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Relatos Ardientes

Le pedí a mi travesti que me recibiera como hombre

Toda mi vida me consideré heterosexual sin una sola duda. Me gustaban las mujeres: sus curvas, su olor, la forma en que se movían cuando sabían que las estabas mirando. Pero hace un par de años algo se corrió de sitio dentro de mí, despacio, casi sin que me diera cuenta.

Empecé a buscar vídeos de travestis y ya no pude parar. No las veía como hombres con pechos. Las veía como mujeres perfectas con un detalle de más: una verga dura que se marcaba bajo la falda o tensaba la tela del tanga. Me excitaba imaginarme de rodillas frente a una de ellas, con esos ojos mirándome desde arriba como solo te mira una mujer que sabe que ya te tiene.

Hasta que apareció Bianca.

La encontré en una aplicación, una crossdresser de mi misma ciudad. Delgada como una caña, la piel suave y depilada, cara de muñeca con labios gruesos y unos ojos que te desvestían en dos segundos. La primera vez que quedamos me abrió la puerta convertida en mujer de pies a cabeza: peluca larga y negra, maquillaje impecable, un vestido corto color vino que le dibujaba el culo, medias oscuras y tacones que la hacían enorme.

Me arrodillé antes de que cerrara la puerta. Le besé los empeines y le subí el vestido centímetro a centímetro. Olía a perfume dulce y a algo más caliente debajo. Cuando su verga quedó libre, tiesa y brillante en la punta, la tomé con la boca como si llevara semanas en ayunas. Ella me agarró del pelo con una calma de dueña.

—Buena chica —me dijo, con una voz ronca que tenía algo de las dos cosas.

Me corrí sin tocarme. Solo con su mano marcándome el ritmo y su sabor en la lengua.

***

Volvimos a vernos muchas veces, y siempre fue igual: ella vestida de mujer, yo de rodillas. Me gustaba ese papel, me hacía sentir liviano, sin nada que decidir. Pero con las semanas empecé a darle vueltas a otra fantasía, una que al principio me daba vergüenza hasta de pensar.

Quería conocer a la otra mitad. Quería que me abriera la puerta tal como salía a la calle de día: como un chico. Joven, guapísimo, con esa misma cara perfecta pero sin peluca ni pintura. Vaqueros ajustados, una camiseta que le marcara el cuerpo delgado, el pelo corto revuelto. Solo él. Y, del otro lado de la puerta, yo. Pero yo de mujer.

Quería el cambio de papeles completo: él mandando como hombre, yo entregado como su putita, con medias, falda corta y la boca pintada. Quería que me mirara igual que se mira a una mujer fácil y me tratara así, sabiendo todo el tiempo que debajo de esos vaqueros había una mujer dominándome desde el otro lado del espejo.

Una noche, después de correrme mientras ella me follaba boca arriba, se lo solté entre jadeos, con los ojos cerrados para no tener que sostenerle la mirada.

—Bianca… la próxima vez… ¿podrías recibirme como chico? Sin disfraz. Y vestirme tú a mí.

Se quedó quieta un segundo. Me miró con esos ojos que parecen saberlo todo y sonrió muy despacio.

—Así que quieres sentirlo de verdad —dijo—. Quieres que te convierta en mi muñeca mientras yo voy de tío.

Asentí, temblando entre la vergüenza y las ganas.

—Entonces ven preparado. Te recibo como salgo a la calle. Y cuando cierres la puerta, vas a ser Lorena. Mi Lorena. Y vas a pedirme tú que te lleve a la cama.

Me corrí otra vez, solo de oírla.

***

Y ahora estoy aquí, frente a su puerta, con el corazón latiéndome en la garganta. Llamo. Se abre.

Ahí está. De chico. Y es todavía más guapo de lo que había imaginado. Vaqueros que marcan un bulto que ya conozco, camiseta negra ceñida, pelo corto despeinado, la cara limpia sin nada y aun así perfecta. Bruno. El mismo cuerpo, el mismo gesto, otro nombre para la calle. Me recorre de arriba abajo y sonríe con esa boca que he besado mil veces pintada de rojo y que ahora, desnuda, parece más peligrosa.

