Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La transexual que me esperaba en el hotel

Llevaba apenas un par de horas instalado en el hotel del centro de Guadalajara. Había llegado por la mañana por cuestiones de trabajo y, una vez deshecha la maleta, me tiré en la cama con el único plan de descansar un rato antes de salir a comer algo. No eran ni las dos de la tarde. Para matar el tiempo agarré el teléfono y empecé a abrir una de esas aplicaciones que sirven para concretar encuentros rápidos.

Había retocado mi perfil hacía días: una foto que mostraba lo que yo considero mi mejor atributo, mi trasero, y un estado breve y directo, «Busco algo real». Lo que buscaba era a alguien activo. Me puse a navegar por la pestaña de personas cercanas, deteniéndome en las fotos que enseñaban el paquete delantero. Había algunas de muy buen ver, pero no me atreví a mandar ningún mensaje ni ningún toque. Solo miraba.

Después de un rato deleitándome la pupila, decidí darme una ducha para bajar la temperatura y las ganas, y así poder salir a buscar comida con la cabeza fría. Me quité toda la ropa, entré al baño y dejé que el agua caliente me cayera encima un buen rato. Me pasé la mano por todo el cuerpo, sin prisa, y me dediqué una limpieza especialmente cuidadosa en la parte de atrás.

Al salir vi que la pantalla del teléfono parpadeaba con varias notificaciones de la aplicación. Tenía toques de varios usuarios, a los que fui contestando uno por uno. Pero lo que de verdad me llamó la atención fue una conversación ya iniciada, con mensajes nuevos. A primera vista parecía una mujer, pero al abrir el perfil me di cuenta de que era una chica trans, con el nombre de usuario TS Nayla.

El primer mensaje decía: «Hola». Y debajo, otro: «Vi tu foto y me llamaste la atención. Si me contactas la podemos pasar muy bien tú y yo. Se ve que tienes un culo muy rico y muy tragón».

Me apuré a contestar.

—Muchas gracias, tú también te ves muy bien en tu foto —escribí—. ¿Por dónde estás? Me gustaría concretar algo real.

Su respuesta llegó casi de inmediato: «Estoy por la zona de la estación Juárez, hospedada en un hotel. Puedes venir a visitarme. Me dedico al trabajo sexual y cobro una tarifa. Si gustas, soy Inter».

Justo después me envió una foto. En ella mostraba su verga erecta, completamente afeitada, de unos dieciocho centímetros y de un grosor que se apreciaba bien incluso en la pantalla pequeña.

Ubiqué el lugar en el mapa y vi que no estaba demasiado lejos. Y la foto, la verdad, me gustó de verdad. Mi cuerpo reaccionó al momento, y hasta sentí un ligero palpitar atrás, una cosa rara en mí. Pensé en lo que me había ofrecido y la tarifa no me pareció mal trato.

—Me parece muy bien —le escribí—. Mándame tu dirección exacta y en un rato voy para allá.

Me pasó la ubicación. Calculé que llegaría caminando en unos treinta minutos. Le avisé que me cambiaba y salía enseguida. Me puse algo cómodo: un pants gris, una playera negra con líneas amarillas, unos tenis y una gorra negra. El clima no estaba frío, así que no hizo falta nada más. Agarré la cangurera y salí encaminado hacia su hotel, avisándole por el chat que ya iba en camino. «Muy bien, te espero con ansias», me contestó.

Durante el trayecto seguían entrando notificaciones de otros usuarios que de momento ignoré. A mitad de camino me llegó otro mensaje suyo: «Ven, te espero, papi. Quiero saborearte». Lo acompañaba con unos emoticonos de besos y una foto en la que aparecía de lado, con la verga parada, sosteniéndola con la mano como si me la ofreciera a través de la cámara.

***

Cuando llegué al hotel entré directo a la recepción y dije que iba a la habitación que ella me había indicado. Me respondieron que estaba en la tercera planta, que podía subir por las escaleras de la derecha. Al retirarme, el hombre que atendía me soltó un «Suerte con tu cacería» y una risita por lo bajo que preferí ignorar.

Subí las escaleras de dos en dos. Toqué a la puerta y se abrió casi al instante, como si hubiera estado esperando con la mano en la manija. Me agarró del brazo, me hizo pasar rápido y cerró la puerta detrás de mí. Recién entonces pude verla con calma.

Tenía delante a una mujer realmente hermosa, de alrededor de un metro setenta y cinco, de complexión delgada y piel morena clara. No se le notaba ninguna figura masculina; sin pechos, eso sí. Llevaba un camisón rojo que le llegaba hasta las rodillas, con una abertura al frente que dejaba ver un calzón de encaje negro con vivos rojos. Estaba descalza. Después de dejarme admirarla un momento, me tomó de la mano y se plantó frente a mí, sin acercarse del todo.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con una voz sorprendentemente femenina.

—Sí —respondí.

Se acercó, me abrazó, y como éramos casi de la misma estatura, nuestras bocas se encontraron sin esfuerzo. Me besó con bastante pasión durante un rato largo. Luego se separó.

