La transexual que me dejó obsesionado para siempre
Llevo bastante tiempo trabajando de acompañante, y eso me ha puesto delante de toda clase de cuerpos. Hombres tímidos, hombres prepotentes, algunos que apenas se atrevían a mirarme y otros que llegaban con un guion ensayado de lo que querían. He visto de todo, he probado de todo. Por eso me cuesta tanto explicar lo que me pasó con Bianca, porque nada de mi experiencia me había preparado para alguien así.
La conocí por un rodeo. Salía con un chico que de vez en cuando me contrataba, y una noche, entre cerveza y confidencias, me contó que su pareja se dedicaba a lo mismo que yo. Me enseñó una foto. Tardé tres semanas en atreverme a escribirle. No sé qué me frenaba, si la vergüenza de cruzar una línea rara o el miedo a que una mujer así ni se molestara en contestarme.
Contestó. Y quedamos.
***
Bianca era brasileña, alta, rubia de bote pero con ese tono que parecía natural, y tenía un cuerpo que no entraba en ninguna descripción decente. Yo mido algo más de uno ochenta y ella me sacaba media cabeza cuando se ponía tacones. Pechos grandes, cintura estrecha, una forma de moverse que ocupaba toda la habitación sin esfuerzo. Pero lo que de verdad me descolocó no fue nada de eso. Fue su cara. Era encantadora, de las que te hablan y te hacen sentir que llevan toda la vida conociéndote.
—Así que tú también eres del oficio —dijo, sirviéndome una copa que yo no le había pedido.
—Algo así.
—Entonces no hace falta que finjamos nada. —Se sentó frente a mí, cruzó las piernas despacio—. Me gusta eso. Con los clientes normales una se cansa de actuar.
Que me incluyera en su mundo, que me hablara como a un igual, me desarmó por completo.
Era gracioso, pensé. Había tenido clientes colados por mí, hombres que me escribían a las cuatro de la mañana, que se inventaban excusas para volver a verme. Y ahí estaba yo, con las manos un poco sudadas, colado por otra profesional como si fuera la primera vez que pisaba una habitación de hotel.
***
Confieso que esa primera noche me pudieron los nervios. Llevo años controlando el ritmo, sabiendo exactamente cuándo frenar, cuándo darle al otro lo que busca. Con ella perdí todo el control en cuanto la tuve cerca. Su perfume, la temperatura de su piel, la manera en que me habló al oído mientras me desabrochaba la camisa. No aguanté lo que me hubiera gustado aguantar, y me dio una vergüenza absurda.
—Tranquilo —se rió, sin maldad—. Eso me lo tomo como un cumplido.
Los encuentros que vinieron después fueron otra cosa. Iba más sereno, más confiado, y entonces pude prestar atención de verdad. Pude detenerme en cada detalle de ella, que era justo lo que necesitaba para entender por qué no me la sacaba de la cabeza.
Porque Bianca tenía un arma que volvía irrelevante todo lo demás. Entre las piernas escondía algo que superaba con creces lo que yo había visto en mi vida, grueso, de un aspecto que se me hacía agua la boca solo de pensarlo. Y resultó que esa parte de ella se convirtió en mi obsesión particular.
***
Muchas de nuestras citas consistían simplemente en eso. Yo de rodillas frente a ella, dedicándole todo el tiempo del mundo. Bianca tardaba en llegar al final, mucho, y a mí no me importaba en absoluto. Al contrario. Podía pasarme una hora entregado a la tarea sin levantar la cabeza, recorriendo cada centímetro con la lengua, deteniéndome en el glande como si fuera lo más valioso que me hubieran puesto delante.
—Me vas a volver loca —decía ella, con la voz cada vez más rota, enredándome los dedos en el pelo.
Cuando por fin terminaba, no soltaba demasiado, pero yo lo recibía como si fuera la cosa más preciada del mundo. Y para mí lo era. No había nada fingido en aquello. Por primera vez en años, lo que hacía en una cama lo hacía por puro deseo y no por dinero.
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Hubo una noche que recuerdo con una nitidez que casi duele. Habíamos quedado en un hotel del centro, uno de esos con vistas a la avenida y ventanales que llegan hasta el suelo. Bianca había llegado antes que yo y me abrió la puerta envuelta en un albornoz blanco, con el pelo húmedo y sin una gota de maquillaje. Estaba aún más guapa así, despojada de todo, y yo me quedé un segundo de más en el umbral, mirándola como un idiota.
—¿Vas a pasar o piensas mirarme desde el pasillo? —preguntó, divertida.
