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Relatos Ardientes

Descubrí el secreto de Mariela en la casa de la playa

Si el primer día en la costa había sido bueno, el segundo fue todavía mejor. Era casi mediodía cuando despertamos. Lucía y yo abrimos los ojos al mismo tiempo, los dos desnudos, enredados en una sábana que olía a sal y a sudor, y nos miramos confundidos durante un segundo.

No tardamos en recordar. La noche anterior había sido larga, húmeda, intensa. Mariela nos había arrastrado a los dos hasta el agotamiento, y cuando me incorporé descubrí que estábamos durmiendo encima de las marcas de todo lo que habíamos hecho. A Lucía se le escapó una carcajada.

—Estamos durmiendo sobre el desastre de anoche —dijo, tapándose la cara.

—Y tan contentos —contesté yo.

Nos metimos juntos a la ducha, todavía riéndonos. Cuando salimos, Mariela ya nos esperaba en la cocina, con el pelo recogido y una camiseta enorme que apenas le tapaba los muslos.

—Tengo un hambre que me muero —protestó—. Vístanse, que los invito a comer.

Bajamos a un restaurante junto al paseo. Mientras esperábamos la comida, no pude evitar volver al tema. Esa mañana, al despertar, había visto por primera vez con luz lo que Mariela tenía entre las piernas, y la sorpresa todavía me daba vueltas en la cabeza. Era una mujer hermosa, de caderas anchas y voz grave, y guardaba un secreto que yo había descubierto a medias en la oscuridad.

—Lucía ya lo sabía —me explicó Mariela, removiendo el café—. Le pedí que no te dijera nada. Sabía que eras un tipo abierto, pero no quería que me juzgaras antes de conocerme.

Miré a mi novia. Ella se encogió de hombros, con esa sonrisa que pone cuando ha hecho una travesura y no se arrepiente de nada.

—Y no me juzgaste —añadió Mariela—. Eso me gustó.

***

Pasamos toda la tarde y parte de la noche de bar en bar. Bebimos demasiado, nos besamos los tres en cada esquina, nos sobamos por debajo de las mesas como si nadie nos viera. Volvimos a la casa muy borrachos y muy calientes, decididos a no dejar que la fiesta terminara.

En el salón seguimos bebiendo. Las chicas se quedaron desnudas de cintura para arriba y empezaron a derramarse la bebida sobre los pechos para que yo las lamiera. Yo hacía lo mismo conmigo, y miraba embobado cómo me la chupaban las dos a la vez. Me encantaba el momento en que sus lenguas chocaban al pelearse por el mismo lugar.

En algún punto de la noche, Mariela se roció con un poco de nata, me agarró de la nuca y también a Lucía, y nos empujó hacia abajo.

—A limpiar —ordenó.

Miré a Lucía. Estaba encendida, emocionada, con los ojos brillantes de alcohol y de ganas. Yo nunca le había hecho eso a nadie y dudé. Era más gruesa que la mía, todavía blanda. La sostuve un instante, la acerqué a la boca de Lucía, y mi novia no esperó: sacó la lengua y se lo comió todo.

Me levanté y di un paso atrás. No sabía si estaba listo para dar ese paso. Con la copa en la mano observé cómo crecía dentro de la boca de Lucía, y se me puso dura solo de mirar.

Lucía estaba arrodillada, desnuda, las manos apoyadas en las caderas de Mariela, chupando con un hambre que yo no le conocía. Gemía con la boca llena. Mariela le sujetaba la cabeza con las dos manos, las rodillas algo flexionadas, la mirada perdida en el techo.

Un rato después, Mariela le tomó la cara entre las manos y empezó a moverse más rápido, marcando el ritmo. Cuando se miraron a los ojos, comprendí lo que iba a pasar. Se corrió sin sacarla de su boca. Le temblaron las piernas, gimió largo y ronco, y Lucía, de rodillas y con los ojos cerrados, lo recibió todo sin moverse. Casi me corro yo solo de verlo.

