Lo que Yara escondía bajo el vestido esa noche
La primera vez que vi a Yara fue en el espejo del camerino, no de frente. Yo me estaba retocando el delineado antes del segundo pase y ella apareció reflejada detrás de mí, recién llegada, con una maleta de cuero gastado y un vestido verde que parecía hecho para otra clase de noche. Trabajaba en el Marabú desde hacía tres años; conocía a cada chica que pasaba por ese pasillo. A ella no la conocía, y aun así sentí que llevaba toda la vida esperándola.
—¿Sos la nueva? —pregunté sin girarme, hablándole al espejo.
—Yara —dijo, y su acento arrastraba las erres de un modo que no era de la ciudad—. Vengo del norte. Muy del norte.
Había nacido en un pueblo de tierra colorada, junto a un río ancho y caliente, en una región donde la selva empieza donde termina la última casa. Lo contaba sin nostalgia, como quien describe el clima. Me dijo que de chica había sido la única distinta, la que no encajaba en ninguna de las casillas que el pueblo tenía preparadas, y que el día que cumplió la mayoría de edad agarró lo poco que tenía y bajó hacia la costa buscando un lugar donde nadie le pidiera explicaciones.
—Y acá estoy —terminó, encogiéndose de hombros—. ¿Vos sos Daniela? Me hablaron de vos.
Me hizo gracia que me precedieran las habladurías. En el Marabú yo era la veterana, la que abría y cerraba la noche, la que enseñaba a las nuevas cómo caminar sobre los tacos sin que les temblara el tobillo. Lo que ninguna sabía, porque nunca hizo falta decirlo en voz alta, era que yo también había hecho mi propio camino para llegar a sentirme entera. Mi cuerpo era mío por decisión, no por accidente, y eso me daba una calma que el público confundía con elegancia.
—Te toca después de mí —le avisé—. Mirá cómo lo hago y después olvidate de todo lo que viste. En el escenario solo sirve lo que sale de adentro.
Esa noche la miré desde las bambalinas. Yara no necesitaba que nadie le enseñara nada. Salió bajo la luz ámbar como si el escenario hubiera sido construido a la medida de sus caderas, y el salón entero, que ya había visto de todo, se quedó callado de golpe. Tenía una piel del color del café con leche, los hombros anchos y una cintura que se quebraba en una curva imposible. Pero lo que hipnotizaba no era la geografía del cuerpo. Era la seguridad. Caminaba como si supiera un secreto que el resto de nosotros íbamos a tardar la vida en descubrir.
***
Nos hicimos inseparables en cuestión de semanas. Compartíamos camerino, cigarrillos en el callejón de atrás y desayunos a las cinco de la mañana en el único bar que seguía abierto a esa hora. Hablábamos de todo: de los hombres que nos miraban como si fuéramos un enigma a resolver, de las mujeres que se acercaban con más curiosidad que valentía, de lo que queríamos hacer cuando juntáramos suficiente para irnos lejos. Nunca hablábamos de lo que pasaba entre nosotras, que crecía en cada roce y en cada mirada demorada un segundo de más.
—¿Nunca te dio miedo? —me preguntó una madrugada, revolviendo el café—. Mostrarte así, entera, delante de toda esa gente.
—Antes sí —admití—. Ahora me da más miedo esconderme. ¿A vos?
Se quedó mirando la taza un rato largo.
—A mí me enseñaron a esconderme tanto tiempo que casi me olvido de cómo era el resto. Por eso me fui.
Esa noche caminamos hasta su pensión sin tocar el tema, pero cuando llegamos a su puerta no me soltó la mano. Se quedó con mis dedos entre los suyos, mirándome con una pregunta que ninguna de las dos se animaba a decir en palabras.
—Quedate —dijo al fin.
No era una invitación inocente y las dos lo sabíamos.
***
El cuarto era chico, con una sola lámpara y una ventana que daba al patio. Yara encendió la luz baja y se quedó parada en el centro, todavía con el vestido verde del último pase, ese que se ataba en la nuca con un nudo flojo. Yo me senté al borde de la cama, sin apuro, dejando que la tensión se estirara hasta volverse insoportable.