—Bueno, dame lo convenido y empezamos.

Le entregué lo acordado. Lo guardó en un cajón y volvió hacia mí. Me rodeó el cuello con los brazos, me pegó a su cuerpo y empezó a besarme de nuevo. Mientras lo hacía, fue bajando las manos: una me sujetó la cintura para apretarme aún más contra ella, y la otra se deslizó por detrás y empezó a sobarme las nalgas por encima del pants, de arriba abajo, apretándolas y abriéndolas sin dejar de besarme.

En un momento dejó de besarme, me tomó de la cintura y me hizo girar hasta dejarme de espaldas a ella. Me jaló hacia atrás, pegando todo su cuerpo al mío, y acercó la boca a mi oreja. Empezó a pasarme la lengua por ella, arrancándome unos gemidos involuntarios. Entre ese jugueteo me dio lo que siempre llamamos un arrimón: apretó su verga, todavía dentro del calzón, contra mis nalgas. Sentí su erección, aunque sin notar todavía su forma completa.

Di un ligero respingo hacia adelante. Ella me sujetó con fuerza, se pegó de nuevo y empezó a subir y bajar la cadera contra mi trasero, haciéndome sentir con cada movimiento cómo su verga quería abrirse paso entre la ropa. Cambió de oreja, jugó con la otra y fue bajando por mi cuello a base de besos y lametones. Dejó de sostenerme un segundo, sujetó la playera por el borde y me la sacó por encima de la cabeza.

Se separó un poco y empezó a recorrerme la espalda con la boca y la lengua, bajando despacio hasta la cintura y volviendo a subir. De pronto, con unos cuantos movimientos de los pies, me quitó los tenis y los apartó de una patada.

Me tomó de la cintura y me dio la vuelta para tenerme de frente. Volvió a besarme y fue bajando por el cuello hasta llegar a mis pezones, que empezó a chupar y a mordisquear con suavidad. Con todo lo que me estaba haciendo, ya no podía parar de gemir. Se detuvo, se enderezó a mi altura, me besó otra vez y me dijo al oído con una voz sensual y cargada:

—Lo estás disfrutando, ¿verdad? Todavía falta lo mejor.

***

Con una mano me empujó hacia la cama y caí de espaldas sobre el colchón. Me tomó las piernas, me agarró el pants por la cintura y de un solo tirón me lo bajó por las piernas, llevándose de paso el bóxer. Aprovechó para quitarme los calcetines y me dejó completamente desnudo, con las piernas levantadas. Las sostenía con una mano y con la otra me las acomodó contra el pecho para echar un buen vistazo.

—Ya tenía ganas de ver ese culito que cargas —dijo en voz alta—. Se ve rico. Lo voy a dejar bien satisfecho.

Acto seguido me dio una nalgada que sonó fuerte en toda la habitación y bajó la cara hasta dejar mi culo a su disposición. Empecé a sentir humedad alrededor: era su lengua. La movía despacio al principio, y mis gemidos parecían animarla, porque enseguida la pasaba con más fuerza, intentando en algunos momentos abrirse paso hacia el interior.

Estaba disfrutando esa sensación cuando se detuvo. Me bajó las piernas, me tomó de las manos y me hizo sentar en la cama. Se acercó a besarme, luego se puso de pie frente a mí y me arrimó la entrepierna a la cara. Sin esperar, le bajé el calzón y dejé salir aquel falo ansioso que, al sentirse libre, saltó a la vista en vivo y en directo.

Se veía aún más impresionante que en la foto. Ella me puso una mano en la nuca y me acercó la verga a la boca. La metí y empecé a chuparla, llevándola hasta donde me era posible, sacándola por completo para pasarle la lengua por todo el tronco y volverla a meter.

—Qué rica boquita tienes —jadeó—. Qué rico la mamas.

Seguí con el oral, aumentando poco a poco la velocidad, hasta que me puso la mano en la frente y me detuvo. Me sacó la verga de la boca, me hizo ponerme de pie, me tomó de la cintura y me dio la vuelta de nuevo. Sentí cómo acomodaba su verga entre mis nalgas y la deslizaba de arriba abajo, dejándome notar todo su tamaño contra mi culo.

Se retiró un poco y apoyó la punta entre mis nalgas, separándolas con la mano y apuntando a mi entrada. Hizo algo de fuerza; sentí cómo quería abrirse paso. Entonces me obligó a apoyarme sobre la cama, con los brazos sobre el colchón y las piernas extendidas. Me abrió las nalgas por completo y, al sentirme tan expuesto, fruncí el culo por instinto.

—Vaya, sí que está ansioso ese culito por tener acción —se rió—. Le voy a dar lo que quiere.

Se subió detrás de mí, acomodó otra vez la verga entre mis nalgas y la pasó de arriba abajo, haciéndome gemir con cada movimiento. Se acercó a mi oído y me dijo con autoridad, en un tono fuerte y excitado:

—Pídeme que te coja. Dime que quieres sentir mi verga dentro de ti.