***

Después de unas toallitas y un poco de calma, seguimos la fiesta sentados en unas sillas de playa que habíamos metido en el salón. Comentábamos lo de Lucía entre risas.

—Eres una maestra —le dije.

Ella me guiñó el ojo, orgullosa.

Mariela se arrodilló frente a mi silla. Empezó a masajearme con la mano, despacio, y mi cuerpo respondió enseguida.

—A ver qué tal lo hago yo —murmuró.

Acercó la boca y me tomó como si fuera un caramelo, mirándome a los ojos mientras movía la lengua por la punta. Terminé de endurecerme dentro de su boca. Busqué a Lucía con la mirada y sonreí al verla dormida en la otra silla, vencida por el cansancio y el alcohol.

Mariela siguió un buen rato. No dejó nada sin atender. Cuando le dije que estaba a punto, me lo metió entero y empezó a bombear despacio. Entonces deslizó una mano por debajo y, antes de que me diera cuenta, sentí la punta de su dedo presionando un lugar en el que nunca había pensado.

Fue suficiente. Algo se encendió tan adentro que me corrí sin control, temblando entero, gimiendo como un animal. Ella sacó el dedo despacio, me soltó, escupió en un pañuelo y me miró con una media sonrisa.

—¿Qué tal? —preguntó.

No dije nada. Mi cara debió de contestar por mí, porque se echó a reír.

***

Eran las tres de la mañana y seguíamos despiertos. Lucía dormía en su silla y nosotros charlábamos en voz baja, animados.

—Me debes una —dijo Mariela.

—No lo veo —contesté, riéndome.

—Entonces, por lo menos, déjame follarte el culo.

Y a eso, no sé por qué, no le dije que no. Ella se sorprendió de que pusiera el trasero antes que la boca. Miró a Lucía, que seguía dormida, me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.

Me senté en el borde de la cama con ella a mi lado. Le chupaba los pechos y la vigilaba de reojo, esperando a que se pusiera dura para devolverle lo de antes ofreciéndole el culo. Al poco se puso de pie frente a mí. Me miró con la cara de quien pide algo sin palabras.

Me quedé mirándola. Lo pensé. Empezó a rozarme los labios, de un lado a otro, pero mi cuerpo no terminaba de reaccionar. Entonces, por encima de su hombro, vi a Lucía despierta en el marco de la puerta, observándolo todo con una sonrisa tranquila.

Lucía se acercó, se arrodilló a mi lado y empezó a chupársela a Mariela. Yo empecé a encenderme de nuevo. Justo cuando lo hacía, mi novia la sacó de su boca, la sostuvo y, todavía a medio endurecer, la dirigió hacia mis labios. La miré. Lucía hizo el gesto de abrir la boca y yo la copié. Vi cómo retiraba la piel antes de metérmela hasta la mitad.

Estaba dentro. Mi primera vez. Y en lugar de asustarme, me excité tanto que se me puso dura otra vez.

Mariela gimió de gusto, y oírla me calentó todavía más. Sentí cómo terminaba de endurecerse dentro de mi boca. Pensé que ya no había marcha atrás. La tenía dentro y empecé a chupar despacio, cuidando de que la lengua rozara la parte de abajo, justo lo que a mí me vuelve loco cuando me lo hacen. La escuchaba gemir y seguí, sentado en la cama, con las manos en su trasero, metiéndomela todo lo hondo que podía.

Mariela estaba fuera de sí. La sacó de mi boca y dijo que ahora sí me iba a follar. Lucía aplaudió desde el suelo, encantada.

Me tumbé. Me levantaron las dos piernas como a un bebé al que van a cambiar, y Mariela le pidió a Lucía que me lubricara con la boca. Yo estaba durísimo. Mi novia empezó a lamerme, en círculos, intentando entrar con la lengua, y yo gemía sin poder contenerme.

