio antes de que él me viera. Cuando aparecí en el marco de la puerta, a Damián se le aflojó la mano y la lata se le cayó al piso. La cerveza se desparramó formando un charco espumoso a sus pies, y ninguno de los dos hizo el menor gesto por levantarla.

—Carajo —susurró, sin aire—. Vení. Despacio.

Caminé hacia él midiendo cada paso, dejando que las caderas marcaran el ritmo. Cuando estuve a medio metro, me tomó de la cintura con las dos manos y me clavó los dedos a través de la tela. Me recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, como si quisiera memorizar cada detalle antes de que se desvaneciera.

—Siempre supe que ibas a ser preciosa —murmuró contra mi cuello, y su aliento caliente me erizó la piel entera—. Y mirate. Esta noche sos para mí.

Me temblaron las rodillas sobre los tacos.

Me hizo retroceder hasta la pared con una firmeza contenida, sin brusquedad pero sin dejarme opción. Su boca encontró la mía en un beso que no tenía nada de tímido: la lengua, los dientes, el labio inferior atrapado entre los suyos hasta que dejé escapar un sonido ahogado contra su boca. Diez años de no decir nada se desbordaron en ese beso.

Bajó las manos por mi espalda, recorrió el encaje, encontró el ruedo del vestido y lo subió de un tirón hasta arrugarlo en mi cintura. Sus dedos siguieron la costura de las medias, subieron por el muslo, llegaron al borde de la lencería.

—Te pusiste todo esto pensando en alguien —dijo, ronco, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. ¿En quién?

—En vos —admití en un jadeo, y era verdad. Siempre había sido verdad.

Soltó una risa baja, oscura, satisfecha.

—Mentiroso hermoso —dijo, aunque sabía que no mentía.

***

Me dio vuelta de golpe y quedé con la mejilla contra la pared fría. Sentí su erección dura presionando contra mí, frotándose, impaciente. Me bajó la prenda hasta la mitad del muslo, sin terminar de quitármela, dejándola como una atadura entre las piernas.

—Abrite —me ordenó al oído, y la voz le salió temblando de ganas contenidas.

Le obedecí. Me sostuve contra la pared y me ofrecí, con el pulso disparado y una vergüenza deliciosa quemándome la cara bajo el maquillaje.

Me preparó con paciencia, los dedos primero, despacio, escuchando cada uno de mis jadeos como si fueran instrucciones. Cuando uno de sus dedos curvó hacia dentro y encontró el punto exacto, arqueé la espalda y se me escapó un gemido agudo que no reconocí como mío.

—Ahí —supliqué—. No pares, por favor.

—Te gusta —murmuró, más afirmación que pregunta—. Siempre supe que te iba a gustar conmigo.

—Sí —jadeé, temblando contra la pared—. Con vos.

Retiró los dedos y lo escuché bajarse el pantalón con torpeza apurada. Apoyó la punta caliente contra mí y empujó, lento, sin pausa, abriéndome de a poco. Sentí cada centímetro como una corriente que me subía por la columna.

—Estás tan apretado —gruñó, con la frente apoyada en mi nuca.

—Seguí —pedí, con la voz quebrada—. Despacio, pero seguí.

Entró hasta el fondo en una última embestida contenida, y los dos soltamos el mismo gemido largo al mismo tiempo, como si hubiéramos estado guardando el aire durante una década.

Empezó a moverse. Primero lento, profundo, saboreando cada salida y cada regreso. Me sostenía de las caderas con las dos manos, los dedos hundidos en la carne, marcando un ritmo que fue creciendo, volviéndose más hondo, más urgente. El vestido subido hasta el pecho, la peluca pegándose a mi cuello sudado, el maquillaje corriéndose en líneas oscuras por las mejillas.

—Más fuerte —le rogué, sin reconocer mi propia voz aguda—. No te frenes.

Cada embestida me arrancaba un gemido. Cada respuesta suya era un gruñido ahogado contra mi hombro, mi nombre dicho como si fuera una palabra prohibida.

***

Me dio vuelta otra vez. Quería verme la cara. Me levantó una pierna, el taco colgando en el aire, y volvió a entrar mirándome fijo a los ojos.

—Mirame —exigió, con la voz hecha jirones—. Quiero verte mientras pasa.

Lo miré. Y mientras me sostenía contra la pared, su otra mano me alcanzó al frente y empezó a acariciarme al mismo ritmo de sus embestidas, rápido, certero, sin darme tregua.

—Me voy a venir —avisé, desesperado, aferrándome a sus hombros—. No aguanto más.

—Vení —me ordenó contra los labios—. Quiero sentirlo.

Me corrí gritando su nombre, con todo el cuerpo temblando, los tacos resbalando en el charco de cerveza, sus brazos como lo único que me sostenía de pie. Él no se detuvo. Siguió moviéndose más rápido, más profundo, hasta que se hundió una última vez y se quedó quieto, vaciándose con un rugido grave que le subió desde el pecho.

—Quedate así —jadeó, todavía dentro, todavía moviéndose apenas—. No te muevas.

No salió. Me levantó en vilo sin separarse, se sentó en el sillón y me acomodó encima, a horcajadas, mi peso contra el suyo. Me abrazó con la cara hundida en mi cuello, respirando entrecortado, el corazón golpeándole tan fuerte como el mío.

Nos quedamos así un rato largo, los dos pegajosos y deshechos, sin ganas de soltarnos.

—¿Seguimos siendo «mejores amigos»? —preguntó al fin, con una risa ronca y exhausta.

Le mordí el cuello con suavidad, dejando una marca tenue.

—Somos mejores amigos que tardaron diez años en darse cuenta —murmuré—. Y que tienen un placard entero de ropa todavía por estrenar.

Se rió bajito, esa risa sucia y cómplice que le conocía desde siempre.

—Entonces preparate —dijo—. Porque no pienso devolverte a la amistad nunca más.

Me besó otra vez, lento, profundo, sin apuro.

***

No dormimos casi nada esa noche. Cuando el cielo empezó a aclararse por la ventana, todavía seguíamos enredados, hablando en voz baja de todo lo que no nos habíamos dicho en una década. El vestido negro había quedado hecho un trapo arrugado en el piso, junto a los tacos tirados de cualquier manera y la lata vacía sobre el charco ya seco.

Lo miré dormir un instante, con esa expresión que nunca le había visto, tranquila, como si hubiera llegado a casa después de un viaje muy largo. Pensé que durante años los dos habíamos cargado el mismo secreto en silencio, cada uno por su lado, demasiado asustados para soltarlo.

Qué tontos fuimos. Tantas fiestas, tantas miradas, tanto tiempo perdido.

Cuando salió el sol del todo, el vestido negro seguía en el piso, testigo mudo de la madrugada en que por fin dejamos de ser «solo amigos».

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Comentarios (5)

NikoNocturno

increible... me dejaste sin palabras. Mas de esto por favor!!

MagdalenaBlue

Por favor seguí escribiendo, me quedé con ganas de saber qué pasó despues de esa madrugada. Hay segunda parte?

Fran_noche

Se nota que esto viene de algo real. Muy lindo y sensible, gracias por animarte a compartirlo.

Sasha_cba

La imagen del vestido guardado en el fondo del placard me llegó al alma. Que metáfora tan perfecta para arrancar un relato, me engancho desde la primera linea.

ElCurioso77

muy bueno!! pregunta: es basado en algo real o es ficcion pura?

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