Pasé. Cerró la puerta con el pie y me empujó contra la pared antes de que pudiera decir nada. Me besó despacio, sin prisa, mordiéndome el labio justo lo suficiente para dejarme claro quién mandaba esa noche. Sus manos me recorrieron el pecho por debajo de la camisa mientras yo intentaba, sin éxito, deshacerme del nudo del albornoz.
—Quieto —susurró—. Tenemos toda la noche. No la malgastes con prisas.
Y tenía razón. Aquella vez no hubo reloj. Nos tomamos cada minuto como si fuera el único que íbamos a tener, y precisamente por eso lo recuerdo entre todos los demás. Bianca tenía esa rara habilidad de hacer que el tiempo se estirara, de convertir una cita pagada en algo que se parecía peligrosamente a una historia de verdad.
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Aunque las dos preferíamos el papel pasivo —ella me lo confesó una de esas madrugadas, riéndose de la ironía de que dos pasivas se hubieran encontrado—, hubo veces en que cambiamos los papeles. Y ahí descubrí otra dimensión entera de ella.
Sus embestidas me dejaban deshecho. Siempre con cuidado, eso sí, con paciencia y mucho lubricante, porque un calibre así puede hacer verdadero daño si se va con prisa. Pero una vez dentro, el cuidado se convertía en otra cosa. No era solo el tamaño, que ya de por sí me dejaba sin aire. Era cómo movía las caderas. Como si bailara, marcando el ritmo, ajustando la profundidad y el ángulo en cada momento, leyéndome el cuerpo mejor de lo que yo mismo me lo conocía.
Hubo noches en que llegué al final sin que ninguno de los dos me tocara, solo con el vaivén de ella encima de mí. Me oí gemir de una forma que no reconocía como mía, agarrado a las sábanas, suplicando que no parara.
¿En qué momento me convertí yo en el cliente desesperado?
***
Cuando se ponía encima para cabalgarme, hasta imponía. Esa mujer enorme, preciosa, dueña absoluta de la situación, con todo su peso y su deseo sobre mí. Yo, que me gano la vida controlando estas escenas, no podía hacer otra cosa que dejarme llevar. Le entregaba el control y ella lo aceptaba como si le perteneciera por derecho.
El orgasmo más intenso de toda mi vida me lo dio ella. Lo tengo clarísimo. El gemido más fuerte que he soltado nunca salió de mi garganta en una de esas madrugadas, y todavía me sorprende que un cuerpo pueda provocarle a otro tanto placer de golpe.
Y no era solo el sexo. Era ella entera. Charlábamos después, tumbados, compartiendo historias del oficio, riéndonos de los clientes raros, de las situaciones imposibles que nos habían tocado. Llegamos a tener algo parecido a una amistad, aunque las dos sabíamos que esa palabra se quedaba corta y a la vez le quedaba grande a lo que teníamos.
***
He estado con muchos hombres. Algunos eran buenísimos, atentos, generosos. He estado también con bastantes mujeres. Ninguno se acerca a lo que Bianca me hizo sentir. Hay un chico, Mateo, con el que sigo viéndome de vez en cuando, y lo hace tan bien que cualquiera diría que no se puede pedir más. Pero después de ella, todo lo demás me sabe a poco. Es injusto para él, lo sé, y aun así no puedo evitarlo.
Esa es la trampa en la que caí. Una transexual brasileña, encantadora, guapa hasta doler, con un cuerpo de escándalo y ese secreto entre las piernas que me arruinó para cualquier otra cama. Me pasé media vida pensando que lo había probado todo, presumiendo de que ya nada me sorprendía. Y bastó una sola persona para demostrarme que no tenía ni idea de lo que me gustaba de verdad.
Porque eso aprendí con ella. Que el deseo no entiende de etiquetas ni de lo que se supone que uno debería querer. Una mujer femenina, preciosa, con un arma como la suya, es lo más rico que he conocido en este mundo. Y lo digo con total seguridad después de tantos años y tantas camas.
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Hace semanas que no me contesta. Habrá cambiado de ciudad, de número, de vida. En este oficio la gente desaparece sin avisar y una aprende a no preguntar. Pero yo sigo mirando el teléfono más veces de las que debería, releyendo nuestros últimos mensajes, recordando el sabor de su piel y el peso de su cuerpo sobre el mío.
Nunca pensé que terminaría así, siendo yo el que espera. El que reza por un mensaje que probablemente no llegue. La que me enseñó a perder la cabeza también se llevó la cabeza consigo, y yo se la regalé encantado.
Si algún día vuelve a escribir, dejaré lo que sea que esté haciendo y correré a verla. Lo sé y ella también lo sabe. Bianca fue, sin discusión posible, lo mejor que probé en toda mi vida. Y mucho me temo que lo seguirá siendo aunque no vuelva a verla jamás.