Entre las pasadas y los gemidos saqué fuerzas para contestarle con la voz quebrada por las ganas:

—Quiero que me cojas. Quiero sentir tu verga dentro de mí. Hazme tuyo.

***

Apenas terminé de decirlo, ya estaba acomodando la punta en la entrada y empujando hacia adentro. Se abrió paso, entrando casi hasta la mitad en ese primer intento, y los dos soltamos un gemido fuerte. Siguió empujando hasta entrar por completo, dejándome bien empalado. Se quedó dentro un momento. Sentí mi culo palpitar alrededor de aquel pedazo de carne.

—Qué rico me aprieta tu culo —jadeó—. Siento cómo me agarras la verga. Le encanta sentirse perforado.

Empezó a sacarla despacio, hasta extraerla del todo. Me abrió las nalgas con las dos manos para dejar mi culo recién perforado a la vista.

—Mira nada más cómo se abre y se cierra —exclamó con satisfacción—, como pidiendo más.

Se acomodó de nuevo y volvió a penetrarme, esta vez de una sola vez. La sacaba casi por completo y la metía otra vez, con cierta calma, dejándola dentro unos segundos antes de volver a empezar. De tanto en tanto la sacaba del todo y me abría las nalgas, contemplando mi culo a su antojo. Me di cuenta de que era parte de su deleite.

Luego metió la verga hasta el fondo y empezó a embestir de forma constante. Con cada fricción yo solo soltaba gemidos de placer. Aumentó el ritmo, y entre sus jadeos y mis ya casi bufidos, su verga entraba y salía a placer. Me estaba cogiendo de una manera que disfrutaba muchísimo. Era una auténtica profesional.

De pronto sentí un empujón fuerte hasta el fondo y noté cómo se acostaba sobre mi espalda, acercando la cara a mis orejas y pasándome la lengua de una a la otra. Sin sacar la verga, empezó a moverse en círculos dentro de mí, generando unas oleadas de placer deliciosas. Acercó la boca a mi oído.

—Ya me quiero venir —dijo—. ¿Dónde quieres tu leche calientita?

Con las sensaciones del momento no atiné a responder nada coherente.

—Bueno, como no sabes, será donde yo quiera.

***

Se puso de pie, sacó la verga de mi interior y, con las manos en mi cintura, me jaló hacia ella sin dejarme levantar. Me obligó a hincarme, se puso la verga a la altura de mi cara y empezó a masturbarse delante de mí. Intenté metérmela en la boca, pero me detuvo con la mano. Se masturbó con más fuerza, entre gemidos y bufidos, hasta que acercó la punta a mis labios.

Con la otra mano me agarró la barbilla y me obligó a abrir la boca. Entonces soltó unos chorros copiosos de semen directo, tres descargas con bastante fuerza que terminaron dentro y me escurrieron por los labios. Después me metió la punta en la boca y me la dejó chupar para sacar hasta la última gota, mientras yo tragaba lo que quedaba.

Cuando terminó, me hizo ponerme de pie y me colocó otra vez en la posición en la que me había estado cogiendo. Se metió dos dedos en el culo y, con la otra mano, empezó a masturbarme. Lo hacía despacio, escupiendo de vez en cuando saliva en los dedos que me penetraban y en la mano con la que me la jalaba.

Cuando notó que estaba a punto de venirme, dejó los dedos y puso la mano frente a mi verga, sosteniendo ya un papel. Eyaculé varios chorros calientes que terminaron en su palma. Me dio un par de nalgadas, me acercó otra vez la verga a la boca para que se la chupara y me dijo:

—Qué rico estuviste. Tienes un culo delicioso y aguantas muy bien. Espero tener la oportunidad de volver a cogerte.

Sacó la verga de mi boca y me dejó levantarme. Empezó a vestirse mientras yo hacía lo mismo. Antes de terminar se acercó por la espalda, me abrazó con fuerza, me restregó otra vez la verga contra el cuerpo, me dio la vuelta y me plantó un beso apasionado.

Acabé de vestirme, ella me abrió la puerta y salí rumbo a las escaleras. Al llegar a la planta baja tuve que pasar por delante de la recepción, donde seguía el mismo hombre que me había recibido.

—Espero que lo hayas disfrutado —soltó con sorna.

No le presté atención. Salí y emprendí el camino de vuelta a mi hotel para descansar, sintiendo todo el trayecto cómo mi culo seguía palpitando. Tal vez en otra ocasión la vuelva a ver.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

Curioso_Sur

wow, no esperaba que fuera tan bueno. me engancho desde el primer parrafo

NocheVelada88

excelente!!!

RamonCidra

Por favor hace una segunda parte, quede con ganas de mas jaja

DiegoBA_84

Me gusto mucho como esta escrito, se siente muy natural y sin rodeos. Bien ahi!

Lore_noche

Que bueno encontrar relatos de esta categoria bien elaborados. Normalmente son muy poco trabajados pero este tiene un desarrollo que se agradece. Sigue adelante!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.