Para callarme, Mariela me la metió de nuevo, sujetándome los brazos con sus piernas. Me follaba la boca despacio, disfrutando de verme lleno, con la cabeza hundida en el colchón. Entonces sentí que volvía a llegarme, y como pude lo avisé. Lucía corrió a ponerse, y me corrí en su boca con los gemidos ahogados por Mariela.

Lucía escupió sobre mí y usó eso para lubricarme. Me penetraba con un dedo, despacio, y yo daba pequeños respingos. Todo indicaba que la cosa apenas empezaba. Mariela se colocó, me levantó las piernas y vi lo dura que estaba. Pensé que iba a doler.

Y dolió, de principio a fin.

***

Empezó frotándose contra mí, sin prisa. Me gustaba. Algo en el vientre lo pedía, lo deseaba. Sentí cómo entraba de golpe y grité. La sacó despacio y volvió a intentarlo, una y otra vez. Cada vez que salía, parecía que me desinflaba entero. Ella gozaba, mirándole el culo a mi novia, que me sujetaba las piernas.

Cuando sintió que se deslizaba bien, dejó de sacarla y empezó a empujar hondo. Yo gritaba; me estaba abriendo en dos. Lucía me sentó su trasero en la cara para ahogar mis gritos, y Mariela siguió sin piedad, sin que le importaran. No sé cuánto duró. Me pareció una eternidad.

De repente paró. La sentía llenándome entero, y el dolor se transformó. Ahora gemía de placer, y era yo quien movía las caderas buscando sentirla entrar y salir. Las oía jadear a las dos: Mariela tomando aire para la siguiente embestida, Lucía esforzándose por taparme la boca. Mis gritos eran de dolor convertido en algo enorme cada vez que ella se detenía.

Mariela suspiró y me la metió hasta el fondo, quedándose ahí. Yo gritaba. Cada segundo parecía que entraba un poco más. Lucía frotaba su sexo contra mi cara, y las dos gemían. Entonces empezó a bombear otra vez, dura, sin compasión, y mis gritos se volvieron un jadeo entrecortado. Estaba agotado, sin fuerzas ni para gritar.

No sé cuánto estuvo. Una eternidad. Cuando volvió a frenar, solté todo el aire de golpe. El alivio multiplicaba el placer, y sentía cómo se deslizaba despacio dentro de mí. Me relajé. Mariela seguía moviéndose lento, y yo gozaba, y la oía gozar. Sentía cómo se abría camino, cómo me llenaba. Iba a correrme. Lucía ya solo miraba.

Sin avisar, Mariela volvió a la carga. No me dio tiempo ni a respirar. Un hilo de grito se me escapó mientras me embestía con violencia. La oí gemir, noté que bajaba el ritmo, y supe que se iba a correr. Me corrí yo primero, jadeando, a medio endurecer, salpicándome la propia cara. Y entonces sentí cómo le temblaba el cuerpo mientras se vaciaba dentro de mí.

Cuando salió, me soltó las piernas y cayeron muertas sobre el colchón. Lucía me lamió la cara y las dos se fueron juntas hacia la ducha, abrazadas, riéndose.

Me quedé en posición fetal, notando cómo todo escurría despacio. Me toqué con dos dedos y comprobé que entraban sin esfuerzo. No me extrañó, después de lo que acababa de pasar. Dolor y placer, pensé, sonriendo en la oscuridad. Mariela sabía mezclarlos como nadie.

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Comentarios (5)

Marquitos77

increible historia, de las mejores que lei aca!

RomyArg

me quede con muchas ganas de saber mas... segunda parte porfavor!!

DiegoMar_47

Me encanto el suspenso que fuiste construyendo, se nota que sabes contar bien una historia. Sigue subiendo relatos

Curiosa_87

y como termino todo despues? me dejaste intrigada jajaja

MauriBAire

Me recordo a algo que me paso en un verano en la costa, una situacion parecida. Que buenos recuerdos jaja

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