—Llevo semanas pensando en esto —confesé—. Cada vez que te cambiabas al lado mío y yo hacía como que no miraba.
—Mirabas —dijo ella, con una sonrisa lenta—. Te vi. Y me gustaba que miraras. A veces me demoraba a propósito, sin bombacha, para ver si te temblaba el pulso con el rímel.
—Me temblaba —admití—. Cada puta vez.
Levantó las manos hasta la nuca y deshizo el nudo. La tela cayó por su pecho con una pereza deliberada, descubriendo primero los hombros, después la curva pesada de los senos, los pezones oscuros y endurecidos por el aire fresco del patio. Cuando el cierre del costado cedió, el vestido entero resbaló hasta el suelo y quedó ahí, parada frente a mí, sin nada que la cubriera y sin un gramo de vergüenza. Entre los muslos, medio dura ya de sabernos por fin solas, la polla se le curvaba pesada contra el vientre, gruesa, con la punta brillante de un hilo temprano.
Entendí entonces por qué el salón se callaba cuando ella salía. Su cuerpo era una contradicción magnífica: las caderas anchas, la cintura imposible, los muslos firmes, y entre ellos un sexo que no pedía permiso a ninguna definición. Yara no escondía nada. Lo mostraba como quien muestra una verdad por la que peleó cada día de su vida.
Esto es lo más honesto que vi en mucho tiempo, pensé.
—¿Y bien? —preguntó, ladeando la cabeza y bajando la mano hasta rodearse la verga, apretándosela despacio para mí—. ¿Seguís mirando o venís a chupármela?
Me levanté y la besé antes de que terminara la frase. Su boca era cálida y sabía a café y a tabaco, y cuando le rodeé la cintura con las manos sentí cómo se estremecía contra mí. Le mordí el labio inferior, despacio, y ella respondió apretándose más, dejándome sentir toda su verga dura contra el vientre, palpitándome ahí a través de la tela del vestido. Le bajé una mano y se la agarré por primera vez: pesada, tibia, latiendo como un bicho vivo en la palma. Le corrí el prepucio con el pulgar y le arranqué un gemido que se me quedó atragantado en la boca.
—Puta —susurró contra mis dientes—. Sabés lo que hacés.
—Aprendí sola —le contesté, y le apreté más fuerte, jalándosela con calma, sintiendo cómo se le ponía todavía más dura entre mis dedos.
La empujé con suavidad hasta que cayó sentada en la cama. Me arrodillé entre sus piernas y la miré desde abajo, esperando, queriendo que me lo pidiera. Le tenía la polla erguida a un palmo de la cara, gorda, con las venas marcadas y la punta ya perlada de líquido. Le pasé la lengua por la base y subí despacio hasta el glande, chupándole el hilito de precorrida como quien saborea una fruta.
—No tengas miedo —murmuró, repitiendo mis propias palabras de aquella madrugada—. Solo serví lo que sale de adentro. Mamámela, Dani, por favor, mamámela como sabés.
Le hice caso. Le abrí la boca y me la metí entera de un solo empujón, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y las lágrimas me nublaron el delineado que me acababa de retocar. Yara gimió alto, largo, y me clavó los dedos en la nuca sin obligarme, solo sosteniéndome, dejándome llevar el ritmo. Empecé a subir y bajar con la boca abierta, la lengua plana contra el reverso de la verga, chupándosela con hambre de meses. Cada vez que se la sacaba de un tirón me quedaba la saliva colgándome del mentón, y volvía a metérmela hasta el nudo de la garganta, tragando alrededor, sintiéndosela latir contra el paladar.
—Así, puta, así —jadeaba ella, arqueando las caderas—. Chupámela toda, no me la dejes ni un segundo.