—Pasa, Lorena —dice, con una voz grave, firme, sin rastro de la ronca de antes.

Cierro la puerta detrás de mí. Y sé que ya no hay vuelta atrás.

Me mira un rato largo, sin prisa. Después levanta la barbilla hacia el salón.

—Quítate la ropa. Toda. Despacio. Quiero verte hacerlo para mí.

Me tiemblan las manos cuando me saco la camiseta. Luego los zapatos, el pantalón. Me quedo en calzoncillos, y la erección que ya empuja la tela me delata. Bruno se acerca, me toma la barbilla y me obliga a mirarlo a los ojos.

—Esos también —dice—. Las chicas como tú no llevan calzoncillos de hombre.

Obedezco. Me roza la punta con un dedo, se lo lleva a la boca y lo chupa sin dejar de mirarme.

—Ya estás lista, Lorena. Buena chica.

***

Me lleva de la mano al dormitorio. Sobre la cama está todo dispuesto como un altar: un tanga negro de encaje minúsculo, medias de rejilla, un liguero rojo, una falda plisada cortísima y un top de malla que no esconde nada. Al lado, el estuche de maquillaje abierto y un collar de cuero con una argolla plateada.

—Siéntate —ordena, señalando la silla del tocador.

Me siento desnudo, todavía duro. Bruno se coloca detrás de mí, me apoya las manos en los hombros y me habla al oído con esa voz de chico que me deja sin defensas.

—Hoy te convierto en mía de verdad. Y cuando termine de vestirte, vas a ser tú quien me pida que sigamos.

Empieza por las medias. Las enrolla y me las sube por las piernas, rozándome la piel con las yemas. El nailon me eriza todo el cuerpo. Después el liguero, que me ajusta en la cintura mientras me pellizca una nalga y engancha las tiras con una paciencia que me vuelve loco. El tanga lo deja para el final. Me lo pasa por los tobillos y lo sube lento, hasta que la tela se me clava y me aprieta la punta húmeda.

—Mírate —dice, girando la silla hacia el espejo.

Soy yo, y no soy yo. Las piernas largas dentro de la rejilla, la cintura ceñida por el liguero, la erección asomando bajo el encaje. Me pone el top de malla, que me deja los pezones a la vista, y la falda que apenas tapa el inicio de los muslos.

Luego viene la cara. Me pinta los labios de un rojo oscuro, despacio, sin apartar la vista de mis ojos. Sombra ahumada, pestañas, un toque de rubor. Me obliga a mirarme todo el tiempo.

—Dilo —murmura—. Di quién eres ahora.

—Soy Lorena —digo, con la voz quebrada—. Soy tuya.

Me pone el collar, cierra el broche y engancha una correa corta.

—De rodillas, Lorena.

***

Caigo al suelo. La falda se me sube, el tanga se me hunde. Bruno se desabrocha el botón del vaquero, baja la cremallera y se saca la verga ya dura, la cabeza tirante y brillante. Huele a chico limpio y a deseo, nada más.

—Abre la boca.

Me agarra del pelo corto y entra hasta el fondo. Me coge la boca con fuerza, sin pausa, marcando él todo el ritmo. El maquillaje recién puesto se me corre con las lágrimas, la saliva me chorrea por la barbilla y cae sobre la malla del top. No puedo respirar bien y aun así no quiero que pare.

—Así —dice entre dientes—. Buena chica.

Me corro otra vez sin que nadie me toque, cuando él se hunde del todo y me obliga a tragar. Mancho el tanga, el encaje empapado pegándose a mí. Bruno se ríe bajito, sale despacio y me pasa el pulgar por el labio para arreglarme el rojo corrido.

—Esto era solo el principio, Lorena. Ahora ven a la cama.