Le pasé la lengua por debajo, por las bolas tirantes y calientes, y se las metí de a una en la boca, sin dejar de jalarle la polla con el puño. Yara se retorcía, se me hundía los dedos en el pelo, me pedía más con esa voz ronca que no le conocía. Cuando volví al glande y le apreté con los labios justo detrás de la corona, la sentí temblar entera, con los muslos endureciéndoseme al costado de la cara.
—Esperá —jadeó al cabo de un rato, tirándome del pelo para que subiera—. Si seguís así me corro en tu boca ya, y no quiero. Quiero esto con vos. Las dos. Quiero cogerte, Dani. Quiero verte la cara cuando te la meta.
***
Me ayudó a desvestirme con una urgencia tierna, deteniéndose a besar cada parte que iba descubriendo, como si reconociera un terreno que pensaba habitar mucho tiempo. Me chupó los pezones uno por uno, mordiéndomelos justo hasta el borde en que dolía, y me bajó la mano por el vientre hasta encontrarme la polla, también ya durísima, chorreando contra la piel. Me la agarró con la misma calma con que yo le había agarrado la suya y me empezó a jalar, mirándome a los ojos, mordiéndose el labio.
—Estás igual de dura que yo —murmuró—. Sos igual de puta que yo.
—Peor —le contesté, riéndome con el aire cortado.
Se bajó de la cama y me la mamó ella también, arrodillada entre mis piernas, chupándomela hasta el fondo con una destreza que me hizo cerrar los ojos y agarrarme del cabezal. Me la sacaba y me la lamía de la base a la punta, escupía sobre el glande y volvía a tragársela entera, ahogándose a propósito para que la sintiera bien tocarle la garganta. Cuando me sacó una gota espesa con la lengua y me sonrió con los labios brillosos, tuve que apretarle los hombros para que parara antes de acabarle en la cara.
—Vení —le pedí, ronca—. Vení para arriba. Cogeme.
Cuando estuvimos las dos desnudas sobre esa cama angosta, nos miramos un segundo en silencio, reconociéndonos en el espejo de la otra. Dos cuerpos que el mundo había querido corregir y que esa noche se celebraban tal como eran. Yara sacó un pomo chico de la mesa de luz, se echó lubricante en la mano y me la pasó primero a mí, embadurnándome la polla con caricias largas, y después se llenó los dedos y me buscó el culo. Me acomodé de espaldas, con las piernas abiertas, y sentí el primer dedo entrando lento, hasta el nudillo, girándome adentro con una paciencia que me hizo gemir de puro alivio.
—Relajate, mi amor —murmuró, y agregó otro dedo—. Te voy a coger despacio. Toda la noche si hace falta.
Me abrió con dos dedos, después con tres, buscándome ese punto que me arrancaba temblores en las caderas cada vez que lo rozaba. Cuando estuve floja, jadeando, con el pecho subiéndome y bajándome como si hubiera corrido una cuadra, se subió encima. Me agarró las rodillas y me las abrió más, se acomodó la punta de la polla contra mí y empujó despacio, ganándome centímetro a centímetro. Sentí el estiramiento, el calor, la carne dura entrándome hasta el fondo, y solté un gemido largo que ella me tapó con la boca.
—Toda —susurró contra mis dientes cuando la tuvo entera adentro—. Sentime toda, puta.
Empezó a moverse, primero en embestidas cortas, después más largas, más hondas, sacándomela casi entera y hundiéndomela de un envión que me hacía golpear la nuca contra la almohada. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le rodeaba las caderas con los tobillos, le pedía más con palabras que ni yo me reconocía en la boca. Cada vez que me la metía hasta el fondo mi propia polla brincaba contra mi vientre, dejándome un charquito de precorrida en el ombligo.
—Más fuerte —le rogué—. Cogeme más fuerte, Yara, no me tengas pena.
Me dio vuelta boca abajo sin sacármela, se acomodó atrás y me montó de nuevo, agarrándome de las caderas con las dos manos. Ahí me la metió sin cuidado, a fondo, cogiéndome con embestidas rápidas y secas que hacían chocar sus muslos contra los míos con un chasquido húmedo. Me arqueé y le empujé el culo contra ella, buscándola, y Yara se rió bajito, satisfecha, mientras me pasaba una mano por adelante y me atrapaba la polla y me la empezaba a jalar al mismo ritmo de las embestidas.
—Correte para mí —me pidió al oído—. Correte con la mía adentro. Quiero sentirte apretarme cuando acabes.
No aguanté mucho más. Su mano jalándomela, su verga hundiéndoseme una y otra vez, su voz ronca respirándome en la nuca. Me corrí con un grito ahogado, chorreando entero sobre las sábanas y sobre sus dedos, apretándome alrededor de ella con espasmos que le arrancaron un gemido gutural.
—Ahí, ahí, así —jadeó, embistiéndome más rápido—. Me vas a hacer acabar, puta, me vas a hacer acabar adentro.
—Adentro —le dije, con la voz rota—. Corréte adentro mío, Yara, quiero sentirte.
Se corrió a los pocos segundos, clavándomela hasta el fondo, mordiéndome el hombro para no despertar a media pensión. La sentí latir dentro mío, chorro tras chorro, llenándome caliente, mientras ella temblaba encima de mí con la respiración cortada y me sostenía las caderas como si tuviera miedo de que me le fuera.
Después nos quedamos así un rato largo, ella todavía dentro, las dos jadeando, empapadas de sudor y de semen. Cuando por fin se la sacó, con un beso en la nuca, sentí el reguero tibio bajándome por el muslo y me estremecí de nuevo. Rodó a mi lado, me atrajo contra su pecho, y me lamió los dedos que yo tenía manchados con mi propia corrida, uno por uno, mirándome.
—Mirame —le pedí, sosteniéndole la cara entre las manos, todavía agitada—. No cierres los ojos.
Y no los cerró. Nos quedamos así, mirándonos, con el patio entrando por la ventana y la lámpara baja dibujándonos en sombras sobre la pared. Fue largo y fue limpio, sin teatro, una verdad compartida entre dos personas que por fin habían encontrado un lugar donde nadie les pedía cuentas.
Después nos quedamos enredadas, recuperando el aliento, su cabeza sobre mi pecho y mi mano dibujándole la espalda.
—¿Sabés qué se me ocurre? —dijo ella, todavía agitada—. Un número juntas. Vos y yo, en el mismo escenario.
Me reí, porque era exactamente lo que yo estaba pensando.
—El dueño se va a desmayar cuando vea la cola en la puerta.
—Que se desmaye —dijo Yara, y me besó el hombro—. Nosotras nos quedamos con la noche.
***
Dos meses después estrenamos el número. Salíamos las dos a la vez, una de cada lado del escenario, vestidas iguales y a la vez opuestas, y nos encontrábamos en el centro bajo la misma luz ámbar que la había recibido a ella la primera noche. El salón se llenaba todos los fines de semana. Venían a vernos a las dos: dos mujeres trans que no pedían perdón por existir, que habían convertido en espectáculo aquello por lo que tanto las habían querido castigar.
Pero el verdadero espectáculo era el otro, el que solo veíamos nosotras, cuando volvíamos de madrugada a la pensión y cerrábamos la puerta del mundo. Ahí no había público ni luces ni nombres en la marquesina. Solo Yara y yo, dos cuerpos extraordinarios que habían cruzado medio país buscando lo mismo y se habían encontrado en el reflejo de un espejo de camerino.
—¿Te imaginabas algo así cuando bajaste del norte? —le pregunté una de esas madrugadas, abrazada a su espalda, con su polla todavía tibia contra el hueco de mi mano.
—Ni en sueños —murmuró ya medio dormida—. Vine a esconderme menos. No sabía que iba a encontrar a alguien con quien no esconderme nada.
La apreté más fuerte y no contesté. No hacía falta. Las dos sabíamos que esa era, exactamente, la única clase de noche por la que valía la pena haber recorrido todo el camino.