***

Me pone a cuatro patas sobre el colchón, la falda subida hasta la cintura, el tanga bajado a media pierna. Se quita la camiseta sin prisa: el torso plano, la piel suave, los pezones pequeños y duros. Después los vaqueros y la ropa interior. La verga le salta tiesa, más gruesa de lo que recordaba cuando la veía asomar bajo un vestido.

Se coloca detrás de mí, me sujeta las caderas con manos firmes y me prepara con los dedos, primero uno, luego dos, abriéndome con una mezcla de cuidado y rudeza que me hace gemir contra la almohada.

—Mira cómo me pides más sin decir nada —dice—. Tranquila. Te voy a dar todo lo que viniste a buscar.

Empujo las caderas hacia atrás, pidiéndolo de verdad. Él me da una palmada en la nalga que me deja la piel ardiendo y la marca de su mano.

Saca los dedos y apoya la cabeza contra mí. Presiona despacio al principio; la punta entra y me arranca un jadeo largo. Duele y, al mismo tiempo, es exactamente lo que quería. Luego empuja entero, hasta el fondo, y me llena de un calor que me late por dentro con cada movimiento.

—Joder, qué apretada estás —dice con la voz tomada.

Empieza a moverse fuerte, profundo, tirándome del collar hacia atrás como de unas riendas. La correa me ciñe el cuello apenas lo justo para hacerme gemir más alto. Cada embestida tiene su ruido, sus caderas contra mis nalgas, mi propio sexo balanceándose debajo, goteando sin parar.

Me agarra del pelo y me obliga a arquear la espalda.

—Mírate en el espejo —ordena—. Mira en lo que te convertí.

Giro la cabeza. En la luna del armario no me reconozco: los labios rojos abiertos, el maquillaje corrido por las lágrimas, el top de malla resbalando, el cuerpo entero entregado a un chico guapísimo que me folla con la cara concentrada en su propio placer.

—Dime quién eres —insiste, clavándose hasta el fondo.

—Soy Lorena —lo digo entre gemidos—, y soy tuya.

Me lleva un rato más así, cada vez más rápido. Cuando está al borde me saca de golpe, me da la vuelta y me deja boca arriba. Me abre las piernas, me levanta la falda y entra otra vez de una sola embestida. Ahora me mira a los ojos mientras se mueve, su cara de chico a un palmo de la mía.

—Vas a correrte otra vez sin tocarte —dice—. Y después me corro yo.

Aprieta el ritmo, me sujeta del collar y me toma como un animal. Llego de nuevo, manchándome el top y la falda, gritando algo que ni yo entiendo. Bruno gruñe, se hunde hasta el final y se vacía dentro de mí, un latido caliente tras otro. Cuando sale, me deja temblando y abierto, con un hilo resbalándome por el muslo.

Me mira jadeando, todavía duro, y sonríe con esa cara que me tiene perdido.

—Buena chica, Lorena. Ahora limpia.

***

Me acerca la verga a la boca, que todavía sabe a mí y a él. La chupo obediente, recogiendo lo que queda, mientras él me acaricia el pelo casi con ternura. Y entre caricia y caricia, me susurra:

—La próxima vez te recibo igual… y traigo a alguien. Para que sepas lo que es otro hombre mientras yo te miro vestida así.

Gimo alrededor de él, todavía lleno, y ya sé que voy a decir que sí.

Porque nunca me había sentido tan entregado, tan suelto, tan yo, como ahora: maquillado, con medias rotas y la cabeza apoyada en el muslo de este chico que, debajo de todo, es la mujer que me domina desde el primer día.

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Comentarios (5)

MarkosDark

tremendo relato, en serio!!!

PabloSanM

Espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues.

CuriosaLect22

Me encantó. Se nota que lo sentiste de verdad al escribirlo, tiene una autenticidad que no es facil de lograr.

Eli_2604

El detalle del nombre nuevo me parecio genial, esas cositas hacen que un relato se sienta real. Muy bueno!!

RubyRosada23

Me recordo a algo que viví hace tiempo, en otra situacion pero con esa misma sensacion de cruzar un umbral. Gracias por animarte a escribir algo tan personal.

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